Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 2
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Capítulo 2

Mientras el invierno daba paso a la primavera, Agatha hubo de esforzarse para no dejarse vencer por el desánimo.

La culpa la tenía la lluvia, esa lluvia constante e impenitente.

El agua goteaba de los cerezos en flor en los jardines del pueblo y los narcisos amarillos se marchitaban bajo el azote de las tormentas.

Y entonces, en abril, tras un día de fuertes aguaceros, un tímido sol recubrió con su pátina dorada los charcos de Lilac Lane.

Agatha salió de casa para ir a clase de pilates, al que para entonces se había vuelto totalmente adicta.

Era el único vicio sano que había tenido en su vida.

Al llegar a Evesham, justo antes de pasar el puente de Cheltenham Road, masculló una maldición.

La policía estaba desviando el tráfico. Giró a la derecha.

Como el suyo era el coche que iba en cabeza, los demás la siguieron.

Si doblo a la izquierda por aquí, pensó, llegaré a Waterside Road.

Bajó por la calle en pendiente hasta que, de pronto, pisó a fondo el freno y soltó una exclamación.

No daba crédito: la avenida Waterside había desaparecido.

El río Avon se había desbordado y el nivel del agua subía por momentos.

Agatha indicó por señas a los demás coches que iba a dar media vuelta e hizo un cambio de sentido.

Decidió salir a la carretera de circunvalación por el puente de Simon de Montfort y entrar en Evesham por arriba.

Los coches ralentizaban la marcha al cruzar el puente para contemplar los campos anegados a ambos lados de éste.

Agatha se adentró en Evesham y dejó el coche en el aparcamiento de Merstow Green.

Decidió ir andando hasta el puente Workman para comprobar el alcance de la crecida.

Enfiló Bridge Street, cuya pronunciada pendiente bajaba hasta el arco del puente Workman.

Según se acercaba, vio que, al otro lado del río, Pont Street estaba inundada y que el torrente bajaba por delante de las casas que daban a la ribera, arrollándolo todo a su paso.

Frente a Magpie Antiques, la tienda de antigüedades, dos vecinos se aferraban a un portal a la espera de auxilio.

Un helicóptero de Salvamento Aéreo y Marítimo sobrevolaba la zona.

Agatha no podía creer que los servicios de salvamento se vieran obligados a rescatar a los habitantes del centro de Inglaterra.

Enfiló el puente, donde se unió a los demás curiosos.

Desechos y ramas de árbol bajaban a toda velocidad, arrastrados por el río crecido.

De pronto se oyó un golpe estruendoso: una caravana que había flotado a la deriva desde una zona de aparcamiento se había quedado atascada al pasar bajo el puente.

Y entonces, cuando Agatha se asomó por encima del antepecho para contemplar el agua, que destellaba bajo el sol por primera vez desde hacía semanas, ahogó un grito de horror.

Al igual que Ofelia, la joven con la que había coincidido en el centro de belleza —Kylie, recordó que se llamaba—, pasó flotando en el caudaloso río con la cabellera rubia enmarcándole el rostro.

Entre las manos, llevaba un ramo de flores.

Mientras Agatha y todos los presentes contemplaban la escena consternados, el cadáver rodó, zarandeado por la corriente, y se hundió hasta desaparecer de vista.

Agatha la señaló e intentó gritar, pero, como en una pesadilla, no logró articular palabra.

Otros a su alrededor sí prorrumpieron en gritos y exclamaciones.

Un policía dijo algo por el auricular que llevaba en la solapa y entonces, bajo la atenta mirada de los presentes, una lancha patrullera de la policía se acercó a toda velocidad a ese tramo del río.

Otros agentes de policía se presentaron en el puente y dispersaron a los curiosos:

—Circulen. El puente no es seguro. Circulen.

Siguiendo las órdenes de la policía, los curiosos se alejaron por Bridge Street.

Agatha se sintió conmocionada. Esto lo ha hecho Zak, pensó. Igual que ese hombre de la isla de Robinson Crusoe. La clase de pilates se había desvanecido por completo de su mente.

—No puede usted presentarse aquí siempre que le viene en gana —le dijo la señora Wong, impidiéndole el paso—. He leído sobre las mujeres como usted, que persiguen a los hombres jóvenes.

—Estoy aquí por un asunto policial —replicó Agatha, que se había ido directamente a casa de los Wong al salir de Evesham.

—En ese caso, vaya usted a la comisaría. Mi hijo tiene el día libre.

En ese instante, Bill apareció doblando la esquina y empuñando una pala de jardinería con una mano manchada de tierra.

—¡Agatha! —exclamó—. Me ha parecido oír a alguien. Ven al jardín trasero. ¿Qué tal si nos haces un té, madre?

La señora Wong dijo algo entre dientes y se alejó arrastrando los pies. Agatha siguió a Bill. El jardín era su gran orgullo.

—Estoy haciendo un poco de limpieza después de tanta lluvia. —Bill señaló dos sillas de jardín—. Siéntate y cuéntame qué te trae por aquí.

Agatha le contó atropelladamente lo que acababa de ver: las inundaciones en Evesham y el cadáver de Kylie flotando río abajo.

