Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 10 La duda en la playa y la trampa. #4
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Capítulo 10 La duda en la playa y la trampa. #4

—¡No me apoyes!, destrúyeme con tus palabras, no me vengas con tu poesía, no la necesito.

—Aun así, siempre te voy a proteger, te quiero mucho; si alguien pretende dañarte, haré todo lo imposible para cuidarte.

Eres un diamante valioso, no eres como el agua que está siempre disponible y nadie valora, a pesar de ser vital para la humanidad.

Eres una piedra preciosa porque provienes de una, eres muy valiosa; lo que decidas, siempre estaré contigo, eres una mujer llena de tanto talento, a quién elijas depende de ti.

—Posiblemente me atraen todos tus desequilibrios, no sé por qué, tal vez por querer sentir lo prohibido, me atrae, pero él solo quiere acostarse conmigo; cuando estamos calientes lo veo más atento, más dulce, pero cuando hablamos de otras cosas lo veo en su celular, ni me mira, no es como tú, tú siempre miras mis ojos, ni sé si tienes celular, a veces quisiera que él fuera como tú, me siento protegida contigo. Gracias.

—Siempre voy a estar para ti, ha sido una noche muy fatigada, descansa, nos vemos.

—¡Quédate un ratito más!, ¡por favor!

—Está bien, igual mañana descansamos algo en el camino.

Los jóvenes se quedaron conversando por algunas horas de todo; ella sentía la esencia de Esmeralda en cada palabra del joven, notaba mucha similitud, pero no era el momento de preguntar, solo gozar y disfrutar la noche en su compañía.

A la mañana siguiente, se encontrarían todos en la recepción, cada uno con sentimientos distintos: Altair con una resaca de par a par, con su botella de agua en mano para hidratar hasta la última célula seca de su ser; Zafiro con una postura de jinete, suspirando con mucho placer, con los ojos en el cielo y una mente totalmente relajada por ese momento; los muchachos algo contentos por la experiencia, y para cerrar el elenco, Ágata con la mente en su siguiente movimiento, aunque mirando a cualquier lugar menos a los ojos de Pabel.

El camino pasa en un pestañeo; unos días después, Ágata iría a la diligencia de la policía para exponer el caso de su collar.

Al tratarse de una joya tan cara, contaba con un seguro que Altair nunca tramitó; en ese momento no prestó mucha atención a ello, su mente, como suspendida en el momento en modo automático, solo aseveró:

—Es este estudiante de la universidad.

—Descuide, señora, mañana a primera hora iremos a detener a este joven y luego haremos más averiguaciones, por lo caro que es la joya sus registros son muy precisos, veo que no cuenta con ningún seguro.

Altair previamente ya había conversado con ellos, pero no les mencionó nada del seguro y algo de dinero les dejó para agilizar los trámites, también acompañó a su viuda para orientarle. Al salir, Ágata le consultará:

—¿Escuché bien sobre el seguro? ¿No lo has tramitado?

—Posiblemente es un error, voy a ver bien con el seguro.

Altair no había tramitado nada; ese dinero que tenía que pagar anualmente como porcentaje del valor de la joya supuestamente era su responsabilidad para que Maeva tenga una segura herencia, pero no hizo nada, el muerto que no movía ni un paso.

—Está bien, ya mañana lo verán con Pabel.

Con tantos eventos en el trabajo y en casa, había olvidado el valor de esta joya.

—Sí, esa es la herencia de Maeva, tenemos que cuidar muy bien su futuro.

Algo en su corazón se movía lentamente; si Pabel era el ladrón, él se estaba robando su corazón más que la joya. Se sentía con el cuerpo aplastado, su pecho más apretado que cuando cargaba las cadenas del collar, el aire era escaso para ella.

A su mente llegaba la amabilidad del muchacho y veía cómo se transformaba en una sonrisa macabra; mientras se reía, veía su rostro convirtiéndose en una sombra que se movía con los hilos de Altair y Zafiro. Otro perfil, ya no era él; le costaba mucho el andar.

Altair la abrazó y se fueron a casa. Pasarían algunos días; la policía en la puerta estaba ingresando, por ahí se encontraban a Maeva y a Pabel.

—¿Qué habrá pasado? —comentó Maeva.

—Un poco raro que venga tan rápido, algo importante habrá pasado —uno de los policías se acercaría a Pabel y le diría—:

—¿Estudiante Saguma?

—Sí, oficial.

—Acompáñame, por favor.

—Debe haber una confusión, él no ha cometido nada.

—Descuide, Maeva, ya lo solucionaré —los oficiales se lo llevaron a la comisaría—.

Maeva tomó el primer taxi que encontró y él iría a casa. Al llegar:

—¡Mamá!, ¡Mamá! —Ágata estaba como perdida en un limbo—.

—¿Qué pasó?

—¡Se llevaron a Pabel!, ¿mamá, ya sabías?, ¿estás bien?

—Encontramos pruebas.

—¿Encontraron?

