Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Como le digo, había bebido un poco. Creo que una de las chicas le dijo que quería ver el vestido. Kylie estaba muy orgullosa de él. Sospecho que lo llevó a casa de una de sus amigas. Puede que la atacaran mientras volvía a casa. No es fácil encontrar un taxi por los alrededores.

—Pero, si fuera el caso, habría vuelto a cambiarse antes de volver a casa —apuntó Agatha—. ¿Y por qué no ha dado la cara esa persona a la que fue a ver, si no tenía nada que ocultar?

—A lo mejor por miedo a levantar sospechas.

—¿Qué opina de Phyllis Heger?

—Como he dicho, no fue a la despedida de soltera.

—No sé si está al tanto de esto, señora Stokes…

—Llámeme Freda.

—De acuerdo, Freda. No sé si está al tanto de que, según Phyllis, Zak estaba saliendo con ella.

—Ah, Kylie me habló de eso. Dijo que Phyllis la detestaba. ¿Cree que puede haber sido ella?

—Me gustaría pensar que sí —contestó Agatha—. No me cae nada bien. Pero no la veo capaz de ejecutar un plan tan elaborado. ¿La ve usted inyectando heroína a su hija, metiendo su cadáver en un arcón congelador y luego arrojándolo al río? ¿Había tenido Kylie algún otro novio antes que Zak?

—Había estado prometida antes, con Harry McCoy.

—Hábleme de él.

—Es operario de maquinaria y vive en Barrington. Un tipo estable. Me caía bien.

—¿Podría darme su dirección?

Freda la recitó de memoria y, tras tomar nota, Agatha se inclinó hacia delante y dijo:

—Voy a contarle algo, pero que quede entre nosotras. Llevo algún tiempo investigando el asesinato de su hija. He estado indagando en el pueblo haciéndome pasar por productora de televisión, y cuando lo hago me pongo una peluca rubia y unas gafas. Si oye hablar de alguien así, que sepa que soy yo.

Agatha pensó en el inspector Brudge. ¿De veras la había animado a seguir adelante?

—La policía de Worcester es muy competente —señaló con cautela—. Seguro que llegará al fondo de este asunto, tarde o temprano. ¿Qué me dice de las drogas? Me cuesta creer que estén muy presentes en un lugar tranquilo como Evesham. Usted trabaja en el mercado, seguro que se entera de cosas.

—Evesham es como cualquier otro lugar, las drogas están por todas partes —repuso Freda con amargura—. La policía descubrió que había un pub en el que se traficaba con estupefacientes y lo cerró. Nadie sabe de dónde vienen ahora.

—La gente que las toma lo sabrá —dijo Agatha—. ¿Ha oído algún rumor que relacione la discoteca con el tráfico de drogas?

—Qué va, ni una pastilla de éxtasis han encontrado, y eso que ha habido por lo menos una redada. A lo sumo, han pillado a unos pocos menores de edad consumiendo alcohol.

—Deme su número de teléfono —dijo Agatha—, y me encargaré de informarla si hay alguna novedad.

—Bendita sea —dijo Freda mientras las lágrimas resbalaban copiosamente por sus mejillas—. No sabe lo impotente que me he sentido estos días.

Agatha le tendió un fajo de pañuelos de papel.

Cuando Freda recobró la compostura, la acompañó hasta la puerta y luego volvió a la cocina y se sentó, sintiéndose culpable.

Al fin y al cabo, no merecía la gratitud de Freda por embarcarse en una investigación sin más motivo que su propia curiosidad y el deseo de mitigar el tedio de la jubilación en un pueblo rural.

La señora Bloxby sí que actuaba de forma desinteresada. ¿O no?

Por omisión, la mujer del vicario la había llevado a creer de forma deliberada que el nuevo vecino no era merecedor de sus atenciones. Le pediría explicaciones.

Cerca de diez minutos después, la señora Bloxby se descubrió sentada en el salón de la vicaría frente a Agatha, que no se molestó en disimular su enfado.

—No debería intentar manipular su vida —reconoció la señora Bloxby, apesadumbrada—, pero no quería ver cómo caía rendida de nuevo a los pies de un vecino para acabar malparada.

—¿Sabe lo que he hecho? —preguntó Agatha, indignada—. Ese hombre vino a mi casa con una biblia en la mano y yo, creyendo que era un mormón, le cerré la puerta en las narices.

