Capítulo 15 La viuda de un marido vivo.
A la mañana siguiente todo transcurrió a la velocidad de la luz, con el discurso de Altair ante toda la plana mayor, y no como el de hace unos meses; esta vez venían por el cierre de ciclo el rector Octavio y la señora Amatista.
Pilar también había invitado a otros directores.
Todo estaba organizado; la joven desde la cabina habría programado todo el protocolo y también se encargaría de dar la lectura desde el podio.
El bufé era mucho más elegante, con comidas muy variadas y postres extraordinarios.
Como siempre, Altair —que era el mejor profesor por muchos años— daría un discurso magistral por el cierre del periodo.
El profesor llegó temprano; allí aprovechó en saludar a Octavio y a la señora Amatista con un tono de confianza que se excedía en todo sentido, pero ellos sabían de todos sus logros y el prestigio que le daba tener a uno de los mejores maestros en liderazgo y motivación entre sus filas.
Muchos alumnos venían por él, porque querían a toda costa ser como él; el gran ejemplo que vivía entre ellos hacía que fuera todo un honor escuchar sus discursos.
—¡Sorpréndenos como siempre, muchacho! —dijo Octavio.
—Señor Octavio, un gran placer para mí.
Pilar comenzó el protocolo con unas danzas de la especialidad de arte contemporáneo y música, luego unas reseñas de otras especialidades como la poesía de Pabel, lo que causó incomodidad en Octavio, luego de todo ello.
Todos silenciaban sus celulares, los dejaban completamente para deleitarse con lo que venía; vieron subir a Altair, quien se quedó esperando en las gradas.
Entre el público también estaba Zafiro, dispuesta a soltar toda la sopa al señor Octavio.
En eso, Pilar comenzaría con el protocolo para presentar al profesor Altair.
—Con ustedes, nuestro más ilustre expositor, quien ha sido galardonado múltiples veces en nuestra institución, quien brinda consultorías y charlas en el ámbito del liderazgo y la motivación: recibamos con un cálido aplauso al profesor Altair.
La audiencia enloquecía, lo adoraban, pues sus charlas en sí eran excelentes; una doble moral era lo que lo condenaba, pero en su arte sí era un genio.
—Gracias, estos son los aplausos más cálidos que he recibido. ¿Cómo se encuentran hoy?
—¡Excelente!, ¡bien!, ¡te amamos, Altair! —gritaba la multitud.
—Yo también los amo —respondió.
En la pantalla principal se proyectaba su presentación, donde salía su nombre y todos sus logros obtenidos, que francamente eran tantos como para llenar un río. Entre el público llegaba Ágata.
—Pasa, hija, a las siguientes diapositivas, porque si hablamos de logros no acabamos.
La multitud reía, pero allí salían unos números en rojo, unos balances en negativo.
—¡Te has confundido, niña!, eso no me pertenece, pon mi presentación de una buena vez.
La señora Amatista notaba el desprecio de cómo actuaba el profesor del año.
—Profesor, esa es su presentación —respondió Pilar.
En el público se escuchaban unos tacos con mucha seguridad que pasarían por la fila de Don Octavio.
—¿Qué pretendes?, hoy es tu último día, no me contestas y ahora vienes con algún espectáculo —dijo Octavio tomándola del brazo, pero ella lo miró y soltó su brazo, lo que hizo que Octavio retrocediera—.
La multitud se sorprendió, solo Amatista observaba todo.
—Buen día, profesor Altair, ¿no reconoces todas las malversaciones de fondos para los proyectos semilla?
, esos números en rojo son todos tus desfalcos a la institución.
Por eso, no era que por años los alumnos fueran malos emprendedores o no rendieran los negocios, sino que no soltaban los fondos porque se iban a tus cuentas.
Ah, pero para intentar disimular, figura la cuenta de nuestra señora Zafiro, tan galante ella, pero a la vez ladrona como el ilustre profesor Altair.
El ilustre maestro estaba congelado, realmente estaba en trance, pasando a mejor vida. Por ahí se acercó Octavio.
—¡Basta con esta falsedad!, ¡luego de lo que hiciste, estás despedida!
—Señor Octavio, tan lindo usted, por favor, Pilar, proyecta lo siguiente, ahí podemos ver todos los proyectos que propuse, pero de los que el gran y distinguido señor Octavio se adueñó, y con eso llegó a ser rector.
Pero todo no queda ahí. Siguiente presentación por favor, mi niña, ahí podemos ver cómo maneja los sueldos nuestro señor Octavio, clasificado por género: todos los directores con las mismas funciones y la única directora, que soy yo, con un sueldo enviado como el 70% del sueldo de un director hombre —la audiencia estaba infartada—.
Todas esas pruebas han sido enviadas al correo de la señora Amatista, porque mi especialista en sistemas rompió ese protocolo de enviar correos a los accionistas, pues si pasaba por el filtro del señor Octavio, nunca llegaría, con su famoso: «me lo llevo». Nunca supe a dónde se lo llevó.
—¡Tú ya estás despedida!, estos solo son manotazos de ahogado, por favor, señora Amatista, esto es totalmente falso.
—¿Eso es lo último que vas a decir, Octavio?
