Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 8 La fortaleza de cristal. #5
61%

Capítulo 8 La fortaleza de cristal. #5

—Maeva duerme como un tronco, escucha sus ronquidos, tenemos la noche para los dos, pero sin penetración, sólo tócame, nunca me hicieron esto

—Hay algo que tengo que decirte...

—Yo sé qué pasó, ella misma me lo contó.

—¿Te gusta ella? —No te puedo negar que ella es bella, pero no me gusta; a mí me gustas sólo tú, podrá haber millones de tentaciones y no sé cómo acaba todo eso: un beso vacío en la sombra y luego ya nada asombra, rostros bellos pero vacíos; te elijo a ti siempre, esté sobrio o inconsciente.

Contigo todo empieza y no sé cómo acaba.

—Mjum.

—Ella solo drogándome puede que mueva los hilos para que le haga el amor; tú, con solo mirarme, me tienes, el simple hecho de existir me premia con conquistar el tesoro que esconde tu amor; si tengo que pagar algún castigo, aceptaría las plagas egipcias por mi culpa limpiar.

—Mjum. Para que seas rey, primero has de ser mi esclavo.

—Lo merezco, mi vida.

Ella sonrió con su cabeza en el pecho de Pabel y se refugiaba en ese paraje con sus manos muy apretadas a su cintura; suspiraba de amor y de placer, nunca imaginó que este nuevo joven rey tenía la magia suficiente para hechizarla de amor.

Jamás imaginó que el amor estaría retrocediendo la máquina del tiempo y encontrando a un hombre culto, inteligente, que no temía a la vida, un hombre que disfrutaba el camino, un hombre que domesticaba a la yegua salvaje porque amaba verla feliz, pero también quería montarla salvajemente con la ruta que solo el erotismo, el fuego y el placer existen con la energía natural que ofrece el amor.

Las distancias desaparecieron un tiempo mayor; desnudos en la cocina, el frío los visitaba, pero ella, como una estratega total, encendió el horno y resolvió en un instante.

Él no solo la quería hacer suya, también la quería, la admiraba y la respetaba por toda la genialidad que vivía en ella.

De casualidad, la mirada del joven se desvió a la refrigeradora y veía algunos versos muy apasionados, y dijo:

—Son muy apasionados los poemas de Maeva, es muy inteligente, eso lo heredó de ti.

—Bueno, esos poemas son míos; como Altair nunca entra en la cocina, la usé como extensión de los lugares que me hacen libre. El poema decía: «Perdí las joyas que me heredaron, unas cadenas que me ataban al pasado; sin ese peso encima, mi pecho saltó a flote.

La verdadera piedra preciosa vive en mí, la mujer deseosa de querer amar y ser amada. Conocí una bendición, en respuesta a mi redentora oración, ya era la ocasión perfecta de pensar en mí y ponerme encima en el viaje de mi vida y también en él».

—Qué hermosos poemas, ¿por qué no estudiaste literatura?, tienes mucha madera, eres un genio natural. ¿Qué pasó? ¿Quién inspiró el poema?

—Mis padres dijeron que la literatura no pagaba las necesidades y estudié administración; no niego que algo me gusta, pero amo la lectura y la escritura. ¡No seas presumido!, eres tú, sólo tú.

—Gracias.

Justo cuando lo iba a besar, ella lo detuvo.

—Un momento, si nos besamos nos quedamos pegados.

Ambos sonrieron con placer. Ágata se lavó la cara tan igual como antes de todo.

Se dirigieron al baño, ella se sentó para lavarse y estar fresca, él aprovechó en el caño para lavarse también, con mucho cuidado porque al costado estaba el cuarto de Maeva, de donde se escuchaban sus ronquidos como un tren con un viaje largo.

Luego lo llevó a la cocina nuevamente, abrazados en el piso de ella, refugiados en sus ropas, algo manchadas por la fluidez y aroma de su amor, un almizcle delicioso impregnado en el ambiente.

Se recostaron nuevamente, ella se refugió en él, su pecho la mecía, cuando en eso él la besó en la frente y ella se acurrucó más.

Levantó la mirada y ahora ella lo besaba, ambos con traje de naciente, con las piernas mezclándose.

Él tomó su masculinidad para ingresar en ella, estaba frotando la punta alta en su vagina mientras ella disfrutaba, buscando la cerradura de la caja de Pandora; ya sintiendo la humedad de la entrada, hundía lentamente su pene en ella.

Ella se acomodó para cabalgar, pero lo agarró fuertemente y dijo:

—Por ahora no, se cierra la caja de Pandora, aún no eres rey.

Él sonrió, con la locura de estar en su interior, de sentir el fuego de su vagina muy húmeda, pero con la frialdad de sacarlo a su antojo.

Aún le tenía que hacer méritos antes de ser el rey Balduino IV, un gran rey a pesar de todas las dificultades, un estratega total; además, ella quería saber si deseaba su mente, su cuerpo y su alma.

Ella bajó de la posible cabalgata y lo abrazó.

Igual se abrazaron totalmente encendidos, ella también, con el estómago suficiente para resistir todo, y descansaron juntos; ella jugaba en su pecho y él tocaba sus cabellos sedosos como las más finas prendas.

Ambos con los ojos cerrados, respirando al mismo compás, ella con un brillo distinto, más hermosa que cualquier paisaje creado por la abundancia, y su belleza solo necesitaba naturalidad.