Capítulo 10 La duda en la playa y la trampa. #3
Se agarraban de los cabellos, sus voces se entrecortaban, el agua era algo tibia, no enfriaba nada; continuaba el joven penetrándola despacio, pero sin terminar la trama, los quejidos se mezclaban con gemidos de placer, las caricias se aceleraban, ella lo pegaba más a su cuerpo.
—Ya se me quiere venir, no aguanto más.
—Sácalo un momento y bésame la vagina, sumérgete un rato como que te enfrías, yo no me puedo enfriar.
—Así, mi amor, sigue así, Pabel —ella imaginaba que era Pabel, el único hombre que la hizo venirse, por eso no lo olvidaba. Por el agua no escuchaba bien, se le alejaron las ganas de eyacular, nuevamente la conectó para hacerla suya, aunque realmente ella lo tenía dominado.
—¡Ya voy a llegar, Pabel, sigue, mi amor, tú eres el único que me ha penetrado así, ya me falta poco!
—¿Pabel?
—¡Sigue, mi amor!, no lo saques, ¡ya me vengo!
El muchacho sonrió de placer, nunca había satisfecho a una mujer, y menos aún a una mayor; sintió todo el flujo y la succión de su vagina mezclado con el agua de mar sobre su pene, unos segundos más y él también eyaculó, llenándola con todo su semen.
No dejaban de besarse, pero ambos, con sus genitales sensibles, se desconectaron, salieron del agua y se fueron a la roca; previamente, algo de agua sirvió para limpiarse.
—¿Me llamaste Pabel?, ¿no es el chico de la conferencia?
—Sí, él mismo, es un rico pastel que ya me comí, también fui su maestra.
—Ese desgraciado fue el que me golpeó cuando intenté seducir a la mujer de ojos azules, pero se quedó con ella en su cuarto.
—¿Ágata?, con ella sí perdiste, hijo, ella es casada y es una dama antigua, de ella no vas a obtener nada.
—Me tiró un cabezazo.
—Por degenerado y querer forzarla, te lo mereces; a las mujeres no nos gusta que nos fuercen, nosotras decidimos los hilos del mundo, gracias a nosotras hay más pobladores, nos gusta que nos conquisten.
Si nos gusta alguien, ahí sí nos lo comemos enterito; en el arte sexual ambos deben quedar satisfechos, si no, ya no es placentero, sin lastimarse, se trata de gozar, cambiando la velocidad para no aburrirse, cambiando de rutas, cada uno toma el timón, así todo es más delicioso, dan ganas de seguir amándonos.
Algunas palabras eróticas, algunas groseras, cambiando escenarios, sin violencia para que todo fluya y ambos lleguen. Te mereces el cabezazo de Pabel.
—Conoces bastante, pero fue ella quien me golpeó.
—¿Ella?, jajaja, fue entrenada por una oriental, una amiga llamada Esmeralda Saguma.
Aunque su padre era oriental, su nombre lo eligió su mamá, no fue allí tan tradicionalista, pero como te dije, las mujeres decidimos el destino del mundo; nunca le hagas daño a una mujer, porque te metes con la madre naturaleza, todo tiene que ser natural, a la fuerza ni los zapatos.
Eres guapo y muy bien plantado, aprende a ser un buen galán, no un patán.
—Es curioso, parece que ese tal Pabel también usa ese arte oriental, porque fue muy rápido y usó alguna postura así, me espanté y alcancé a irme.
—Nunca supe de eso, aunque... Pabel también es Saguma. ¿Su hermano? Esmeralda no tenía hermanos, era hija única y sus padres lo abandonaron hace más de veinte años, lo que casi coincide con los años de Pabel.
Podría ser su hijo, con razón no traía nunca a su mamá, no me percaté del nombre completo.
Con lo del mismo apellido me distraje, buen disfraz Esmeralda, siempre has sido una sombra, pero ¿por qué enviar a su hijo dónde trabajamos las dos?
Quiere venganza, ¿cómo nos destruiría?, en la universidad es difícil, ¿y quién será su padre?
, eso me interesa más que su venganza, voy a ver de averiguarlo.
—Te serví de detective.
—Tú sirves para muchas cosas, mi amor, lástima que mañana nos vamos; si vas a aventurarte con alguien, primero enamórala.
—Me gusta mi jefa Maya, pero no sé cómo entrarle.
—Con lo patán que te veo ser, no eres atractivo; sé cómo el oro, refinado, sincero, no de la manada o del montón, sé tu propia manada, sin ser arrogante, solo sé tú y ella caerá a tus pies.
Otro detalle: no la busques solo por sexo, porque si no eso es desgastante y te llenas de un vacío inmenso, ámala y descubrirás millones de formas de amar: «sé ratón de un solo hueco».
Esa mujer va a estar loca por ti y tú loco por ella, esa química es excitante.
Por cierto, todo no es eso, hay más cosas por compartir, porque el sexo dura un tiempo; llena su vida de más cosas y no seas tan venenoso o infeliz como yo.
Gracias, Zafiro, pero no creo que seas tan mala.
—Soy peor, me has agarrado desarmada, pero ya vi que tienes ganas de más; ven a mi cuarto y seguimos toda la noche, esta roca se ve algo incómoda.
—¿Para qué necesitamos echarnos?, yo te cargo.
—Aprendes rápido, niño, ¡qué delicia! —.
Los amantes siguieron haciendo el amor y luego fugarían a su habitación como planearon.
Entre tanto, en el casino, Maya se fue por su lado y Altair jugaría con ánimos de embriagarse toda la noche; todo el dinero que debía darles algo a los demás lo gastaba apostando dólar a dólar hasta hacerlo humo.
