Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 8 La fortaleza de cristal.
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Capítulo 8 La fortaleza de cristal.

A la mañana siguiente en la universidad tocaba clase con la maestra Zafiro. Maeva y Pabel se encontraron, aunque ella estaba muy distante esos días, ya se estaba haciendo la idea de la relación de su madre con Pabel.

Si nunca había sido feliz con el hombre que no era su padre, con Pabel veía a su madre con un brillo distinto, más arreglada, tocando más su cuerpo al cambiarse, haciendo ejercicio todos los días, viéndola libre, más decidida y con un plan para abandonar a ese hombre.

Pabel estaba mirando hacia todos lados, tapándose como si una corbata usara, con un andar muy apresurado, y ella le preguntó:

—¿Te encuentras bien, Pabel?

—Bueno... sí —respondió titubeando—.

—¿Por qué tan tapado? Hace calor.

Maeva se acercó para quitarle esta extraña camisa alta que llevaba puesta y vio semejante marca en el cuello. Por un momento sabría que era parte de la relación entre ellos y que lo tenía que ir digiriendo despacio.

—Me lo hice afeitándome.

—¿Ahora te afeitas el cuello? Te afeitaron, que es muy distinto.

Mira lo que pasa entre ustedes, no me tienes que ocultar, ya con el tiempo tendré que hacerme la idea; si son felices, bien por ustedes.

—Es que... qué más quisiera yo que fuera con ella, cuánto sueño con ello, pero... no fue con ella.

Y en eso llegaba la profesora Zafiro.

—Buenos días, Pabel... estás creciendo rápido, inteligentemente hablando, tú me entiendes.

Sólo habían llegado ambos al salón; a la maestra no le importó nada verlo con Maeva.

Dejó sus cosas y salió un momento, sin quitarle la vista al muchacho, esperando a que vuelva a cabalgarla, quería más de él, sentir su pecho forjado por el trabajo diario y envolverse en los rizos de sus cabellos, tomándola en sus brazos y llevar su barco al paraíso del placer.

Maeva entendía perfectamente lo que había pasado entre ambos; cada palabra fogosa que salía de la boca de Zafiro, más se abría la boca de la muchacha, hasta que se fue la maestra, moviendo las caderas igual que si aún estuviera disfrutando el cuerpo del muchacho.

—¡Eres un miserable!, si antes te aborrecía, ya no sé qué siento. ¿Con la maestra Zafiro? De verdad que parece una actriz de películas para adultos, siempre te estuvo acosando tanto tiempo, hasta que por fin obtuvo lo que quería, francamente es una resbalosa.

—No sé qué me pasó, no sé si ella me puede perdonar.

—¿Y ahora sí piensas en ella?, y cuando te revolcaste con esa cualquiera, te olvidaste de ella; tan fácil que es negarse, darse la vuelta y decir: "¡No!". ¿Cómo se encontraron?, si siempre la rechazabas en todo momento, ¿qué pasó?

—Supo por dónde presionarme, me pidió ayuda con la chapa de su casa y luego caí en sus redes.

—¿Y tú, tan tarado, caíste despacito, la mansa e inocente paloma de Pabel?

, ¡me da tanta rabia! Esta desgraciada primero le quita el marido a mi mamá y ahora que quiere a alguien nuevo, también se lo quita.

Pero no se va a quedar así, haré hasta lo imposible para que te perdone, todo para que no gane esta regalada. ¡Me da tanta cólera

—Gracias, Maeva, sé que esto es muy delicado para ti, pero lo valoro mucho, siempre has sido una gran amiga.

—¡No lo hago por ti!, por mi madre sí, para que no le estén quitando a sus hombres esta mujer que no tiene nombre ni perdón. Hombre que ve, hombre que se lo lleva a la cama.

Maeva golpeó la mesa y apretó los dientes, quedándose, pensando en cómo ayudar a Pabel con su mamá.

—Sin tu ayuda no lo lograría.

—No me vengas con poesías, ahora vas a tener que someterte a la inquisición para limpiar tus pecados. Estás casi igual que Nikolai, solo te hace falta estar en fiestas donde intercambian parejas. De verdad que cuando ingresé me sentí paralizada por el humo que circulaba, casi abusan de mí.

—Ya no vayas a esos lugares, ¿te hicieron daño?

—Gracias a la abundancia, no.

—¿Gracias a la abundancia?, suenas como mi mamá, ¿dónde escuchaste eso?

—Una frase que escuché por ahí, no me vengas con interrogatorios, que el culpable eres tú.

—Está bien, está bien... ¿Eso significa que me has perdonado?

—¡Maldita sea!... Sí, sí, te perdono —Pabel se acercó para abrazar a su fiel amiga.

—En esos lugares suelen aplicar unas drogas en el aire, en la comida también.

—¿No será que Zafiro te habrá drogado también?

—Posiblemente, porque por momentos sentía los senos de varias mujeres, su figura distorsionada, hasta que luego de un momento desperté; tampoco sentí la marca de mi cuello.

—Esa vieja te ha drogado, ¿te dio comida o bebiste algo?

—Sí, me dio carne y luego vino, pero el vino me dio ganas luego de comer la carne; no me gustan los licores, me gusta saborear todo con mis sentidos totalmente conectados.

—Eso suena muy cálido, por favor, no sigas, que yo estoy a dieta porque ya terminé con el idiota de Nikolai.

—¿De veras?, ¿no se amistaron?

