Capítulo 2 #3
—¿Has oído algo sobre esa discoteca, Hollywood Nights?
—No, nada, pero también es verdad que no vivo en el pueblo.
Agatha le dio las gracias y se marchó. Se quedó plantada delante del centro de estética, indecisa.
Como si el clima se burlara del reciente sufrimiento de los habitantes de Evesham, hacía un día cálido y soleado.
De pronto echó muchísimo de menos tanto a James como a Charles.
Ambos habrían sentido la misma curiosidad que ella por saber qué le había pasado a Kylie.
Luego pensó en Roy Silver, que había trabajado a sus órdenes. Lo invitaría a pasar el fin de semana.
Roy llegó a la estación de Moreton-in-Marsh enfundado en un traje chaqueta negro con cuello Mao y unas botas de imitación de cocodrilo con punteras muy afiladas. Se bajó del tren hablando rápidamente por el móvil.
—No vas a impresionar a nadie —le dijo Agatha, yendo a su encuentro. Roy guardó el aparato—. Hoy en día todos los patanes tienen móvil.
—Hay cosas que no cambian —replicó Roy, picajoso—. No sé si lo sabes, pero mi trabajo es muy estresante.
Roy seguía teniendo el aspecto pálido y larguirucho de un pilluelo del East End londinense. Plantó un beso húmedo en la mejilla de Agatha y luego la siguió hasta el coche y guardó su equipaje en el maletero.
—Háblame de ese asesinato —dijo mientras Agatha arrancaba.
Ella le contó lo que sabía.
—Si no fuera porque el cadáver estuvo metido no se sabe cuánto tiempo en un arcón congelador —dijo a modo de colofón—, seguramente la policía lo habría descartado como una muerte accidental.
—Podría serlo de todos modos.
—¿Cómo llegas a esa conclusión?
—Bueno, pongamos que el novio estaba al tanto de la adicción a las drogas de la víctima.
Que no tuviera marcas de pinchazos no significa nada.
Puede que esnifara la heroína. Luego se pasa por fin a la jeringuilla y la palma.
Ese tal Zak se acojona. No sabe qué hacer.
Presa del pánico, va y mete el cadáver en un congelador, a saber dónde.
La policía no puede registrar todos los arcones congeladores de Evesham.
Quién sabe, tal vez esté en el cobertizo de algún jardín trasero.
Muchos de esos aparatos son demasiado grandes para tenerlos dentro de casa.
El caso es que, cuando se le pasa el susto, el chaval cae en la cuenta de que no tendría que haber tocado el cadáver.
No puede llamar a la policía. En ésas llega la inundación, Zak se dice que la ocasión la pintan calva y la tira al río.
—Llevando puesto el vestido de novia.
—Bueno, son cosas que pasan cuando cunde el pánico. ¿Por dónde empezamos, Sherlock?
—He pensado que esta noche podríamos acercarnos a la discoteca.
—Cantaremos como dos almejas. Yo tengo un pase, pero tú eres demasiado mayor, cariño.
—Muchas gracias.
—Lo que quiero decir es que necesitamos una excusa.
Sabes qué, tuve un amigo que trabajaba como productor televisivo para la BBC y se pasaba la mayor parte del tiempo yendo de aquí para allá, preguntándole a la gente toda clase de cosas.
Yo seré el productor y tú puedes ser la guionista que escribe sobre los hábitos de ocio de la juventud en la Inglaterra central.
Aunque, ahora que lo pienso, tu foto ha salido en los diarios locales, ¿verdad?
—Sí, pero puedo disfrazarme.
—Pruébalo y te diré si das el pego.
Agatha fue a ver a la señora Bloxby en compañía de Roy porque en la vicaría había una caja con pelucas y trajes que se usaban en las funciones de teatro aficionado que organizaba la iglesia.
Agatha escogió una peluca rubia y un par de gafas con cristales sin graduar.
Después de recogerse la melena rubia con una cinta negra, tenía un aspecto menos artificial.
—Pues sí que das el pego —sentenció Roy.
—Espero que no se metan en ningún lío —les advirtió la señora Bloxby, preocupada. Le habían contado las novedades sobre la muerte de Kylie.
—Sólo vamos a echar un vistazo —repuso Agatha, quitándole hierro.
—¿Ha conocido ya a su nuevo vecino?
—No, pero lo he visto y puedo decir que es tal como me lo había imaginado.
—¿Sin haber hablado con él?
—No me hace falta. He visto la barba y la barriga cervecera.
Roy captó un destello de regocijo casi pecaminoso en la mirada normalmente apacible de la señora Bloxby. En ese instante, el vicario preguntó a voz en cuello desde su estudio:
—Esa tal Anstruther-Jones viene hacia aquí. ¿Se ha marchado ya ese bicho de Agatha?
—Perdonen —dijo la señora Bloxby, roja como un tomate, y salió pitando hacia el estudio.
—Tengo la impresión de que no le caes demasiado bien al vicario —comentó Roy mientras alguien llamaba al timbre.
—Yo diría que nadie le cae bien —repuso Agatha, molesta—. En mi opinión, no tiene madera de sacerdote.
Volvieron a llamar al timbre.
