Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 14 Trajes mezclados.
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Capítulo 14 Trajes mezclados.

Zafiro llegó a su casa luego del viaje, pensando en torturar a Ágata y a Altair, cuando al entrar notaría manchas de sangre.

—¿Nikolai?

—¡Mamá! —llegaba Nikolai con la cara ensangrentada, la nariz rota y con la voz balbuceante que se entendía muy poco—. Zafiro soltó su maleta.

—¡Vamos a un hospital, hijo!, ¿qué pasó?

Tomó a su hijo; su vista indagaba todo su cuerpo y notaba todos los golpes encima. La presión se le elevaba como una maldita marea, tenía el pecho destrozado; tomó a su hijo y lo llevó al hospital. En camino al hospital, conversaron:

—Fue A.… l.… t.… a.… i.… r.

—¿Quién? —no le entendía bien por los balbuceos que hacía.

—Altair.

—Ese miserable.

—Quiero matarlo.

—Descuida, de eso yo me encargo, le haré más daño que la muerte misma.

Atendieron a Nikolai; se quedó unas horas en observación.

—Mamá, anda a descansar, gracias por todo, luego me cuentas cómo fue tu viaje para distraernos.

—De ese viaje traje varias cosas, sí estoy cansada, pero me quedo contigo. Descansa tú.

—Sí, mamá, siento como si un tren me hubiera atropellado.

Ágata llegó a su casa, encontró la puerta abierta, pero no encontró a nadie. Altair estaba acostumbrado a aparecer los martes, porque el lunes no trabajaba; era normal que no esté, ¿pero Maeva? Pensaría la directora: «¿Maeva? ¿Pequeña, dónde estás, mi niña?».

El silencio era dueño absoluto de la casa; la llamó para verificar dónde estaba. Sonaba apagado, ya su rostro cambiaba de matiz.

—Llamaré a Esmeralda, posiblemente algo sabrá —timbró unas cuantas veces y respondió—.

—Doña preocupación, está aquí conmigo tu niña, tranquila.

—Gracias, Esmeralda, voy a tu casa, ¿allí está verdad? Me ha vuelto el alma al cuerpo.

—Sí, ven, muchacha, aquí está tu niña, pero está dormida. Tuvimos una noche cargada, ahora te cuento.

La curiosidad mueve el mundo y esta no sería la excepción; mezclada con la planificación por saber qué le pasó a su hija, era una bomba nuclear perfecta. Ágata llegó rápidamente a la casa de Esmeralda.

—¿Qué pasó, Esmeralda?

—Por dónde empezar, todo el chisme está bueno. Te contaré tres cosas, aunque solo una te afecta; esa te la contaré al final.

—¡No seas desgraciada!, el chisme prolongado mata duro.

—Lo voy a disfrutar; primero: Altair ya sabe que Maeva y Nikolai son enamorados.

—¿Cómo lo tomó?

—Lo agarró a golpes al muchacho y lo mismo quería hacer con tu hija, pero ella escapó.

—Ese miserable, pero yo tengo ases bajo la manga para acabarlo.

—Me imagino, además...

—¡No te pases pues!, no la hagas larga.

—Jajaja, ¡bien curiosa eres!, está bien, además...

—¡Carajo, que ya!

—No sabes cómo lo disfruto, siento que ya estás volviendo a ser tú; segundo: como Maeva vino a mí, Altair la quiso rematar y me vio.

—¿Qué dijo?

—El muy desgraciado me dijo que no tenía moral, por haberlo dejado después de que él me dejó abandonada en esa clínica para abortar.

—¿Le contaste de Pabel?

—¿Tú qué crees?

—¡Maldita sea!, ¡otra vez!, responde pues.

—Adivina, no sabes el placer que me da verte así, a ver si sueltas toda tu estupidez y decides qué hacer.

—Perra condenada... ¡habla!

