Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Ojalá fuera policía para poder preguntarle por su paradero los días previos al asesinato, pensó Agatha.

Tengo que llamar a Bill y averiguar si saben cómo asesinaron a Kylie.

Debo hablar con su madre. ¿Cuándo desapareció exactamente?

¿Volvió a casa después de la despedida de soltera?

Tuvo que hacerlo para coger el vestido de novia.

¿Y por qué iba a salir de casa llevándolo puesto?

¿Para enseñárselo a alguien? ¿A Zak, quizá?

Agatha se dijo que, si no se hubiese empeñado tontamente en hacerse pasar por productora televisiva, podría volver a ser la misma de siempre y hacer preguntas a diestro y siniestro hasta que Zak y su padre la echaran a patadas, pero por lo menos no tendría la sensación de estar engañando a nadie.

Añoraba a James. Se hubiese conformado hasta con Charles.

Necesitaba a alguien que le sirviera de apoyo.

Siempre podía acudir a la policía de Worcester, claro está, pero no se le escapaba que la veían como una insufrible metomentodo.

Phyllis seguía erre que erre, quejándose de que su familia no se tomaba en serio sus ambiciones y por eso se había marchado de casa, porque eran como un lastre para ella. Hablaré con las demás chicas por separado, pensó Agatha y, dejando el portapapeles sobre la mesa, afirmó en tono resolutivo:

—Creo que con esto tenemos más que suficiente, de momento.

Phyllis parecía decepcionada, pero Agatha dijo que tenía más personas a las que entrevistar.

Anotó su número de teléfono y salió con alivio al aire vespertino de Evesham.

Miró su reloj y comprobó que sólo eran las seis y media.

Tenía la sensación de que Phyllis había estado hablando durante horas.

Se marchó a toda prisa, pues la joven había ido al lavabo del pub, pero podría aparecer en cualquier momento y ponerse a parlotear de nuevo.

Enfiló High Street a paso vivo en dirección a Merstow Green, donde había dejado el coche.

Al pasar por delante de una librería de saldo, se detuvo en seco y se quedó mirando el escaparate, que seguía iluminado.

Solían vender restos de edición, pero de vez en cuando el librero también ofrecía obras de autores populares a precios de ganga.

En el escaparate se apilaban varios ejemplares de un libro de John Armitage, aunque no era el que Agatha había leído, y uno de ellos estaba colocado del revés, de modo que se veía la contracubierta con la foto del autor.

Agatha se descubrió mirando el rostro del hombre al que había tomado por un mormón y se dijo que ese otro al que había visto cavando en el jardín debía de ser un jardinero contratado por el verdadero John Armitage.

Vaya con la señora Bloxby, qué taimada le había salido.

Por eso había puesto cara de circunstancias cuando Agatha describió al jardinero confundiéndolo con el escritor.

Bueno, su actitud no hacía sino demostrar la mala influencia que la Iglesia ejercía sobre la gente.

Mientras volvía a casa en coche, Agatha olvidó su arrebato de mal humor. John Armitage era sin duda atractivo. Iría a verlo, se disculparía y ambos se reirían de su error… y… y…

Sumida en dulces ensoñaciones, Agatha entró a toda prisa en su casa, se quitó la peluca y las gafas, se puso un vestido rojo ceñido y unos zapatos de tacón y, tras retocarse el maquillaje, salió con paso decidido hacia la casa de al lado.

Sin embargo, no había nadie. La casa se veía a oscuras y en silencio, y el coche de su vecino no estaba aparcado fuera.

Al día siguiente, Agatha recibió la visita del inspector John Brudge de la policía de Worcester.

—Pase —dijo Agatha, encantada, convencida de que había ido a verla para recabar su ayuda, pues ¿acaso no ha­bía resuelto ya un homicidio en Evesham? El inspector venía acompañado de un sargento y un agente de policía.

—Señora Raisin —empezó Brudge en tono severo—, estamos interrogando a todas las personas relacionadas con la muerte de Kylie Stokes.

—Sí —dijo Agatha, ansiosa por colaborar—. Sé un poco sobre…

El inspector la interrumpió.

—Y nos ha llegado el rumor de que una mujer ha estado haciendo preguntas haciéndose pasar por productora de televisión. Hemos consultado con todas las cadenas de televisión y ninguna sabe nada de esa mujer.

Agatha tragó saliva.

—¿Y cómo dice que se llama? —preguntó con un hilo de voz.

—Eso es lo más asombroso de todo. No dio ningún nombre.

La gente es muy crédula cuando cree estar tratando con alguien de la tele.

La han descrito como una mujer de mediana edad, rubia y con gafas.

No tenemos una orden de registro, pero podemos conseguirla hoy mismo para comprobar si guarda usted una peluca rubia y unas gafas en su casa.

¿Va a decirnos la verdad o tengo que ir a por esa orden de registro?

Agatha se mordió el labio inferior. Luego se encogió de hombros.

—Sí, he sido yo.

—Antes de que decida si la acuso de obstrucción a la justicia, dígame qué ha averiguado.

Demasiado preocupada para guardarse ningún detalle, Agatha les contó todo lo que había descubierto sobre la desesperación de Zak, sobre la versión de Phyllis y sobre las demás chicas.

