Capítulo 10 La duda en la playa y la trampa. #2
—Lo siento, Pabel, no era mi intención —él le guiñó el ojo.
A lo lejos, Ardet contemplaba esa escena con mucha familiaridad entre ellos, aun así, quería acechar a la preciosa Ágata.
Ya habiendo completado todo, Altair daría las palabras finales: «El liderazgo se ve cultivado día con día; algunos nacen líderes, pero la mayor parte de los líderes se hacen con las oportunidades de liderar y las capacitaciones que lleva cada profesional; gracias».
El auditorio se puso de pie y aplaudió al gran profesor Altair, un gran referente en el liderazgo y la motivación. Maya, muy elegante, los invitaba al bufet y a divertirse:
—Diviértanse, están en casa —mirando a Altair en todo momento.
—Gracias, Maya.
Discretamente Nikolai y Maeva se irían a bailar en la discoteca que tenían; Zafiro trataría de seguir a Pabel, pero este se escabulló bien.
Ágata sí se fue a su habitación, pero el asistente de Maya la vería y la seguiría, eso llamó su atención y la siguió con cautela.
Ella no era mucho de fiestas, le gustaban más los lugares menos ruidosos, por eso se fue a acostar y a pensar bien qué haría.
Por el cansancio, no se percató y dejó la puerta sin seguro.
Ardet ya no tocaría, ingresaría sin invitación:
—Te deseo tanto.
—¡No te confundas, lárgate!
Él la tomaría a la fuerza y la comenzaría a desvestir, pero ella se resistía.
—¡Déjame!, no quiero.
—Sé que sí quieres, lo vas a disfrutar, lo haremos toda la noche, mientras tu esposo se acuesta con mi jefa —.
En ella despertaba la defensa personal que le enseñó Esmeralda cuando era niña: «Hazte indefensa, cede, eso dejará desarmado al que quiera dañarte; cuando se baje el pantalón, ahí lo tienes y le revientas la nariz de un cabezazo».
—¡Sí, sí quiero!, me hice la difícil, pero no puedo contigo.
Le ayudó a quitarse el pantalón; a media carrera lo tomó de los hombros —él sonreía de perversión— y le propinó un cabezazo directo a romperle la nariz, ensangrentado y adolorido.
—¡Maldita perra, vas a ser mía!
—Le lanzó una cachetada y se le fue encima.
Ella estaba más entrenada, pero aún estaba aletargada por todos los anclajes que le instaló Altair. Ella gritaba, pero de sufrimiento; se terminó de desnudar y era Pabel, que los estuvo siguiendo.
—¡Déjala!
—Lo sacó de encima de ella y le estrelló en la cara un puñetazo.
El miserable este quiso defenderse, pero vio bien plantado al muchacho; antes de que se vaya le envió otro puñetazo.
—Tampoco te le acerques a Maeva, ¡aléjate de ellas!
Una patada final lo alejaría de la escena. Ágata estaba llorando; él la sostuvo en sus brazos y la abrazó fuertemente.
—Gracias, Pasha.
—Siempre estoy para ti, gatita.
—No me sueltes, por favor, tómame fuerte, ese desgraciado, asqueroso miserable.
Pabel la besó en la frente y acarició sus cabellos.
—Procura descansar, esta experiencia es muy compleja; me quedaría más tiempo, pero puede vernos alguien, no quiero complicarte.
—No te vayas, Pabel, te necesito.
—Quiero quedarme, pero puede llegar alguien.
Pabel iría a la discoteca; ahí vería a Maeva y Nikolai muy contentos, a Altair en otra mesa alejada tomando con Maya, y más allá Ardet estaba solo, pero Zafiro se le acercó para limpiar un poco la sangre que tenía:
—¿Qué pasó, muchacho?
—Un cliente desagradecido que no quiso pagar el precio.
—¿Y qué precio era ese para un golpe?
—Con piel.
—Ese precio no todas estamos dispuestas a pagarlo —Zafiro estaba despechada porque veía muy acaramelados a Altair y a Maya—.
—¿Y tú sí pagarías así?
—Solo si lo hacemos en el mar, eso siempre fue mi fantasía.
—El agua aquí es abierta y si me ven, me despiden, pero cerca hay una cueva donde llega el agua, allí podemos gozar.
—Nunca me dijiste tu nombre.
—Soy Ardet.
—Justo tu nombre necesito, soy Zafiro.
—La piedra preciosa que busco.
—Salgamos discretamente para que no me vean los otros, nos vemos en la playa —trato cerrado.
En la otra mesa, se cerraba el otro trato; Maya admiraba completamente a Altair y le decía:
—Asisto mucho a sus conferencias, realmente me inspira.
—Es que tienes el liderazgo muy adentro, ¿quisieras aprender algo más profundo?
—De usted, todo lo que quiera.
Maya tenía el cabello ondulado, una piel canela hermosa y unas curvas naturales que se movían mientras ella respiraba, unos lentes que la hacían interesante y el color negro en el cabello que sellaba su sensualidad.
—¿Vamos? —llámame Altair.
—Está bien, Altair, vamos.
Se fueron a la habitación de Maya, porque en la otra estaba Ágata destrozada; ingresaron de la mano, mirando a todos lados por si alguien observaba este encuentro.
Ella se desvestiría sin ayuda, dejando su traje de sastre en el piso, sus tacos también, su ropa interior se había ido de gratis, toda lista para ser complacida.
