Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 9 Dragona de hielo.
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Capítulo 9 Dragona de hielo.

Mientras la viuda recibía el pésame, el difunto estaba por jugar en otras canchas; ya habían jugado pelota y ahora se iban, como siempre, a la casa de apuestas.

Estaban viendo el espectáculo de la noche: «Yo amo a quien me toque», era una película para adultos en vivo.

Las mujeres que gozaban juntas en el escenario querían más adeptos, en eso Altair menciona

—¿Qué tanta conversación con Maeva?

—Bueno, profesor, sobre lo de las conferencias en la playa —el chico cambió de rostro al mirar a varios lados—.

—Ok, qué buenas están esas hembras, ¿o no las quieres?

—Sí están buenísimas, pero hoy me iré temprano para acompañar a mi mamá, quiero conversar con ella.

—Es la única mujer que se debe robar tu devoción, las demás solo son para ponerlas de espaldas —por ahí otra persona estaba atenta a la conversación—.

—Es cierto, profesor —Nikolai intentaba cambiar porque amaba a Maeva.

—Ya deberías ser el mejor alumno, eres intocable, juegas pelota, estás aquí con los hombres, no Pabel, que es un completo nerd que no juega en ninguna cancha.

—Ese muchacho Pabel juega en otras canchas, profesor —dijo la persona que miraba.

—¿A qué te refieres, desgraciado? —comenzaron a golpes.

Destrozaron las mesas, aparecieron otros, las botellas volaban, la seguridad se acercó a separarlos, pero no podían ante tanta gente.

En eso llamaron a la policía para calmar los disturbios, entre ellos a Altair y Nikolai.

Nikolai llamó a su mamá para que lo rescate, en cambio Altair quería golpear más.

Entre las sombras, Zafiro operaba y se llevaría al muchacho a paso de polka, porque se había percatado de la presencia de Altair y ya sabía que andaba en malos pasos.

Gracias a él: «Bonito ejemplo de padre», el hijo que siempre quiso, deformándolo en un monstruo como él.

Altair lo vería muy rápido, pensaría para sí:

«Ella no es...».

Pero la sombra desapareció; sería la borrachera que tenía encima, sumada a las drogas que le gustaban, lo que le hacía pensar que eran alucinaciones. Quien inició toda la pelea se acercaría:

—Profesor, lo siento, pero debo comentarle, porque somos del turno de limpieza y muchos comentan que con nadie se queda de noche, pero Pabel siempre está atento a trabajar ahí y también su mujer se queda en su oficina unas horas.

Claro, nadie ha visto nada, ni ruidos se escuchan, pero no estaría mal echarle un ojo; su esposa es hermosa, profesor, y no vaya a ser que el muchacho esté haciendo méritos ahí.

—No quiero más problemas, pero sí le echaré un ojo y estos días me quedaré en alerta hasta tarde para seguirlo.

—Aunque su mujer se ve una dama respetable y muy profesional, ese muchacho nos tiene nerviosos queriendo trabajar de noche, después de que reclaman porque no trabajamos igual que él.

—Gracias.

Llegarían a su casa Nikolai y Zafiro, ella arrastrándolo y maldiciéndolo por pagar y sacarlo de la estación donde lo tenían detenido:

—¿No te dije que te alejes de Altair? Mira que ahora armas disturbios en un prostíbulo y te encuentras borracho. ¿Esa vida quieres llevar?, ¿qué ejemplo te di?

—No diré nada, mamá, pero algo dentro de mí me dice que tengo que estar con él, como si algo le debiera.

Nikolai sabía que ambos eran amantes, pero sentía en Altair al padre que nunca tuvo; no quería interponerse para ver feliz a su mamá con el hombre que tanto admiraba.

—¿Algo le debes?, no tienes ninguna deuda con él; más bien, mira la vida a donde te está arrastrando, la siguiente vez puedes terminar hasta muerto. Como bien sabes, me acerqué a él porque tengo mis razones y unos negocios, pero por favor, ¡aléjate de él!, es un hombre muy peligroso.

—Está bien, mamá, haré lo posible; mamá, tengo algo que contarte, puede servirte para tener más dominado a Altair.

—Ah, ¿sí?, ¿y qué es?

—Estuve conversando con Maeva y resulta que ella no es hija de Altair; eso significa que tu jefa le fue infiel, tan recatada que se veía y mira que endosarle una hija que no era de él.

Con razón siempre la ha tratado con tanta indiferencia.

—Se lo tenía bien guardado la estúpida de Ágata, tremenda loba que es; por cómo la veo, estoy muy segura de que tiene un nuevo amante o se sigue viendo con el padre de Maeva.

Como dices, por eso siempre la indiferencia y hasta llegó a pegarle, pero estoy muy segura de que Altair no sabe nada.

Bueno, me has ayudado mucho, hijo; de verdad me intereso en ti y todo lo que hago es para ti, ahora anda, descansa.

—Gracias, mamá, nos vemos.

Zafiro quedaría consternada al saber que Maeva no era hija de Altair, pero a su vez lo aprovecharía para chantajearlo y moverlo a su antojo.

Por otro lado, estaba segura de que Altair no sabía y era un secreto bien guardado de Ágata.

Ambas teorías funcionaban muy bien para ella.

Aunque de chantajearlo él le sacaría la información, porque era muy violento y no querría exponerse, mejor iría por Ágata para sacar esa carta en el momento correcto.

