Capítulo 7 El rostro en el mármol. #4
—Pabel sonreía con un gesto ligero, se sentía poderoso, aislado del mundo, y los dos pecadores querían más de ese fuego.
Se fue a su cuarto, pero vio una foto de Nikolai; no era momento de ser detective y se fue alocado por el banquete que le esperaba, fue por su misión y luego por Zafiro, que estaba dispuesta a todo.
—Ven que te ayudo —rozó el preservativo y con la boca fue a colocárselo a su amante—.¿Eso te gustó? Tú dime y yo te lo hago.
Pabel se retorcía, ahora él era quien desfallecía, un trance entre la vida y la muerte.
Las luces se apagaban y se prendían, no lo resistía; ella disfrutaba al verlo encendido, lo tocaba y besaba cada rincón de él, su lengua caminaba y besaba cada espacio que antes había tocado a la fuerza.
Tomaba su miembro con fuerza y cariño a la vez, devorándolo como el último bocado que quería probar.
Ella sabía, porque sentía cómo se hinchaba más, y le dijo:
—Ven, mi amor —ella se puso de espaldas pensando que era la fiel rutina que llevaba con Altair, de satisfacerlo sin pensar en su placer.
—Quiero verte —una voz de Pabel como un muerto viviente la giró hacia él, la miró y ahora sí dejó que la besase; ella tomó su miembro y lo introdujo en su ser.
Él nunca había estado dentro de ninguna mujer, la sentía húmeda conforme iba ingresando; ella lo apretó con sus piernas para sentirlo más adentro, mientras se dejaba besar los pechos, él se aceleraba por su inexperiencia, sus manos acariciaban sus glúteos firmes para bailar la misma danza. Pero lo detuvo y le dijo:
—Quédate adentro en pausa, quieto; si no, se acaba el placer más rápido y me dejarás encendida, haz pausas, muévete en mí y luego deja todo tu miembro adentro, me gusta y sígueme besando, tócame toda, estás aprendiendo, mi amor, toma aire para despejarte.
Pabel hacía la pausa y respiraba, mientras la penetraba con toda la energía que tenía acumulada; unas pausas para acomodarse y luego volver a entrar en ella, ambos se retorcían.
Ahora sí sudaban, ambos sudores se mezclaban, los fluidos de ambos los sentían entre las piernas, y los olores los encendían más.
—Ella le dijo: "Trae esa copa de vino y tíramela en los pechos, luego chúpame como bebiéndolo por completo".
Pabel agarró la copa que tenía vino y la roció en los pechos de Zafiro; eso la encendía, solo lo imaginaba, pero nunca lo sentía, el alcohol entraba en sus poros y en sus pliegues, ardía, pero la excitaba más, pasó a sumergirse en sus pechos y ella lo apretaba más, ya sin pausas.
—Sigue, mi amor, un poco más, estoy por venirme —cuando en eso, un grito profundo y suave de canción de jazz soltó—: ¡Ahhhhh!
, ¡Pabel, mi amor! ¡Ahhhh! —soltó todos sus fluidos sobre él, sintiendo una ligera succión y los sonidos de placer que emitía su interior.
Ella, acabada completamente, ya no quería ser tocada, lo estaba apartando, cuando en eso, Pabel soltó todo su semen saliendo y provocándole placer.
Ella lo disfrutaba, él también, ambos extasiados; sentía la presión en su interior y él apretaba sus brazos como si el mundo se fuera a terminar, cerrando los ojos para aumentar la pasión.
—Sácalo, mi amor, estoy completamente satisfecha, recuperémonos y seguimos, mi vida.
Pabel, al despertar de este hechizo, volvió a la vida recordando lo que vino a hacer y lo que hizo después; llegó a su mente: «¡Ágata!». Al romperse ese cristal que no lo dejaba ver, sus ojos cambiaron, se tocó el rostro y miraba hacia el suelo, se tocaba la cabeza y la movía.
—¿Te arrepientes, mi amor? —Zafiro, perdóname, yo amo a otra mujer, soy un estúpido, nunca me perdonará.
—Yo no pido que me ames, solo quiero que llenes mi cama y vacíes todo mi ser, me encanta, mi amor, lo haces delicioso.
Descansemos y sigamos toda la noche, aún tengo más energías, nunca había disfrutado tanto, quédate, ahora vayamos a mi cama y podemos probar todas las posiciones que quieras. De ahora en adelante seré tuya, mi amor, y cuando quieras puedes tenerme; ahora soy tu mujer.
—No, Zafiro, me voy, perdóname, esto no debió pasar, voy a cambiarme y me iré.
Pabel se cambió y se fue al baño para ducharse; en eso, se miró al espejo por lo canalla que había sido con Ágata, que pensaba dejar todo por él y así le pagaba.
Cuando miró al espejo, su cuello estaba marcado.
¿A qué hora pasó eso? Recordó que, en el clímax, cuando sintió la succión de Zafiro, ella le besó el cuello intensamente.
Se dio un baño de agua helada largo; el agua caía y él miraba el suelo, durante todo el éxtasis se había olvidado de Ágata.
Vino a su mente sus ojos, todo su ser real, cambiado por Zafiro, una mujer hermosa pero artificial que ni siquiera lo iba a llegar a amar, solo le gustaba que "llene su cama", como ella misma le dijo.
Pabel se cambió y se fue. Zafiro se reía y se tocaba desnuda, sabiendo que ahora tenía un amante al que podía usar a su antojo y Altair solo le serviría para obtener el dinero de los desfalcos que le estaban provocando a la universidad.