—¿Crees que deberíamos ir a abrir? —preguntó Roy.
—Que se encarguen ellos —replicó Agatha.
Entonces apareció el vicario, con cara de no saber dónde meterse, seguido por su mujer.
—Mi querida señora Raisin —dijo—. Dice mi esposa que me ha oído usted refiriéndome a un bicho llamado Agatha. Lo siento muchísimo. Hay una gata callejera que suele merodear por el cementerio de la iglesia… se llama Agatha y mi mujer le da de comer.
Roy pensó que acababa de oír una de las excusas más absurdas de todos los tiempos, pero al parecer había servido para apaciguar a Agatha. El timbre sonó de nuevo.
—Será mejor que vaya a abrir —dijo la señora Bloxby. El vicario se apresuró a volver a su estudio.
Instantes después, la señora Anstruther-Jones irrumpió en la estancia.
—¡Ah, señora Raisin! —dijo con voz cantarina—. ¿Y a quién tenemos aquí? ¿Su hijo?
—No, su amante —contestó Roy sin inmutarse.
—Vámonos —dijo Agatha, cogiendo su disfraz.
—¡No doy crédito! —exclamó la señora Anstruther-Jones cuando la puerta se cerró tras la pareja—. Qué vergüenza. ¡Una mujer de su edad! Espero, señora Bloxby, que, siendo usted la mujer del vicario, le haya dicho lo que opina de esa relación.
—La señora Raisin no tiene una aventura con ese chico.
—Pero si ha dicho que…
—Resulta tentador provocar a alguien que parece vivir en un constante estado de indignación. Además, siempre he pensado que quienes más se escandalizan y ponen el grito en el cielo por todo lo relacionado con el sexo son quienes menos lo practican, muy a su pesar. ¿Le apetece un té?
Agatha reconoció a Zak en cuanto lo vio en la puerta de la discoteca. Si tan disgustado estaba por la extraña muerte de su novia, lo disimulaba muy bien. Los recibió con una sonrisa y les advirtió:
—¿Seguro que quieren entrar? Ahí dentro sólo hay gente joven.
—Estamos investigando para un programa de televisión sobre el ocio en entornos no urbanos —dijo Agatha.
—Bueno, en ese caso —repuso Zak sonriendo de oreja a oreja al tiempo que flexionaba los músculos bajo el esmoquin—, han venido ustedes al lugar adecuado.
Será mejor que se lo comenten a mi padre, que es el dueño del local.
—Dicho esto, se volvió hacia atrás y ordenó a voz en grito—: ¡Ocúpate de la puerta, Wayne!
Un joven con pinta de camorrista salió del local y repasó a Agatha y a Roy de arriba abajo con sus ojillos brillantes.
—¿Otra vez la poli?
—No, son de la tele —dijo Zak, orgulloso—. Acompáñenme.
En la discoteca había la consabida bola de espejos giratoria y luces estroboscópicas que le arrancaban destellos desde distintos puntos de la estancia.
Kylie debió de pensar que le había tocado la lotería cuando consiguió a Zak, pensó Agatha.
Algunas de las chicas eran guapas, pero ellos parecían todos cortados por el mismo patrón: delgaduchos, pálidos y encorvados, como si hubiesen pasado los últimos años sentados delante de la tele engullendo comida basura.
En un rincón de la sala había una barra a la que los condujo Zak.
La música sonaba a un volumen tan desmesurado que les atronaba en los oídos, reverberaba en el suelo bajo sus pies y agredía todos sus sentidos.
El ambiente era sofocante y un olor a colonia barata impregnaba el aire.
El padre de Zak estaba de pie junto a la barra y el chico se le acercó para decirle algo al oído.
El hombre miró a la pareja de recién llegados y les hizo una seña con la cabeza.
Lo siguieron por la escalera del rincón y luego franquearon una gruesa puerta insonorizada que daba a un despacho.
Agatha soltó un suspiro de alivio al dejar atrás la música, reducida de pronto al sordo golpeteo de los graves.
—Soy Terry Jensen —se presentó—. Siéntense. ¿Puedo ofrecerles algo de beber?
Agatha pidió un gin-tonic y Roy dijo que tomaría lo mismo.
Terry fue hacia el mueble bar de cristal y hierro forjado del rincón y empezó a servir las copas.
Era un hombre de complexión fornida cuya musculatura se adivinaba bajo la camisa.
Al igual que su hijo, poseía una abundante mata de pelo negro, pero a diferencia de éste era achaparrado y un poco patizambo.
Lucía una camisa de nailon blanco sobre una camiseta de tirantes, pantalón gris y zapatos de cordones negros resplandecientes, como los que usaría un policía fuera de servicio.
Tendió las copas a sus invitados. El rostro de Terry Jensen no poseía ni rastro del atractivo con el que su hijo había sido agraciado.
Tenía la piel curtida, una boca de labios gruesos, los ojos grandes, pálidos y ligeramente saltones.
Agatha y Roy se sentaron en un sofá de imitación de piel, frente a un gran escritorio que ocupó Terry. Zak, por su parte, se acomodó en una silla cerca de la puerta.
—A ver, ¿qué es todo eso de que vamos a salir en la tele? —preguntó Terry.