Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Cuando llevaba dos capítulos leídos, se sintió profundamente desmoralizada.

La historia transcurría en un bloque de pisos de Birmingham muy parecido al que la había visto crecer y arrancaba con la brutal violación colectiva de una joven.

Era una lectura adictiva, pero a Agatha le gustaba leer para evadirse, no para recordar escenas de su juventud, del pasado que tanto se esforzaba por olvidar, por mantener enterrado.

Intentó imaginar qué aspecto tendría ese tal John Armitage, ya que la cubierta del libro no incluía ninguna foto.

Lo suponía bajito y con una buena barriga cervecera.

Un hombre de mediana edad con barba y una falsa risa cordial.

Sin embargo, siguió leyendo porque la historia era apasionante y, al terminar el libro, supo que no volvería a tener fantasías románticas con su nuevo vecino.

Que las demás mujeres del pueblo fueran a agasajarlo con pasteles y bollos .

Agatha Raisin, mientras tanto, se dedicaría a resolver un crimen en la vida real, pues estaba convencida de que se hallaba ante un asesinato.

A la mañana siguiente, se metió en el coche y se fue hasta Moreton-in-Marsh para comprar el Evesham Journal .

Había un amplio reportaje fotográfico de la inundación, pero sólo una breve nota sobre la muerte de Kylie, con la misma cita de la policía diciendo que no se revelaría el nombre de la fallecida hasta haber informado a sus allegados.

Agatha volvió a casa. Había una furgoneta de mudanzas aparcada delante de la casa de al lado, pero no le dedicó sino un breve y displicente vistazo antes de entrar en su propio cottage .

Luego llamó a Bill Wong, a la comisaría de Mircester, pero le dijeron que había sa­lido.

Entonces marcó el número de Mariposas y pidió a Rosemary la dirección de Kylie.

—No puedo dársela, Agatha —le dijo la esteticista—, tal como no le daría a nadie su dirección.

—Pero ella está muerta, y yo no.

—Lo siento, pero no puedo. Lo entiende, ¿verdad?

—No —replicó Agatha contrariada, pero, no bien colgó el teléfono, se preguntó a santo de qué se enfadaba con la mejor esteticista de la zona.

Alguien llamó al timbre. Era la señora Bloxby.

—Pase —dijo Agatha—. Tengo mucho que contarle.

Mientras tomaban café, describió lo sucedido a la mujer del vicario.

—Es muy frustrante —concluyó—. Me gustaría ponerme a investigarlo, pero no sé nada de esa chica.

—Todavía es muy pronto —repuso la señora Bloxby en tono tranquilizador—. Y quién sabe, puede que encuentre usted a un alma gemela en la casa de al lado.

—Hablando de lo cual, he leído una de sus novelas.

—Tienen mucha violencia, pero no se puede negar que sabe atrapar al lector con sus historias.

—No creo que sea mi tipo.

—¿Lo ha visto?

—Aún no, pero siempre se sabe qué aspecto tienen los autores por cómo escriben. Seguro que es bajito, gordo, barrigón y barbudo.

—¡Santo cielo! ¿Y ha deducido todo eso sólo con leer uno de sus libros?

—Es algo que se me da bastante bien.

La señora Bloxby, que acababa de conocer a John Armitage, abrió la boca para decirle a Agatha que estaba muy equivocada, pero volvió a cerrarla sin decir ni mu. Lo último que quería era ver cómo se enamoraba otra vez del vecino de al lado. Le tenía cariño y no quería que volviera a sufrir.

—Bueno, por lo que tengo entendido, se irá a Londres nada más acabar la mudanza y se quedará allí una semana, de modo que no podrá comprobar si es tal como se lo imagina hasta dentro de unos días.

—De todos modos, no me interesa —dijo Agatha encogiéndose de hombros, dando por sentado que la mujer del vicario tampoco había visto todavía a John Armitage.

Al cabo de una semana, Agatha se había olvidado por completo de su vecino y empezaba a preguntarse si alguna vez volvería a hablar con Bill Wong.

Le daba pánico presentarse en su casa y verse increpada de nuevo por la aterradora señora Wong.

Sin embargo, justo cuando se planteaba montar guardia frente a la comisaría de Mircester para interceptarlo, Bill llamó a su puerta.

Agatha poco menos que lo arrastró al interior de la casa mientras lo acribillaba a preguntas:

—¿Dónde te has metido? ¿Qué ha pasado?

—Siéntate y tranquilízate —le dijo Bill—. He estado liado con una serie de robos en Mircester y hasta ayer por la noche no pude llamar a mi amigo de la policía de Worcester. Todo es muy extraño.

—¿A qué te refieres? —preguntó Agatha, hurgando en un paquete de tabaco en busca de un cigarrillo sin apartar los ojos de Bill.

—Esa chica murió por una sobredosis de heroína. Su prometido, Zak Jensen, dice que era adicta, pero le había jurado que lo había dejado.

Agatha no pudo disimular su decepción.

—Entonces, ¿ha sido suicidio?

—Eso podría deducirse, si no fuera por un detalle.

—¿Qué detalle?

—El cuerpo había estado congelado.

—¿Qué?