—Sí, además él fue la última persona en estar en mi cuarto.

—Esa vez que Altair estaba borracho, luego de la premiación, vi tu collar en la mesa, pero al día siguiente ya no estaba.

—Yo luego no lo vi, no recuerdo bien los momentos, todo esto me aturde tanto, me siento totalmente confundida, hija.

—¡Pero estoy segura de que Pabel no fue!, Altair fue el último en verlo, él lo robó, Pabel es inocente.

—Pero hay más pruebas; en su casillero encontraron el estuche de mi collar y en su cuarto de la azotea vi el dibujo de mi collar y todas las escenas que hemos pasado. Lo del casillero lo encontraron los detectives que ingresaron de encubierto unos días.

—Pabel no fue, mamá, fue Altair.

—Las pruebas lo inculpan.

—¿Y no harás nada?

—No, hija, que la justicia se encargue de él.

—Mamá, no te entiendo, ¿y así dices que lo quieres?

En la estación, el detective lo entrevistaría:

—¿Pabel Saguma?

—Sí, detective —su madre lo había entrenado con una letal paz que solo Ágata alteraba—.

—Es acusado del robo del collar de la señora Ágata, directora de la universidad donde usted estudia y trabaja, la misma que puso la denuncia acompañada de su esposo. Investigando el caso, encontramos las siguientes pruebas:

Estuche del collar (encontrado en su casillero).

Recibo de empeño del collar (encontrado en su mochila, que confiscamos cuando lo trajimos a la comisaría).

—Y si el collar está en una casa de empeño, ¿por qué no lo recupera?

—Por robo permanecerá unos días, hasta tener más pruebas; luego pasará a ser juzgado por una corte, siempre y cuando no llegue a pagar el precio del empeño, son las leyes del país.

—Comprendo, gracias.

—¿Gracias?, ¿no dirá nada?

—Sí, ya tiene resuelto el caso, la verdad no se puede encerrare.

—¡Encierren a Saguma!, ¡tiene el privilegio de una llamada!

Pabel se fue a su celda con otros presos de toda índole; antes de ingresar, llamó a su mamá:

—Mamá, me encerraron en la diligencia central. —¿Eres culpable? —No.

—Ya sabes en qué te estás metiendo, tú mismo decide si sigues en ese rumbo o si decides cortar todo.

—Está bien, mamá.

En la carceleta, a pesar de tener una presencia de acero, se preguntaba: «¿Por qué ella?, ¿quién se beneficia si pago con el precio del empeño?, económicamente están bien, el único que tiene vicios es Altair, ¿cómo la convenció?»

Seguro empeñó el collar porque no tiene cómo pagar por sus deudas de apuestas, su coartada perfecta; ¿quién le habrá ayudado?, posiblemente su amante Zafiro.

—¡Saguma tiene visitas! —dijo el carcelero.

Él pensaba que era ella, su gata; quería odiarla por encerrarlo, pero no podía, sabía que la habían engañado.

—Hola, mi amor, ¿por qué no me visitas a mí? —decía un preso.

—¿Pabel, estás bien? —era Maeva.

—No tanto como quisiera, pero gracias por venir.

—¿Y tu familia no viene a verte o defenderte?

—Mi mamá me dio más que su defensa.

—Nunca me has hablado de ella, pero te diré que tu mamá es mi amiga.

—¿Son amigas?

—Me salvó la vida dos veces, casi me atropella un carro y en la discoteca, en ese antro de mala muerte.

—Ahí te ayudé yo, la llamé y me dijo que vería la forma de darte una mano.

—Gracias, Pabel, me siento peor: tu familia me ayuda y la mía te destruye.

—Voy a hablar con tu mamá, entre mujeres nos entendemos más y sabemos cómo enredarnos.

—No te lo aconsejo, cuando mi mamá decide algo, no hay fuerza humana que la haga cambiar de opinión, es muy terca. Yo hablé con ella y me dijo que lo solucioné yo.

—Igual te ayudaré de alguna forma, en unos días más será el cumpleaños de mi mamá; como todos estarán, sacaré pruebas de las cosas de Altair, tiene una libreta, allí debe haber algo.

—Gracias, Maeva, pero ten cuidado al revisar, me gustaría haber estado allí con tu mamá.

—Al inicio se me hizo algo difícil, pero más difícil ha sido la vida de mi mamá; mira que olvidar este obsequio y verse feliz al conocerte más, me hizo aceptarlos.

De verdad que ella está muy confundida, ¡la han envenenado esos dos demonios, me parece!, ¿quién más?

Pabel pasaría unos días en la carceleta, pensando; no lo atacaron más porque, cuando le intentaron robar sus zapatillas, vieron cómo reaccionó y nadie se le acercó, para dejar pensar al joven, que mucha falta le haría.

¿Tanto poder tiene Altair en ella? En unos minutos cambió todo; en el futuro, si sigo con ella, tendré más batallas. A Balduino no le fue fácil su reino; al final: «el camino con más piedras nos lleva más rápido al destino».