Capítulo 9 Dragona de hielo. #2
Él solo vería la puerta cerrarse de la azotea, pero no la vio ingresar a esta otra puerta secreta, pues por dentro tenía seguro y lo echó; Altair se quedaría pensando.
¿A dónde iría esta mujerzuela?, o tal vez fue mi imaginación o mis delirios, pero me pareció ver la silueta de una mujer desplazarse entre la oscuridad.
Se acercó a este cuarto, forzó la chapa, pero se encontraba cerrada, por lo cual veía imposible que estuviera allí.
En otras situaciones ya había visto sombras moverse, estragos de las drogas que consumía; ¿las debería dejar?
, ¡para nada!, tengo millones de neuronas, que se mueran algunas, no pasa nada.
¡Maldita Ágata!, voy a encontrarla; ¿no puede ser que todos piensen que ella me es infiel?
, yo sí puedo serle infiel, eso es normal en la sociedad, pero ella no puede ser mujer de otro hombre.
¿Cómo se fijaría en un simple limpiador?
, si me tiene a mí por hombre exitoso, un gran ejemplo de esposo, padre y profesor; todos mis premios opacan a este niño, encima menor que yo, es imposible.
Pero igual le pondré en claro las cosas a ella, al niño no porque quiero que me siga ayudando con las conferencias y cobrar el dinero que él genera, solo reemplazándolo con un certificado para su experiencia profesional.
Él se fue, pero Ágata, que era una estratega genial, esperaría con el corazón en la mano, los nervios de punta y la respiración agónica; necesitaba aire, con la poca luz que reflejaba la noche se le acortaría más la respiración.
Veía el dibujo de una silueta muy parecida a ella dando la conferencia con un joven mirándola, otra escena donde el joven limpiaba el piso y la misma mujer sentada en su oficina —aún no lo veía—, también veía el dibujo de su collar en su pecho con ese vestido que envolvía toda la seda que regalaba su piel.
Muchas escenas de ella corriendo, poesías de puro amor, de fuego, de intimidad, de cómo quisiera quedarse con ella, no en vidas divididas, sino en una vida completa a su lado.
De pronto, alguien se acercaría a la puerta, pero esta vez, luego de forcejear, sacaría una llave.
¿Qué raro?, si la había dejado junta; era Pabel, él venía listo para quitarse su traje de limpieza, ya se había dado un baño, su cabello permanecería húmedo aún.
Se quitó el traje, su ropa interior; ella permanecía en la oscuridad tocando y sintiendo la piel y la anatomía muy curvilínea de su joven amante.
Él conocía de memoria su cuarto, se sentó en una cama que tenía allí; en eso, vio una silueta moviéndose, en su cabeza llegaron los nombres de dos piedras preciosas, porque las dos lo tenían embelesado, pero decidió apostar todo por su amor.
—¿Ágata?
—Conoces muy bien mi silueta, mi vida.
—Si te sueño a diario, tengo un plano a detalle de ti y también lo quisiera de tu corazón, mi gatita.
—¿Gatita?
—Por tu nombre de piedra preciosa en diminutivo.
—Mjum. Te gustaría llamarte Pasha, porque Pabelcito va a sonar como si fueras mi hijo al que llevo al colegio.
—Me encanta, mi gatita, mi gata.
Ágata lo recostaría; él, que estaba desnudo, y ella, con su ropa de trabajo, se quitaría el brasier, sus pantis y su trusa.
La trusa la pasaría por su olfato como la droga natural que necesitaba para encender más su pasión; él intentaría besarla, pero ella, con su dedo índice, demostraría que era quien mandaba.
Frotaría su vagina después por todo su cuerpo y usaría cuatro cosas en sus manos: sus pantis para amarrar una mano, su sostén para la otra, su trusa en sus ojos a modo de antifaz, y dos mentas con aliento de dragona directo a su boca.
Las mentas jugarían como formando el hielo, mientras ella decidiría por dónde empezar a recorrer a su Pasha.
El viaje comenzaría acariciando sus piernas; ella vería cómo se erguía su miembro lentamente.
Con su cuerpo entre sus piernas, lo tomaría entre sus manos y su boca directo a su pecho forjado por las rutinas de limpiar; esos besos ardían.
Pero lo que lo hacía retorcerse de excitación sería su aliento de dragona de hielo en su pecho, por su abdomen, con movimientos para hacerla suya; los músculos que adornaban toda su anatomía eran totalmente barridos por el soplido de su gata-dragona. El ardor-frescor era insoportable.
Él, con ganas de hacer el amor locamente; ella, gozando al verlo oscilando cual amortiguador de un camión totalmente conducido por los baches del camino.
Besaba y soplaba; sin embargo, todo no estaba conquistado aún, bajaba más, nunca dejando de frotar sus senos ni los bosques que ocultaba su húmeda vagina, tomó su pene entre sus manos.
—¿Y ahora, mi gata?
—Imagina, mi amor, si se cae mi trusa de tus ojos, dejo de hacerlo, Pasha.