—Jajaja, eso te lo dejo como repertorio para ti, en algo te ha de ayudar. Y yo que pensé que tenía una mochila pesada, pero con esto, él que es un machista total y más que todo es el miedo por los otros hijos que debe tener por ahí camuflados y luego verte, no sé cómo lo ha de aguantar.

—Sí, pues, y falta la última, con esta sí es para noquearlo.

—De veras falta una y me dijiste que la última tenía que ver conmigo, cuenta.

—Bueno... te diré que...

—¡Carajo, otra vez!, directo al grano como los dermatólogos.

—Qué delicada la niña, ya se me volvió malosa.

—Sé que lo haces para alargar la conversación, ¡cuenta pues!

—Está bien... la cortaré.

—¡Yaaa!

—Jajaja, ¡qué delicada!

—¡Ya pues!

—Eso que te cuente tu hija, que ya se despertó.

—¡Mamá! —venía Maeva llorando—.

—¿Qué pasó, mi amor?

—No sé si me perdonas —se secaba algunas lágrimas para poder hablar—.

—¿Por qué?, cuéntame, hija, mi niña.

—¡Mamá! —Esmeralda se reía porque sabía lo curiosa y despistada que era Ágata, realmente disfrutaba este momento—.

—Dime, hijita de mi alma...

—Se lo dije.

—¿Qué le dijiste, hijita? —A Altair.

—¿Qué le dijiste a Altair?

—Perdóname, mamá.

—¡Ustedes dos me van a matar!, dime, hijita.

—Que no es mi papá.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —cambió el tono de Ágata—.

—Ay, mamá, me iba a matar y antes de eso preferí decirle como para ganar tiempo y huir.

—Niña mía, comprenderás que eso me correspondía contárselo yo.

—Sí, mamá, pero no tenía más escapatoria, estaba dolida porque ya se le dio costumbre de pegarme, ya no puedo volver a la casa, habló muy feo de ti y de mí.

—Lo mejor será que se queden aquí, nada más no vayas a gatear al cuarto de Pabel que está durmiendo. Por si acaso, si ese salvaje intenta matarlas...

—Tengo que acabar mis planes, aunque ya algo anduve ejecutando mientras estuvimos de viaje.

—¿Nos vas a contar, verdad, amiga linda?

—¡Nooo! —si Ágata era desesperada, Esmeralda era multiplicada por diez—.

—¡Te quieres vengar, desgraciada!

—Ya se enterarán cuando ocurra todo, por ahora está bien quedarnos aquí, gracias, Esmeralda.

—Está bien, yo duermo en el mueble y ustedes pueden dormir en mi cama.

—¿Cambiaste las sábanas?

—Nunca las cambio, me gustan mis aromas concentrados.

—¡Eres una puerca!, ¡qué asco!

—¡Descansen, niñas!

—¡Hasta mañana! —respondieron ambas.

A la mañana siguiente se alistaban Maeva y Pabel para ir a estudiar; Ágata todavía descansaba. Esmeralda les preparó unos panqueques con jugo de granadilla con piña y unas gotas de limón, endulzado con miel.

—Maeva, no te preocupes, me encargaré de cuidarte.

—Espero puedas cuidarme de mí misma, ya que aún sigo enamorada de Nikolai, además de que estoy muy preocupada de cómo se encuentra luego de la paliza que le dio Altair.

—¿Se enteró?

—Sí, se enteró.

—Uy, con razón. De todas maneras, ten cuidado con Altair, trata de alejarte.

—Descuida, los lunes aún sigue en sus andanzas.

—¿Siempre actuó así?

—Sí, algunas veces, cuando descanso hasta martes, solía aparecer los miércoles. Muchas veces veía la cantidad de ropa que solía guardar en su auto.

—Bien preparado el profe; total, siempre dijo que es buena la planificación.

—¡Ay!, tanto sufrimiento le costó a mi mamá y todo el vacío que dejó en mí, me dolió tanto que siempre quiso que sea hombre, así me hubiera amado más.

