Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 3
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Capítulo 3

Sharon Heath vivía en una modesta casa adosada que daba a Port Street, cerca de la delegación local de Hacienda. La temperatura había ido subiendo a lo largo de la mañana y Agatha volvía a notar que le escocía el cuero cabelludo bajo la peluca rubia.

—Espera un momento —dijo Roy, deteniendo la mano de Agatha cuando ésta se disponía a llamar al timbre—. No hemos decidido qué vamos a decir. Se supone que estamos haciendo un estudio sobre la juventud en las zonas rurales, así en general. No veo cómo vamos a preguntar por Kylie en particular.

—Empezaremos por las preguntas aburridas de rigor y luego deslizaremos el tema en la conversación como quien no quiere la cosa —repuso Agatha, impaciente.

Roy se encogió de hombros, resignado. Como por desgracia había comprobado en sus propias carnes, a veces Agatha tenía el tacto de un rinoceronte desbocado.

Agatha llamó al timbre. Esperaron unos minutos y, cuando iba a llamar de nuevo, la puerta se abrió y se encontraron frente a una mujer de aspecto ordinario, envuelta en una bata de estar por casa.

—No me interesa, sea lo que sea —dijo, haciendo ademán de cerrarles la puerta en las narices.

—Somos de la tele.

Ah, la magia de la televisión. La mujer se llevó la mano a la cabeza cubierta de rulos.

—¡Vaya por Dios! Soy la señora Heath, pero ¿qué van a pensar ustedes de mí? Denme un segundo.

La puerta se cerró de golpe.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó Agatha, irascible.

—Somos de la tele, así que ha ido a quitarse los rulos y a embutir sus tristes y flácidas carnes en una faja —aventuró Roy con sarcasmo.

Agatha encendió un cigarrillo. El cielo se veía teñido de un azul pálido, como si la lluvia reciente lo hubiese fregado y enjuagado a conciencia.

En la calle soplaba una levísima brisa y, a lo lejos, resonaban las campanas de la iglesia de Evesham.

En una de las casas vecinas se oía el llanto quejicoso de un bebé.

Cuando por fin la puerta se abrió de nuevo, una transformada señora Heath se presentó ante ellos con el pelo lacado, la cara empolvada y la silueta enfundada en un vestido ceñido de imitación de seda en un morado cardenalicio.

—¡Pasen! —los invitó con voz cantarina—. Sharon nos estaba comentando que anoche estuvieron ustedes en la discoteca. ¿Saldrá mi niña en la tele?

—Es posible —repuso Agatha con frialdad—. Sin duda sería una buena entrevistada.

—¿Dónde está el cámara? —preguntó la señora Heath, alargando el cuello como si quisiera ver más allá de Agatha.

—Eso vendrá después —contestó ésta, tajante—. Primero, tenemos que llevar a cabo un trabajo de investigación.

—Adelante —dijo la señora Heath, haciéndose a un lado—. Encontrarán el salón a su izquierda.

El salón era una estancia pequeña que, según todos los indicios, se había ordenado apresuradamente. Agatha se sentó en un sillón que crujió bajo su peso porque alguien había metido revistas y diarios de cualquier manera debajo del cojín del asiento.

—Veamos —empezó la señora Heath—, ¿puedo ofrecerles algo de beber?

Su boca era una delgada línea pintada de rojo que se curvaba hacia abajo en las comisuras, y en sus ojos había una mirada de acero. Agatha dedujo que, cuando no estaba dando coba a sus invitados, la señora Heath podía tener muy mal carácter.

—No es necesario, gracias —dijo Agatha—. ¿Dónde está Sharon?

—Iré a llamarla.

La señora Heath abandonó la estancia. No tardaron en oírla decir en tono desabrido:

—¡Por el amor de Dios, mueve el culo, chica! No van a esperarte todo el día.

Instantes después volvió al salón seguida por Sharon, que lucía una blusa de tela brillante, una falda larga y botas con gruesas suelas de plataforma.

Se había aplicado una generosa capa de maquillaje bronceador que se interrumpía bruscamente en la línea de la mandíbula y contrastaba de manera flagrante con la enfermiza palidez del cuello.

—Veamos —empezó Agatha, apoyando el portapapeles sobre el regazo—.

Estamos haciendo un reportaje sobre las formas de ocio juvenil en la Inglaterra central, pero también nos interesan los datos relativos a la delincuencia.

Ha habido incidentes con chicas que salen de las discotecas de madrugada y nunca llegan a su casa.

—Lo he visto en las noticias, pero eso no ha pasado en Evesham —dijo Sharon, mordisqueándose nerviosamente las uñas pintadas de rojo.

—Está lo de esa tal Kylie —añadió la señora Heath, que se moría de ganas de intervenir—. Ha salido en los diarios de hoy. Dicen que murió de una sobredosis de heroína y que congelaron su cadáver antes de echarlo al río. ¡Qué cosas!

Sharon arqueó tanto las cejas depiladas que casi se juntaron con el nacimiento del pelo.

—¿Drogas, Kylie? Imposible.

—Cuando te pregunté si tenía algún enemigo —insistió Agatha—, mencionaste a una tal Phyllis.

—No sé si debería. Si esto sale en la tele, me arrancará los ojos.

—Te aseguro que no saldrá —dijo Agatha—. Sólo trato de entender cómo pudo haber pasado algo así.

—Júrenme que no dirán nada.

