Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12)
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Capítulo 1
Era uno de esos días grises de invierno en que la llovizna empaña el parabrisas y las ramas desnudas de los árboles dejan caer goterones sobre los charcos de la calzada como si lloraran el verano perdido.
Agatha Raisin accionó un interruptor para desempañar el parabrisas del coche. Sentía un abismo negro en su interior que le iba que ni pintado a ese día lúgubre. Se dirigía a la agencia de viajes de Evesham con un solo pensamiento martilleándole la cabeza: escapar… escapar… escapar.
Y es que Agatha se sentía infeliz y repudiada por el mundo.
Su marido la había abandonado, y no por otra mujer, sino por Dios: James Lacey estaba en Francia, estudiando para tomar los votos monásticos.
Por su parte, sir Charles Fraith, que siempre le había ofrecido amistad y consuelo cuando James ponía pies en polvorosa, acababa de casarse, en París, por más señas, sin invitarla siquiera a la boda.
De hecho, Agatha se había enterado del enlace por una nota breve en la revista Hello , donde salía una foto de Charles con su nueva esposa, una francesita menuda, delicada e insultantemente joven llamada Anne-Marie Duchenne.
Agatha, que había entrado en la mediana edad, enfiló Fish Hill en dirección a Evesham pisando el acelerador con sombría determinación.
Sólo podía pensar en escapar y dejarlo todo atrás: el invierno, los Cotswolds y el pueblo de Carsely donde vivía, un corazón roto y una profunda sensación de rechazo.
Aunque, en realidad, pensó, los corazones no se rompen.
Son las entrañas las que se retuercen de dolor.
Sue Quinn, propietaria de la agencia de viajes Ver Mundo, levantó la mirada cuando Agatha Raisin entró en el local y se preguntó qué le habría pasado a su clienta, por lo general una mujer enérgica y segura de sí misma.
Se le veían las raíces canosas, había un poso de tristeza en esos ojillos osunos y sus labios dibujaban una curva descendente.
Agatha se desplomó en una silla delante de Sue.
—Necesito una escapada —confesó, abarcando con la mirada los carteles de la pared y las pilas de folletos turísticos impresos en vivos colores antes de volver al mapamundi colgado detrás de Sue.
—Bien, veamos. ¿Algún destino soleado?
—Quizá. No lo sé. Una isla. Algún lugar apartado.
—¿Está usted disgustada por algo? —preguntó Sue. Su larga experiencia le decía que los infelices solían buscar refugio en las islas. Los infelices y los borrachos. Por algún motivo, las islas los atraían como moscas a la miel.
—No —replicó Agatha con brusquedad. Su disgusto era tal que no quería compartirlo con nadie y se regodeaba en la idea enfermiza de que esa desdicha la mantenía unida a James Lacey de algún modo.
—De acuerdo —dijo Sue—. Déjeme ver. Tengo la impresión de que no le vendría mal un poco de sol. Ya lo tengo, ¿qué le parece la isla de Robinson Crusoe?
—¿Dónde queda eso? No quiero uno de esos resorts para turistas con todo incluido.
—Está en el archipiélago de Juan Fernández. —Sue giró sobre la silla y señaló un punto del mapa—, frente a la costa de Chile. Es la isla donde Alexander Selkirk fue abandonado.
—¿Quién?
—Era un marinero escocés al que abandonaron en esa isla desierta. Daniel Defoe se inspiró en sus peripecias para escribir Robinson Crusoe .
Agatha frunció el ceño, pensativa. Había leído Robinson Crusoe en la escuela. No recordaba gran cosa del argumento, pero le evocaba un lugar recóndito, playas de aguas cristalinas y palmeras. Daría paseos por la orilla, notaría el calor del sol en la piel y pondría orden en su vida.
Se encogió de hombros.
—Suena bien. Organízalo.
Tres semanas después, Agatha esperaba bajo un sol de justicia en el aeropuerto de Tobalaba, en Santiago de Chile, mirando fijamente el pequeño avión de Lassa Airlines que habría de llevarla hasta Robinson Crusoe.
Sólo había dos pasajeros más: un hombre delgado con barba y una joven atractiva.
El piloto les dijo que subieran a bordo.
La joven se acomodó en el asiento del copiloto y Agatha y el hombre barbudo a un lado del aparato.
El otro lado estaba ocupado por un cargamento de papel higiénico y panecillos.
Según las instrucciones recibidas, Agatha debía limitar su equipaje a un solo bulto, pero, tras comprobar que en Santiago estaban a treinta y ocho grados centígrados, decidió llevar tan sólo mudas de ropa interior y prendas ligeras, así como una bolsa de papel con el almuerzo, que consistía en una lata de Coca-Cola, un sándwich y una bolsa de patatas fritas.
El avión despegó. Agatha contempló la inmensa urbe que se extendía a sus pies y, más allá de ésta, las áridas cumbres de los Andes.
Luego, mientras sobrevolaban el Pacífico, se le cerraron los párpados y se quedó dormida.
Se despertó al cabo de una hora. Sabía que no serviría de nada intentar entablar conversación con sus compañeros de viaje porque Agatha no hablaba español y los demás no hablaban inglés.