Altair se iba a desvestir, pero ella se acercó, le retiró la camisa y le besó el pecho, sacó su bivirí, para pasar a quitarle la correa y enrollarla en su mano, le quitó el botón de su pantalón, se acercó a tocar su pene, mientras su otra mano pasó a bajar su cremallera lentamente.
Las luces apagadas, donde solo sus tactos adivinaban el camino a seguir; sacó su miembro y empezó a besarlo, tocaba sus testículos, los besaba y los metía en su boca, lamía cada nervio visible para agitarlos y excitar más al profesor.
De su cajón sacaría unos condones y se los pondría al líder perfecto.
—¡Enséñame tu liderazgo! —agarrando su pene y se encaramaba en él, la correa la usaría de galope para cabalgarlo.
Él la tenía cargada y apretaba sus nalgas, la correa en el cuello lo lastimaba, pero a Altair le gustaba ese ardor, la seguía penetrando, su vagina húmeda soltaba su aroma del placer, sonaban los músculos, sonaban los huesos, danzaban para encontrar una sola piel con ganas de querer más. Ella le diría:
—Hazme el amor como los leones se lo hacen a sus leonas.
—¿Y eso cómo es? —Me echo, abro mis nalgas, buscas mi vagina con tu pene y me penetras así, yo me quedo echada, así me gusta venirme más, luego me echas al filo de la cama, levantas mis piernas y la hundes toda.
El maestro recibió una maestría en el arte de amar; la cogería como a la leona, pero Maya estaba insaciable, aunque bien húmeda.
Altair, como estaba tomado, aguantaba más, aparte de que el preservativo tenía xilocaína para quitarle sensibilidad a su pene y durar más.
Pasó a colocarla al filo y levantó sus piernas hasta cerca de los hombros, besaba sus pies, se hundía en ella, muy cerca para que lo sienta más:
—¡Sigue así, mi amor!, déjalo unos minutos para disfrutar más, ¡ahora sí más rápido, ¡¡sigue penetrando!!, ¡sigue, papasito!, ¡sigue!
Mucha música de su vagina y sus fluidos saldrían como el desborde de un río, sus gritos eran suaves, su cuerpo hablaba por ella, la piel totalmente erizada y seguía botando más sus fluidos, lo mojó completamente al profesor y lo sacó de ella por quedar sensible su caja de pandora.
—Delicioso, mi amor, yo no grito, pero sí me gusta ser complacida y que me complazcan, ¡ven que te dejo acabar en mi boca! —le quitó el condón y comenzó a masturbarlo, cada vez más rápido, más, más, con un: ¡ohhh!, ¡ohhht!, mientras salía todo su semen a la boca de Maya, le limpió todo el pene—.
Se pasarían a bañar y él le diría:
—Volvamos.
El líder no sabía quién lideraba a quién, una maestra en el sexo y él solo era un muerto que por ese momento volvió a nacer, ninguna mujer le había enseñado tanto; él, que solo coleccionaba nombres en su libreta, ahora era uno más en la libreta de Maya.
En la playa se encontrarían Zafiro y Ardet; él le señalaba el camino con los ojos, tuvieron que nadar un poco y luego entrar a la cueva.
—Está hermoso —dijo Zafiro.
—No tanto como tú —el muchacho no sabía por dónde empezar, a ella no la iba a dominar.
—¿Alguna vez estuviste con una mujer mayor?
—La verdad que no.
—¿Con otras mujeres?
—Sí, algunas.
—Eso me suena a ninguna, ¿me equivoco?
—Tienes razón, ninguna.
—Relájate, nene, trata de no acelerarte, penétrame despacio; si sientes que te vas a venir, detente y no dejes de besarme, no solo pienses en tu pene, lleva toda la excitación a todo tu cuerpo para que dure más.
Ahora desvístete y luego ven, quítame la ropa para que conozcas mi cuerpo, acaríciame, y luego en esta parte que tiene agua de mar ahí me haces tuya.
—No traje condones.
—¡Ay, niño!, no te preocupes, en estos días no salgo preñada; de todas formas, tomo mis pastillas para no embarazarme. Yo me cuido, no soy una niña.
—Está bien.
El joven la llevó cargada a la parte donde había agua, como una piscina en la cueva, la que les permitió entrar; en la parte oscura dejaron su ropa para empezar el arte amatorio.
Él la miraba con los ojos desorbitados, la tocaba despacio; ella buscaba su pene en el agua, se abrazaron cual, si fuera una salsa sensual, lo metió despacio en su vagina y comenzaron a moverse.
Él besaba sus pechos completamente duros; ella tocaba su cuello, su espalda, su pecho, lo arañaba con sus uñas pintadas de color lila, con sus piernas contra sus nalgas —él permanecía de pie, porque la altura no era honda—.
—Es muy profunda tu vagina, estás deliciosa.
—Ay, bebé, me gusta cómo lo haces, estás aprendiendo, aunque a una mujer tienes que calentarla más, besarnos toda y encender bien el horno antes de meter el pan.
He salido premiada, está delicioso tu pene; al inicio estaba seca, me lastimaste un poco, pero ya luego me lubriqué conforme entrabas, sigue, mi vida, pero despacio.
—Ya se me quiere venir.
—Espera, mi amor, déjalo adentro y no te muevas, respira y bésame, dirige algo de tu excitación, no solo canalices todo a tu pene, pásame esa excitación a mí, bésame las tetas, tócame, dame tu fuego. Yo aún no llego, papi. Te falta mucho, niño, yo te enseño, me saliste «respondón».