Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 13 En los aires. #3
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Capítulo 13 En los aires. #3

—Seré muy tranquilo, solo conversaremos —el muchacho revisó sus bolsillos y encontró los condones que había comprado hace unos días, pero ¿Maeva lo vio? —.

—¿Qué buscas, bandido? A ver, a ver —le agarró el bolsillo y sacó el contenido—.

—Bueno, por si te animas.

—¿Qué es esto, Nikolai?, ¿no que solo íbamos a conversar?

—Por si quieres algo más.

—Yo no quiero nada más por ahora, solo vinimos a conversar y punto. ¿Me lo prometes?

—Sí, está bien, te lo prometo —besando a la muchacha.

Cuando de pronto, unos pasos acelerados se acercaban.

—¡Te quería como a un hijo!, te enseñé de todo, y para eso me buscaste.

—Espera, papá, déjame que te explique.

—Profesor Altair... —no lo dejó terminar y se abalanzó a él suministrándole uno y otro golpe; el muchacho no se podía defender, lo único que brotaba de él era sangre, más y más sangre, mezclada con gritos de dolor.

—¡Papá, por favor, déjalo!, ¡lo amo! —con lágrimas en los ojos.

—Ah, ¿lo amas?, ¡si te prohibí que tengas algún novio!, todos los hombres son unos miserables y peor aún este, al que quería como a un hijo y tiene muchas malas mañas —Nikolai intentaba hablar, pero la sangre no lo dejaba—.

—Papá, déjalo, por favor —seguía con un llanto desmedido Maeva—.

—¡Aléjate de mi hija!, en tu puta vida ni la alcances a ver en el espejo de algún retrovisor, desgraciado. ¡Vamos! —se llevó arrastrando a Maeva a la casa y escupió sobre el joven que estaba todo ensangrentado y con la cara destrozada—.

—¡Por favor, papá, no me arrastres, puedo caminar! —soltó a la muchacha, pero la apretó del brazo; tomaron un taxi y fueron a casa.

Ya en casa:

—¡Pasa!

—Está bien, papá —con el rostro lleno de lágrimas, al ingresar le zampó una nueva cachetada y le dijo—:

—Eres una cualquiera, saliendo a parques y luego yendo a acostarte con uno y otro, ¿yo te habré criado cómo la zorra del barrio?, todas las personas de la pelota te vieron, ¿eso quieres, ser una cualquiera?

—Tú... tú... —con tanto odio, dolor y rabia acumulada—.

—¡Habla claro, maldita zorra!, ¿quieres terminar en la calle, embarazada y pasando penas?

Maeva respiró, entrecerró sus ojos con millones de lágrimas.

—¡Tú no eres mi padre!

—¿Qué dices, maldita zorra?

—Lo que oíste, ¡tú no eres mi padre! Lo dije, lo tenía atascado en el pecho, pero al fin lo dije: «Me has maltratado, nunca has estado presente, y siempre quisiste que fuera hombre, me rechazaste siempre, hasta que mi madre me contó que tú no eres mi padre».

—¡Las dos son unas malditas zorras! —se acercó Altair para agarrarla a golpes, pero Maeva escapó, salió a toda máquina sin rumbo; solo se le ocurrió la casa de Esmeralda, que estaba cerca. Llegó tocando la puerta con mucha desesperación—.

—¡Esmeralda, Esmeralda, por favor, ¡ábreme!

—Maeva, ¿qué pasó, niña?, ven, entra.

—Mi papá...

—¿Apareció tu papá real?

—¡No!, bueno, Altair dejó medio muerto a Nikolai en el parque, y luego me trató pésimo y me volvió a pegar.

—¿Cómo así?

—Bueno, estábamos en un parque y Nikolai insistía en que suba con él a un hotel cercano.

—¿Tú querías?

—La verdad tenía curiosidad, pero no quería; me presionó tanto que acepté.

—Nunca, nunca hagas algo por presión, niña; si no, nadie va a aceptar tus decisiones. Como mujeres tenemos el mundo a nuestros pies, porque nuestras decisiones definen a la humanidad y crean más adeptos.

—No debí aceptar y ahora por ello el pobre Nikolai quedó desfigurado. Pero todo no queda allí, le dije a Altair que no era mi padre.

—¡Ay, ese secreto se lo tenía que revelar tu mamá! ¿Cómo lo tomó ese hombre?

—Me vine corriendo, habló muy mal de mi mamá y de mí, nos insultó muy horrible. Quería golpearme más, y por eso escapé.

—Quédate aquí todo el tiempo que quieras —tocaban la puerta y Esmeralda se acercó—.

—Yo te cuido, niña.

—¿Mi hija está con ustedes?, la vi ingresar, quiero llevarla a casa —como siempre un gritón, creyendo que todos son sus empleados.

Esmeralda abrió la puerta.

—¿No sabe saludar, el señor?

El rostro de Altair se transformó totalmente; los golpes anteriores no fueron suficientes, sus ojos miraban al pasado, la única mujer que aparentemente amó volvía de entre los muertos.

—¿Esmeralda, eres tú?, quiero llevar a mi hija.

—Soy yo, querrás decir: «Quiero golpear a mi hija». ¿En qué clase de monstruo te has convertido, Altair? ¿Ahora golpeas mujeres?

—¡No me vengas a dar clases de moral, ¡tú te fuiste luego de dejarte en la clínica!

—¡Tú me dejaste tirada ahí en la clínica!, de donde tuve que escapar.

—¿Nuestro hijo o hija nació?

—Eso nunca lo sabrás, Altair; Maeva se quedará conmigo para protegerla —Altair atascó la puerta—.

—¡Espera!, ¡dime!

—¿En serio quieres ponerte violento conmigo?, tú me conoces bien, cómo te defendí en las fiestas y no solo con uno, con varios hombres agresivos cómo los ponía a raya. Buenas noches, Altair, has perdido más de lo que creías por tu actitud.

Sus ojos violentos se transformaron en perdición mientras Esmeralda cerraba la puerta. Altair se iría a su refugio personal para digerir todos los golpes que le habían asestado, una dosis de botella, las falsas caricias de sol y mar, más unas líneas de coca para intentar olvidar este asalto.