No había nada que ver, salvo kilómetros y más kilómetros de mar sin solución de continuidad.
Se removió en el asiento, contrariada, deseando haber llevado un libro consigo.
El piloto había dejado un diario abierto sobre los mandos y Agatha pensó que más le valía saber adónde iba.
Y entonces, de repente, después de otras dos horas sobrevolando un océano aparentemente interminable, y justo cuando Agatha empezaba a creer que nunca llegarían a su destino, la isla de Robinson Crusoe surgió ante sus ojos.
¡Menudo chasco! Parecía emerger del fondo del mar, negra y escarpada, como si el Pacífico acabara de vomitarla.
El pequeño avión se dirigía a un acantilado, acercándose cada vez más a su pared vertical.
¿Qué está pasando?, se preguntó Agatha mientras el aparato emprendía el esforzado ascenso hasta lo alto del risco.
No va a conseguirlo, pensó. Sin embargo, con un súbito rugido, el avión remontó la cima y aterrizó en un precario aeródromo, sin construcción alguna a la vista, ni torre de control.
No era más que un altiplano de polvorienta tierra roja.
Fue entonces cuando descubrió que el piloto chapurreaba algo de inglés.
Agatha dedujo que debían bajar a pie hasta la orilla, donde los esperaba un barco, y que el equipaje y la carga del avión se transportarían por separado.
Hacía fresco, aunque lucía el sol, y se le erizó el vello de los brazos.
Era como un buen día de verano en las Highlands escocesas.
Agatha no cayó en la cuenta de que había llegado a una zona de clima subtropical; sólo sabía que debería haber metido un jersey en la maleta.
La joven atractiva con la que había viajado señaló la carretera que debían tomar y, en compañía del hombre barbudo, cruzaron a pie el aeródromo de tierra roja sembrada de langostas que saltaban a su paso como incontables trocitos de papel barridos por el viento.
La carretera descendía siguiendo un trazado serpenteante. El todoterreno con la carga y el equipaje los adelantó a toda velocidad. «Cabrones», masculló Agatha, que tenía a gala alojarse exclusivamente en hoteles de cinco estrellas. «Bien que podrían habernos llevado.»
Justo cuando empezaban a dolerle las piernas a causa de la caminata, avistó el mar allá abajo, una cala donde había una lancha anclada, cabeceando en el agua.
Cientos de focas flotaban boca arriba en el mar azul turquesa.
En el embarcadero los esperaba un grupo de pasajeros compuesto por hombres jóvenes con mochilas a la espalda.
Cuando andaba baja de moral, a Agatha le gustaba sentirse mimada y cuidada.
Después de subir el equipaje a bordo, la tripulación repartió chalecos salvavidas entre los pasajeros y les ordenó que se sentaran en las escotillas de cubierta, y fue entonces cuando ella se dijo que debería haberse quedado en casa.
—¿Es usted británica? —le preguntó en inglés un hombre alto con pinta de excursionista.
—Sí —contestó Agatha, alegrándose de poder hablar con alguien después de ese largo silencio impuesto—. ¿Cuánto tiempo falta para llegar?
—Cerca de hora y media. Podrían haber ido ustedes por carretera, pero el camino es bastante accidentado.
—Todo parece bastante accidentado —repuso Agatha, contemplando las montañas negras y los escarpados riscos que se erguían ante sus ojos hasta rozar el cielo azul.
No había playas, nada sino roca desnuda.
El decorado perfecto para una película de terror o sobre alienígenas.
Es increíble, se dijo, pero, gracias a la televisión por satélite, uno se olvida de que el mundo sigue siendo un lugar inmenso.
—Esperaba encontrar un paisaje tropical —comentó.
—Eso es porque Daniel Defoe situó Robinson Crusoe en el Caribe.
—Ah —repuso Agatha, y volvió a caer en un silencio ensimismado.
Sólo se animó cuando la lancha entró en la bahía de Cumberland y avistó un pequeño pueblo con árboles y flores. Volviéndose hacia el excursionista, preguntó:
—¿Dónde queda mi hotel, el Panglas?
—Ahí está. Es ése el del tejado rojo.
—Pero ¿cómo llego hasta allí? Parece estar a kilómetros de distancia.
—Andando —contestó el hombre, y tanto él como sus compañeros rompieron a reír a carcajadas.
Desembarcaron en el muelle. La joven atractiva tiró de la manga de Agatha para guiarla hacia un todoterreno que los esperaba allí.
—Nos llevan hasta el hotel —concluyó Agatha con alivio.
Pero esa sensación no duró demasiado.
El todoterreno enfiló una carretera montañosa que discurría por el lecho seco de un río, dando botes y sacudidas, girando bruscamente hasta quedar suspendido al borde de un precipicio.
Luego bajó por una pronunciada pendiente y subió rugiendo por el otro lado prácticamente en perpendicular.
Cuando vuelva, mataré a Sue, pensó Agatha, y de pronto comprendió, no sin cierta consternación, que no había pensado en James una sola vez desde que había aterrizado.