Capítulo 1 #4
—No lo sabemos. Hay una incorporación reciente a la Asociación de Damas, una tal señora Anstruther-Jones.
Acaba de instalarse en el pueblo y quería comprar la casa de James, pero alguien se le adelantó, así que ha comprado Pear Tree Cottage…
Ya sabe, la casa que hay detrás de las tiendas del pueblo.
—¿Cómo es esa nueva vecina?
—Venga a la reunión de esta noche y podrá averiguarlo por su cuenta.
—Es decir, que no le cae bien.
—Yo no he dicho eso.
—Cuando no tiene usted nada bueno que decir de alguien, prefiere callar. ¿Cómo está la señorita Simms?
Agatha se refería a la secretaria de la Asociación de Damas, que era madre soltera.
—Tiene un nuevo amigo. Se dedica a los sofás.
—Casado, supongo.
—Eso creo. ¿Oye eso? Está lloviendo otra vez. Desde que se fue usted, no ha parado de llover.
Alguien llamó al timbre.
—Me voy —anunció la señora Bloxby.
Agatha fue a abrir y se encontró con el sargento Bill Wong en el umbral.
—Hola —lo saludó la señora Bloxby—. Nos vemos esta noche, señora Raisin.
—Creía que, a estas alturas, os tutearíais —comentó Bill, siguiendo a Agatha hasta la cocina.
—En la Asociación de Damas lo tradicional es tratarnos de usted, y debo decir que, en este mundo sin modales en el que la gente se toma tantas confianzas, me gusta bastante que así sea —repuso Agatha—. ¿Café?
—Sí, gracias. Veo que no has dejado de fumar.
—¿Acaso he dicho en algún momento que tenía intención de dejarlo? —replicó Agatha con la agresividad de una fumadora empedernida.
—Pensé que tal vez lo harías.
—Cambiemos de tema. Aquí tienes el café. ¿Cómo vamos de criminalidad?
—Nada fuera de lo normal. Nada salvo los recortes habituales. Están cerrando comisarías por todo el país. ¿Sabías que han cerrado la de Carsely?
—¡Qué dices!
—Como lo oyes. Y la de Chipping Campden, y la de Blockley, de manera que ahora pasamos la mayor parte del tiempo en la carretera. Anoche una mujer llamó gritando al 999 por una supuesta emergencia. Cuando llegamos allí, resultó que su gato se había subido a un árbol y no sabía bajar.
—¿Y cómo va tu vida amorosa?
—En punto muerto.
Agatha lo miró con gesto compasivo. Bill era hijo de chino e inglesa, combinación de la que había heredado unos bonitos ojos almendrados, un rostro redondo y un agradable acento de Gloucestershire.
—Y la tuya, ¿qué tal?
—No existe.
Agatha se dio cuenta de que Bill estaba a punto de preguntarle por James, de modo que se lanzó a describir la extraña sensación que le había producido la pareja de recién casados con la que había coincidido en la isla de Robinson Crusoe.
—Para mí que te aburrías y buscabas un poco de acción, Agatha.
—Al contrario, no me aburrí en absoluto. Conocí a un grupo de gente estupenda. Sin embargo… esos dos se traían algo raro entre manos. Y ayer, en Evesham, vi a una pareja que me los recordó.
—Será mejor que te busques alguna ocupación cuanto antes, o acabarás viendo malhechores por todas partes. ¿Has pensado en volver a dedicarte a las relaciones públicas?
—Quizá. —Tiempo atrás, Agatha había dirigido una empresa de relaciones públicas de gran éxito, pero la había vendido para prejubilarse y mudarse al campo.
Sin embargo, desde entonces había aceptado unos cuantos encargos como freelance —.
El mundo de las relaciones públicas ha cambiado mucho —dijo—.
Antes, nadie nos quería; periodistas y publicistas nos despreciaban por igual, como si el nuestro no fuera un trabajo de verdad.
Hoy en día, quienes se dedican a las relaciones públicas son a menudo auténticas celebridades.
—He oído que Charles se ha casado.
—¿Y eso qué más da?
—En fin —se apresuró a decir Bill—, será mejor que vaya tirando. No dejes de avisarme si te topas con algún cadáver. No me vendría mal un cambio de tercio.
Cuando Bill se marchó, Agatha encendió el ordenador para comprobar si tenía algún mensaje de correo.
Había uno de Roy Silver, un joven que había trabajado a sus órdenes, preguntándole dónde andaba, y otro de Dolores, la atractiva joven chilena.
Para decepción de Agatha, su mensaje estaba escrito en español, pero reconoció los nombres de Concita y Pablo Ramón.
Lo imprimió y luego se fue en coche hasta el restaurante Falconry de Evesham, cuyo propietario, Juan, era español, y le pidió que lo tradujera.
—Dice así —empezó Juan—: «Querida Agatha, qué emoción.
¿Recuerdas a la pareja con la que coincidimos durante nuestra estancia, Pablo y Concita Ramón?
Pues acaban de detener a Pablo, sale en todos los diarios.
Concita murió ahogada en la isla de Robinson Crusoe después de que, según Pablo, se cayera del barco.
Pero resulta que un excursionista vio desde la cima de un monte cómo él la empujaba.
Pablo sabía que ella no sabía nadar. Además, le había hecho contratar un seguro de vida muy costoso y la familia de Concita posee una gran fortuna.
¿Cómo estás? Cuéntame qué es de ti. Un saludo cariñoso, Dolores. »
Así que eso era lo que parecía estar esperando todo el rato, pensó Agatha. La ocasión perfecta. Deseó haberle dicho algo, haberle advertido que lo tenía calado. Pero, a decir verdad, no había visto ningún indicio incriminatorio.
Esa noche, Agatha acudió a la reunión de la Asociación de Damas.
La señorita Simms, secretaria de la asociación, luciendo su habitual y nada adecuado atuendo de minifalda, abdomen al descubierto, piercing en el ombligo y tacones de aguja, repasó el acta de la última reunión entre el tintineo de las tazas de té y los platitos con porciones de pastel que circulaban entre las damas mientras la lluvia azotaba con fuerza el jardín de la vicaría.
La señora Anstruther-Jones resultó ser una mujer metida en carnes y de carácter avasallador que hablaba con voz estridente.
Agatha la detestó nada más verla. Sintió que el desánimo volvía a apoderarse de ella y probó a hacer los ejercicios de respiración que le habían enseñado.
Para su asombro, notó que la tensión se deshacía.
Decidió llamar a Roy para preguntarle si podía pasarle algún encargo.
Tal vez no pudiera contar con James, ni con Charles, pero Agatha Raisin estaba resuelta a seguir adelante contra viento y marea.