Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 15 La viuda de un marido vivo. #2
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Capítulo 15 La viuda de un marido vivo. #2

El peso de ser la profesional perfecta quedaba liberado de su pecho para darle espacio a lo que realmente amaba en su vida: la escritura. Ese ratoncito que caminaba cada día en sus pensamientos y que tendría que nutrir para vivir de sus historias estaba manifestándose en la realidad.

El día comenzaba con su reloj de arena para la noche de la fiesta. Allí se encontraban Maeva y Nikolai; el muchacho, todavía con sus heridas visibles, le diría:

—Hay mucho ruido en este lugar y me duele el rostro, vayamos a un lugar más privado, el ruido me altera mucho.

—Ay, Nikolai, tanto insistes en lo mismo que ya me puse caliente; puede que seas un maestro en el arte, vamos.

Nikolai sentía su victoria concedida: la mujer que quería entre sus sábanas, hermosa entre las más hermosas, inteligente y con un cuerpo muy bien tallado gracias a la herencia de la piedra preciosa que tenía por madre.

Sabía la joya que tenía, pero no eran claras las intenciones que pasaban por su mente.

Llegaron a la habitación, un cuarto tétrico con baño compartido, con olor a poco mantenimiento, con humedad no en los cuerpos, sino en las paredes y en el ambiente.

Estas eran las habitaciones más económicas para los estudiantes calientes que aún no tenían mucho dinero, y esta no era la excepción.

Toda la estructura de madera crujía mientras las aves se apoyaban y removían el techo de calamina de plástico improvisada.

Los cables se veían entre las vigas amarillas con focos parpadeantes, como las venas de un gigante dormido por años.

La cama consistía totalmente en un colchón encima de una estructura de concreto, sin mesas ni mesitas de noche; dejaron sus cosas en el piso que lucía limpio, pero no para la ocasión; la puerta a medio servicio dejaba ver su intimidad, y unos ojos curiosos podrían ganarse con una película gratis.

—Nikolai, este lugar es terrible, vámonos a otro lado, por favor; me da miedo que alguien pueda entrar, incluso se escuchan los nítidos de otro cuarto.

—Ya vinimos, ahora vas a ser mía.

Nikolai la tomó de la muñeca y la arrojó a la cama.

Maeva tenía el corazón acelerado, su respiración pasaba por una válvula con bajo caudal, sus ojos buscaban las rendijas de la mal cerrada puerta para huir; una parálisis total la mantenía atada a esta cama de piedra como el corazón que mostraba Nikolai.

Se desvistió torpemente el joven y empezó a desnudar a la muchacha, la única flor entre tantas espinas; su aroma de magia se esparcía por la humedad de las paredes, sus senos jóvenes caían en sus manos pervertidas, curtidas por los olores, perfumes y manos de tantas prostitutas con Altair.

Sin ninguna experiencia con una mujer real, conquistada por su personalidad, no tuvo el trato que esta dama mereció: un miserable más, tal como se mostró Altair.

Aún sin reaccionar, a la mente de Maeva venían de lejos las cortas lecciones de Esmeralda, pues mientras se colocaba el condón para hacerla suya, ella respiró y lo jaló hacia ella en modo de aceptación.

Él entró con el pecho inflado como un pavo real de fiestas, pero no esperó su rodilla estrellada contra su pene totalmente erguido y victorioso, y sus testículos de adorno; las lágrimas y el dolor se mezclaban en su rostro herido para tapar al monstruo en su verdadera magnitud.

Maeva salió corriendo a medio vestir, se fue cambiando en el camino y salió a toda velocidad a su casa en el primer taxi que pasaba. Llegó a la casa de Esmeralda llorando.

—¡Abre, Esmeralda, ¡por favor! —suplicaba con lágrimas en todo su rostro.

—¡Mi niña, ¿qué pasó?, ¿qué te hicieron? —decía Esmeralda, quien venía con el sostén en posición improvisada, toda despeinada y con el llanto encendido sin poder respirar con facilidad, con una roca atascada en su pecho que no se movía por nada.

El rostro pacífico de Esmeralda se transformó al ver que atacaron a esta niña que era como su hija.

—Me intentó violar Nikolai, ese maldito despreciable.

—¡Miserable infeliz!, ¿qué hiciste?

—Le pateé los testículos con odio, estrellándole mi rodilla; como estaba paralizada, ya mi cerebro no daba, en un cuarto de mala muerte —creo que el baño de una cantina es más limpio—; de verdad, ahora sí tenía ganas, pero al hacerlo así a la fuerza me llené de pánico.

—Una vez me pregunté por qué te pasó esa escena de la orgía en la discoteca; esa escena te la preparé para ahora, si no, te habrían hecho más daño.

—Se hará difícil digerirlo.

—Ya sabes el ritual: sácate todo, hasta pulgas debes tener, e incendiamos en el techo tu ropa.

Terminado todo el ritual, Esmeralda le prepararía una sopa de pollo con papas, apio, kion, orégano y cabello de ángel para que descansa después de la terrible noche de pesadilla que vivió en el hotel del terror y pánico.

Esmeralda no llamó a Ágata porque ya estaba todo solucionado y se había ido a su casa para buscar unas cosas.

En su hogar ya tenía todo listo Ágata; se sentó a fumarse un cigarro, pero su encendedor lo dejó en su oficina. En voz alta dijo:

—Ahora sin fuego, lo que faltaba.

