Capítulo 8 La fortaleza de cristal. #2
El teléfono dejó de timbrar, un respiro de alivio; recordó las caricias de Ágata, su piel, cómo ella lo tocaba.
Cuando en eso, nuevamente el teléfono vibrante.
¿Era real la llamada?, ¿puede ser que se equivoque otra vez?
Dejó de timbrar, nuevamente un respiro, pero vio que le dejaron un mensaje de voz.
¿Lo escucho o no?, ya se enteró, me está retando a pelear o me quiere encarar (mejor borro el mensaje), pero eso significaría que me olvide de Ágata.
Mejor me arriesgo, suceda lo que suceda, no se la haré fácil a Altair.
Pulsó play al mensaje y decía: «Hola, Pabel, ya Maeva lo sabe, pero por si no te contó, iremos a una charla de motivación, me pidieron que lleve a mis mejores alumnos, no les van a pagar, pero les sirve para ganar experiencia, es en la playa.
En este grupo irán las autoridades de la universidad, Zafiro y mi mujer; para eso haré un almuerzo en casa para coordinar detalles, Nikolai ya sabe también y Zafiro, con mi mujer y mi hija ahora hablo, aunque Maeva ya sabe, nos vemos, muchacho».
Pabel respiró profundamente. ¿No sabe? ¡Qué excelente noticia!
, tendré que ser muy cuidadoso, Maeva me ayudará y Ágata no dirá nada tampoco.
Pero ¿la marca? Voy a tener que ir a ese almuerzo, pero también estará Zafiro, seguro seguirá coqueteándome, ojalá que Maeva la pueda apartar de mí.
Trataré de esconderme hasta mañana, aunque extraño a Ágata, tocar sus manos, abrazarla, besarla y perderme en sus ojos, pues es la única droga que me mantiene en un trance entre conciencia e inconciencia.
Comenzaba su turno, limpió toda la zona que le correspondió; al final dejaría la oficina de Ágata, el santuario donde habían comenzado su ritual de amor.
Todo iba bien ya para terminar su turno; contemplaba a Ágata cómo se mordía nuevamente y se tocaba los labios, recordando sus besos, tocaba su rostro, volviendo al ensueño para amarse, pero no podía arriesgarse el muchacho, estaba mucho en juego.
De tanto pensar se le cayó la escoba; ella alzó la mirada, buscando a su hombre, llamándolo con el poder de su mirada, lo necesitaba con ella, quería verlo, sentir sus manos, su pecho, enredarse en sus rizos, irse funcionando como amortiguadores de toda la energía que llevaban dentro.
Él sabía que era culpable, ella sabía que él era inocente, pero aun así no se la quiso poner fácil.
Se puso los zapatos, se cambió y luego se dispuso a caminar en cámara lenta, porque sabía que entre los muros él la observaba y quería acecharla, igual que aquella madrugada en el parque donde sintió los mismos ojos de deseo y ella esperaba también a su amor.
Caminó hacia su escoba, la tomó entre sus manos y la hizo reposar en la pared; Pabel permanecía oculto en la cocina.
Ella sonreía victoriosa, tenía a Balduino IV cargando el peso de este reino; algunos muros caían, reemplazados por el hielo que pensaba poner esta diosa liberada de su santuario, no sabía en qué problema estaba metido el joven rey.
El muchacho salía de las sombras para terminar con su labor, limpiaba la oficina faltante y otros rincones que dejó de atender; también tocaba el escritorio, desplazando sus manos, simulando las caricias perdidas, trayendo a su mente cada movimiento sincronizado, los besos, la desnudez, y en el fondo de su estante reposaba el libro que abrió una parte de la caja de pandora.
Al día siguiente, Ágata alistaba la comida para compartir con los muchachos, Altair y Zafiro. Unos minutos antes el difunto comunicaba con mucha exigencia, ella sentía la presión también por sus continuas preguntas, su mal genio y su acostumbrada ausencia.
Un aderezo delicioso, lo untó en unas piezas de pollo, un puré y arroz para almorzar en conjunto; Maeva aparecía por allí para ayudar a su mamá.
—¡Mamá, Altair ha invitado a Pabel y a Zafiro, ¿no crees que es muy sospechoso?, también vendrá Nikolai.
—Altair está muy incisivo con sus preguntas, no sé si puedo aguantar, voy a necesitar de ti, no sé cómo contestarle, pero...
—¿Qué pasó, mamá?, ¡cuéntame, por favor!, ¡no me dejes así!, ¿ya?
—Ay, mi hijita, creo que estoy algo oxidada, esta miserable de Zafiro se me adelantó, pero la muy desgraciada me contó que lo drogó a Pabel.
—¡Maldita!, si me contó Pabel que estaba como poseído, no recuerda nada, ¿o sea lo drogó?, los mismos efectos tuve yo ese día que fui a esa discoteca.
Esa condenada siempre estuvo atrás de Pabel, sólo drogándolo lo pudo aceptar.
—Sí lo drogó y lo engañó con la reparación de su cerradura.
—¿Cerradura?, pero ¡qué bien le abrió las piernas!, todo te quiere quitar, primero Altair y ahora Pabel. ¡Mamá, tienes que sacar todo, para que no siga esta mujer, frénala!
—Paciencia, hija, «la daga más dañina es la que se entierra lentamente».
—Ya suenas a Esmeralda —sonrieron juntas.
—Tenemos que ser muy sigilosas, ayúdame a separar a Zafiro y a Altair, aunque él siempre quiere dirigir todo, ahí se perderá en su ego.