—Sí, señora, es totalmente falso, ella desobedeció mis órdenes y llevó al concurso internacional a un muchacho que estuvo en la cárcel, a pesar de que yo indiqué que no, porque dañaba la imagen.
—¿Ágata, eso es cierto?
—Eso es lo único cierto, señora Amatista.
—Gracias.
—Señora Amatista, no le va a creer a esta inferior y a esta niña tonta, todo eso lo han montado.
—¿Inferior?, estás en educación, pero ni tienes una pizca de ella. Bueno, te creo, Ágata.
En ese momento, Altair y Zafiro salieron corriendo.
—Señora Amatista, ¿cómo le va a creer? —la voz de Octavio, que antes era muy altanera, titubeaba—.
—Noté muchas cosas en ti; toda la información ya la tengo en mi poder y esa «niña tonta» como la llamaste es mi hija.
Me enteré de que tenías una directora y quise que aprendiera todo de ella, aparte de que había cosas que no me convencían de ti; yo siempre quise que Ágata fuera la rectora.
Pero quería ver cómo sobreviviría a lobos como tú y su esposo, para ver si estaba preparada para darle más poder.
¿Y qué crees?, dio la talla completa. Por eso, y porque también parte de esos fondos fue a tus cuentas, estás despedido y Ágata ocupará tu lugar.
Los otros accionistas tendrán que ceder porque ahora tengo más del 50% de las acciones para que no contradigan nada; cuando te eligieron ellos tenían el poder, pero ahora la película es distinta.
Te usaron como su títere para reducir costos a la mínima expresión; sé también que los sueldos de los profesores son lo mínimo posible, ni siquiera competitivos con el mercado, a pesar de tener el mayor alumnado a nivel nacional.
Y de tu política machista de pagar menos a las mujeres también tengo conocimiento, gracias a la investigación de Ágata.
Eso lo cambiamos, porque en este negocio tenemos que generar un impacto realmente social, no solo de nombre en la misión y visión de la empresa.
Armaste un ídolo de barro a Altair, pero dejaste de lado a esta heroína viviente, una mujer digna de admiración, que ama la educación y da todo en su trabajo.
Me pareció muy raro que le quisieras subir el sueldo a tus otros directores y no a ella, porque, según tú, no cumplió los indicadores. Yo veo todas las piedras que le pusiste: ¡estás despedido!
—Señora Amatista, no puede hacer esto.
—Claro que puedo, hijo mío; antes necesitaba la aprobación de los otros, ¡ahora sí, adiós! También entrarás en otras investigaciones para que devuelvas todo lo que te gastaste.
Octavio dejaría el auditorio con sus asistentes, balbuceando algunas palabras que ni se entendieron.
—Cuídate, Octavio, y revisa tu correo personal para las auditorías que te haré.
El rostro de Octavio ya no tenía la arrogancia de antes; ahora ese rostro que apuntaba al cielo se iba al suelo.
—Señora Amatista, no sabía que Pilar era su hija. Gracias por todo.
—Desde hoy ya eres la nueva rectora; en unas horas te envío el correo y Pilar te enviará el contrato.
—Señora Amatista, ese es mi sueño, el cual aprendí a crear mientras trabajaba con ustedes, pero apagó mi sueño inicial; quedó envenenado durante muchos años, incluso hasta lo tengo desfalleciente.
El trabajo me gusta, pero prefiero ser cabeza de ratón que cola de león.
Quiero hacer lo que me apasiona; en estos días ha pasado tanto en mi vida que se destruyó completamente para transformarme en quien realmente quiero.
—Lo respeto mucho, toma mi número, me gustaría invertir en eso que quieras, porque eres una profesional increíble, me gustaría ser tu socia.
No solo ves números, sabes de dónde realmente vienen las corrientes de abundancia de una empresa. La mayoría lo hace así, olvidan la misión de la empresa y se pierden en su propia ambición.
—Gracias, señora Amatista, comprenderá que renunciaré a mi puesto.
—Descuida, recibirás todas las compensaciones de un sueldo de rectora, con los aumentos anuales que les hacemos a todos los directivos y bonos de productividad de cada ciclo académico; te va a servir de capital para tus planes.
Te lo tienes más que ganado. Tú eras las manos invisibles que movían los hilos de mi empresa, ya me parecía raro que Octavio tuviera tan buenas ideas —sonrieron ambas—.
—Es un gran placer haberla conocido, señora Amatista.
—Ojalá encuentre a alguien con la mitad de ti, con esas agallas y todo ese amor por lo que haces. Te deseo siempre lo mejor, acuérdate de llamarme. Mi hija también te seguirá a donde vayas, se identifica mucho contigo.
—Gracias, señora Amatista.
Ágata se iría a despedirse de su fiel Pilar para darle un abrazo, y la muchacha le dijo:
—Donde usted vaya, yo iré, señorita Ágata.
—Sí te voy a buscar, porque eres una joya nacida de una joya, tienes una madre admirable.
—Nos vemos, hasta pronto.
Ágata salió del edificio que tantos años la tuvo encarcelada; su santuario de desahogo se convirtió en ruinas para relevar el santuario que vivía en ella.