Capítulo 8 La fortaleza de cristal. #4
—Tienes razón, entré en pánico y no quise lastimarte.
—Más daño me hiciste acabando conmigo y al ver tus rituales sexuales que tienes con otras mujeres.
—¿Aún quisieras volver conmigo?, pero una prueba de ADN sería vital en caso de que aceptes.
—No es necesario, solo si quieres comprobarlo; en caso de que Altair sea tu padre, tampoco sería problema.
—¿Qué dices?, ¡jamás estaría contigo sabiendo que eres mi hermana!, habré participado en orgías, pero eso jamás, ¿estar con mi hermana?, me resultaste más depravada que yo.
—¡Eres un idiota!, no hay ningún problema porque Altair no es mi papá, por favor, no le cuentes a nadie.
—¿O sea, tu mamá le fue infiel?
—Mi papá le es infiel con cualquier mujer que tenga al frente, incluso con esa zorra de Zafiro; ella es su amante de turno que le canjea favores.
—¡No te creo, con Zafiro no puede ser! —el muchacho miró al piso—.
¡Su madre!, la mujer que tanto respetaba, la que siempre la educó...
Ahora ya todos sabrían de su romance con Altair; lo estuvo manipulando para tener bajo su control muchos planes maquiavélicos en la universidad.
Con razón tanto interés en ella era una profesora respetada, convertida en la amante de un matrimonio aparentemente perfecto, pues Ágata es su amiga, la trae a su casa y ella se acuesta con su marido.
—¿Y no me digas que también tienes intimidad con ella?
—¡No!, con ella jamás.
—Cómo te vi reaccionar, me pareció extraño.
—De veras que no, ¿por qué me dijiste que también tienes intimidad con ella?, ¿conoces a algún amante más?
—No debería decirte, pero bueno, por si acaso te vaya a seducir: a Zafiro le gustan los hombres jóvenes también, sin embargo, no te diré más. Volvamos para ya despedirnos
—Por favor, dime.
—¡No!, por lo miserable que actuaste, ¡harás méritos, miserable!
Volvieron a la mesa los jóvenes; en ella veían cómo conversaban Ágata con Zafiro y observaban a Pabel mudo.
Por un costado, Altair seguía pegado a sus aplicaciones de apuestas deportivas, con el sueño de hacerse millonario apostando; se alegraba cuando ganaba, pero previamente había acumulado un millón de deudas: el negocio perfecto, pero para la casa de apuestas.
—Bueno, hoy tengo fútbol, nos vemos, quedamos así tal cual conversamos para ir a las conferencias de la playa. Nikolai, ¿vamos?, tú eres nuestro delantero estrella.
—Sí, profesor, vamos.
—Profesora Zafiro, fue un gusto verla, que tenga buenas noches —comentó Maeva.
—¡Maeva!, no seas malcriada, niña —dijo Ágata.
—Descuida, amiga, estos tacos me matan, ahora me caería un buen masaje, una ducha y algo más —dijo todo esto mirando a Pabel, dejando caliente al muchacho—.
A lo lejos, Nikolai miraba la escena, pero solo Ágata sabía que él era su hijo, porque Zafiro tenía manipulados los registros estudiantiles y planillas, además de registrarlo con otro apellido y una serie de arreglos que hizo para ocultarlo.
Lo que ella se proponía, con su mente y su cuerpo lo alcanzaba; manipulaba hombres a su gusto, así lo escondería de Altair, porque cuando se enteró de que ella estaba embarazada, él la mandó a abortar, pero ella sí quería tener al niño para usarlo en el momento perfecto y mover los hilos a su favor.
—Pabel, tú quédate un rato, ven, ayúdame con una tarea.
—¿Una tarea?, por eso no te llevo a jugar, aparte de que tienes dos pies izquierdos, vamos, Nikolai —el muchacho miraba, pero no podía mostrar nada porque Altair le prohibió a Maeva que tenga pareja.
En casa, Maeva mostraría algunas notas que tenía y querría trabajarlas con Pabel para convertirlas en poemas.
En la cocina, Ágata escuchaba lo apasionado de su voz y sonreía por su talento con las palabras para crear poemas de romance con toques eróticos; Maeva se fue un rato a la cocina por agua. La muchacha bostezó: «Mmm» y dijo:
—Bueno, mamita hermosa, ¡ay, qué sueño! —¡Maeva, no! —con voz baja y rostro de pánico dijo Ágata.
—Ay, qué cansancio, mañana me bañaré, sólo quiero caer rendida.
—¡Maeva, no!, ¡no!, ¡no!, ¡muchacha bandida, vas a ver!, ¡te voy a ahogar mientras duermes!, ¡no, Maeva!
—Sí, mamita querida, yo también te amo, hasta mañana, sueña con los angelitos —Maeva le hacía gestos de como si se levantara la falda y se retorcía de placer, torciendo la cara y volteando los ojos.
—¡Maeva, no!
—No quiero hermanitos, que use condón —le dijo en el oído.
—¡Ven, condenada!, ¡irrespetuosa!, ¡no te vayas!
—Mis paredes están blindadas, chau —dijo en voz alta.