—Sí, lo congelaron después de la muerte y lo arrojaron al río durante la riada, quizá con la intención de hacerla pasar por una víctima más de las inundaciones.

—¡Llevando puesto el vestido de novia!

—Sí, lo lógico hubiese sido que se lo quitaran antes de echar el cadáver al río, pero seguramente se le quedó pegado al congelarse.

La chica se llamaba Kylie Stokes. Trabajaba para una empresa de Four Pools Estate en algo relacionado con la informática.

Cuatro días antes de que apareciera el cadáver, sus compañeras de oficina le habían organizado una despedida de soltera.

Se emborracharon, la engalanaron con guirnaldas y serpentinas y la pasearon por las calles.

Supuestamente, la boda debía celebrarse dos días después.

Kylie ya había pedido permiso en el trabajo.

Su madre dice que salió por la noche y no regresó, por lo que denunció su desaparición a la policía de Evesham.

Están registrando cada comercio, edificio y casa particular del pueblo que pueda tener una cámara frigorífica o un arcón congelador.

—¿Y qué hay de Zak?

—Verás, como no es posible determinar con exactitud la hora de la muerte, no podemos pedirle una coartada para un intervalo de tiempo específico.

—Bill, cuando la vi en la esteticista, no parecía una drogadicta. Era la viva imagen de la salud y la felicidad.

—Por ahora, no puedo decirte mucho más.

—¿Qué clase de familia son los Stokes?

—No creo que pase nada por contártelo, puesto que mañana saldrá en los diarios.

La madre de Kylie, Freda Stokes, es viuda.

Trabaja en un puesto del mercado de Evesham, ya sabes, el mercado cubierto de High Street.

Según todos los testimonios, es una mujer decente y trabajadora.

Kylie era su única hija. Todo esto la ha afectado mucho.

Vive en una de esas casas adosadas que hay cerca de la delegación de Hacienda, en la esquina con Port Street.

No he apuntado el número, y seguramente sea mejor así.

Está muy disgustada, así que no quiero que vayas a llamar a su puerta.

—¿Y qué hay de Zak?

—Trabaja como portero en la discoteca de su padre, Hollywood Nights, que está en Evesham.

La policía ha tenido que acudir varias veces al local, por lo general por alguna pelea entre jóvenes que han bebido más de la cuenta.

Ni su padre ni él tienen antecedentes penales. Zak parece sinceramente destrozado.

—Teniendo en cuenta que ella llevaba puesto el vestido de novia, podría pensarse que, si alguien le provocó una sobredosis, el homicidio seguramente habría tenido lugar en casa de su madre, porque se supone que el novio no puede ver a la novia con el vestido puesto antes de la boda.

—Agatha, si no fuera por el hecho de que el cadáver había sido congelado, aseguraría sin vacilar que Kylie es tan sólo otra triste víctima de las drogas.

—¿Y un cadáver congelado no se habría hundido en el agua?

—No. Al contrario: si el cadáver aún estuviese congelado cuando lo arrojaron al río, habría flotado.

Pero se había descongelado hasta alcanzar la temperatura del agua fluvial, que no es demasiado cálida en esta época del año y, con la crecida, había una fuerte corriente en el Avon.

La policía cree que el cadáver quedó atrapado en una especie de remolino justo antes de llegar al tramo del puente y salió brevemente a la superficie antes de hundirse de nuevo.

Pero no des por sentado que Zak es el asesino.

Sólo porque hubo un caso similar en Chile no quiere decir que haya pasado lo mismo aquí.

La madre de Kylie no es rica, ni mucho menos, y la chica no ha dejado testamento. Nadie podía lucrarse con su muerte.

—¿Y qué me dices de la discoteca? ¿Estás seguro de que no tiene ninguna relación con las drogas?

—Segurísimo. De lo contrario, la policía de Worcester lo sabría. Te lo he dicho antes, Agatha, pero insisto: deja este asunto en manos de la policía de Worcester. Son muy buenos, de verdad.

—¡Ja!

Después de que Bill se marchara, Agatha decidió volver a Evesham y preguntar a Sarah, la esteticista que había atendido a Kylie, si creía que la joven tomaba drogas.

Cuando se metió en el coche, vio a un hombre achaparrado y con barba trabajando en el jardín de la casa contigua y sonrió para sus adentros.

El escritor era tal como ella se lo había imaginado.

Al llegar a Evesham aparcó en Merstow Green y se encaminó al centro de estética. Estaba de suerte, porque Sarah acababa de atender a una clienta y se disponía a tomarse un descanso antes de la siguiente.

—Quería hacerte algunas preguntas sobre Kylie —dijo Agatha—. ¿Te dio la impresión de ser adicta a la heroína?

Sarah se la quedó mirando de hito en hito.

—Qué va, era la viva imagen de la salud. No sólo no tenía marcas de pinchazos, sino que tampoco había señales de que hubiese esnifado droga. Esa pobre chica tenía una piel de porcelana. ¿Fue eso lo que la mató, las drogas? ¿Una pastilla de éxtasis adulterada?

—Por lo que tengo entendido, la policía cree que murió de una sobredosis de heroína.

—Vaya por Dios. Creo que hay mucha droga en Evesham.