Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Las chicas le hicieron hueco al instante.

Agatha empezó anotando sus nombres. Además de Sharon, estaban presentes Ann Trump, Mary Webster, Joanna Field y Phyl­lis Heger.

Le informaron de que sólo faltaba una, Marilyn Josh, porque tenía hora en la peluquería.

Agatha se fijó bien en Phyllis. Todo en ella era grande, aunque no estaba obesa, sino que parecía hecha de puro músculo.

Tenía enormes ojos marrones, una gran boca de labios carnosos, una abundante cabellera negra y un escote generoso.

Miraba de aquí para allá con los ojos muy abiertos, como si siempre estuviera enfadada.

Agatha procedió a hacerles las mismas preguntas generales que había hecho a Sharon, y constató que Phyllis interrumpía constantemente a sus compañeras, visiblemente molestas por su tendencia a acaparar toda la atención.

Tiempo atrás, cuando la propia Agatha había empezado a trabajar en una oficina y había ido escalando poco a poco desde los puestos más humildes, comprobó con asombro que en cada empresa parecía haber un tirano similar.

Le hubiese encantado poner a Phyllis en su sitio, pero de momento era una sospechosa y no quería enemistarse con ella.

Decidió no hacer ninguna pregunta sobre Kylie, sino intentar quedar a solas con Phyllis más adelante.

Después de tomar notas como una posesa, anunció alegremente:

—Os cansaréis de tantas preguntas, pero esto no ha hecho más que empezar. Investigamos muchísimo antes de empezar a rodar.

Todas las chicas se apresuraron a asegurarle que no era ninguna molestia.

Agatha les dio las gracias y se marchó.

Estaba a punto de subirse al coche cuando oyó el rápido repiqueteo de unos tacones a su espalda. Al darse la vuelta se encontró a dos palmos de Phyllis.

—Debería usted entrevistarme —le soltó la joven—. Tengo más clase que todas ellas juntas.

—¿Por qué no quedamos cuando salgas de trabajar? —sugirió Agatha.

—Me encantaría —repuso Phyllis con una especie de voz estrangulada que, al parecer, confundía con el acento de clase alta—. ¿Dónde?

—En High Street hay un pub llamado The Grapes, ¿lo conoces?

—Sí, pero allí no va nadie.

—Lo sé —repuso Agatha—. Es un buen sitio para charlar tranquilamente. Nos vemos allí a las… seis, pongamos.

—Entendido —dijo Phyllis, cuyos grandes ojos irradiaban algo parecido a una insaciable vanidad.

John Armitage estaba subiendo las escaleras cuando oyó un coche deteniéndose frente a la casa de al lado.

Una vez más, se asomó a la ventana del rellano.

Sí, era la tal Raisin, sin duda. Y entonces se quedó boquiabierto al ver cómo ella se arrancaba la peluca rubia de un tirón, la arrojaba al asiento de al lado y luego se quitaba las gafas.

¿Acaso iba disfrazada? ¿O quizá pensaba que esa peluca horrible la hacía parecer más joven?

Armitage vislumbró un buen par de piernas cuando Agatha abrió la puerta del coche y el sol hizo brillar su pelo castaño cortado a la última moda.

Qué intriga, pensó John. Me están entrando ganas de ir a conocerla.

Agatha dio de comer a sus gatos. Estaba segura de haberlo hecho antes, pero parecían hambrientos.

Les había preparado pescado fresco. Ella se alimentaba a base de comida precocinada y recalentada en el microondas, pero se aseguraba de que sus gatos tuvieran lo mejor.

Se agachó y les acarició la cálida cabeza peluda, sintiendo que la soledad amenazaba con engullirla.

En realidad, sus gatos, Hodge y Boswell , no parecían necesitarla salvo como fuente de alimento.

Echó un vistazo al reloj de pared de la cocina.

Tenía que arreglarse para quedar con ese espanto de chica.

Recordó que había dejado la peluca en el coche, junto con las gafas, y fue a cogerlas.

Al volver, se metió en el baño de la planta de arriba, se maquilló y se puso la peluca y las gafas de nuevo. Por un instante se preguntó por qué nadie había llamado a su puerta para preguntarle qué diantres hacía paseándose de esa guisa. De pronto sonó el timbre.

Agatha bajó a abrir y se encontró con un hombre alto y apuesto. Tenía la cara ligeramente bronceada, los ojos verdes y un mentón bien marcado. Pero llevaba una biblia en la mano.

—¡Ni hablar! —exclamó Agatha, y le cerró la puerta en la cara.

Mormones, pensó mientras cogía el bolso. Siempre escogen a los más guapos para ir de puerta en puerta.

John Armitage se retiró a su vivienda. Había encontrado la biblia en un armario con el nombre de James Lacey y había pensado que era una buena excusa para llamar a la puerta de su vecina.

Por lo menos ahora sabía, más allá de toda duda, que había una mujer en el pueblo que no quería tener nada que ver con él. Se fue arriba a hacer la maleta, pues se disponía a pasar unos días en Londres, visitando a un viejo amigo.