A la señora Bloxby se le escapó una risotada.

—¡No tiene gracia! —bramó Agatha—. ¿Qué hacía con esa biblia, si puede saberse?

—Después me la trajo —dijo la señora Bloxby cuando por fin logró contener la risa—. Es la biblia de James. La encontró en un armario. Ahora se la traigo.

La mujer del vicario abandonó la estancia y regresó con la biblia en cuestión.

Agatha la abrió y se fijó en el nombre de James, escrito en la primera página con su familiar caligrafía.

Una intensa emoción, mezcla de amor y pena, se apoderó de ella.

Agatha se aferró a la biblia mientras miraba a la señora Bloxby con los ojos anegados en lágrimas.

—Se le pasará —le aseguró la señora Bloxby—. Todo pasa.

Agatha apartó la biblia con gesto firme.

—Hábleme de John Armitage.

—Apenas sé nada de él, aparte de que es un escritor de éxito.

Parece muy agradable. Tengo entendido que está divorciado.

Creo que la señora Anstruther-Jones ha estado dándole la lata, así que le aconsejé que no le abriera la puerta, asegurándole que no tardaría en cansarse.

—La mujer del vicario miró a Agatha con gesto compungido—.

Me temo que le dije que no abriera la puerta a ninguna de las mujeres del pueblo.

Todas han estado acosándolo, llevándole pasteles, mermeladas caseras o ejemplares de sus libros para que se los dedique.

O sea, que no puedo hacer ninguna de esas cosas, pensó Agatha. Maldita sea.

—Ojalá me hubiese dicho la verdad —repuso en tono severo—. No soy una niña.

—Tiene razón, no debería haberle hecho creer algo a sabiendas de que no era cierto, pero la tentación era irresistible. No volveré a cometer ese error.

—A veces me da usted que pensar… —dijo Agatha—. En fin, el caso es que la madre de la chica asesinada ha venido a verme. Quiere que investigue la muerte de su hija. Hasta se ha ofrecido a pagarme.

—Se habrá sentido usted como una auténtica detective.

—Soy una auténtica detective —replicó Agatha, que no había perdonado del todo a la mujer del vicario por haberle ocultado la verdad respecto a John Armitage.

—Por supuesto. ¿Cómo va la investigación?

Agatha le resumió sus hallazgos. La señora Bloxby la escuchó con atención, y luego dijo:

—Alguien se dedica a traficar con droga en Evesham. ¿Quizá Kylie se topó sin pretenderlo con los traficantes?

—Eso apuntaría a la discoteca.

—No necesariamente. Una de esas chicas pudo haber dicho algo, algo que se le escapara sin querer. Seguramente todas bebieron más de la cuenta en la despedida de soltera. Puede que a una de ellas le entrara el pánico y se lo contara a su proveedor.

—Un poco pillado por los pelos —repuso Agatha, enfurruñada porque no se le había ocurrido esa posibilidad.

—Tal vez. ¿Le apetece un té?

—No, gracias.

—Tarde o temprano tendrá que perdonarme.

—Ya la he perdonado —mintió Agatha, y se marchó a grandes zancadas.

Al llegar a casa, Agatha repasó sus notas y luego las pasó a limpio en el ordenador.

¿A quién debería entrevistar esa tarde? Podría empezar por Harry McCoy antes de seguir con otra de las compañeras de trabajo de Kylie.

Miró el reloj y, recordando que tenía clase de pilates, se apresuró a ponerse unas mallas y una camiseta, se subió al coche y salió pitando hacia Evesham.

Para cuando volvió a casa, se sentía relajada y como nueva.

John Armitage seguía sin dar señales de vida.

Más tarde se puso la nueva peluca rubia, que recogió en una impecable cola de caballo.

Parecía mucho más natural que la otra, y las gafas con las lentes sin graduar le daban un aspecto realmente distinto.

Cuando estaba a punto de salir, la asaltaron las dudas.

¿Era realmente necesario ese disfraz? La señora Stokes le había pedido que investigara, así que podía seguir adelante sin necesidad de hacerse pasar por otra persona.

Sin embargo, Harry McCoy podría tener una relación de amistad con las chicas, ¡o po­dría incluso ser el asesino!