La ruleta, el póker, el blackjack, las tragamonedas, todos los vicios lo vaciaban, y muy lógico porque la casa siempre gana.
A lo lejos, Maya lo veía y, para evitar escándalos, fue a buscar a Pabel:
—¿Pabel?
—Sí, Maya.
—Por favor, llévate a descansar a tu profesor antes de que arme un escándalo, ya está muy tomado.
—Sí, vamos, ¿dónde está?
—Acá en el casino, vamos.
Altair estaba con los ojos perdidos y la camisa desabotonada, tomando una y otra copa.
—¿Profesor Altair?
—Pabel, hijo mío, estoy orgulloso de ti, eres un genio —con voz aguda respondería el ebrio—.
—Sí, soy yo, profesor, ¿podemos ir a descansar?
—¿Ya se acabó la fiesta?
—No, profesor, pero mañana hay que salir temprano, aparte de que si nos ven muy sazonados ya no nos van a querer contratar aquí en este hotel de lujo.
—Eres impresionante, hijo, como si fueras mi hijo, tu único defecto es que no te gusta el deporte.
—Bueno, en sí las artes marciales sí, me enseñaron en casa.
—Una vez conocí a una mujer que manejaba muy bien las artes marciales, me sentía seguro con ella, pero la dejé cuando me dijo que estaba embarazada, aparte de que ya me estaba enamorando de Ágata. He sido una mala persona —le decía entre lágrimas—.
—No es mala persona, si no, no lo hubieran aplaudido, además el escenario estuvo lleno.
—Vamos, profesor, ya descansé.
—Está bien, hijo, ojalá tú hubieras sido ese hijo, ven para besarte, hijo.
Pabel lo llevaría para recostarlo en sus aposentos; cuando abrió la puerta esperaba ver a Ágata, pero solo escuchaba la ducha.
Tiró a Altair en la cama y algo llamó su atención: al tirarlo, como su pecho estaba descubierto, al lado izquierdo tenía tres lunares en diagonal, tal como los suyos.
Sus pupilas se dilataron mirando al vacío y diría: «¿Qué?, ¿por qué el mismo juego de lunares?, ¿él dejó a una muchacha especialista en artes marciales? Mi mamá no quiso que se acerque».
En eso, Ágata diría desde la ducha:
—¿Quién es? —mirando a todos lados, pensando que era Ardet nuevamente—.
—Descuida, Ágata, soy yo —ingresando al baño—.
—¿Qué pasó?
—Es el profesor Altair que estaba muy borracho y lo traje para que descanse.
El joven contemplaba el mapa de las rutas que ya conocía; ella jugaría con su cabello hacia atrás, descubriendo su oreja, mientras que con la otra mano tapaba sus senos.
—Te falta taparte aquí —Pabel se acercó tocando suavemente su vagina y ella lo besó
El muchacho, viendo cómo las otras parejas se iban a disfrutar, sabía que ya tenía su boleto.
Se desvistió rápidamente y, mientras el agua purificaba sus cuerpos, se besaban intensamente; el agua caliente, con su vapor, llenaba de misterio y ardor la escena.
Él se arrodillaría para besar su caja de pandora, mientras el agua corría entre sus cuerpos.
Ella cedió sentándose, y él también tomó su pene y comenzó a introducirlo despacio; ella gozaba de placer, despacio entraba, se abría la caja de Pandora, el joven rey estaba conquistando sus vastas tierras.
En eso, a su mente llegó la imagen del collar y la denuncia que pretendía hacer; tomó su pene, dejando la esperanza al final, lo sacó de su ser y le dijo:
—Perdóname por lo que haré —y le dijo—:
Por favor, cámbiate y déjame sola.
Pabel saldría con los ánimos encendidos, había probado algo más de su amada, todavía sentía la humedad de lo prohibido; de pronto, vería a Zafiro ingresar a su habitación con Ardet, a lo lejos lo vería y ella le guiñaría el ojo.
En la discoteca, Maeva y Nikolai bailaban y bailaban; él la comenzó a besar distinto y a acariciarla toscamente.
—Tranquilo, muchacho, este no es el lugar para que me toques.
—Entonces vayamos a otro lado y pasemos la noche.
—No me gusta que me toques así, como a esas mujeres de la discoteca, no me siento como ellas.
—Y eso que aún hay muchas cosas, ¿vamos?
—Aquí está bien, no me gusta tampoco que estés tomando y me muerdas los labios o me toques el cuerpo muy tosco, sobre todo porque es un lugar público.
—A la gente qué le importa lo que hacemos, ellos están en lo suyo —mientras el muchacho le besaba el cuello y descubrió uno de sus pechos para tocarlo fuertemente—.
—¡Suéltame!
—Vas a ver que te va a gustar.
—¡Déjala! —apareció Pabel y apartó a Nikolai.
Solo con la mirada le acertó diez golpes; la mirada que heredó de su madre inspiraba respeto.
—¿Estás bien, Maeva? —la muchacha alcanzó a abrazarle y se refugió en su hombro—.
—Soy una tonta por creer en él, pensé que iba a cambiar, pero esas mañas no las va a cambiar de la noche a la mañana.
Pero cómo me gusta, por ser un chico atractivo, el futbolista número uno; Altair lo adora y nunca pondrá ningún inconveniente en caso de que se entere de que somos pareja. Soy una cobarde por no alejarme de él.
—Lo que has hecho es un acto de mucha valentía, no tiene ni las migajas de la cobardía.