Epílogo
De vuelta en la isla de Robinson Crusoe, Agatha se sentó con Marie y Carlos en el vestíbulo del hotel a contemplar los nubarrones que barrían la bahía. Hacía frío. Se reprochó no haber pensado que en agosto era invierno en las islas de Juan Fernández.
No obstante, el ambiente seguía siendo tranquilo y acogedor, y tenía la misma sensación de estar a años luz de las preocupaciones y problemas cotidianos.
Marie y Carlos sabían escuchar y pidieron a Agatha que les contara sus últimas peripecias una y otra vez, hasta que todo parecía tan increíble que era casi como si nunca hubiese pasado.
—Evesham suena como un lugar espantoso para vivir —comentó Marie.
—Al contrario, la gente es maravillosa. Eso es lo que hace que todo resulte tan extraño —dijo Agatha.
—¿Han detenido a esa tal Marilyn Josh?
—Sí, me enteré por los diarios antes de venir hacia aquí. La policía apenas me menciona. Creo que no quieren que se sepa que me hice pasar por productora de televisión, así que todo el mérito se lo llevan ellos.
—Siempre le quedará la satisfacción de saber que, gracias a usted, hay unos cuantos delincuentes entre rejas —señaló Carlos.
—Cierto —convino Agatha, aunque para sus adentros se dijo que le habría gustado recibir alguna muestra de gratitud y reconocimiento.
Cuando Carlos salió a dar un paseo por su cuenta, Marie aprovechó para preguntarle:
—¿Qué sabe de su ex marido?
—Ah, eso se acabó para siempre —dijo Agatha—. He dado carpetazo a ese capítulo de mi vida.
—¿Y qué me dice de ese escritor que la estaba ayudando?
—Me insultó. No quiero volver a tener nada que ver con él.
—¿Por qué?
—Me llevó a cenar. Es un hombre muy atractivo. Fuimos a un restaurante de Oxford.
Agatha enmudeció de pronto y se mordisqueó el labio.
—¿Y qué pasó?
—Será mejor que se lo cuente. Yo había leído una novela policíaca escrita por él, ambientada en las barriadas marginales de Birmingham, aunque ya no se las llama así, sino que nos referimos a esos barrios con el eufemismo de «periferia urbana».
El caso es que le comenté que la ambientación no sonaba del todo creíble y él me preguntó cómo lo sabía.
—¿Y cómo lo sabía usted?
Qué más da que lo sepa, pensó Agatha. Estoy muy lejos de casa.
—Porque me crié en ese tipo de entornos, pero logré escapar y luché con uñas y dientes por llegar hasta la cima. Cambié de acento, alcancé el éxito y gané mucho dinero, pero no acostumbro a hablar de mis orígenes.
—No veo por qué —repuso Marie—. Es una señal de lo lejos que ha llegado usted por sus propios méritos.
—Gran Bretaña ya no es tan clasista como entonces, pero lo era cuando yo me crié.
Siempre he tenido la sensación de que no encajo en ningún sitio, y eso de por sí genera una especie de esnobismo.
En fin, el caso es que me sinceré con John porque habíamos bebido bastante.
Y entonces fue y se me insinuó, así sin más.
Nunca había dicho una sola palabra elogiosa sobre mi aspecto, no había tenido ningún gesto afectuoso conmigo, no parecía desearme.
Había dado por hecho que podía prescindir de los preliminares dados mis orígenes humildes, o eso pensé yo.
Marie estaba sentada como un pequeño y orondo Buda, enfrascada en sus pensamientos, dándole vueltas a todo lo que Agatha le había contado.
—Recuerdo —dijo— que ese joven amigo suyo, Roy Silver, insinuó a John que usted y él estaban liados, ¿verdad?
—Sí, así fue.
—Eso quiere decir que John la ve como una mujer madura y sofisticada que disfruta de relaciones pasajeras.
Muchos hombres ya no se molestan en cortejar o seducir a las mujeres, Agatha.
Todo empezó en los setenta, cuando las revistas femeninas nos llevaron a creer que éramos iguales en todo a los hombres y, por tanto, podíamos comportarnos como ellos.