—Tal vez se asustó ante la inminente boda y se suicidó —aventuró Bill—. Por jurisdicción, le toca investigar lo sucedido a la policía de Worcester, no a nosotros.

—Sólo puede haber sido ese tal Zak —afirmó Agatha—.

¿Recuerdas que te hablé de una pareja extraña en la isla de Robinson Crusoe?

Pues bien, he recibido un email de una persona a la que conocí allí y resulta que él la asesinó, tal como yo me temía.

Al parecer, dijo que su mujer se cayó del barco, pero alguien lo vio empujándola.

—Me sorprendería mucho que el culpable fuera el marido —comentó Bill—. Es demasiado obvio.

—Ya, pero pasa a menudo, ¿verdad? —repuso Agatha—. El asesino suele ser uno de los allegados de la víctima.

—Tengo un amigo en la policía de Worcester —dijo Bill—. Mañana lo llamaré. Qué espanto de inundaciones, ¿no crees? No hago más que pensar en esa pobre gente que ha perdido todas sus pertenencias por culpa de la riada.

—Es terrible —convino Agatha vagamente, pero su mente seguía volviendo una y otra vez a la imagen de Kylie flotando en el río.

—No puedo hacer gran cosa para ayudarte hasta que la policía averigüe algo más —señaló Bill—. Mientras tanto, ¿qué te parece si vamos dentro y nos tomamos un té?

—Será mejor que vaya tirando —se apresuró a decir Agatha; la madre de Bill le inspiraba terror—. Si tienes un ratito los próximos días, pásate por casa y dime qué has descubierto.

—Si no puedo escaparme, te llamaré.

Nada más llegar a casa, Agatha puso las noticias, copadas por imágenes de las inundaciones en las Midlands y crónicas sobre las víctimas mortales que se había cobrado la riada.

Entonces, el presentador dijo: «Un equipo de buceadores ha recuperado el cadáver de una joven que murió ahogada en el río Avon a su paso por Evesham.

Varios testigos la vieron pasar flotando desde el puente, ataviada con un vestido de novia.

La policía no hará público el nombre de la joven hasta que haya informado a la familia de su fallecimiento.

De momento, todo apunta a una muerte accidental. »

—Bah —refunfuñó Agatha—. ¿Qué sabrán ellos?

Alguien llamó al timbre y Agatha fue a abrir la puerta. Era la señorita Simms, que se tambaleaba ligeramente por ir encaramada, como de costumbre, a unos tacones de vértigo.

—¿Puedo pasar? —preguntó—. Tengo novedades.

—Por supuesto —repuso Agatha, guiándola hasta la cocina—. ¿Se trata de esa chica que han encontrado en el río, en Evesham?

—¿Qué chica? No, vengo a hablarle de su nuevo vecino, John Armitage.

—¿Quién es?

—Escribe novelas policíacas. Al parecer, tiene una mente privilegiada. La señora Bloxby dice que su última novela, Cruel inocencia , ha sido un éxito de ventas.

—¿Está casado?

—No lo creo. La señora Anstruther-Jones dice que leyó un artículo sobre él en el Sunday Times y está segura de que es viudo.

—¿Qué edad tiene?

—Cincuenta y algo. —A la señorita Simms se le escapó una risita—. Justo como a mí me gustan. Me interesan los hombres maduros. Pueden llegar a ser muy generosos, mientras que los jóvenes esperan que te lo pagues todo.

—¿Cuándo dice que se muda a la casa de al lado?

—Mañana.

—Vaya. —Agatha sintió un aleteo de emoción, seguido de cierto afán competitivo. Tenía que conocerlo antes que nadie.

—Pero dígame, ¿qué es eso de que han hallado a una chica en el río?

Agatha le habló de Kylie y su triste fin.

—¿Se propone averiguar quién lo hizo? —preguntó la señorita Simms, expectante—. Quién sabe, quizá pueda usted formar un tándem con su nuevo vecino.

—Sólo porque escriba novelas de detectives no significa que sepa nada de resolver misterios —repuso Agatha con altivez.

Sin embargo, no bien se marchó la señorita Simms, se entregó a una fantasía romántica en la que el tal John Armitage y ella resolvían el caso juntos.

«El asesinato nos ha unido mucho», murmuraría él a su oído.

«Creo que deberíamos casarnos.» Y James se enteraría de la boda por los periódicos y lamentaría amargamente haberla dejado escapar.

Al cabo de un rato, Agatha se obligó a dejar a un lado sus ensoñaciones para trazar un plan.

Lo primero era acercarse a la librería de Moreton-in-Marsh y comprar uno de sus libros.

En la librería sólo se hablaba de las inundaciones y la riada que había barrido la principal avenida de Moreton. Agatha se abrió paso entre el corro de clientes, cuyos comentarios de consternación ante lo ocurrido interrumpió de forma abrupta para preguntar:

—¿Tienen algún libro de John Armitage?

—Sólo el último —informó la librera—. Cruel inocencia .

—Con ése me conformo —dijo Agatha—. Deme uno.

Haciendo caso omiso de las miradas asesinas que le lanzaban los clientes ofendidos por su irrupción, pagó el libro y volvió a casa. Al llegar, desconectó el teléfono y se sentó a leer.