Ni las drogas de Zafiro lograrían esta sintonía; eran un solo ser por Wi-Fi, la red que tejía su aliento helado de dragona lo sentía hasta en los huesos, un ardor conectado como cuchillos en los nervios, no lo resistía, pero tampoco quería que se detuviera.
Empezó a besarlo intensamente, como el helado de su sabor favorito, una mano en su pene y otra en su vagina, buscando la conexión a la distancia.
Él, totalmente amarrado, indefenso frente a esta tremenda dragona de hielo, aún no desataba su aliento gélido.
En la punta de su miembro desahogaría toda esta escarcha y frotaría las pastillas en él.
Esta muerte lenta por no tomarla y hacerla suya lo excitaba más y más, seguía drenando todo su aliento, no solo por el ápice, en todo el cuerpo; no resistió ni un segundo más, cuando en eso su trusa cayó.
—Cumplo mis promesas, Pasha.
—Quédate, gatita.
—Aún no, mi amor —le dejó su ropa interior como trofeo de batalla y se fue.
Con sus pensamientos totalmente extasiados, con las heridas latentes por el aliento de esta dragona, en un trance total Pabel se vestiría e iría a su casa; esto no estaba en ningún libro de su autor, el señor Vitaly.
Solo en su piel dominada por su gatita, que sabía que lo tenía comiendo de su mano, un hechizo conjurado con el consentimiento de la víctima.
Este frío no apagó su llama, caló hasta el tuétano de sus huesos; el simple hecho de colocarse la ropa y luego caminar activaría las llagas invisibles que dejó la escarcha de su dragona-gata de hielo.
Maeva, en casa, tendría su computadora fallando y usaría la laptop de Altair; sin querer, descargaría un archivo con movimientos de cuentas, unos pagos fuertes al banco y recibos de pagarés en blanco en formato de foto.
Esos días se daría cuenta de que casualmente Nikolai evitaba verla, y también eran los días que Altair salía a jugar pelota.
Algo muy extraño entre ellos: se llevaban muy bien y él era amante de Zafiro; era imposible que Nikolai fuera amante de Zafiro, lo más seguro era que fuera su hijo también, aunque aún no podía probar nada, solo eran conjeturas.
El parecido en las reacciones, el amor por el fútbol y las ganas de aprobación de estar en algún grupo eran demasiadas coincidencias.
Al día siguiente, en su centro de estudios se encontraban en clase Maeva y Pabel, primeros en el salón; Zafiro iba a ingresar, pero decidió escuchar lo que conversaban los muchachos.
—Pabel, te veo radiante, no te preguntaré por qué, pero me da alegría verte feliz; se te ve más guapo, incluso, como más maduro e interesante.
—Me siento como un oso polar en los mares congelados, pero sé que estoy vivo y eso me hace seguir nadando hasta en estas heladas aguas.
—Debe ser por las trabas entre ustedes. —Eso también, Maeva; por cierto, esa noche que fui con Zafiro...
—¡Ay, no me hables de tus cochinadas!, que ya me estaban comenzando a caer bien nuevamente.
—De eso no me acuerdo; me acuerdo de ver unas fotos de Nikolai en su casa, de niño y también de más grande.
—¿Fotos de su vida? —Zafiro escuchaba, los ojos se le abrían al instante de par en par—.
«Lo descubrieron, ni Altair se dio cuenta después de tantos años de ser amantes; estos niños me descubrieron, tengo que ver la forma de separarlos, son peligrosos».
Zafiro llamó a Altair, pero tampoco pensaba contarle todo, solo ver la forma de separarlos, darle un escarmiento a Pabel sin golpes y sin dañar a Maeva; con el joven, aplicaría cualquier plan que tuviera. —Altair, tenemos que arruinar a Pabel para ver si tu mujer reacciona.
—A veces suenas muy calculadora, pero me gusta; algo estuve pensando, no puedo dañar a Pabel tanto con golpes, pero algo tenemos que hacer.
—Algo se me ocurre: acá tengo un recibo del collar de Ágata que lo empeñé para saldar unas deudas.
—¿Eso hiciste?
—Sí, necesitaba el efectivo, no te puedes quejar de que algo de eso también te di; aún me falta pagar más, no sé de dónde lo consigo.
—Salgo de mi aula y te lo entrego; este recibo cuídalo y déjalo en la mochila de Pabel, algo más por ahí le iremos sembrando y en la mente de Ágata —Altair le entregaría el recibo y le diría—: «Ten cuidado, con mucha cautela, que no te vea».
Ya en clase, Zafiro buscaría la forma de dejar el recibo del empeño en la mochila de Pabel; para su buena suerte tenían examen y dio la indicación:
—Jóvenes, mochilas adelante.
—¡Ay, profe, no! —gritaron muchos a coro.
Zafiro aprovechó para colocar el recibo de la casa de empeño en la mochila de Pabel; este recibo estaba sin nombre, pero llevaba un número de registro, mientras los muchachos desarrollaban el examen.
Al terminar, cada uno se fue hacia sus siguientes clases; el recibo estaba muy bien escondido para que el muchacho no pudiera encontrarlo y desaparecerlo.