—¡Cuenta conmigo, mamá!, ¿no te molestarás con Pabel entonces?
—No, porque sé que es inocente, pero aun así lo haré sufrir, para probar si quiere más que mi cuerpo, debe amarme en mente, cuerpo y alma.
Mientras tanto, Pabel se estaba alistando para el almuerzo, no sabía qué camuflaje tenía que usar para evitar que Ágata lo vea; se sentía en el piso, pues tanto recuerdo le traía a la mujer que había traicionado, se tomó los cabellos y miró al piso, no sabía qué más hacer. Cuando en eso su madre se acercaba:
—¿Te ves mal, hijo?, ¿qué pasó? Pabel volteó y Esmeralda captó que sí estaba en otra dimensión su hijo y tenía esa marca en el cuello, no era de la mujer que él amaba.
—No, mamá, arruiné todo, no sé cómo caí en sus redes.
—¿Esa marca?, la mujer que te la hizo, no la amas, ¿verdad?
—No la amo, traicioné a quien sí estoy empezando a amar.
—¿Y por qué actuaste así?
—Siento que me drogaron; sano y bueno nunca la habría traicionado.
—Esa mujer es toda una alimaña, mira que drogarte.
Esmeralda recordaba lo calculadora que era su otra examiga; posiblemente sea ella, pero su hijo no le revelaría eso, así lo torturara.
—No me di cuenta, desperté al rato y ya habíamos tenido sexo.
—Bueno, ¿y esa es la otra mujer que te importa mucho?
—Sí, y justo ahora la voy a ver, y también estará la otra dama.
—Muy rápido te has metido en problemas serios, hijo.
Te ayudaré: en mi cajón tengo esa piedra de color jade; entíbiala con agua con sal y luego, que no esté tan caliente —sino la herida se expandirá—, pasa ese ligero calor en la marca, sin pegar la piedra; ese calor a la distancia desinflamará, luego de unos minutos échate agua fría y ¡listo!
Le volvió el alma al cuerpo al muchacho, pero de la desesperación apretó mucho la piedra y la herida se expandió; le causó dolor, pero más dolor tenía de haber engañado a Ágata. El muchacho emitió un grito: —¡Ayyy!
—Yo sabía que no lo harías.
—¿Y para eso me mandaste?, ¡eso es para que nunca engañes a esa noble mujer!
—Échate agua fría, en mi cajón trae un maquillaje especial de mis ancestros; también eran una serie de infieles. Cuando te lo apliques, llámame para echarte, también trae un desinflamatorio, en unos días desaparecerá, justo coincide con el color de tu piel.
Esmeralda lo maquilló con esos polvos y la mancha se ocultó; ya en unos días desaparecería, se adhería tan bien que camufló muy bien su piel. Pabel había cerrado los ojos, confiando a ciegas en su mamá.
—¿Mamá
—Sí, hijo.
—Tú me enseñaste a ser hombre; si tengo que ir marcado, déjame ir así, quítamelo por favor.
—Como gustes, hijo.
Esmeralda aplicó agua, pero nada caía, le seguía aplicando agua.
—¿Qué pasó, mamá?, ¿o ya no sale?
—Es que esa piedra tiene poder de desinflamar, el maquillaje nunca existió, el polvo que trajiste nunca te eché nada, espolvoreé en el aire y, si no te eché nada, sabía que cerrarías los ojos porque te sientes culpable.
Al asumir tu culpa y evitar engañar a la dama, me demostraste que eres el hijo que crie.
—Gracias, mamá —y se acercó Pabel y abrazó a su madre.
—Lleva este vino y regálale a la anfitriona, le gustará mucho, a la gran mayoría de mujeres nos encanta el vino, y aléjate de la otra víbora, hará hasta lo imposible por hacerte caer.
—De acuerdo, mamá, gracias nuevamente.
Llegaba Pabel a la casa de Ágata, muy bien presentado, con la colonia necesaria para solo despertar a ella.
Tocó el timbre y salió ella, hermosa como siempre, con su delantal y moviendo su cabello, con el aroma de las especias que usó en la cena.
Él sintió una corriente subiendo por sus sienes, lentamente como millones de arañas que caminaban; su respiración extrañaba su aroma, esas miradas derretían por un momento el hielo que tenía planeado poner, total, salirse un rato del plan no es pecado.
Ella seguía acomodando su cabello, entonces él dijo:
—Estás más hermosa que la última vez y hueles delicioso.
—No me mientas, si aún ni me alisto, estaba terminando de cocinar y hacer unos piqueos; Maeva me ganó en el baño y Altair se fue por unos licores con Nikolai, que ya llegó; falta Zafiro, que está por venir —comentó Altair que comamos primero y luego vemos lo del evento.
—¿Qué quisieras tú? —sin despegarle la vista de los ojos y con una voz que hizo que se acomodara el cabello nuevamente.
—Comer —ahora sus miradas aterrizaron en sus labios, pasando ligeramente la saliva, como lubricándolos por completo, y un ligero mordisco revelaba su pasión.
—Comemos entonces —Pabel se acercó, viendo la apertura de Ágata, despacio y ella mucho más, preparando sus labios.
—Aún no —le puso la mano Ágata en el pecho; todo el fuego congelado aún por ella sabía que lo tenía en sus manos, quería que sufra de todas formas por hacerla suya a Zafiro y no a ella.
Pasaron a la casa, dejando a Pabel en el mueble, y ella se dirigió a la cocina para ver el estado del horneado.
—Espérame aquí, ya en un rato viene Maeva y me paso a alistarme.