Brudge la escuchó impasible y luego dijo:

—¿Le importaría esperar en otra habitación?

La vio cruzar el pasillo, entrar en la cocina y cerrar la puerta a su espalda.

—¿Qué opinas? —preguntó Brudge al sargento de policía, un hombre joven llamado Norris.

—Es una metomentodo de manual —dijo Norris—. Yo la amonestaría, señor, para que no siga incordiándonos.

—Eso es lo que debería hacer. Por otro lado, puede que descubra cosas que los implicados jamás le contarían a un policía.

—Pero, señor, se trata de un homicidio. Podrían matarla.

—Sí, ¿verdad? Le daré un tirón de orejas, pero no le impediré seguir investigando.

El inspector fue hacia la puerta y la abrió de sopetón, sin duda esperando encontrar a Agatha al otro lado, escuchando la conversación, pero no tardó en descubrir que seguía en la cocina, jugando con sus gatos sentada en el suelo.

—Debo advertirle, señora Raisin, que interferir en una investigación policial es un delito penado por ley.

Sin embargo, como deferencia por su ínfima ayuda en anteriores ocasiones, no desvelaremos su verdadera identidad a las personas a las que ha entrevistado.

Eso es todo. Ah, otra cosa: si descubre algo más, deberá comunicármelo al momento.

Aquí tiene mi tarjeta, con el número de mi despacho, el de casa y el móvil.

—Gracias —dijo Agatha dócilmente.

Cuando se marcharon, se quedó pensando en lo que el inspector le había dicho, y de pronto se le iluminó el rostro. No iban a impedirle seguir investigando.

Agatha estaba admirando la espléndida peluca rubia que Roy le había enviado desde Londres por correo urgente cuando el timbre sonó de nuevo. Fue a abrir y encontró a una desconocida al otro lado.

—Señora Raisin —dijo la mujer—, soy Freda Stokes, la madre de Kylie.

—Pase, por favor —la invitó Agatha—. Vayamos a la cocina. ¿Puedo ofrecerle una taza de té? Le doy mi más sentido pésame.

Freda Stokes era una mujer robusta de mejillas redondas y sonrosadas. Tenía el pelo canoso y encrespado, las manos ásperas y enrojecidas. Sus grandes ojos eran de un color indeterminado.

Rechazó el ofrecimiento de té, acomodó el maltrecho bolso con firmeza sobre su amplio regazo y observó a Agatha.

—He oído que es usted una especie de detective.

—En cierto sentido —repuso Agatha.

—Le pagaré para averiguar quién mató a mi hija. No será demasiado. Tengo un puesto en el mercado, de figuritas de cristal. No gano mucho dinero.

—Lo haré gratis —dijo Agatha.

—No quiero su caridad.

—Yo disfruto de una posición bastante holgada y usted no —replicó Agatha sin paños calientes—. Acepto el encargo. Permítame que coja papel, necesito hacerle unas preguntas. ¿Se siente con fuerzas para esto?

—Para esto y para lo que haga falta —contestó Freda en tono sombrío—, si sirve para atrapar al hijo de perra que mató a mi hija.

Agatha correteó hasta su escritorio y volvió con un fajo de hojas de papel.

—Dígame, ¿cuándo vio a Kylie por última vez?

—Dos días antes de su muerte. Había salido con sus compañeras de trabajo, que le habían organizado una despedida de soltera.

Cuando volvió a casa, a eso de la medianoche, estaba un poco achispada y le dije que se metiera directamente en la cama.

Comentó que se lo había pasado bien. Que esa chica que siempre se estaba metiendo con ella, Phyllis Heger, no se había apuntado a la celebración.

Como había pedido un permiso en el trabajo, pensé que lo mejor sería dejarla dormir hasta tarde.

Mi marido murió hace tiempo, sólo estábamos Kylie y yo.

Una gruesa lágrima rodó por su mejilla. Agatha le tendió una caja de pañuelos de papel y esperó a que recobrara la compostura.

—Me fui al mercado temprano, como de costumbre, y volví a casa a la hora de almorzar.

La casa estaba en silencio. Se le han pegado las sábanas, pensé, y fui a despertarla, pero no estaba en su cama, y tampoco había dormido en ella.

Llamé a Zak, a su trabajo, a sus amigas y, finalmente, a la policía.

No me tomaron en serio. Me dijeron que las novias siempre se ponen nerviosas antes de la boda y que seguro que acabaría apareciendo.

Entonces descubrí que su vestido de novia no estaba.

Volví a llamar a la policía, pero siguieron sin tomarme en serio. Hasta que apareció muerta.

—¿Qué opina de Zak? —preguntó Agatha—. ¿Es posible que la matara?

—No, la adoraba. Su padre y él se han portado de maravilla conmigo. No habría superado estos últimos días sin ellos. Zak está destrozado.

—¿Alguna vez sospechó que Kylie tomara drogas?

—¿Mi Kylie? ¡Ni hablar! Formaba parte de un grupo de jóvenes de la iglesia, y esos chicos están totalmente en contra de las drogas.

—¿Por qué cree que se llevó el vestido de novia?