Que podíamos tenerlo todo. ¿Se acuerda de eso?
Y luego nos bombardearon con un sinfín de artículos sobre las zonas erógenas y trucos para triunfar en la cama.
De pronto, acostarse con nosotras era más fácil que nunca, de modo que las atenciones entre los sexos desaparecieron.
¿Cuándo fue la última vez que vio usted a un hombre levantarse en el transporte público para cederle el asiento a una mujer?
Y buena parte de la culpa la tenemos las propias mujeres.
Las hay que han llegado a insultar a un hombre por abrirles la puerta.
Y se le arrebata la dignidad a la mujer que decide ser ama de casa y madre.
Se desprecia a las que no se incorporan al mundo laboral.
Pasa a menudo que los niños quedan al cuidado de una mano de obra poco cualificada y emocionalmente indiferente mientras la madre trabaja.
—Marie soltó un suspiro—. A veces creo que las mujeres nos hemos liberado de unas cadenas, pero nos dejamos lastrar por otras.
No creo que John se le insinuase por sus orígenes, sino porque también estaba un poco achispado.
Seguramente es bastante ingenuo en lo que respecta a las mujeres.
Y usted aún debía de estar bajo el efecto del shock , de ahí su reacción.
—Quizá —repuso Agatha, con aire taciturno.
—¿Estaba enamorada de él?
—No, es demasiado frío, demasiado robótico.
—¿Y no es posible que lo haya usted malinterpretado? Ha dicho que el suyo fue un matrimonio infeliz.
—Aunque así fuera, no tiene por qué pagarlo conmigo —replicó Agatha con amargura—. Seguramente ya lo ha olvidado todo.
—¿Alguna noticia de Agatha? —preguntó John Armitage a la señora Bloxby.
—No. Se marchó y dejó los gatos en casa, al cuidado de la señora de la limpieza.
Creo que le dijo a Doris Simpson adónde iba, pero ella es muy leal y Agatha le habrá hecho prometer que no se lo contará a nadie.
La experiencia traumática que vivió debió de afectarla.
O eso —añadió con retintín— o se ha sentido humillada por alguien.
No sería la primera vez que Agatha pone tierra de por medio después de que alguien la haya herido.
La señora Bloxby miró a John con una expresión dulce y transparente. Él se removió, incómodo, y se sonrojó.
La mujer del vicario soltó un pequeño suspiro.
—Se ha metido usted en un lío, ¿a que sí?
John sonrió a regañadientes.
—La llevé a cenar a Oxford. Habíamos bebido bastante y sugerí que pasáramos la noche juntos.
—¿Así, sin más?
—No es ninguna jovencita —replicó John, a la defensiva—, y además ha estado saliendo con ese chaval tan poco agraciado…
—Agatha no sale ni ha salido nunca con Roy Silver.
Es una mujer muy susceptible y la autoestima no es su fuerte.
Además, tiene unas ideas sorprendentemente anticuadas en lo tocante a las relaciones.
Agatha busca afecto y romanticismo, y usted le ofreció un rollo de una noche.
Doy por sentado que no hubo besos, ni se cogieron de la mano.
—Hoy en día las mujeres ya no necesitan esas cosas.
—Las mujeres siempre necesitarán esas cosas.
—La compensaré cuando vuelva.
—Señor Armitage, ¿por qué no la deja en paz?
John la miró fijamente, sorprendido.
—Debo resarcirme de algún modo.
—Bueno, con una simple disculpa bastará. Pero no le vaya detrás si no está usted enamorado de ella.
—¿Enamorado?
—Sí, viene de la palabra «amor» —repuso la señora Bloxby, exasperada.
En su despacho de Worcester, el inspector Brudge no tenía la conciencia tranquila.
Nunca debería haber permitido que Agatha Raisin metiera las narices en la investigación.
Se enorgullecía de formar parte del cuerpo de policía de Worcester, que consideraba ejemplar, y ahora se veía obligado a encubrir ese pequeño desliz.
Por descontado, toda la farsa protagonizada por Agatha había salido a la luz, y él no había faltado a la verdad al decirles a sus superiores que había intentado disuadirla de investigar el caso, pero se había abstenido de explicarles que no lo hizo desde el primer momento.
