Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 14 Trajes mezclados. #2
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Capítulo 14 Trajes mezclados. #2

—¿Cuánta maldad se alberga en ti?, por favor, te pido que no cuentes nada, vas a destruir mi carrera. Octavio solo sabe que llevaste a Pabel, pues no me escuchó más, pero Altair se va a enterar y allí sí te va a matar.

—Sé que es tu amante, no seas tan cínica tampoco.

—Sí, yo le di lo que nunca encontró contigo; una ama de casa no inspira ninguna erección, por eso a mí me hacía suya todas las veces que se iba de tu casa y tu cama.

—¡Eres la peor mujer!, por si tienes algo de compasión, no arruines mi carrera y tampoco la vida de Pabel.

El señor Octavio acabará con mi carrera y Altair con la vida de Pabel.

Por favor, te lo suplico, si alguna vez fuiste mi amiga, no hagas esto.

Mañana es el discurso de cierre de Altair y viene el señor Octavio con la señora Amatista.

—Ahora, gatita, estás totalmente enredada en tu madeja, vas a pagar todos estos años que quise ser tú, ahora ya nada te pertenece.

Ágata permanecería encerrada en su santuario; entró y salió del baño para lavarse la cara.

Luego se sentó en el inodoro con la mirada al piso, viendo pasar en su mente todo lo que le costó obtener su carrera, sus ascensos desde secretaria, uno a uno hasta directiva.

Las noches que no dormía, estudiando, trabajando y cuidando a Maeva, pues nunca dejó de estudiar en su carrera y capacitaciones; por eso estaba bien preparada.

Su sueño de ser rectora se hacía más distante, se esfumaba como el humo de cada cigarrillo que fumó.

Pilar se despidió, pero ella no contestó, petrificada como las estatuas de los griegos que fueron a decapitar a Medusa.

Estaba fuera de este mundo; su mundo se desmoronaba como si fuera una estatua de yeso que se iba quebrando grano por grano.

En ese vacío total, donde su piel se caía —así como sufrió el rey Balduino día a día—, ese desmoronamiento partía su ser en millones de pedazos, se hizo polvo, se destruyó todo.

En ese espacio que antes respiraba, se oyó una llamada a la puerta, que iría en esta tonada:

—¿Gatita, eres tú? —Pabel vio sus cosas en su mesa, le dijo tocando la puerta.

Esa voz la traería de la dimensión donde se encontraba, volviendo a preguntar:

—¿Gatita, estás bien?

—Ya no soy nada, por favor, déjeme sola.

—Me dijo Pilar que llevas mucho tiempo allí; le dije que me encargaría de ver cómo estás, pues no te despediste y se preocupó, pero más me preocupo yo de saber cómo te encuentras.

—Ya no soy a quien buscas, no soy nada.

—¿Me permites entrar, nada?

—¿Por qué me llamas así?

—Tú me dijiste eso: «nada».

—Bueno, no estoy segura, ya no sé quién soy; estas cadenas que me ataban se destruyeron, estas barreras se cayeron, pero se desmembró todo mi ser.

—¿Me dejas entrar?

—¿No...?

—Voy a entrar despacio; ya se fue Pilar cuando no te escuchó, estaba muy preocupada por ti también.

—¿Estás bien, gatita?

—Por favor, deja de llamarme así, mi lepra es contagiosa; todo lo que toco destruye algo de mí, tu mundo también se destruirá.

—Y si nos destruimos ambos, juntos construiremos un nuevo mundo para los dos.

—Ay, ya no sé qué hacer, estoy paralizada totalmente —decía Ágata con lágrimas entre los ojos—.

Pabel se acercó para secar sus lágrimas, frotó su rostro con el dorso de su mano, luego con su palma acarició su mejilla y se acercó para abrazarla.

—Por favor, no me sueltes, que estoy destrozada; tus brazos son el molde que da forma a todo mi ser, aún falta el discurso de Altair y la fiesta de cierre de ciclo.

—No te soltaré, gata, me quedaré el tiempo que me lo permitas y, si hace falta más, lo que venga luego no importa.

—Yo no sé qué hacer.

—Entonces, no dejes de respirar.

—No sé cómo apareciste en mi vida, pero no quiero que te vayas, Pabel.

Se acercó el muchacho, la besó con todo el fuego que tenía encerrado; sus labios buscaban ansiosos nuevos ángulos para probar en ellos.

Sus lenguas se convirtieron en lenguas de serpiente para recorrer varios caminos a la vez; se desvistieron, lanzando sus uniformes —el de personal de limpieza y su uniforme de directora, ambos azules— para usarlos como las sábanas del amor.