—Traigo el fuego que necesitas —dijo Pabel, que por allí aparecía; le estuvo haciendo guardia por muchos minutos y esperó el momento preciso, aunque por ver a su gata no se percató de Maeva cuando entró a toda velocidad.

—Ese fuego es el que necesito; el otro me mata y el tuyo me da vida.

—¿Ya te vas?, quedó una escena pendiente en la casa.

—Lo que tú quieras, ven.

Tomó de la mano al muchacho y lo llevó a su alcoba; total, la casa estaba vacía.

Mientras tanto, en la universidad, Altair ingresó por la construcción de al lado, se trepó por la azotea como un mono para sacar documentos de su oficina.

Ahí vio un cuarto con la puerta entreabierta que llamó su atención porque escuchaba voces en los pisos; para evitar la confrontación, se metió en este cuarto con sigilo.

Ya adentro, alumbró con su celular y vio algunos escritos; no le llamó la atención el texto, y siguió moviendo los papeles en tanto las voces seguían conversando.

Unas escenas le llamaron la atención: el collar, las escenas corriendo, el auditorio, la escena barriendo y viendo su escote, la escena del beso en el piso, los besos en su escritorio, en la cocina, en la cárcel, en el parque, en el avión, cada uno con su poema que dibujaba lo que le hizo el joven a su esposa.

Toda la sospecha se cerraba con el sello: «Con todo mi amor, Pabel».

—¡Nooo! —un grito retumbó en el cuartito; las voces se movían y Altair aprovechó para escapar por los techos.

En casa, Ágata recibía un masaje de las manos fuertes de su hombre; entre esas sábanas donde nunca la amaron, ahora era una reina mimada, y la gatita le diría:

—Abre mi cajón, amor, saca una menta y bésame.

El joven rey accederá a la petición. Ella era una reina hermosa, liberada de sus cadenas; la antigua prisionera clavada en una piedra era liberada por su héroe.

Un dragón de hielo entrenado por una gran maestra comenzaría el recorrido con un beso de hielo que terminó con el frío en sus labios, ese soplido que congela y arde.

Su cuello latía, y también su lengua caminó por esos lares dejando espacio para su aliento gélido.

Sus pechos tiernos esperaban su aliento helado para contornear más sus pezones.

Su cuerpo danzaba solo, como poseído por el ardor de hielo; se contorsionaba entre las sábanas.

Sus manos buscaban su cuerpo para tocarle el interior; ahora como todo un maestro del hielo, caminaría hasta su monte para lanzarse al vacío y encontrar su vagina jugosa, llena de la miel de su amor que deseaba compartir con él.

Besos helados que la hacían temblar y el soplido que le ocasionaba espasmos ligeros en todo su cuerpo.

Su cuerpo se contrajo; Ágata se lanzó hacia su amado para cabalgarlo con intensidad, de igual a igual, mirando el espejo donde veía de reojo a Altair tomándola como un salvaje por detrás, sin amarla, solo buscando complacer sus deseos más enfermos sin ninguna intervención, terminaba y la dejaba ahí en la calle, tomaba su ropa y se iba, la trataba de lo peor.

Esta vez en el espejo se veían ambos mezclados, sudando y gozando; el espejo ya no era una meta, solo el reflejo de su amor, pero no les quitaba el alma.

Sus olores, uno solo; se jalaban cada hebra de sus cabellos, como dos perdidos por su fuego gozaban de la magia de amarse, ahora sí libres, sin más barreras que romper, en la cama donde se le contagió el insomnio de las tres de la madrugada, las sábanas se iban mojando, cuando de repente...

—¡Eres una zorra! —un golpe seco sacudió a Ágata, lastimando el miembro de Pabel.

El grito de terror apareció luego de todos los gritos de placer que guardaban las paredes de su alcoba. ¡Ahhhh!, un golpe demolería también al muchacho, que seguía sorprendido.

Ya en el suelo, Altair se lanzó para golpearlo, pero esta vez Pabel levantó las rodillas y golpeó las costillas de Altair; aprovechó para voltearlo y agarrarlo a golpes.

Al ver a su amada golpeada, con sangre en los labios, y los agravios que le dio a su mejor amiga, solo se encendía más su rabia.

Lo golpeaba y lo golpeaba; ya no reaccionaba, con su cuerpo debilitado por las drogas, el alcohol, las malas noches y qué enfermedades más le habrían contado Sol y Mar en la casa de apuestas.

Sus manos automatizadas seguían golpeando al muerto con cada vez más rabia; Ágata se acercó porque vio el demonio sumergido en toda su alma y lo lanzó a un lado.

—¡Basta!, ¡basta!

—¿Por qué, gata?

—No sé cómo decirlo, no soy la indicada, pero si no te cuento, lo vas a matar.

—Dime, por favor —aún Pabel estaba endemoniado—.

—Bueno, no me odies por lo que te diga, pero... ¡él es tu padre!

—¿Mi padre?... Iba a acabar con él —su respiración estaba tapada por el odio que brotaba del joven rey—.

—Sí, encontramos en un cofre de Altair fotos, y Esmeralda confirmó que era tu padre.

—Ahora soy el huérfano de un padre vivo y tú eres la viuda de un marido vivo; nada le debemos.