¿Qué le costaba a esa mujer pasarse a la legalidad, abrir su propia agencia de detectives, obtener una licencia? Tal vez se lo sugiriese.
Para cuando embarcó en la avioneta que la llevaría a Santiago, donde tenía previsto pasar una noche antes de coger un avión de vuelta a Londres, Agatha se sentía aliviada y en paz consigo misma.
Por fin se había liberado de los hombres, de sus obsesiones.
A partir de ahora, sólo buscaría complacerse a sí misma.
Para empezar se pondría zapatos cómodos y ropa holgada en vez de tambalearse sobre unos tacones imposibles y de preocuparse por mantener la figura.
No se había maquillado y la piel del rostro le brillaba.
El capitán se sentó a los mandos del avión. Era un hombre muy atractivo. Sin pensarlo, Agatha hurgó en su bolso en busca del maquillaje, pero se contuvo. Dale a tu piel la oportunidad de respirar, se reprochó para sus adentros.
En Santiago se alojó en el hotel Fundador, de recargada decoración colonial.
No quería sentarse a cenar sola en el restaurante del hotel, de modo que sacó de la maleta las pocas cosas que necesitaba para pasar la noche y se encaminó a un bar restaurante de la avenida O’Higgins.
Abrió su diccionario español-inglés y trató de traducir los platos que se ofrecían, expuestos en coloridos letreros en la pared.
Pidió cordero asado, ensalada de aguacate y una cerveza.
De vez en cuando, niños preciosos de aspecto raquítico intentaban colarse en el local para pedir limosna antes de que los echaran. La música del bar retumbaba en la calle. En la avenida, la multitud deambulaba arriba y abajo. Hacía una noche fresca y despejada.
Le sirvieron la comida. Para su regocijo, no sólo era barata, sino que estaba deliciosa.
Se sentía feliz y relajada, libre de preocupaciones, angustias y obsesiones.
Se llevó el vaso de cerveza a los labios y, en ese preciso instante, entre el gentío, vio pasar a James Lacey.
Agatha dejó caer el vaso, que se estrelló en el suelo con estrépito. Habría reconocido ese andar desgarbado en cualquier sitio. Cogió el bolso y, ajena a los gritos del camarero, que creía que se escapaba sin pagar, salió disparada tras él.
Se abrió paso a codazos entre la gente, a ratos perdiéndolo de vista, aunque siempre volvía a distinguir su pelo oscuro a cierta distancia. Cuando la multitud se dispersó un poco, Agatha echó a correr desesperadamente en su dirección.
Le dio alcance y lo cogió del brazo.
—¡James! —gritó, sin resuello.
Un perfecto desconocido se volvió y la miró con gesto desconcertado.
Agatha retrocedió con el rostro en llamas.
—Lo… lo siento —farfulló—. Me he… equivocado.
Dio media vuelta y volvió correteando al bar, donde el camarero seguía plantado en la puerta y pareció aliviado al verla.
Cuando pidió la cuenta, el camarero señaló el plato que había dejado a medio comer sobre la mesa. Ella negó con la cabeza, le dio una propina y fue a pagar dentro.
Luego volvió andando despacio al hotel.
Subió a su habitación y se dejó caer boca abajo sobre la cama.
—Ay, James —se lamentó—. ¿Dónde estás?
Por la mañana se sentó al escritorio de la habitación, cogió una hoja de papel con el membrete del hotel y escribió a James al monasterio benedictino.
Tendría que haberlo pensado antes, se dijo.
Por supuesto que estaba allí. Fueron las preguntas de Marie las que le metieron en la cabeza la desagradable idea de que tal vez James le hubiese mentido sobre su intención de hacerse monje.
Redactó una carta breve y de tono dicharachero, que concluyó pidiéndole que le escribiera a la dirección de siempre para contarle qué tal le iba todo.
Luego hizo el equipaje, lo dejó en la habitación para que lo recogieran y bajó a recepción, donde pidió que se encargaran de enviar la carta por correo.
Sintiéndose mejor por haber tomado la iniciativa de ponerse en contacto con James, Agatha Raisin emprendió el largo viaje de regreso a casa.