Capítulo 3 #5
Así pues, Agatha salió de casa disfrazada y sintiéndose terriblemente sola.
Echaba de menos la charlatana compañía de Roy.
Después de aparcar en Merstow Green, cogió un mapa callejero de Evesham y buscó la dirección de Harry McCoy.
No vivía lejos del aparcamiento de Horres Street, por lo que decidió ir andando.
Las calles más alejadas del centro parecían extrañamente desiertas.
No había niños jugando fuera y, tras los visillos de encaje, se vislumbraba el parpadeo de la tele.
El viento había arreciado y las flores de cerezo caídas revoloteaban a los pies de Agatha.
Hacía más frío de lo habitual para la época.
Localizó la pequeña casa adosada de ladrillo rojo en la que vivía Harry.
Parecía desierta y a oscuras. Había dos timbres, uno para el piso de arriba y otro para el de abajo, pero nadie contestó a ninguno de los dos.
Agatha se batió en retirada. Decidió volver al aparcamiento y regresar a la casa de Harry McCoy cada cierto tiempo a lo largo de la tarde.
Había dejado en casa el portapapeles en el que había apuntado las señas de las demás chicas y no le apetecía hacer todo el trayecto de vuelta a Carsely para recuperarlo.
Se quedó sentada en el coche fumando y escuchando la radio hasta que, al cabo de un rato, se aventuró de nuevo a emprender el largo paseo que la separaba de la casa de Harry.
Deseó haber dejado el coche en la calle donde él vivía, pero no había una sola plaza de aparcamiento libre y dejarlo en doble fila habría atraído una atención indeseada.
Hacia las diez de la noche volvió a salir del coche a regañadientes una última vez. Para su alivio, esta vez sí vio una luz encendida en la planta de arriba. Llamó al timbre y esperó.
No hubo respuesta.
Volvió a llamar, retrocedió y miró hacia arriba.
Las cortinas no se movieron. Ningún rostro la miraba desde arriba.
Se preguntó si debería probar suerte con los vecinos, pero llegó a la conclusión de que no era buena idea.
No quería que Harry supiera que lo estaba buscando, ni tener que mentir sobre un programa de televisión ficticio.
Agatha se dio la vuelta con gesto fatigado. Una tarde perdida. ¿Por qué no se olvidaba de todo el asunto y lo dejaba en manos de la policía? Echó a andar despacio por la calle desierta.
Y entonces intuyó el peligro.
Más tarde no sabría decir qué la había puesto en alerta, ni de dónde había venido esa súbita sensación de amenaza. Oyó un coche acercándose. Al volver la cabeza vio dos faros cegadores y, en una fracción de segundo, comprendió que el vehículo se precipitaba en su dirección a toda velocidad.
Se arrojó por encima del seto del jardín contiguo a la acera, oyendo el rugido del motor mientras el coche se subía a la acera donde ella había estado un segundo atrás y luego enfilaba la calzada de nuevo.
Agatha se quedó despatarrada en el jardín delantero de alguien, temblando y jadeando. Una puerta se abrió.
Antes de que pudiera reaccionar, alguien se plantó a su lado. Agatha se incorporó, absurdamente aliviada al comprobar que la peluca seguía en su sitio.
—¿Se puede saber qué demonios hace? —preguntó una mujer menuda y delgada con cara de pocos amigos.
Agatha se puso en pie con dificultad.
—Lo siento —dijo—. Creo que me he desmayado y caído por encima de su seto.
Se tambaleó un poco y luego recuperó el equilibrio. A pesar del susto, no quería reconocer que habían estado a punto de matarla, porque entonces le harían preguntas y llamarían a la policía. Y esta vez Brudge no tendría más remedio que decirle que se apartara del caso.
—Conozco de sobra a los de su ralea —le espetó la mujer, enfurecida—. Una borracha, eso es lo que es. Y a su edad, por más señas. Vergüenza tendría que darle.
Agatha fue hacia la verja del jardín. Uno de sus zapatos de tacón se enganchó en un ladrillo suelto del sendero, haciendo que tropezara y estuviese a punto de caerse.
—¡Largo de aquí! —gritó la mujer—. ¡Y menos empinar el codo!
El trayecto hasta el aparcamiento le pareció el más largo que había hecho nunca. No se sintió segura ni una sola vez hasta que se subió al coche. Salió del aparcamiento y se marchó pisando el acelerador.
John Armitage había acortado su estancia en Londres y se dirigía tranquilamente a Carsely por la carretera cuando un coche que reconoció como el de su vecina lo adelantó a toda pastilla y se perdió en la distancia.
—Esa mujer conduce como una loca —murmuró.
Prosiguió a una velocidad razonable y aparcó delante de su cottage . Antes de apagar los faros, vio el coche de su vecina y se dio cuenta de que Agatha seguía en su interior, encorvada sobre el volante.
Estuvo a punto de abrir la verja y entrar en casa, pero vaciló. Tal vez estuviera indispuesta.
John se acercó con cautela al coche de Agatha y miró a través de la ventanilla. Tenía la cara entre las manos y movía los hombros como si estuviese llorando. John dio unos golpecitos en el cristal con los nudillos.
Agatha se enderezó y lo miró con un pavor indescriptible.
Él abrió la portezuela del coche.
—Soy John Armitage, su vecino. Creo que no nos hemos presentado. ¿Puedo ayudarla en algo?
Agatha sacó un pañuelo de papel de la caja que descansaba en el asiento contiguo y se sonó la nariz.
—He tenido un susto —soltó de sopetón—. Han intentado matarme.
—¿Algún conductor enfurecido? Puedo llamar a la policía, si quiere.
Agatha negó con la cabeza. Había roto a llorar porque tenía los nervios a flor de piel y se sentía terriblemente sola sin Charles, ni James, ni tan siquiera Roy para reconfortarla.
—¿Puedo ofrecerle una copa de brandy o algo?
Agatha reprimió un sollozo y luego dijo:
—Si me acompaña a casa, se lo contaré todo.