Capítulo 1 #2
Para su alivio, el hotel era precioso. Había un enorme vestíbulo con grandes ventanales que daban a la bahía.
Le dieron una habitación muy pequeña, pero la cama era cómoda.
Delante del vestíbulo había una terraza con butacas.
Rebuscó en la maleta y se puso una camiseta y una blusa de manga larga por encima.
Luego salió a la terraza y pidió una copa de vino a un camarero solícito.
Se estaba bien al sol, y el aire era burbujeante como el champán.
Una extraña sensación de bienestar empezó a adueñarse de todo su cuerpo.
Qué lugar más raro, pensó. Casi podía notar cómo la pesadumbre se desvanecía.
Su estado de ánimo mejoró más aún durante la cena, cuando le sirvieron de entrante una de las mayores langostas que había visto nunca.
Le hincó el diente con entusiasmo mientras miraba con disimulo a los demás comensales.
La joven atractiva estaba allí, pero no así el hombre barbudo.
La mesa central la ocupaba una numerosa familia hispanohablante, integrada por un matrimonio delgado y atlético, sus tres hijas —unas niñitas preciosas—, una mujer de mediana edad y un hombre joven.
A la derecha de Agatha, una pareja comía langosta en silencio.
Agatha se sintió desfallecer de nuevo. No hablaba una sola palabra de español.
Estaba varada en la isla de Robinson Crusoe y condenada a guardar silencio durante el resto de su estancia.
La mujer de mediana edad, que la había estado mirando de reojo, se levantó de pronto y se acercó a su mesa.
—He oído comentar al personal que es usted inglesa —dijo. Tenía un rostro regordete, maternal, y unos ojillos relucientes como canicas—. Me llamo Marie Hernández y he venido con mi hija, mi yerno y mi hijo Carlos. Somos muy pocos huéspedes, ¿qué le parece si nos sentamos todos juntos?
Agatha aceptó encantada. Se unió a la mesa de la familia Hernández junto con la joven atractiva, aunque la pareja silenciosa del rincón se limitó a negar con la cabeza y se quedó donde estaba.
La familia Hernández era oriunda de Santiago y todos hablaban inglés, a excepción de las niñas, de modo que se encargaron de traducir al inglés lo que decía la joven atractiva, que se presentó como Dolores.
Todos comentaron que, al igual que Agatha, habían esperado encontrar una isla tropical.
Marie dijo que tenía un jersey de sobra que podía prestarles.
Según le explicó, la isla era un parque nacional.
Su hijo Carlos procedió entonces a impartirle una clase de historia sobre Alexander Selkirk, que formaba parte de la tripulación del Cinque Ports , un barco corsario, y se había pasado toda la travesía en torno al cabo de Hornos protestando por las condiciones de alojamiento y la comida a bordo.
Cuando fondearon en Juan Fernández para abastecerse de agua dulce, Selkirk exigió que lo dejaran en tierra con un mosquete, pólvora y una biblia.
Al ver que el capitán le tomaba la palabra, se apresuró a decir que había cambiado de opinión, pero el hombre estaba harto de sus quejas, de modo que lo abandonó allí a su suerte.
Cualquier otro náufrago en su lugar se habría pegado un tiro o muerto de hambre, pero a Selkirk lo salvaron las cabras, introducidas en la isla por los españoles, a las que daba caza para usar sus pieles a modo de vestimenta y su carne para alimentarse.
Así sobrevivió durante cuatro años, hasta 1709, cuando llegó su salvador, el comandante Woodes Rogers, al mando de dos barcos corsarios, Duke y Duchess , de cuya tripulación formaba parte el famoso pirata William Dampier.
A su regreso a Londres, Selkirk se convirtió en toda una celebridad.
Al finalizar la cena, Agatha, que no solía hacer amigos fácilmente, descubrió que era como si conociese a toda la familia desde hacía mucho tiempo. Además, Dolores parecía aprender inglés a una velocidad asombrosa.
Cuando por fin Agatha fue a acostarse, no pudo evitar mirar de soslayo a la pareja que no había querido unirse a los demás.
La mujer tenía el pelo rubio, a todas luces teñido, pero era muy atractiva en su estilo femenino y aniñado, como de muñequita, mientras que el hombre era moreno y parecía hispano.
Estaban sentados uno al lado del otro en los sofás del vestíbulo.
La mujer le susurró algo en tono urgente y él le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.
Agatha tuvo la sensación de que allí había gato encerrado, pero se dijo que seguramente eran imaginaciones suyas, fruto del cansancio provocado por el largo viaje. Se acostó y, por primera vez en mucho tiempo, durmió toda la noche del tirón.
Al día siguiente, durante el desayuno, Marie le dijo que habían pensado hacer una excursión hasta el mirador de Alexander Selkirk. Luego señaló a la pareja silenciosa.
—Les preguntaré si quieren venir.
Se acercó a su mesa y mantuvo con ellos un rápido intercambio en español, pero al parecer la pareja rechazó el ofrecimiento.
