Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 12 La madrugada de liberación.
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Capítulo 12 La madrugada de liberación.

El joven rey salía de prisión, recordando que tenía su primera cita con su gatita; todo el proceso de liberación lo pasó en piloto automático, pues normalmente se encontraban de casualidad.

Ahora todo era distinto: ¿una mujer me invitaba a salir?

Si nunca nadie me aceptó salir, todo se tornaba diferente; esta vez cada paso de fuego se encendía no solo de placer, también de amor.

Sabía que tenía a su lado una mujer completa, no solo para abrazarla, sino también para engreírla, cuidarla y amarla, cuidándose ambos; esto no era un juego cualquiera, realmente su alma se escapaba para encontrarse con ella y danzar el juego del amor.

Ágata estaba lista con su ropa más sensual, sus leggins color negro para camuflarse como fiera bajo la oscuridad de la madrugada, y en la parte de arriba su complemento con un ligero escote que solo descubría sus pecas como estrellas y sus lunares benditos que llamaban a Pabel a la distancia para que los llenara de besos.

Sentada en una banca bajo las luces naranjas, el frío hacía de compañía, pero no apagaba el fuego que en su corazón vivía; su pulso se aceleraba, esperando con ansias a su joven rey.

Peinaba su cabello, revisaba sus uñas, jugaba con ellas; el silencio que se escondía y se llenaba con ligeras bocinas a la distancia adornaba el escenario de la madrugada.

La primera cita; aquí no hay comida, ni escenarios, ni baile, solo ambos con las ganas intensas de volverse a ver; ni las rejas ni los engaños apagaron el nacimiento de su sincero amor.

Pabel oteaba a la distancia su perfume de vainilla, un aroma perfecto, una real maravilla; sabía que era ella, la contemplaba a la distancia y por sus curvas sagradas recorrería sus mares.

—¡Hola, gatita!

—¡Hola, mi amor!

—Tu aroma es delicioso.

—Ay, y si huelo como a pastelito, ¿eso no usan en los pasteles?, muchas veces me dijo eso Altair, detesta mi colonia, pero a mí me relaja. ¿No te aburrías de ese olor?

—Me fascina la vainilla y más en tu piel, porque aumenta mi placer y adoro el pastel, más aún si el pastel está compuesto de ti: de tus manos —tocó sus manos—, de tus mejillas —tocó sus mejillas—, de tus pechos —tocó sus pechos—, de tu vientre —tocó su vientre— y de tus labios —tocó y besó sus labios—.

—La cárcel te hizo más galán —sonrieron ambos; él la besaba con intensidad, como si fueran siglos los que los separaron, como si se reencarnasen en una nueva piel para volverse a amar—.

Ella observaba su paisaje y lo llevó de la mano a unos arbustos altos.

—Ven, mi amor —no toda película la dirigiría él, era una obra de ambos—.

Ella lo recostó en el pasto y los arbustos, como paredes naturales, cubrían su fuego para mantener lo prohibido y lo caliente de este instante mágico donde se iban a amar.

La gatita subió en su amado, se besaban, mezclando sus piernas, frotándose en la oscuridad, ni un alma más, solo ellos; sus manos tocaban al mismo ritmo de desesperación como las manos del público cuando su estrella favorita de música se lanza a ellos, dos amantes pulpos donde sus manos se multiplicaban.

Él jugaba con la seda de sus cabellos, ella con los rizos de él; contorneaba su cuerpo como piruetas de patinaje sobre hielo en los actos finales.

Ella se quitó sus leggins, buscaba cómo abrir su cierre, bajó su pantalón, retiró su ropa interior; ella sí venía lista para la acción.

—Ahora sí vas a ser mío.

—Nos falta la barrera de protección.

—Quiero sentirte dentro mío, ven —tomó su pene entre sus manos y lo introdujo lentamente en su vagina, que ya estaba lista para recibirlo—.

—¿No nos ve nadie?

—Despacio, mi amor, para gozar más —dijo su gatita—.

Ya totalmente adentro, los movimientos eran suaves, pero la pasión era intensa; solo sus ojos escapaban de los arbustos, porque su cabello se escondía entre los árboles. Una señora por ahí caminaba, era el personal de limpieza; mientras ellos gozaban, no hacían ruido, disfrutaban por dentro.

De pronto, ambas cruzaron las miradas; ella, una mujer mucho mayor, le guiñó el ojo como señal de aprobación para que disfrute. Pero en su mente aparecerían las palabras de Altair y Zafiro: «Ya no estás como antes», «eres mucho mayor», «ya no eres bella».

Esas dudas no le permitían gozar y dijo:

—Hay muchas barreras aún.

Retiró su miembro de su interior, se puso sus leggins y se marchó.

Pabel se tomaba la cabeza, estaba totalmente encendido, exhaló; entre lo prohibido y las barreras, a pesar de todo no se sentía derrotado.

Como Balduino, estaba ganando más y más territorio en ella; se vistió, pero permaneció echado en el pasto, pensaba en cómo se sentía con ella.

¿Sólo la busco por sexo?, ¿me siento atraído por todo su cuerpo, aunque hay más en ella, ese intelecto cuando conversamos?

Tengo que explorar más, quiero amarla más.