—No sé, ya veremos, capaz las mismas drogas lo indujeron a eso, aunque a él no lo vi tan paralizado, estaba muy suelto, no sé.

Pabel se quedó pensando y luego intentaba recordar algo más de la noche anterior con Zafiro, pero solo recordaba lo del espejo cuando se vio la marca en el cuello; lo demás aparecería en los días siguientes.

Por lo menos al ser su primera experiencia sexual le debía quedar algún recuerdo grato, pero no era así; sólo mantenía el susto de que su verdadero amor se le pudiera escapar.

En la clase, la maestra explicaba toda la materia para él, lo miraba, respiraba como recordando sus caricias, se quitaba los lentes, los tenía en la boca como jugando, recordando su miembro cuando lo tuvo allí.

Una atención plena hacia él; los alumnos distraídos por su celular no se percataban, solo Maeva, que seguía apretando sus dientes y haciendo algunas preguntas para desviar la atención. Zafiro alcanzó a decir:

«Preguntas al final». Esa clase era un ritual de apareamiento; cada palabra le arrancaba una prenda. Ella se desplazaba por el escenario, bailando para él. Ya al terminar, no dejaba de verlo, pero Maeva se lo llevó del brazo a la fuerza.

—¡Qué zorra!, prácticamente te estaba diciendo que le hagas el amor, es de lo peor; con más razón voy a ayudarte para alejar a esta vulgar.

Zafiro subió a su oficina, donde encontraría a Ágata en su santuario; acercándose para provocarla, le gustaba siempre presumir de todo lo que hacía, y esta vez no sería la excepción.

—Hola, Ágata, te veo muy contenta, mucho cariño con tu mesa, ¿allí estuviste con tu hombre?

—Hola, Zafiro, qué cosas dices, ahí no fue.

—Ah, entonces fue en otro lado, eso está bien, si tu marido no te cumple es mejor que busques a otro, ¿quién es?

—Nadie, no es nadie, ¿a qué debo tu visita? También te veo muy radiante, ¿tuviste una buena noche?

—¡Sí, amiga, al fin lo hice caer a este muchacho! —el rostro de Ágata cambió, sus puños se cerraron, su mirada se agudizó y permaneció en silencio, preparándose para escuchar el nombre que no quería oír de los labios de ella ni de sus redes.

—¿Quién?, ¿el muchacho que te rechazaba?

—El que antes me rechazaba, Pabel. ¡Qué rico la pasamos!

, ese pecho, esos rizos, con ese miembro bien erguido, lo saboreé toda la noche, hasta que se asustó y se fue —Ágata imaginaba estrellarle la cabeza contra el vidrio y gritar: «¡Deja a mi hombre!

», pero seguía apretando los dientes para no asesinarla.

—¿Se asustó?

—Sí, debe ser que se le pasó el efecto.

—¿Qué efecto?

—Todo preguntas, amiga, pero te cuento: si tu hombre se hace de rogar o si tú no quieres ser tan recatada, tengo unas drogas líquidas sin sabor; eso se evapora y actualmente lo sueltan en las discotecas, para que la gente se libere y luego se olviden, por ahí algo se acuerdan, pero la mayor parte se les olvida.

—¿Esas drogas existen?

—Sí, si necesitas, me pides y te doy a buen precio; estas mismas drogas usan en esta discoteca cerca de la universidad, donde hacen sus orgías.

—Pero ¿no querías sentirlo realmente?, ¿no lo quieres?

—Yo solo quería que me penetren, ya que mi hombre no me satisface; necesitaba alguien que me cumpla y este niño está bien delicioso, con ropa y sin ropa, tiene su porte, me hizo venirme, quiero sentirlo muchas veces más entre mis piernas, pero ahora le voy a echar más dosis para que me haga suya más tiempo.

—¿Cómo lo conseguiste? —Ágata respiró un poco al saber que Pabel fue drogado.

—Bueno, le dije que la chapa de mi casa estaba malograda y, como él es muy servicial, se ofreció a arreglarla; de otra forma no había caído antes, su amabilidad lo llevó a mi cama.

—¿Y algo habrá disfrutado?

—Yo lo disfruté todo, en cada rincón mío; este niño no porque estaba como perdido, con los ojos desviados.

Son potentes estas drogas, lo tenía domado, a mi entera disposición. Cuando terminamos, lo vi arrepentido.

Por qué reaccionó, dijo algo al verme como: «No me va a perdonar» y se fue.

—Ah bueno, ya entiendo, tal vez recordó a su pareja.

Esta mujerzuela me está quitando a mi hombre, tengo que ser muy discreta.

Pero a Pabel no lo dejaré ir; prácticamente ultrajaron a mi hombre y yo haciéndome de rogar, aun así, usaré esto para ir ganando más terreno en él.

De paso comprobaré si realmente está interesado en mí o sólo quiere mi cuerpo, como me utilizó Altair.

—Cuando gustes te doy de esta droga, es muy efectiva y aparte es adictiva. Nos vemos, cuídate.

—Bueno, tengo que seguir, nos vemos.

Ágata se quedó apretando los dientes, apretando los puños, mirando hacia el vacío para encontrarse con los brazos que ya habían probado la piel envenenada de Zafiro.

En la tarde, Altair llamaría a Pabel por teléfono; él, al ver la llamada, se imaginaba: ¿Ágata le habrá contado?

, ¿lo habrá descubierto?, ¿por qué me llama?

, mejor no le contesto, posiblemente se ha confundido.