Capítulo 15 La viuda de un marido vivo. #3
—Déjalo, por favor; su castigo será vivir con él mismo. ¡No eres un asesino!, ¡déjalo!, por favor.
Pabel soltó el cuerpo del muerto como padre y marido aun respirando; el joven se vistió.
Ágata, como síntoma de última rebeldía, tomó todos sus vestidos de trabajo azules y los destruyó; los otros vestidos de gala azules también fueron destruidos.
Solo tomó las sábanas donde hacían el amor, sanada con los fluidos del placer, cual, si fuera una diosa griega descalza, y se iría sin nada más que su mente, su cuerpo y su alma.
Este romance consumado terminaría en el hotel Romance; si bien tenía un local para estudiantes, también tenía un local para adultos con habitaciones más refinadas, donde ambos por voluntad propia harían el amor toda la noche.
Ambos libres, ya sin ninguna cadena ni barreras, estaban listos para vivir su amor.
Unos meses pasaron; una mujer en una silla de ruedas llevaba a un hombre totalmente paralizado que solo movía la boca y los ojos. La mujer le diría:
—Esta es tu cruz: que la tonta de tu mujer te reciba y se haga cargo de ti, así ya no me sirves. Viviste con una hija que no era tuya, tuviste dos hijos hombres que tanto anhelabas, pero no conociste: Nikolai y Pabel. Me contaste de Pabel, pero nunca supiste hasta hoy de Nikolai.
Altair perdía más sus ojos e intentaba moverse para escapar.
—¡Adiós, nunca me hiciste feliz!, tu hijo Pabel sí me hizo mujer, algo que tú nunca me hiciste sentir.
Altair quería escapar de su cuerpo, aceleraba su respiración, no podía hablar, solo forzar más la respiración.
Altair, con las manos estiradas y paralizadas, recibiría del aire un volante que decía: «No se pierda la conferencia magistral del profesor Altair: "El liderazgo comienza desde la familia"».
El profesor quería escapar del vehículo de su cuerpo, una lección para el maestro del liderazgo; nadie lo detenía, solo su mismo cuerpo que dejó de funcionar por todos los excesos de que nutría su ser y todo el daño que le hizo a tantas mujeres.
Ahora realmente estaba su cadáver tirado en el piso, a donde tantas veces arrojó a su viuda; solo podía cerrar los ojos para dejar de sentir, aún con la respiración que retrasaba el velorio que se mostraba delante de su casa.
La misma donde siempre estuvo ausente, donde su hija quiso jugar con él, donde su esposa quiso que compartiera el tiempo; en vez de ello, prefirió llevar su vida de casado-soltero y dejarle todo a Ágata.
Luego de unos largos meses se celebraba una conferencia.
En un auditorio lleno, en la primera fila, estaban Esmeralda y Maeva cargando a una bebita, la pequeña Eria, que jugaba con ella, mientras Pabel miraba como siempre a su inspiración eterna.
Pilar se encargaba nuevamente de la presentación y diría:
—Con ustedes, la escritora Ágata.
El auditorio aplaudió; en automático guardaron sus celulares, todos los ojos apuntaban a ella, seguían cada uno de sus movimientos, no querían perder nada de ella, en un silencio que solo una biblioteca podría envidiar.
Al escenario subía una mujer que había dejado una mochila pesada, totalmente segura; traía un vestido negro elegante, sus ojos se sentían con la calma de los mares y una sonrisa de sinceridad que solo ella podía traer. La escritora diría:
—Toda mi vida quise complacer a todos y puse mi vida en último lugar.
Eso posiblemente lo vi en mis predecesoras; pensaba que una vida sacrificada, entregada a los demás, era mejor que mi vida.
Incluso dejaba de dormir para avanzar cosas en mi casa, fue cuando me entregué al amor por mí y por el hombre que no deja de verme, que además cuida a nuestra pequeña Eria, que mi mundo se destruyó y de los escombros saqué mi mejor versión.
Una mujer decidida, sin miedos, buscando lo mejor para mí, para mi familia y sin hacerle daño a nadie.
Fue en ese punto que opté por darle un giro total a mi vida, con el apoyo de mi amor Pabel, mi gran amiga Esmeralda, mi hija Maeva, mi siempre leal amiga Pilar y la señora Amatista, a quienes les planteé el proyecto de hacer un programa de entrenamiento titulado: «La viuda de un marido vivo».
Hemos sido muchas mujeres las que hacemos todo en casa, mientras los esposos son los casados-solteros, se ven con sus amigos y se desentienden del hogar.
No se involucran en la crianza y cuando quieren hacer algo piensan que están ayudando, cuando la labor es de ambos; por eso, en mi programa buscamos resaltar la importancia de la familia como la base de la sociedad.
Y del entrenamiento comencé y escribí con mi amado el libro: Ágata.
La viuda de un marido vivo. Un libro que retrata la vida de muchas mujeres que son las manos invisibles que mueven a toda la humanidad, toda la logística detrás de una victoria.
Si he podido despertar, estoy en la capacidad de ayudar a muchas mujeres para que sean su mejor versión y amen más su vida.
Si dedicamos un minuto a nuestros sueños, lograríamos hacerlo real en poco tiempo.
Estuve soportando muchos años un trabajo que me obligaron a amar, hasta que mi mundo colapsó y me encontré escribiendo, tal cual quise siempre desde niña.
Solo tenemos una vida para dar lo mejor de nosotros; evitemos ser la viuda de un matrimonio destruido desde adentro.
Así nadie crea en ustedes, no pierdan las esperanzas, ustedes deciden siempre, recordando que la única apuesta que no tiene pierde es si compran todos los boletos de lotería por ustedes mismas. Gracias.
El auditorio se puso de pie, ovacionando su nombre.
En la puerta, Amatista sonreía por la socia que tenía, una mujer completa que tuvo que soportar el peso de las barreras y las cadenas en su vida.
Con todo ello, desde los escombros que sintió al desmoronarse el mundo que le enseñaron a vivir, encontró otra fórmula con la que creó una versión de felicidad que no le ofrecieron los catálogos de vida, pero que ahora le daba plenitud total.
Ágata dejó de ser la viuda de un marido vivo para convertirse en ella misma: la mujer que siempre deseó ser, una mujer que disfruta el presente, una mujer valorada por ella y a la que la sociedad aprendió a amar.
FIN.