Después de desayunar, bajaron desde el hotel por los escalones labrados en la piedra del acantilado hasta la orilla, donde un empleado los dividió en dos grupos y los llevó en una lancha neumática hasta San Juan Bautista, el único asentamiento de la isla.
Solo ante el peligro , dijo Dolores, cuyo vocabulario en inglés se limitaba, al parecer, a los títulos de películas famosas.
Agatha se plantó en la polvorienta y desierta calle principal, y todos se echaron a reír cuando hizo el gesto de desenfundar y girar una pistola imaginaria entre los dedos.
Iniciaron el ascenso, primero por los escalones llanos que los alejaron del pueblo, y más adelante por un camino de tierra.
A sus pies discurría un arroyo flanqueado por una gran variedad de flores silvestres.
Se adentraron en el silencio de un bosque de pinos.
Empezaron a dolerle las piernas, pero Agatha no podía rendirse mientras la rolliza Marie seguía adelante como si tal cosa y ni siquiera las niñas daban señales de cansancio.
Siguieron avanzando cuesta arriba sin parar hasta que Agatha se detuvo súbitamente y soltó una exclamación al ver un destello rojo.
—¿Qué ha sido eso?
—Colibríes —contestó Carlos.
Se quedaron inmóviles. Una bandada de colibríes verdirrojos revoloteó a su alrededor.
Había algo en el delicado baile de las aves que conmovió profundamente a Agatha.
Se le formó un nudo en la garganta y, de pronto, se sentó en una piedra y rompió a llorar.
Los demás se congregaron a su alrededor, abrazándola y besándola mientras Agatha les contaba la historia de su divorcio. Cuando terminó, Marie dijo:
—Así que ha venido usted a inaugurar un nuevo capítulo de su vida aquí, en la isla de Robinson Crusoe. Un lugar perfecto para volver a empezar, ¿no cree?
Agatha sonrió entre lágrimas.
—Perdonen por el arrebato, pero la verdad es que me ha sentado muy bien.
—Aprovecharemos para parar a comer —dijo Marie, restándole importancia— y descansar un poco. Antes de que bajara usted a desayunar, pensaba en esa pareja que no ha querido acompañarnos. Se llaman Concita y Pablo Ramón, y también son de Santiago. Están de luna de miel.
—Hay algo en ellos que no me acaba de cuadrar —dijo Agatha, quitándole el envoltorio a un sándwich—. No parecen una pareja de recién casados.
—No. Yo diría que ella está muy enamorada, pero él da la impresión de estar esperando algo.
—A lo mejor teme haberse equivocado —dijo Carlos.
Acabaron de comer y, aunque nadie mencionó el desahogo de Agatha, se sintió arropada por un cálido manto de amistad y cariño.
Para llegar al mirador, debían vencer una última cuesta rocosa y escarpada. Agatha y Marie se ofrecieron para esperar abajo con los niños mientras los más atléticos emprendían el ascenso.
—¿Es usted católica? —le preguntó Marie.
—No —contestó Agatha—. En realidad, no creo en nada. Voy a la iglesia de mi pueblo, que es anglicana, porque la mujer del vicario es amiga mía.
—¿Y su marido era católico?
—¿Antes de hacerse monje? No.
—No lo entiendo. ¿Cómo pudo hacerse monje si estaba divorciado y ni siquiera era católico?
—Esa información se la guardó al llegar al monasterio.
—Pero seguro que ahora los monjes lo saben.
—A lo mejor, al no ser yo católica, no consideran que el nuestro fuera un matrimonio de verdad. Pero mejor hablemos de otra cosa —se apresuró a decir Agatha.
Marie centró su atención en los niños. Agatha contempló la inmensa extensión del Pacífico y de pronto la asaltó una idea: ¿Y si, en realidad, James no tenía intención de tomar los votos, sino que simplemente quería librarse de ella y había encontrado en el monasterio la excusa perfecta para hacerlo?
Se habían divorciado de forma amistosa, habían hablado de temas seguros —los últimos chismes del pueblo, los planes de James para vender su casa—, pero ni una sola vez había mencionado él esa fe recién hallada en Dios.
Al igual que los demás huéspedes, Agatha sólo había reservado habitación en el Panglas para una semana.
A lo largo de los días siguientes disfrutó como nunca del aire fresco y el ejercicio.
Visitaron la cueva de Robinson Crusoe y recorrieron los alrededores sin descanso hasta el anochecer, cuando regresaban al hotel felices y agotados.
Había algo en la lejanía y la extraña belleza de la isla que parecía sanar las heridas del pasado y restaurar el ánimo.
Mientras cenaban, Agatha no podía evitar que se le fueran los ojos a la pareja de recién casados.
La última noche, la novia parecía sonrojada y eufórica, parloteando rápidamente en español.
Él se recostó en la silla y la escuchó sin inmutarse, pero con ese extraño gesto de siempre, como si estuviera a la espera de algo.