Agatha abrió la puerta y se adentró en el ambiente viciado de The Grapes. Allí no había hilo musical, ni máquinas tragaperras, ni mesa de billar, de modo que la juventud de Evesham no lo frecuentaba. Phyllis ya estaba en el pub, pero aún no había pedido nada de beber.

—¿Te traigo algo?

—Un dry martini —dijo Phyllis, que por lo general bebía vodka con Red Bull, pero pensó que el cóctel sonaba más sofisticado.

—No creo que sea buena idea —repuso Agatha—. Dudo que sepan hacerlo bien. ¿Qué te parece un gin-tonic? Es lo que voy a tomar yo.

—Bueno —dijo Phyllis, descortés—. Mientras sea grande.

Agatha volvió a la mesa con dos grandes copas de gin-tonic.

—En vez de contestar a mis preguntas —empezó Agatha—, ¿qué te parece si me hablas de tu vida? Me sorprende que una chica tan guapa como tú no esté prometida.

—Es que soy muy exigente —replicó Phyllis—. Creo que debería mudarme a Londres. Aquí estoy desaprovechada. Nunca pasa nada en Evesham.

—Yo no diría tanto —repuso Agatha—. Inundaciones, asesinatos…

—¿Asesinatos?

—Kylie Stokes.

—Ah, eso. Una sarta de tonterías, si quiere saber mi opinión. Créame: lo suyo fue un suicidio.

—¿Por qué lo dices?

—¿Puedo tomar otro? —preguntó Phyllis, que había engullido su gin-tonic de un trago.

Agatha se fue a la barra y volvió con dos copas más.

—Ibas diciendo…

—¿Lo de Kylie? Si quiere saber mi opinión, esa boda nunca debió celebrarse.

—¿Por qué no? Tenía el vestido de novia y todo.

—Zak le pidió que se casara con él por despecho.

—¿Y quién provocó ese despecho?

—Yo.

—¿Así que lo habías dejado?

—Tuvimos una pelea. Siempre nos estábamos peleando. En la cama éramos insaciables, créame…

Phyllis procedió a describir sus hazañas sexuales con todo lujo de detalles anatómicos.

Increíble, pensó Agatha. La culpa la tenían las revistas femeninas que metían en la cabeza de las chicas la idea de que la única manera de retener a un hombre consistía en engatusarlo con trucos de burdel.

Pero reconoció que la suya tal vez fuera una opinión un tanto retrógrada.

La palabra «recato», aplicada a las mujeres, había quedado trasnochada hacía mucho.

Apartó los ojos de los gruesos labios rojos de Phyllis, intentando reprimir un sentimiento de repulsa al pensar en lo que había hecho con ellos, y dijo:

—El cadáver había estado congelado. Uno no se suicida y luego se congela.

—La policía se equivoca —concluyó Phyllis.

—¿Sabías que era heroinómana?

—Sí, claro.

—No tenía marcas de pinchazos.

—Seguramente la esnifaba.

—¿Y te llevaste un gran disgusto cuando Zak y Kylie se prometieron?

—Supongo que se enterará por las demás. Yo estaba que me subía por las paredes. Sabía que sólo se casaba con ella para fastidiarme.

—Pero hubo una especie de despedida de soltera, ¿verdad? ¿Tú también fuiste?

—Qué va. Me parecía una tontería como una casa. Al día siguiente, Kylie desapareció y su familia hizo que la policía viniera a interrogarnos a todas. Pero se convencieron de que le había entrado el canguelo por la boda y se había dado el piro.

—¿Y tú qué crees?

—Le dije a Zak que Kylie sólo quería un anillo para presumir ante las demás, pero que no estaba enamorada de él.

—Eso quiere decir que quedaste con Zak. ¿Cuándo fue eso?

—La víspera de que la encontraran. Él vino a mi casa esa noche.

—¿Y estaba disgustado?

Phyllis soltó una risotada.

—No después de que me ocupara de él, desde luego.

—¿Te refieres a que os acostasteis?

—¿Usted qué cree?

Agatha recordó a Zak llorando a moco tendido en la discoteca y pensó que Phyllis mentía descaradamente.

—¿A qué vienen tantas preguntas sobre Kylie? —le espetó Phyllis, recelosa—. Creía que habíamos quedado para hablar de mí.

—Y a eso vamos —repuso Agatha, sin perder el temple—. ¿No te das cuenta de que el hecho de conocer a alguien que ha muerto en circunstancias misteriosas te convierte en objeto de interés periodístico?

—Fue un suicidio —insistió Phyllis con terquedad—. Ahora hablemos de mí.

Ni corta ni perezosa, se lanzó a alardear de sus dones y cualidades. Siempre se había imaginado saliendo en la tele, dijo, porque tenía una personalidad arrolladora y era muy guapa.

Te odio, pensó Agatha mientras Phyllis seguía fanfarroneando. Apuesto a que eres capaz de cometer asesinato. Apuesto a que eres una narcisista, y de las psicóticas, por más señas. Todo esto pensó mientras fingía tomar notas.

—¿Y vives sola? —preguntó cuando por fin Phyllis hizo una pausa para tomar aire—. Déjame ver, la dirección es 10A Jones Terrace, ¿correcto? ¿Dónde está tu familia?

—En Worcester.