Si sólo lleno mi relación de sexo, cuando se acabe, se perderá todo; veré la forma de matizarlo con otras cosas, pues es una mujer interesante y hermosa.

Estoy comenzando a saber más de mi gatita.

Ágata llegó a casa con todas las escenas en su piel; lo inaccesible la tenía encendida, se quitó toda su indumentaria y corrió a la ducha. El agua fría que algunas veces usaba en las mañanas para despertarse y estar más activa no apagaba el fuego que estaba en ella.

Tocaba sus manos, sus mejillas, sus pechos y sus labios como si fuera el torso de la mano de Pabel; ella quería más, pero aún no se sentía lista, faltaban romper las murallas que no la dejaban ver y quería comprobar que Pabel era el joven rey que realmente la quería completa o solo para tener sexo.

Faltaban esos hilos invisibles que los podrían unir por siempre; terminó de ducharse y se toparía con el muerto.

—Me enteré de que retiraste la denuncia, ¿tú estás loca?, ese delincuente no puede estar libre.

—¿Seguro de que él robó la joya?

—¡Todas las pruebas apuntan a él, es culpable!

—Fui a la casa de empeño y estaban tu nombre y firma grabados allí.

—¿Qué?, eso es una equivocación, tú siempre con tus sueños, historias y tonterías, jamás escribirás ninguna novela, te falta talento, pero te sobra mucha inocencia. No me vengas con cuentos.

—Sí, y ya pagué el precio del empeño.

—Te han enredado, esa gente es totalmente estafadora.

—¡Así como lo eres tú! —primera vez en toda la relación, luego de la pelea que tuvieron cuando Maeva era pequeña, que Ágata alzaba la voz—.

—¡A mí me respetas! —levantando la mano para propinarle una cachetada, pero luego de ese grito su instinto de gata volvería y lo esquivó—.

—Eres un estafador y un ludópata, me da tanta pena que recién abra los ojos para ver en qué te convertiste.

El difunto se marchó.

—¡Eso es todo!

Ágata, con el corazón en la mano, el pulso a cien, sentía que las conversaciones con Pabel y Esmeralda surtían efecto.

Su papel de ama de casa perfecta ahora la convertía en una cazadora letal, una amazona en progreso, y la hacía sentir más libre.

Por ahí apareció Maeva y le guiñaba el ojo en señal de aprobación por el nacimiento de esta fiera cada vez más desencadenada.

La gatita llegaba a su oficina con una mirada más libre, con mayor decisión, con un caminar sexy, llevando su cuerpo perfectamente en sus mares.

Alta en la recepción estaba Pilar, su secretaria.

—Señorita Ágata, buenos días, tiene una visita del rector Octavio, está allí en su oficina.

Ágata aspiraba en algún momento convertirse en rectora, le envió millones de propuestas que al final nunca le dieron crédito a ella, solo apareció su nombre.

Gracias a esas propuestas, la universidad tenía más alumnos y también orientaba a los alumnos que no querían la carrera seleccionada.

Eso no le gustaba a Octavio; a él no le interesaba si el alumno quería o no estudiar lo correcto, solo le importa el número.

Su frase era: «Ya está acá, no importa si les gusta o qué profesional no será, solo interesa que se quede»; además, «yo quise otra profesión, pero pude ingresar y elegí otra, odio mi profesión, pero me da dinero, ¿por qué ellos tienen que alcanzar sus sueños? ».

No le importaba para nada la educación; era amigo de Altair, pero no la pudo poner de directora porque una accionista mayoritaria llamada Amatista era la única que intervenía en decisiones de directivos, los otros accionistas solo querían ganancias, no les importaba el vehículo.

Por otra parte, Octavio sabía que Ágata era muy capaz y la podía utilizar para mantener su puesto.

—Gracias, Pilar.

—Primera vez que me llama por mi nombre, gracias, señorita Ágata.

—Un placer, mi niña, estoy abriendo más los ojos para valorarme y valorar a los demás.

—Señor Octavio, ¡buenos días!

—La imagen de la universidad no puede caer; solo a ti se te ocurre llevar a un criminal o a alguien que no represente bien al país.

—Pabel es el mejor alumno y es la carrera que cumplió con todas las bases del concurso; todos los jurados externos lo aprobaron.

—No es una pregunta, lo sacas y pones a otro.

—Pero, señor Octavio...

—Esto no es un debate, ¡hazlo! Eres tan incompetente que solo a ti se te ocurre eso. En caso de que no lo hagas, ¡te largas!

—Por otra parte, ¿cómo es que hay tantos alumnos que se cambian de carrera?

—Porque estamos haciendo test vocacionales antes, durante y después, para evaluar si realmente el estudiante va a ser un buen profesional; es nuestra herencia a la sociedad.

Las teorías actuales lo respaldan; si no, vamos a tener gente cargada que maltrata a la sociedad, autómatas que solo ganan su salario sin disfrutar para nada ningún segundo de su vida. Realmente...

—Octavio la cortó.

—Qué estupideces dices, acá son números; si son desdichados es su problema, igual generamos una necesidad para luego venderles la solución.

Eso realmente vende —Ágata mira con profunda pena el daño que hacía este ser humano sin moral, que solo quería vender sin alma; no tenía ni la menor idea de lo que es educar.

—Señor Octavio...