—Pero tuviste una madre, eso cuenta por un millón.

—Por un millón, ¿no? —se miraron con rostros juguetones y se fueron a estudiar.

—Cuídense, niños, cualquier detalle me avisan.

—Gracias, mamá.

—Gracias, Esmeralda, saludos.

Ya por la tarde, en la oficina, llegó Ágata; se encontró con su secretaria Pilar, a quien regularmente le daba carta libre para que estudie, ya que permanecía solo un día a la semana o a veces dos o tres veces al mes; ella quería que acabe su carrera y luego decidiera si quería trabajar más tiempo allí.

Recordaba sus tiempos de practicante, cuando tenía que amanecerse para completar su trabajo y el estudio, e incluso descuidó algunas materias; por eso, la hacía venir lo menos posible, ya que ella estudiaba ingeniería de sistemas.

—Señorita Ágata, buenos días.

—Hola, Pilar, ¿avanzaste lo que te encargué?

—Ya lo tengo todo, señorita, ¿me dejaría venir más días?

—No, niña, tienes que estudiar; este mes solo te he necesitado dos veces, y con los otros días que estuve fuera para que averigües lo que te encargué es suficiente por este mes, anda a estudiar.

—Sí, señorita, me dijeron que trabajar y estudiar era difícil, pero usted me motiva a seguir estudiando, gracias de nuevo.

—No tienes que pasar lo mismo que yo, tienes que ser mejor.

—Gracias, señorita, aquí tiene todo organizado y tengo copias —le entregó un USB—.

—¡Eres un genio, por eso te contraté!

—Usted es la única que me contrató sin experiencia.

—¿Cómo te pido algo que aún no tienes?, no tiene sentido, ¿acaso no vienes a que aprendas y propongas ideas?, sino, ¿por qué te contraté?

—Gracias, señorita, usted es única, todos son unos explotadores.

—Es cuestión de organización, planificación y luego hacer un seguimiento efectivo, sin necesidad de dejar sin vida al trabajador.

—Si usted funda una empresa, por favor, me lleva.

—Eso tenlo por seguro, niña; en el problema en el que me encuentro, voy a necesitar gente.

—Usted es una capa, seguramente lo resuelve.

—Gracias, Pilar.

Ágata se quedó pensando: «Había olvidado cargar mi celular, a ver, lo pondré a cargar; este cargador está lento, ya cargó algo.

A ver, ¿llamadas perdidas de Altair?, ¿llamadas perdidas de Don Octavio?

Los de Altair, con mi plan lo tengo, queda todo solucionado, ojalá que funcione; pero los del señor Octavio...

seguramente Zafiro, que quiere mi puesto, lo llamó.

¿Qué le digo?, ¿y si pierdo mi trabajo?, ¿ahora qué haré?

, qué difícil se me pone todo, pensé sentirme más libre, pero cada vez me enredo más, como una gata en su madeja». En eso...

—Hola, gatita, ¿verdad?

—¿Qué sucede, Zafiro?

—Sé todo entre tú y Pabel, la piedra preciosa del poema eres tú, los vi en el avión y te vi salir de su cuarto de hotel muy feliz, seguramente te hizo suya. Te odio totalmente, todo lo que tienes tú lo quiero yo, te envidio, y ahora con esto tu puesto será mío.

—¿Zafiro, por qué?, eres mi amiga, nos conocemos años, ¿por qué quieres todo lo mío?

—Tú eres feliz, tienes esposo, tienes una hija genial, tienes un amante precioso, eres jefa y yo soy tu subordinada.

Tienes todo lo que yo quiero, pero ahora es mi oportunidad de quitarte todo.

Todos sabrán lo falsa que eres: la ama de casa perfecta, la mujer perfecta, la trabajadora perfecta.

Toda esa falsa mujer revolcándose con un alumno becado, que seguramente la beca la obtuvo por acostarse contigo; así es como ganas tus tratos, entre sábanas. Eres una vergüenza para la educación.