Maeva fue al corredor y se despidió de Pabel con una mirada pícara.
—No hagan mucho ruido, por favor —le dijo en el oído al muchacho.
En la cocina, Ágata seguía lavando los platos, pero se peinaba y se mojaba el rostro; en eso aparecía Pabel. El espacio en la cocina era reducido, pero con puerta para mantener la intimidad; entonces él le dice:
—¿Te ayudo? —mirándola a sus mares azules y recorriendo todo el mapa de su ser.
—Ya lo estás haciendo —le dijo, sonriendo y mirando hacia el piso, de paso para compartir la erección que llevaba con toda la noche por ella.
Ella lavaba y él secaba; en esa danza le rozaba las manos como tocando las cuerdas de un arpa nuevamente, sutilmente, pero con pasión, un suspiro acompañaba, botando la melodía perfecta del amor. Un plato caería, pero ambos lo tomarían entre sus manos.
—Estás hermosa —le dijo—, así quería estar contigo, una conversación a menos de un pie de distancia, donde el peligro aumenta, pero ambos estamos dispuestos a correr el riesgo que nos espera.
Sin espacio, él le quitó el delantal para usarlo como colchón y que el frío no cambie la temperatura del pastel, sin dejar de verla.
Ella comenzó a desvestirse; traía una ropa interior negra, evocando al difunto, llena de blondas sexis, un cuerpo divino, tallado por la madre naturaleza.
Él también se desvistió, quedándose con un bóxer oscuro de algodón para hacer el acompañamiento fúnebre respectivo; en ese instante cambiaron el ritual.
Todavía ningún beso; con su ropa construyeron un colchón para empezar a amarse, el problema del espacio, la imaginación lo rompe, con todo armado.
—Tu comida y tú están deliciosas.
—Mjum —dijo ella con sensualidad.
Se acostaron y se besaron, ya no resistían más; sus lenguas se mezclaron, las caricias no eran simples y vacías, eran arpegios eróticos que seguían la sinfonía que solo el fuego puede conducir.
Un deseo incontrolable, estaban muy cerca; ella sentía su miembro frotando su vagina, aún con la barrera de la ropa interior, pecho con pecho, él besaba su cuello, sin dejar migas de pan.
Un camino sin retorno, donde ambos querían encontrarse; ella lo bajaba a sus pechos, mientras le quitaba el bóxer y frotaba su pene erguido con ambas manos, ella comenzaba a echarse.
Él lamía sus montes, jugando con ellas, dibujando en sus aureolas con pasión la inicial de su nombre; sin quitarle del todo su sostén, los juntaba y los besaba.
Una mano de ella se aferraba a su pene y la otra tomó una mano del muchacho para meterla en su vagina; la frotaba y la frotaba, hasta formar el delicioso menjunje, batiendo y batiendo, ella se retorcía, moviendo más su pecho, con los ojos entrecerrados.
Se quitó completamente el sostén y le dijo:
—Lame mis jugos, mastúrbame, pero luego lámete las manos, mi amor —Ágata gozaba de placer con cada caricia, sus movimientos cambiaban mientras el joven rey la tocaba; hizo una pausa para más indicaciones—.
—Pon tu masculinidad en mis senos, quiero toda tu leche en mí, en ellos te voy a ordeñar, pero no dejes de tocarme.
—¿Adentro no?
—¡No!, quiero toda tu leche en mí para untármela.
El joven puso su miembro entre sus pechos; después ella lo tomaría entre sus manos y doblaba el cuello también para chupar y saborear los líquidos que botaban de la punta, mientras le acariciaba la vagina y lamía todo su flujo, ambos alternaban, ambos se retorcían en estados convulsivos y danzas totalmente de placer.
Sus voces cambiaban a voces primitivas, sonidos profundos que acompañaban al placer.
Ninguna droga liberaría tanto a estos dos seres que se estaban amando, ambos disfrutaban, sus dedos tocándola como un pianista sofisticado.
Ella, con sus manos y boca, acogiendo su pene y sus testículos encima, toda una maniobra que ni los mejores circos tenían.
Ambos gozaban; en eso, las venas de su pene se hinchaban más y más para descargar todo su semen en su rostro, él gemía de placer mientras salía todo su semen, se desplazaba hacia adelante, ella tomaba su pene para limpiarlo completamente, frotaba todo el semen en su rostro y de sus manos lo lamía.
Él se retorcía de placer, con el pene intocable luego del clímax; ella disfrutaba, pero aún no llegaba al tren, en eso él seguía batiéndola, un quiebre del viento y también soltó todos sus fluidos.
Él saboreaba todo su néctar y pasó a besarla; aunque intocable, ella no quería que parase, estaba con su cabeza en el cielo.
—¡Ya no!, no me toques más, ven conmigo.
Qué rico, nunca me habían hecho eso; yo misma, si me toco, alguna vez lo hice pensando en ti. —Te diré que yo también, imaginando tus besos y tus caricias.
—¡Ya no tienes que imaginar más!, ¿te animas a quedarte?
—¿Y no viene Altair? —No, normalmente viene hasta el lunes en la mañana —se abrazan en el piso para seguir disfrutando—.
—¿Y Maeva?