Altair llamaría a Zafiro para que pague su fianza y puedan soltarlo también. Ya de salida, en el auto de Zafiro, allí aprovecharía en consultarle:

—¿Viniste antes por aquí?

—Esta es la primera y última vez que vengo a estos sitios. ¿Cómo caíste aquí?

—En la cantina donde estaba, un trabajador del área de limpieza de la universidad comentó que Pabel tenía algo con Ágata, y por eso me endiablé y lo agarré a golpes; se armó una trifulca y nos trajeron.

Me vine con Nikolai, de veras que es como el hijo que nunca tuve.

A Maeva no la quiero, solo a él, porque siempre quise un hijo varón.

Zafiro comprobó que Altair no sabía nada de que Maeva era su hija; entonces esto le serviría para destruir a Ágata.

—Si lo quieres a ese muchacho como hijo, ¿por qué lo llevas a la perdición?

—Por la simple razón de que tiene que convertirse en un hombre.

—Dudo mucho que tu mujer esté con Pabel.

—Nunca sabemos, vigílalos bien; uno de estos días me quedaré de noche para verla con su amante y reclamarle todo lo que me hace pasar con su traición, quedaría como un mal ejemplo para Maeva.

—Está bien, aunque en la cena se veían muy familiarizados, podría darse algo entre ellos.

—Bueno, ahora que hay todo tipo de parejas, con qué clase de moda saldrán; sin embargo, ya hay casos de mujeres mayores con muchachos; total, si hubiera atracción, es mejor que siga sus instintos.

—¿A ti te gusta Pabel?

—No, a mí me gustan los hombres mayores que me dominen como tú.

—Me gusta eso.

Altair saldría de la cárcel con todos los sentidos afilados para atrapar a Ágata con el supuesto amante, que era Pabel; para ello, se dispondría como nunca a quedarse más tiempo de lo normal en su oficina.

Ágata sospecharía al ver esa conducta en él, porque siempre era el último en ingresar por el pretexto de la atención a estudiantes y siempre era el primero en irse, jamás hacía horas extra porque decía que no le pagaban o que no valoraban su trabajo, el diseño perfecto de lo que las quejas hacen.

Ella recordó lo que pasó unas horas antes de que llegara Altair; esos recuerdos se quedarían en su mente por mucho tiempo. En eso, Esmeralda llegó a ver a Ágata y la invitó a almorzar por ahí, pues le tenía una sorpresa que desde niña anhelaba.

Conversaron de algunos temas variados; ella le confió que cada vez se acercaba más a él y la tenía loca, se sentía en un manicomio, amarrada por lo que le encerraban de la perfección, pero en esta oscuridad con él podía ser feliz con las luces tenues de la oficina, con lo escondido de la madrugada y con el espacio reducido que les dio la cocina de su casa.

Por ahora solo la penumbra les daba el escenario perfecto y la paz de amarse, mezclando su aliento para poder vivir; del tiempo que les daba la sociedad, deformaban el tiempo a su antojo, no perdían el tiempo, se perdían en el tiempo y se encontraban en su ser.

Esmeralda escuchaba y veía que estaba volviendo a nacer la niña asustadiza y tímida que encontró en las calles, la que siempre juró proteger; por toda la luz que veía en ella, sentía cómo la poesía brotaba en cada palabra.

Sentía esa inspiración, su alma era quien narraba esta historia. Ágata hizo una pausa y dijo:

—¿Cuál es mi sorpresa?

—La sorpresa me la has dado tú.

—¿Yo?, ¿cómo así?

—Veo que se están descascarando todas las capas que te heredó la sociedad y estás volviendo a ser tú.

—¿De veras?

—Sí, niña, y hasta te ves más radiante; eso me encanta porque te quiero.

—Yo también, y te extrañé demasiado estos años. Ahora sí, cuéntame, ¿qué sorpresa?

—¿Recuerdas que hace años tú soñabas en tener un sabor de menta muy intenso, pero los que vendían solo llegaban a un punto y no se apreciaba esa intensidad que querías?

—¡Sí!, ¡sí!, pasaban a ser simples caramelos, siempre buscaba que mi boca estuviera como la de una dragona de hielo, con su helado intenso; a veces soñaba que soltaba mi aire helado y congelaba a la gente. —Mjum, mjum, mjum.

—Desgraciada, ¡qué irás a hacer! —ambas se contemplaron con miradas traviesas, conversaron unos momentos más y luego se despidieron.

Ágata volvió en sí y miraba sus mentas de dragona de hielo; le quedaron algunas, las quería guardar para más tarde, luego de fumar algún cigarro por la noche. A veces lo hacía en los corredores; ahora buscaría nuevos lugares para pensar.

Altair esperaría a que todos se fueran para ver si llegaba por ahí Pabel o para encarar a Ágata y sacarle la verdad con la violencia con la que acostumbraba a actuar.

En eso, él se acercó a su escritorio, pero no había nadie; ella había notado que la oficina estaba casi vacía y aprovechó para irse a la azotea.

La buscaría cual fiera tras su hueso por los pasillos; solo vería una silueta que se perdía en las sombras y, entre las escaleras, diría:

—¡Ágata!

Pero ella ya lo sentía al muerto y decidió seguir; vio un cuarto y se escondió.