Capítulo 13 En los aires.
En el aeropuerto se encontraban las dos piedras preciosas con Pabel, todos usando ropa deportiva para un viaje placentero. Se saludaron como de costumbre con mucha amabilidad; aún las dudas rondaban la mente de Ágata, pero algo más la aterraba: viajar en avión.
Los boletos eran en clase económica y se habían ubicado los tres en la misma fila: Zafiro hacia el corredor, Ágata a su lado para sentirse segura, y Pabel hacia la ventana. Zafiro le dijo a Ágata:
—Ahora que se entere el señor Octavio, tu puesto está en juego.
—Bueno, no tengo tanta cabeza para pensar en ello, creo que eso lo tendré que conversar con él en tierra.
—¿Te sientes bien?, obvio que vas a conversar en tierra.
—Detesto mucho viajar en avión, me aterra demasiado.
—Justo estamos al lado, bueno, me pondré a escuchar música para que luches con tus miedos y puedas dormir —Ágata se cogía de los reposabrazos con mucha intensidad, sus ojos miraban el vacío para encontrar la calma, su respiración se descontrolaba mientras despegaba el avión.
El viaje era de noche y tendría aproximadamente doce horas de sufrimiento.
Apretaba las piernas, se movía; Pabel no decía nada, estaba esperando que Zafiro durmiera para conversar con su gatita. Cuando Zafiro pegó ambos ojos, Pabel, cual diestro cazador, comenzaría a ayudar a su gata que estaba erizada por poco en el techo.
—¿Qué sucede, gatita? —le dijo el joven tomando su mano.
—No me gusta viajar en avión, aparte de que el señor Octavio no aprobó que viajaras por lo que sucedió con el robo del collar; ahora que se entere, no sé qué pasará con mi trabajo.
—Pero hubieras conversado conmigo, lo habría entendido muy bien e iba otro estudiante.
—¿Pero el premio?, es un reconocimiento internacional y ayuda mucho a tu carrera.
—El premio no importa, tampoco el reconocimiento; el mejor premio que obtengo es haberte conocido.
La directora entró en calma muy suavemente, se miraron a los ojos con ternura para tomar sus manos.
—Gracias; sin embargo, sentí que te hice tanto daño que de alguna forma no quería fallarte más y, aparte, escapar contigo unos días.
—¿Te sientes mejor?
—Sí, tú me devuelves la calma que había escapado en mí, aunque hay más cosas en mi mente, tengo algo de calma en mí.
—Aprovechemos en dormir, queda un largo tramo de viaje y ya todos duermen —se acercó Pabel y besó su frente, ella se acurrucó en el beso cariñoso, se soltaron las manos y cada uno tomó su manta para descansar—.
—Por fin pasaremos la noche juntos, ¿mmjm?
—Me encanta mi gatita —la aeromoza hacía su ronda para ver cómo estaban los pasajeros y todos estaban dormidos, finalmente se quedó conversando con su compañera—.
—¿Todos duermen?
—Sí, no creo que se pongan a hacer el amor aquí, aunque debe ser delicioso con las turbulencias y el pánico de que alguien te vea.
—Pero acá todo se ve, aunque discretamente cómo todos duermen, algo de terreno pueden ir ganando.
—Bueno, hay que dejarlos soñar a estos angelitos, vamos a descansar algo y muy atentas por si algo necesitan.
Todos los pasajeros dormían; solo se escuchaban los ruidos propios del viaje, algunos ronquidos, voces de alguien que dejó algo inconcluso, una señal de gratitud, un perdón, sonrisas de algún sueño erótico, acompañadas de alguien a quien las pesadillas le hacían moverse para intentar escapar.
En esos sonidos organizados, sucedió lo siguiente: a una voz.
—¡Tengo que avanzar! —sin querer, le agarró la pierna a Pabel.
—¿Qué pasó, gatita?, ¿alguna pesadilla?
—Nada de eso, suelo levantarme de madrugada para hacer algo en casa, sonaré como una tonta, pero es mi rutina de tantos años: me levanto para avanzar con algo y luego me voy a correr.
—No eres tonta, eres muy comprometida, pero en el avión ya todo está hecho, ¿corremos?
—Jajaja, ¡payaso! Habla bajito para que nadie despierte.
Su mano no se movía de su pierna, jugando con sus uñas en su muslo como una gata con su hilo; el joven rey la miraba.
—Estos reposabrazos nos apartan, pero muero por besar.
—A ver, usa tu ingenio, Balduino.
Su mano ahora apretaba más intensamente su pierna.
—Está bien, mi amor.
Miró a todos lados para comprobar que todos dormían; Zafiro suspiraba en un sueño profundo.
—Me gustan tus muslos —le dijo mientras los apretaba más.
—¿Y solo mis muslos?
—Tu pecho también es muy varonil y ancho, te hizo bien el trabajo.
—¿Y solo mi pecho?
—Mjum... También lo que escondes para mí entre tus muslos y estoy tocando con ganas de que entre en mí. —Es tuyo, solo tuyo.
Se levantó ligeramente para bajarse el buzo que traía; su dragona de hielo hizo lo mismo, porque también tenía ropa deportiva.
—Humedece tus dedos, mi Pasha, para que mi caja de Pandora te reciba; estoy seca, pero tú me enciendes.
Pabel se humedeció los dedos y comenzó a tocar sus labios para mezclar ambos sabores; ella cerraría los ojos y los compartiría en un ligero gemido que se completaría con los ronquidos de un leal pasajero.
