Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 11 Cumpleaños de la viuda.
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Capítulo 11 Cumpleaños de la viuda.

Llegaba el día de la celebración de Ágata; Maeva iría a saludar a su suegra y le diría:

—¡Feliz cumpleaños, mami!

—¡Gracias, pequeña! —la abrazó a Maeva con todas sus fuerzas—.

—Mamá, verás que todo se va a resolver, descuida, sé que es inocente, tengo un fuerte presentimiento, Altair no estaba como siempre. Mamá, ¿sabes dónde guarda Altair su libreta?

—Hace tiempo que no la veo, antes escribía mucho allí, la última vez me parece ver que la escondió en su ropero, pero su cajón tiene llaves.

—¿Y la llave?

—Hay alguien que no necesita llaves, pero en este momento me debe estar odiando.

—¿Quién? —Esmeralda.

—¡Ella sabe abrir cerraduras?

—Y más cosas, es muy misteriosa, pero eso no me enseñó, ella creía que me volvería una ladrona muy talentosa, sucede que aprendo muy rápido. No me dio su número, pero yo lo guardé aquel día que me llamó por lo ocurrido en la discoteca.

Esmeralda, en casa, se había terminado de duchar, estaba con una bata de seda color celeste con encajes por toda la tela, se disponía a recostarse en su cama, solo la luz natural impactaba en ella.

Flexionó ligeramente sus piernas y comenzó a tocar sus labios de fuego sin premuras; sus uñas recién recortadas le permitían gozar sin dañarse.

Sus ojos miraban a su caja de Pandora, se quebraba su ser, acariciaba su clítoris que se iba elevando, aceleró el paso, sus dedos sentían su humedad en su máxima expresión, ingresando y saliendo, cada uno con un nombre distinto en su mente.

Era un regimiento de hombres que la hacían suya, ella gozaba, solo tenía que satisfacerse ella; tocaba las paredes con una y la otra mano.

Minutos de fuego, su coro se agudizaba, su garganta raspaba su voz, una sola letra y llegaba al clímax del placer.

Abrazaba sus almohadas, intocable bajo el placer, se retorcía, todos sus fluidos salían, liberando todo el fuego de su ser.

En eso, iría a su cajón para buscar a Igor con su aroma de limpieza, también un buen lubricante, pero vio que ya se le había acabado.

De pronto, sonó su celular.

—¿Justo ahora?, bueno, espérame un momento, Igor, no te vayas a enfriar.

—¿Hola? —con una voz suave y relajada contestó.

—Hola, Esmeralda, soy Maeva, ¡qué linda voz!

—Hola, niña, ¿estás bien?, ¿mi loca amiga está bien? Si me vas a pedir ayuda para Pabel, pierdes tu tiempo.

—Es urgente, ¿me podrías ayudar a abrir un candado en casa?

—Solo si no le vas a robar a tu mamá; si es a Altair, sí.

—¡A mi mamá no!, es un cajón de Altair.

—Perfecto, me cortaste la inspiración, pero bueno, ya tu mamá te explicará luego.

—¿Estabas jugando contigo?

—Ya no eres tan niña, sí, estuvo delicioso.

—¡Perdóname!, no tengo experiencia sexual aún, pero sí me gusta conocerlo.

—No pasa nada, niña, ya había terminado; espérame en tu casa, me doy un baño y voy.

Pasaron unos minutos, Ágata y Maeva conversaban, cuando de pronto...

—¡Bu!

—¡Ahhh! —gritaron ambas.

—¿Dónde está el paciente?

—Esmeralda, perdóname, todo lo inculpaba, me engañaron Altair y Zafiro.

—Mi hijo sabe en qué se metió, ¿los dos no te iban a soltar así no más?, qué otras cosas más estarán planeando, su relación no es nada fácil, entre los dos resuelven; lo único que me molesta es dejar abandonado a Igor, eso no te lo voy a perdonar, desgraciado —se reían ambas—.

—¿Quién es Igor?, ¿el papá de Pabel?

—No es su papá, pero sí me gustaría que lo fuera; su papá es un «hombre sin rostro».

—Comprendo, pero abriguemos a Igor para que no se enfríe.

—No pasa nada, es eléctrico.

—Buena profesión, siempre te mantendrá encendido.

—¡Qué buen invento! —volvieron a reír Ágata y Esmeralda.

—¿De qué me perdí?, ¿quién es Igor?

—Bueno, me considero una mujer recatada, no me gustan los escándalos, pero en la cama soy más ardiente que cualquier mujer viva.

Como no tengo pareja, me compré a Igor, es un consolador; aunque más que consolador es un benefactor, ¡me da millones de beneficios!, ¡mujer!

—¡Ahhh!, comprendo, ¿y funciona?

—Es delicioso, ya te regalaré uno para tu cumpleaños, pero le pones otro nombre para no amar al mismo hombre —jaja—, se rieron menos Ágata.

—¡A mi hija no, oye, loca!

—¿A mi hija no?, ¿te puse alguna barrera con mi hijo, oye, tarada?, déjame que le enseñe a la tuya.

—¡Tranquilas!, concentrémonos —Esmeralda le guiñó el ojo—.

—Cierren los ojos, solo yo puedo manejar este arte, no se me vayan a volver ladronas y les malogro la vida. No todo se debe saber en la vida.

—Está bien. Ese cajón de abajo a la derecha —dijeron ambas—.

Esmeralda tomó unas ganzúas talladas con kanjis, hizo unos movimientos como sintiendo la cerradura, dio unos giros suaves y «clack, clack».

—Adentro hay una caja.

Esmeralda reconoció esa caja, estaban las iniciales afuera «A» y «E»; su rostro cambió completamente, su pulso se aceleró, su corazón estaba a velocidad máxima, las luces se movían como en una película de terror.

