Capítulo 1 #3
Se despidieron entre lágrimas y palabras afectuosas. La familia Hernández sería la primera en partir, mientras que Agatha y Dolores tomarían un segundo avión. Intercambiaron direcciones y prometieron seguir en contacto.
—Qué pena me da —se lamentó Dolores.
—Sí, a mí también —convino Agatha—, pero volveré.
Antes de regresar a Carsely, Agatha pasó unos días en Río de Janeiro, en un hotel de lujo, pero pronto llegó a la conclusión de que no disfrutaría igual de esa estancia.
Hacía un calor insoportable y mucha humedad.
Tras una excursión al Pan de Azúcar, no quiso seguir explorando la ciudad.
Uno de los folletos turísticos del hotel anunciaba una visita guiada para ver dónde y cómo vivían los pobres de Río.
¿Qué clase de gente —se preguntó— se apuntaría a algo así, a contemplar a los más desfavorecidos como si fueran monstruos de feria?
Cuando por fin embarcó en un vuelo de British Airways rumbo a Londres, lo hizo con alivio.
Viajaba en clase turista y le tocó sentarse en la parte trasera del avión.
Sólo había una pantalla en la otra punta de la cabina, de modo que no pudo ver ninguna de las películas que se proyectaron durante el vuelo, y por la noche empezó a temblar de frío a causa del aire acondicionado.
Se quejó a una azafata, que se limitó a encogerse de hombros y a decir «Vale» antes de seguir pasillo abajo.
Nada cambió. A su alrededor, la gente se abrigaba con jerséis y se acurrucaba bajo las mantas, pero nadie excepto Agatha parecía dispuesto a protestar.
Malditos británicos, pensó. Por fin logró coger por banda a un auxiliar de vuelo que le dedicó una mirada asesina, pero asintió en silencio.
Finalmente, el ambiente a bordo se caldeó un poco.
En el futuro, pensó Agatha, exhibirán una réplica de este aparato del infierno en un museo y la gente no saldrá de su asombro al pensar que los humanos viajábamos en estas condiciones, tal como hoy nos horroriza constatar el hacinamiento de los antiguos barcos a vela.
Al llegar al aeropuerto de Gatwick, no había ninguna puerta disponible para el desembarco, de modo que esperaron una eternidad hasta que los condujeron como ganado hasta los autobuses estacionados a pie de pista.
Agatha emprendió entonces la larga caminata hasta la zona de recogida de equipajes.
Empezaba a sospechar que, en realidad, el avión había aterrizado en Devon pero los obligaban a ir a pie hasta Gatwick.
Cuando por fin recogió su equipaje, estaba de un humor de perros, pero se le pasó en cuanto localizó su coche y arrancó en dirección a Carsely.
Por el camino, se preguntó cómo estarían sus gatos, Hodge y Boswell .
Los había dejado al cuidado de Doris Simpson, su señora de la limpieza, que iba todos los días a darles de comer.
Ya no podía contar con James, ni con Charles.
Los gatos eran la única presencia constante en su vida.
Apenas había pegado ojo durante el vuelo nocturno por culpa del frío glacial y, para cuando enfiló la carretera de los Cotswolds que llevaba a Carsely, se caía de sueño.
En Lilac Lane, su típico cottage con tejado de paja parecía agazaparse bajo un cielo invernal.
Aparcó y entró en casa. Los gatos salieron a recibirla, estirándose entre bostezos y restregándose contra sus piernas.
Agatha se agachó, los acarició y entonces se vio de refilón en el espejo del pasillo que había colocado allí para poder echarse un último vistazo antes de salir.
Se incorporó despacio y miró de arriba abajo.
Se fijó en las raíces canosas, la piel apagada y la silueta rechoncha, y reprimió una exclamación. ¡Cómo se había abandonado! Y todo por dos hombres inútiles que no merecían sus desvelos. Llamó al centro de estética de Evesham, Mariposas, y pidió cita para el día siguiente.
—Rosemary da clase de pilates —dijo la recepcionista—, así que no podrá atenderla por la mañana. Tendrá que ser por la tarde.
—¿Qué demonios es eso del pilates?
—Un sistema de ejercicios para la postura y la respiración que tonifica todos los músculos del cuerpo.
—Ah, pues me interesa.
—Queda algún hueco en el taller de mañana. Es una clase de iniciación al pilates.
—Apúnteme. ¿A qué hora es?
—Empieza a las diez y acaba a la una.
—¿Tanto tiempo? Bueno, apúnteme de todos modos.
Después de colgar, Agatha dio de comer a los gatos, los dejó salir al jardín y subió el equipaje a su habitación. Demasiado cansada para deshacer la maleta o quitarse la ropa, se dejó caer en la cama y sucumbió a un profundo sueño.
Por la mañana, de camino a Evesham, empezó a lamentar haberse apuntado a clase de pilates. Era de las que reservaban una actividad en el gimnasio, iban un par de veces y luego se echaban atrás, de manera que acababa tirando el dinero. Aun así, tenía que hacer algo.
—Están arriba —indicó la recepcionista—. La clase está a punto de empezar.
