Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Agatha, aferrada a un portapapeles, hizo un discurso sobre la voluntad de divulgar las formas de ocio que existían más allá de las grandes ciudades.

Dijo que, en los últimos tiempos, la televisión se había centrado demasiado en lo que pasaba en Londres y añadió que, antes de ponerse manos a la obra, necesitaban conocer algunos detalles de la discoteca, como el horario de apertura, qué clase de jóvenes frecuentaban el local y si alguna vez habían tenido problemas con la policía.

—Jamás hemos tenido problemas con la policía —zanjó Terry—. Aquí no entran drogas, y tampoco se venden bebidas alcohólicas a menores de edad.

A continuación se lanzó a presumir de su discoteca, que había inaugurado dos años antes, cuando se había mudado allí desde Birmingham, al darse cuenta de que los jóvenes de la zona no tenían mucho que hacer por las noches.

Agatha garabateaba en el papel como si tomara notas, sin fijarse demasiado en lo que escribía porque no tenía la menor intención de usarlo.

Finalmente dijo, mirando a Zak:

—Lamento mucho lo que te ha pasado; lo leí en el periódico.

De repente, los ojos de Zak se llenaron de lágrimas y el chico enterró la cara entre las manos.

—No queremos hablar de eso —replicó Terry con brusquedad—. Ha sido una desgracia. ¿Les gustaría bajar a la discoteca? Seguro que quieren hablar con algunos de nuestros jóvenes clientes.

Agatha se levantó, sintiéndose escarmentada.

Había ido hasta allí convencida de que Zak era el malo de la película.

Hubiese querido preguntarle si Kylie tenía algún enemigo, pero el joven parecía demasiado disgustado para contestar a ningún tipo de preguntas.

Agatha sólo pensaba en salir de allí, pero debía seguir fingiendo un poco más que trabajaba para la televisión.

Mientras el ruido martilleaba una vez más sus tím­panos, se preguntó cómo demonios se suponía que ibana oírla los jóvenes a los que debía entrevistar. Roy la cogió por banda y le gritó al oído:

—¡Sal fuera y yo me encargo de sacar a un par de chicos!

Agradecida, Agatha se abrió paso hasta la puerta.

Una vez fuera, encendió un cigarrillo y esperó.

Incluso en la calle, la música de la discoteca retumbaba bajo sus pies.

Echó un vistazo a las casas de alrededor y se preguntó cómo aguantaban los vecinos semejante estruendo.

Entonces Roy salió del local, seguido por una decena de adolescentes con los ojos relucientes de emoción ante la perspectiva de salir en la tele.

Agatha y él contestaron pacientemente a las preguntas de los jóvenes, que querían saber si conocían a tal o cual estrella del pop, y cómo eran en la distancia corta.

Gracias a su trabajo como relaciones públicas, Roy había tratado a varios de los cantantes de moda y no escatimó en cotilleos jugosos.

Agatha, entretanto, empezaba a notar cierto escozor en el cuero cabelludo debido a la gruesa peluca rubia.

Cogió el portapapeles y pidió a los jóvenes que le dijeran su nombre, dirección y a qué se dedicaban.

Cinco de ellos estaban en el paro, pero una de las chicas dijo que trabajaba en informática.

—¿No será, por casualidad, en la misma empresa que Kylie Stokes? —preguntó Agatha.

—Sí, trabajábamos juntas en Barrington’s —contestó la joven.

—¿Y cómo dices que te llamas? —preguntó Agatha, volviéndose hacia el portapapeles y entornando los ojos.

—Sharon Heath.

Sharon era alta y delgada. Llevaba puesto un top palabra de honor que le dejaba el ombligo al aire, revelando un reluciente piercing .

Tenía otro en la nariz y cuatro aros dorados en cada oreja.

Su maquillaje consistía en una máscara blanca en la que destacaban los ojos, delineados con kohl.

Pese a su juventud, tenía los hombros caídos y todo en ella parecía haber cedido, incluidos los ojos y la boca de labios delgados.

Se había teñido la larga melena lacia de color berenjena.

—Me llevé un gran disgusto con lo de Kylie —dijo—. Se sentaba a mi lado.

Al parecer, Barrington’s no era una empresa de informática, sino que se dedicaba al suministro de accesorios para el baño. Sharon trabajaba en lo que, antes de la llegada de los ordenadores, se habría llamado departamento de mecanografía. Se ocupaba de las cuentas y los pedidos, al igual que Kylie.

—Por lo que tengo entendido, la policía cree que se trata de un homicidio —dijo Agatha—. ¿Sabes de alguien que detestara a Kylie hasta el punto de querer matarla?

Sharon se llevó la mano a la boca para ahogar una risita nerviosa.

—Bueno, está Phyllis.

Terry Jensen apareció en la puerta.

—Tengo que irme —farfulló Sharon, y se apresuró a volver adentro mientras el resto de los jóvenes seguían interrogando a Roy acerca de las estrellas del pop.

—Puede que no todo haya sido en vano —concluyó Agatha mientras volvían a casa—. Me gustaría tener otra charla con Sharon. Me ha dado su dirección; creo que deberíamos ir a verla mañana.

—De acuerdo —repuso Roy—. No has dicho ni mu de James.

—No hay nada que decir. No vuelvas a sacar el tema.

Mientras Agatha enfilaba Lilac Lane, vio que había luces encendidas en la casa del escritor y reconoció la ancha espalda de la señora Anstruther-Jones en la ventana. Parecía charlar animadamente.

—Mi nuevo vecino ha caído en las garras de la mayor plasta del pueblo —comentó.

Aparcó y entraron en la casa.

—No pareces tener muy buena opinión de él —dijo Roy.

—No lo conozco. Sólo lo he visto trasteando en el jardín.

—¿Seguro que era él?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque, cuando lo has descrito antes, la señora Bloxby te ha mirado con cierta sorna, como si se burlara de ti para sus adentros.

Agatha miró a Roy con gesto sorprendido.

—¿La señora Bloxby? Será broma. ¡La mujer del vicario nunca se burlaría de mí!