Cerró los ojos para no sentir más ese dolor, pero su mente la llevó a ese pasado, donde como caja de Pandora se encerró la esperanza de ese amor; esa caja se la regaló a Altair cuando eran enamorados, allí era donde guardaban sus sueños.

—Esta caja representa nuestro amor —dijo la joven Esmeralda—.

—Nunca nos vamos a separar —respondió Altair—.

Allí ambos escribían su sueño de quedarse juntos; ese día Esmeralda se entregó, hasta que un día...

—Altair, estoy embarazada.

—Eso no es posible, debemos acabar con eso.

—¿Qué?

—Yo no puedo mantener a un hijo.

—Pero podemos salir adelante juntos.

—Toma, te doy para el médico.

Pasaron los días, Esmeralda estaba esperando en la sala de operaciones, estaba sudando; a su mente llegó la imagen de un bebé, se paró y salió corriendo hasta su casa, donde sus padres le dijeron que era una deshonra para la familia y la echaron de allí.

Deambuló en las calles, hasta que encontró el colegio y allí la acogieron.

—¿Esmeralda, estás bien? —dijo Ágata—.

—¿Estás segura de que quieres que abra esta caja?

—Sí, cuéntame algo antes para que no duela tanto.

Se encontraron fotos antiguas de Esmeralda con Altair y una libreta.

—Antes de que estuvieras con Altair, fuimos enamorados, pero en secreto, porque mi familia solo aceptaba descendientes de familias orientales, no querían más deshonras porque mi mamá no era descendiente oriental, siempre fueron muy estrictos, por eso nunca les dije nada.

—¿Sólo enamorados?

—También tuvimos intimidad el día que le regalé la caja y la agenda, pero yo era inexperta en ese arte, no me cuidé y salí embarazada.

—¿Qué? Entonces... —dijo Ágata.

Maeva estaba helada.

—Sí, él es su hijo —dijo Esmeralda. —¿Pabel es hijo de Altair? —dijo Maeva.

—Sí, Maeva, me ha dolido tanto vivir cerca, pero la única forma de escondernos es estar lo más cerca posible. Me sentí culpable de abandonarte en las garras de él, por lo que quise rescatarte y hacer fuerte a Pabel, sin saber que terminarían enamorándose.

—Nunca entiendo tus motivos, Esmeralda, tampoco entiendo por qué no querías ayudar a Pabel, pero que sea su padre... ¿Cómo has vivido con todo este peso?, ¿y aún lo amas?

—Lamentablemente me enamoré de una forma loca, tengo muchos secretos, quiero hacerlo de hierro a Pabel, mientras así yo me vaya muriendo por dentro; aún no lo olvido a ese desgraciado.

Verte feliz a ti me daba felicidad, ver cómo tu hija sí tenía padre también me daba alegría, quería tenerte cerca y cuidarte, sin saber todo lo que han pasado ustedes.

—Eres una tonta y hasta estúpida, ¡cuánto has sufrido, ¿por mí?

—¡Te dije que eras especial, una hija para mí, y no te podía abandonar, eres toda la familia que quiero!

Mi familia siempre estuvo distante en sus empresas, tuve que hacer lo mío para pasar tiempo con mi familia, ¿he sido egoísta?

Las lágrimas en la mujer más fuerte no dejaban de fluir como las esquirlas de un vidrio rompiéndose lentamente.

—¡Egoísta no, estúpida sí!, de haberlo sabido nunca me metía con este monstruo, y mira que enredarnos a las tres y acostarse con cada una.

—Me lo merezco, no es fácil para mí contar esto, Pabel nunca supo ni sabrá de mis labios la verdad.

—Me parece que Altair también te ama o amaba, yo no sé quién es ese tipo, pero así lo conocí, se andaba emborrachando, y una de esas noches nos conocimos.

—Bueno, pero esa llama se fue apagando, espero que se vaya pronto y pueda alejarse de él.

Ágata abrazó largamente a Esmeralda. Luego de un tiempo, Maeva preguntaría:

—¿Qué dice el libro? —lo abrieron juntas—.

—Algunas páginas escribí yo, otras él, allí no era tan monstruo; ¿qué más aparece?

—Hay nombres de mujeres, entre los cuales aparece la chica de la playa, son muchos, también hay montos de dinero en negativo, son más que las mujeres, acá hay algo: «50% pagado» —leyó Maeva—.

—Es lo único que ha pagado —dijo Ágata—.

—Te enredaron, mami.

—Altair, todo apunta, siempre ha sido muy metódico, pero además muy metido en vicios, ya no sabe de dónde sacar dinero —dijo Ágata—.

—Acá hay algo más: «Pago conferencias», pero no nos pagó a ninguno y sí era una cantidad fuerte, esta con signo «+», tiene ese dinero, seguro lo va a gastar —comentó Maeva—.

—Somos piedras preciosas, pero este tipo sé que es una «joya del mal» —comentó Esmeralda—.

—No solo eso, necesito comprobar más cosas en él y su amante Zafiro, y hay rastros que no cuadran en los fraudes de pagos directos y lo sencillos de proyectos que hicieron; ¿qué más habrá?, estoy investigando eso.

Las tres, abrazadas como simulando la comunión de la mente, el cuerpo y el alma, se fortalecerían cada día más.

Más tarde, en el cumpleaños de Ágata, algunos invitados llegaban, Zafiro entre ellos, y algunos otros compañeros del trabajo, pero ella extrañando a su Pasha y a Esmeralda entre ellos; «¿algún día gozaré con ella?», pensó.

—Esperemos que no se intoxiquen, pero acá hay muchas farmacias —comentaba Altair—.