Ella buscaba su miembro para traerlo directamente a su vagina; todas sus palabras la habían excitado tanto que ya la tenía muy bien lubricada y jugosa.

Sin mucho preámbulo, sin ceremonias previas, manteniendo la tensión latente de la noche anterior en sus pieles, querían la resolución total.

Él se alejó un poco para buscar en su traje un preservativo que siempre cargaba gracias a las recomendaciones de Zafiro en su primera vez.

Ella miraba cómo se lo colocaba, saboreando entre sus labios ese miembro que ya estaba totalmente erecto para navegar en sus mares de placer; se acercó la gata despacio y al oído le dijo:

—¡No más barreras! —con una voz que ni los coros de jazz superarían, sacándole el preservativo con ambas manos y acariciando sus testículos muy bien cargados para ella—.

—¿Estás segura, gatita?

—Sí, mi vida, esta es la última barrera que me ataba a mi vida antigua; todo o nada, se abre la caja de Pandora para que escuches la melodía que atesora unirse a tu ser.

Ella, recostada tomando su miembro sin barreras, lo recibió totalmente firme, aprisionándolo con sus piernas para sentirlo más adentro.

Él se recostó para besarla con locura y bajaba a jugar con sus pezones bien adornados con el lenguaje braille de sus aureolas.

La tomaba de la espalda; los gemidos sonaban como ecos en el baño. En el piso que él tanto limpiaba, con sus trajes convertidos en sábanas, ya no había cargos. Convertidos en un solo ser, en el mismo espacio, dibujaban la imagen filosófica del ying y el yang.

Los gritos aumentaban, donde los coros de manicomio quedaron como un mal recuerdo que el tiempo se llevó; aquí no perdían el tiempo, se pierden en el tiempo y se encuentran en su ser.

Él se quedó adentro en pausa, esa pausa que da poder, con todos los fluidos mezclados en su vagina; la sentía más húmeda, y con una de sus manos tocaba su clítoris que se ponía más duro, para continuar con más embestidas, con los ojos sin rumbo, pero con ganas de llegar.

En su vagina sentía el golpe de los testigos de su amor, hinchados por ella en cada movimiento; sus manos apretaban su espalda, hasta llegar a arañarlo como gata, y también apretaba sus nalgas, mientras sus uñas caminaban por su fornido pecho, bajando hasta sus testículos para acariciarlos.

Las luces que antes eran intensas parpadeaban por el calor que emanaba de sus cuerpos; los movimientos se tornaban de un ritmo majestuoso, contrayendo ambos el vientre para hacer respiraciones más profundas por la falta de aire.

Sus corazones a mil latidos no podían más; por momentos aceleraban la marcha, por momentos de manera suave y pausada para sentir el fuego encendido.

Todo un artista sexual entre sus piernas, levantó las piernas de ella y las colocó en sus hombros para una penetración más profunda; sentía cómo se retorcía de placer su gata.

—¡Cárgame, mi amor! —le dijo la gata.

Pabel, con su cuerpo fornido y sudoroso por el placer de ambos, acudió a la petición de su amada, levantándola para subirla y bajarla con toda la fuerza de sus brazos.

Ella acariciaba sus brazos, que también estaban duros, mientras gemía de placer; lo veía cómo se esforzaba y cómo la penetraba tan deliciosamente para decirle:

—Dámela toda, mi amor, quiero sentirte bien adentro, mi vida.

—¡Sí, mi amor!, ¡sí!, ¡sí!

Con el sudor mezclado de ambos y sus jugos también, haciendo los últimos esfuerzos, ella lanzaría sus gritos mezclados con espasmos, y él soltaría todo su semen en su caja de pandora, que no dejaba de brotar el flujo de su amor. ¡Ahhhhh!, ¡johh!, ¡jahh!, se mezclaban los coros.

Ella sentía toda su leche caliente en su vagina totalmente húmeda y cómo brotaba de ella con placer, sumado a todo el líquido que seguía saliendo. Se recostaron en sus trajes, sin vergüenzas, sin edad, sin cargos, solo un hombre y una mujer que se amaban.

Ella jugaba con los rizos de sus cabellos, él acariciaba sus piernas; se quedaron recostados entre los sonidos que ocultaba el baño.

Sus cadenas y barreras estaban totalmente rotas; la mujer que fue destrozada cada día de su vida ahora era reconstruida con la magia que solo el amor puede brindar a la vida. Esa vitalidad la necesitaba para todo lo que le faltaba enfrentar.