Con las luces ausentes, solo a lo lejos acompañaba el amarillo que destellaba la cabina de las aeromozas; sus respiraciones danzaban en conjunto para no hacer tanto ruido.
Sus dedos caminaban como una mantis religiosa bajando por su árbol, encontrando su monte y saltando a sus otros labios, dispuestos a ser tocados; ella se acomodaba para recibirlo.
Mientras tanto, ella con su mano frotaba su pene y acariciaba sus testículos con desesperación.
Pabel era más sutil, alternando entre sus labios, jugando con su clítoris, que se iba dibujando y se ponía más duro.
—Frótame en círculos, luego mete tus dedos y levántalos como llamándome. Tu pene es una delicia, quiero comérmelo, imagina que mi mano es mi vagina y está dentro con toda su humedad; y hazlo más rápido, por favor.
—Está bien, mi amor.
En eso, una aeromoza, algo despeinada, miraba de reojo abriendo la cortina y se quería acercar, pero una mano misteriosa la jaló y cerró la cortina.
Se escuchó un susurro: «No te distraigas».
Pabel introdujo sus dedos, sintiendo una textura distinta luego de llamarla; el joven rey aprendía rápido, se comenzaban a intensificar los gritos, pero Ágata tomó su almohada para silenciar el sonido, lo mismo hizo el joven.
Con los ojos orientados por el placer y los temblores del aire, no vieron a un centinela que contempló toda la escena y también, al ver esta película, se calentó.
Era Zafiro, que observaba con ganas de intervenir, con ganas de servirse ese bufé que disfrutaban ambos; al tener miedo de ser rechazada, desde su sitio se tocaría —era una sinfonía de guitarras tocadas por Zafiro y Pabel; Ágata era la vocalista—.
Sería Pabel quien, con contorsiones y presión en todo su cuerpo, se rendiría primero, botando todo su semen en su pantalón.
—Ya voy a llegar, no pares, mi amor, y sigue ahí; con tu dedo pulgar toca mi clítoris también.
Sus manos, como el tapping de Van Halen en los cielos, llegarían a la melodía del placer, y ella, con espasmos completos, liberaría todo lo que su mente y cuerpo albergaban con sus fluidos que brotaban.
Zafiro se pondría de costado, pero cargando la imagen de ambos amantes en su mente y en su piel, para seguir tocándose y hacer un silencio con la guitarra cuando sintió que ambos habían terminado.
Con rostros de placer y complicidad, se fueron al baño a lavarse y de sus maletas sacaron nueva ropa. En esos menesteres, cuando entraron al baño, Zafiro también terminaría teniendo en su mente las escenas de placer de ambos amantes.
—¿Nadie nos vio? —dijo Ágata.
—Siguen dormidos.
—Ahora sí que disfruté el viaje, me faltaban tus manos para perder el miedo a volar, ahora tú me haces volar. ¡Qué delicioso, mi amor!, quisiera más, pero aquí no podemos, me estremeces toda, Pabel.
Él la miraba con placer y amor, era su reina.
—Hasta más tarde, gatita.
—Descansa, mi amor.
Cuando se durmieron, Zafiro, que estaba mojada, siguió la misma rutina que los amantes; al volver, pensó: «¡Estuvo delicioso!
, ¡me miré una película en vivo para mí solita!
, un momento, ¡estos dos sí son amantes!
, ya tengo de donde quitarle más el brillo a esta piedra, ¡uy!
, cuando Altair se entere... pero si le digo, lo matará a Pabel, pero yo lo quiero para mí, veré la forma de cómo sacar ventaja».
«Este niño está riquísimo, quiero que otra vez me haga suya, ya que Altair ya no me prende.
Se sube y se baja, un desgraciado, ya no sé por qué estoy con él, solo por su hijo, que me asegure bien y luego lo dejo.
Ahora se va a dormir, ¡y eso que no quería el señor Octavio que traigamos al muchacho, ¡mmm! ».
Llegaron a su destino, se levantó una de las aeromozas.
—Espero que hayan disfrutado el viaje —miraría a Ágata y a Pabel para guiñarles el ojo—. Esperen un momento en sus asientos, revisen sus cosas que ya vamos a bajar.
Llegaron al aeropuerto, hicieron las verificaciones respectivas y luego se fueron al hotel que habían dispuesto; solo permanecerían unos días para la presentación de Pabel y con sus autoridades. En el aeropuerto se encontraron con un joven casi de la edad de Pabel, quien los acompañaría a su hotel.
—Mucho gusto, mi nombre es Carlo, seré su guía, descansen del viaje, ya mañana temprano vamos a las instalaciones de la universidad.
—Tanto gusto, soy Ágata, ella es Zafiro y él es Pabel.
—Encantado de conocerlos. Bueno, vamos para que descansen.
Carlo los llevaría hacia su hotel, un hotel muy elegante y espacioso.
—Instálense y descansen, aquí les dejo mi número por si requiere alguna ayuda. Nos vemos.
—Gracias, hasta luego.
Cada uno se fue a su habitación; se juntaron para las comidas y salieron a conocer algunas calles cercanas para evitar perderse, y luego se fueron a sus camas.
Ágata se quedó en la plaza cercana fumando, acompañada de la luz de los postes, las personas y la hermosa noche que nos regalaba el cielo, y pensaba: