Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 11 Cumpleaños de la viuda. #2
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Capítulo 11 Cumpleaños de la viuda. #2

Todos los invitados reían a viva voz. Ella observaba con ojos de golpe, ya su rostro no se enterraba en los azulejos del piso, ahora los azules de sus ojos se veían. Altair recibiría una llamada, veía a Ágata algo más decidida, solo faltaban sus respuestas.

—Me disculpan, atiendo rápido y vuelvo —Ágata lo siguió sigilosamente a Altair en el cuarto de Maeva y se pegó a las paredes—.

Se escuchaba:

—¡Hola, mi amigo!

—Sí, sí, ya tengo parte de tu dinero.

—¿Y lo del collar no te sirvió de nada?

—No, no es eso, ya tengo un dinero y de la universidad un monto fuerte también.

—Sí, sí, en estos días te doy.

Ágata soltaría la carga de su pecho, ese puñal enterrado se saldría para dejarla respirar.

Continuaba la reunión, terminaron de comer unos piqueos, algunos cócteles, Maeva siempre ayudando a su mamá; en la cocina se encontraron:

—Mami, ¿cómo estás?

—Más tranquila, mi amor, aunque quiero sacarme estos tacones, se me han hinchado los pies.

—¿Qué pasó, mamá?

—Escuché al miserable de Altair que usó el dinero del empeño del collar para pagar una de sus deudas; me dio una rabia fuerte, pero a la vez me quitó un peso del pecho al saber que fue él y no Pabel.

—¡Ya lo sabía!, Pabel es un chico muy correcto, todo un caballero y ahora tu hombre, mamá.

Se miraron, se tomaron de las manos y terminaron sonriendo abrazadas.

—¿Llevarías la torta, mi niña? —Ágata disfrutaba de sus mentas favoritas que le dejó Esmeralda.

—Por supuesto, mami.

Maeva se dispuso a cargar la torta, apagaron las luces, solo las velas que encendían iluminaban la escena.

Todos se dispusieron a cantar, y la mente de Ágata se trasladaba a la vez que estuvo con Pabel, cuando ella lo tenía amarrado, lo besaba; atrás de la torta veía su rostro retorciéndose de placer, la vela se convertía en su miembro que ella besaba con la menta en su boca, luego emanaría su aliento de dragona para que al mismo tiempo su mente y la vela apagaran un fuego para encender otro.

A la mañana siguiente, Ágata iría a la comisaría, pero no quería ir sola; le pidió a Esmeralda que la acompañe, ella conocía bien las comisarías y sabía manejar hombres de todo tipo, por las amistades peligrosas de su papá, que luego algunos de ellos conservarían para tener información del lugar donde vivía y no chocar con los negocios de su familia.

Ya en la comisaría, Ágata, muy bien entrenada por Esmeralda, conversaría con el comisario:

—Vengo a retirar la denuncia, comisario.

—¿Qué pasó, señora Ágata?, todas las pruebas inculpan a este joven.

—Por favor, tengo mis motivos; por cierto, necesito saber dónde terminó el collar.

—Esas son pruebas de la investigación, tiene que firmar aquí para anular su acusación y ya mañana por la mañana liberamos al joven.

—¿Puedo ir a visitarlo?

—Todo esto es muy extraño, pero bueno, si ya no hay cargos, vaya —Ágata se iba y Esmeralda se quedó—.

—Comisario, arreglemos, ¿esta cantidad está bien?

—Son pruebas muy incriminatorias.

—¿O así está bien?

—Pero como ya se levantaron los cargos, colocaremos que nada inculpa al joven.

—Gracias, comisario.

Esmeralda se quedó esperando a Ágata afuera, pensaría: «Ojalá no se le ocurra una visita conyugal y se demore». En la celda estaba Pabel meditando, hasta que se escuchó:

—¿Me vienes a ver a mí, mamacita? ¡Quédate conmigo, mi amor!

—Ya, ya, tranquilos —dijo un oficial, golpeando las rejas—.

—¡Saguma, visitas! —diría otro oficial—.

—Pabel, soy yo... —Ágata... ¿Qué haces aquí?

—¿No te da gusto verme?

—¿Qué opinas tú?

—¡Perdóname!, fui una tonta, me enredaron Altair y Zafiro, encima vi los dibujos en tu cuarto de servicio, quedé totalmente confundida, sé que debes odiarme, ya no sé por qué vine, perdóname.

—¿Cómo te odiaría?, si me enseñaste a amarte, es lo único que guardo para ti.

—¿Así te haya encerrado?

—Tú no me has encerrado, tú has liberado mi ser, estos barrotes son temporales, la libertad nunca se encierra.

—Me suenas a Balduino IV, me gusta mucho que me hayas perdonado, no sé si yo me pueda perdonar.

—Ese libro me lo prestaste y sirvió para conocernos más y de paso prepararme para cualquier batalla; no todas se ganan, pero mientras hay vida, todo es posible.

Los barrotes no crecen, el amor que nos tenemos, sí.

Ella se acercaría y él respondería el beso entre los barrotes.

—¡Se acabó su tiempo! —dijo el oficial—.

—Mañana sales de madrugada, pasa por el parque, por favor. Chau, Pasha, nos vemos mañana.

—Está bien, mi gatita.

Ágata se fue sonriendo, sin voltear por todo el corredor, tocando sus labios, aún con la huella fresca del beso en los barrotes; voltearía hacia la salida, mirando a su Pasha de reojo, cerrando los ojos ligeramente para encender más su fuego. En la salida, Esmeralda la estaba esperando.

—¿Todo bien, niña?, por tu rostro veo que has soltado varias toneladas de culpa —su caminata era más ligera, su mirada más refinada, las barreras se iban rompiendo más—.

—Sí, todo más suave, ¡no me importa mucho el collar!, quiero soltar ese peso de ser la ama de casa perfecta, cumplirle a todos menos a mí. Además, no nos soltaron el ticket de la casa de empeño.

—¿No nos soltaron?

—Desgraciada, ¿lo tienes?

—Nunca te he fallado, ¿o sí?

—Jamás, incluso cuando te fuiste me has querido ayudar, pero está bien, rescatemos el collar, pero luego vayamos a donarlo a algún museo, mientras junto el precio del empeño.

—Si quieres vamos ahora, que sea uno de tus regalos de compromiso.