Agatha subió las escaleras. Cuatro mujeres se esforzaban en enfundarse mallas y camisetas.
—¡Agatha! —exclamó Rosemary, la esteticista—. Me alegro de que hayas vuelto.
—Hogar, dulce hogar… —repuso Agatha con una sonrisa.
Pese a tener la piel tersa y el pelo reluciente, Rosemary era una presencia tranquilizadora, pues tenía un punto maternal que hacía que las mujeres no se avergonzaran de sus formas rechonchas y su piel plagada de imperfecciones.
Era como si les asegurara que todo se puede mejorar.
La clase empezó con una relajación, seguida de ejercicios bastante llevaderos pero que requerían una gran concentración, pues había que coordinar la respiración con la contracción del abdomen y los músculos pélvicos.
A media sesión hicieron un descanso para tomar café y galletas.
Rosemary explicó al pequeño grupo que Joseph Pilates estuvo internado en un campo de prisioneros durante la primera guerra mundial y que fue entonces cuando desarrolló el sistema de ejercicios que lleva su nombre.
Después de la guerra emigró a América, donde impartió clases cerca de la Escuela de Ballet de New York.
—Sé que se muere de ganas de fumar un pitillo —le dijo a Agatha en un aparte—. Puede bajar un momento y pasar a la habitación del fondo.
Agatha hubiese querido decir que le daba igual, pero la necesidad de nicotina podía más que su orgullo. Siguió su consejo, sintiéndose culpable, pero no por ello renunciando a satisfacer su vicio. Sarah, la ayudante de Rosemary, estaba con una clienta en la habitación contigua.
—Yo no quería hacer esto —dijo una voz femeninay a todas luces juvenil—, pero Zak quiere que me depile el pubis antes de la boda.
Una risita nerviosa siguió a esta revelación.
«¡Ni se te ocurra casarte con él!», quiso gritar Agatha, sintiendo el impulso de iniciar una revuelta feminista.
Qué menos que mantenerse en forma y lo más atractiva posible, pero esa moda de depilarse por completo para parecerse a una Barbie era ir demasiado lejos, en su opinión.
Además, ¿qué clase de hombre le ordenaba a su novia que se depilara el pubis?
—Gracias, Sarah —oyó decir a la chica—. Será mejor que me vaya. Zak me estará esperando. Quiere asegurarse de que lo he hecho.
Agatha la oyó marcharse y no quiso perder la oportunidad de ver qué pinta tenía ese tal Zak. Apagó el cigarrillo y salió a la recepción, donde vio a un hombre joven abrazando a una chica atractiva de pelo rubio.
—¿Estás lista, Kylie? —preguntó él.
Era moreno y apuesto y, al verlo junto a su hermosa novia rubia, Agatha no pudo evitar recordar a la pareja de la isla de Robinson Crusoe. Ella se acurrucaba entre sus brazos, pero él tenía la misma expresión que el hombre de la isla, como de estar esperando algo.
Agatha se encogió de hombros y se fue arriba, donde la clase estaba a punto de reanudarse.
Al terminar, se apuntó sin vacilar a diez sesiones más.
Se sentía cómoda y relajada practicando esos ejercicios que apelaban a su sentido común.
Había llegado el momento de luchar contra la vejez, de fortalecer las articulaciones para no tener que operarse las rodillas, de reforzar los músculos del suelo pélvico para prevenir la humillación de la incontinencia.
Le dijo a Rosemary que se iría a almorzar y luego volvería para hacerse un tratamiento facial.
Sacó el móvil, llamó a la peluquería y pidió cita a última hora de la tarde para teñirse el pelo.
Al final del día, cuando volvió a casa con el pelo teñido de un lustroso tono castaño, la cara relajada e hidratada, Agatha empezaba a sentirse de nuevo como la mujer que era antes de casarse con James.
Advirtió que habían quitado el letrero de SE VENDE de la casa contigua, y se preguntó cómo sería su nuevo vecino.
A la mañana siguiente la señora Bloxby, la mujer del vicario, se presentó en su casa.
—La veo estupenda, señora Raisin —dijo—. Las vacaciones le han sentado de fábula.
Agatha le habló de la familia con la que había intimado en la isla de Robinson Crusoe y de cuánto había disfrutado en su compañía. Mientras lo hacía, cayó en la cuenta de que en ningún momento había presumido ante los Hernández de su habilidad para resolver misterios.
—¿Ha tenido noticias de James? —preguntó la señora Bloxby.
—¿Qué James? —replicó Agatha en tono cortante.
La señora Bloxby la miró con curiosidad.
Antes de marcharse de vacaciones, Agatha se había negado a seguir hablando de James, pero de pronto recordó a Marie diciendo que él no podría tomar los votos por ser un hombre casado.
No quería pensar, siquiera por un segundo, en la posibilidad de que James le hubiese dicho que quería meterse a monje sólo para quitársela de encima.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó como si tal cosa—. ¿No ha habido ningún delito?
—Nada —repuso la mujer del vicario—. Todo está muy tranquilo.
—¿Quién ha comprado la casa de al lado?