—Te damos nuestra palabra —le aseguró Roy en tono solemne.

Como si sólo en ese instante se percatara de su presencia, Sharon le dedicó una sonrisa coqueta, aunque esa palabra no le hacía justicia, pensó Agatha.

Teniendo en cuenta que llevaba los labios pintados de un oscuro tono morado, parecía más bien una vampiresa.

—Verán —empezó Sharon, inclinándose hacia delante para regodearse en el placer de un cotilleo sin consecuencias—, Zak salía con Phyllis, que es una chica grandota y tiene muy mal beber.

Lo que ella no sabía era que Zak estaba saliendo con Kylie al mismo tiempo.

Un buen día, Kylie se presentó en la oficina con un anillo de compromiso y, al verlo, Phyllis se puso hecha una fiera y le tiró del pelo.

Tuvimos que separarlas por la fuerza. «¡Nunca te casarás con él!

», le dijo. «¡Antes te mato!» ¿Qué les parece?

—Muy interesante —comentó Agatha—. ¿Dónde vive esa tal Phyllis?

—Eso no se lo puedo decir —contestó Sharon, alarmada—. Sabría que yo se lo he contado.

—No tiene por qué —repuso Agatha en tono tranquilizador—. ¿Hay alguna manera de entrevistar a todas las compañeras de trabajo de Kylie a la vez?

—Bueno, está el McDonald’s de Four Pools. Solemos quedar allí a eso de la una de la tarde.

—Doy por hecho que la policía ha entrevistado a Phyllis.

—Vinieron a hablar con todas nosotras, pero Phyllis nos da tanto miedo que nadie dijo ni mu sobre eso.

Agatha, que ahora creía tener un hilo del que tirar, se centró en preguntar a Sharon por sus intereses y aficiones, que al parecer se reducían a ir a la discoteca y ver culebrones en la tele.

Al finalizar la entrevista, la señora Heath los acompañó hasta la puerta.

—No dejen de avisarnos cuando vayan a venir los cámaras para poder redecorar la casa.

Temiendo ocasionar gastos innecesarios, Agatha se apresuró a decir:

—Las entrevistas se grabarán en la discoteca.

John Armitage se removía en la silla mientras, para sus adentros, se prometía no volver a dejar abierta la puerta de su casa. Tenía enfrente a la señora Anstruther-Jones, que había entrado como Pedro por su casa, sin molestarse en llamar a la puerta.

Al oír el motor de un coche en la calle, la susodicha interrumpió su monólogo sobre el importante papel que desempeñaba en el pueblo.

—Será su vecina, Agatha Raisin, una asaltacunas.

—¿De veras? —repuso su anfitrión como si nada pudiera interesarle menos—. Si no le importa…

—No negaré que, de vez en cuando, hace algo bueno.

—¿Como tejer cestas de mimbre bajo el agua para mitigar el desasosiego vital?

La señora Anstruther-Jones se lo quedó mirando boquiabierta.

—Perdone, pero debo pedirle que se marche. Necesito ponerme a escribir.

Ella se levantó y cogió su enorme bolso de piel reluciente.

—Ah, la llamada de las musas… —repuso, coqueteando descaradamente.

—Exacto —dijo él, poco menos que empujándola hasta la puerta.

En cuanto se fue, John Armitage cerró la puerta con llave.

Luego se sentó al ordenador y lo encendió.

Se quedó mirando fijamente la pantalla. Agatha Raisin.

A juzgar por los cotilleos locales, era una especie de detective aficionada y había estado casada con el anterior propietario de la casa.

Tenía algo a su favor: no había ido a fisgonear al nuevo vecino, a diferencia de casi todas las demás mujeres del pueblo.

Sólo esperaba que, en cuanto pasara la novedad de su presencia, lo dejaran en paz.

Al día siguiente, al filo del mediodía, John oyó cómo alguien salía de la casa de al lado dando un portazo y, súbitamente intrigado por el aspecto de la tal Agatha Raisin, se acercó a la ventana del pequeño rellano lateral de su casa, desde el que alcanzaba a ver la puerta de su vecina.

Vio a una mujer subiéndose a un coche. Tenía una melena rubia de aspecto extraño —parecía una peluca— y unas gafas nada favorecedoras. «Si eso es una asaltacunas, que venga Dios y lo vea», murmuró, y se fue abajo para ponerse a trabajar.

La noche anterior, Agatha había acompañado a Roy a la estación de tren, y debía reconocer que echaba de menos su apoyo.

Le había dado dinero para que le comprara una peluca de más calidad en Londres y se la enviara por correo.

Sólo esperaba que la emoción de salir en la tele evitara que las jóvenes empleadas de Barrington’s se fijaran demasiado en su aspecto.

Una vez más, hacía un día espléndido. El sol brillaba a través de los cristales del coche, y el calor resultante hacía que la peluca le resultara aún más incómoda.

Se detuvo en el Tesco de Evesham a comprar víveres y llegó al McDonald’s poco después de la una de la tarde.

Sharon y cuatro chicas más estaban sentadas a una mesa redonda.

Agatha fue hacia allí portapapeles en mano.

—Creo que la otra noche coincidí con algunas de vosotras en la discoteca —empezó—. Estoy trabajando en un reportaje para la tele sobre los hábitos de ocio de los jóvenes en la Inglaterra central. ¿Os importa que os haga unas preguntas?