Capítulo 7 El rostro en el mármol. #3
Pabel se dio una buena lavada de rostro y se lavó bien las manos para comer, porque ya se había bañado en el trabajo.
Ya cuando salió del baño, vio a Zafiro con ese babydoll y descalza, aún con el cabello húmedo, todas sus curvas bien maquetadas en la poca tela que tenía.
Pabel sintió todo el fuego a la distancia de su depredadora, sólo alcanzó a decir con la boca bien abierta:
—¿No comeremos en la mesa? —con voz temblorosa.
—Mejor en el mueble, corazón, quiero estar más cómoda; justo acá tengo un buen vino que cae perfecto con la carne que preparé para ti y así charlamos.
Pabel se acercó; se sentía cansado por el horario laboral y traía un hambre terrible.
A cada momento notaba cómo ella se rascaba entre los senos y su ropa bajaba ligeramente.
Cuando ya la carne y el vino hicieron efecto, observó toda esa piel tan bien cuidada, pero descuidada de amor.
Una mujer dispuesta a todo; él, sin ninguna experiencia, estaba cayendo lentamente en las redes de esta deseosa mujer.
—Me miras mucho, corazón, ¿también se te antoja tocarme como postre?
—Pabel veía cómo se formaban sus pezones a través de su babydoll y por momentos veía sus piernas, de las que se mostraba gran parte de su geometría, sin nada que imaginar—.
—No, perdóname, Zafiro, debe ser el vino, nunca tomo.
—No hay que perdonar, mi amor; ¿no me digas que nunca has tenido intimidad con una mujer?
—No es eso, es el… vino, me ha movido todas las ideas, no quise incomodarte —el estratega ya no tenía más libros que usar, estaba totalmente desarmado frente a tan impactante mujer. Zafiro sería más cauta ahora para ver qué haría el muchacho.
—No creo que un hombre tan guapo y fornido no haya desvestido y hecho suya a una mujer, ¿o no?
—Bueno… de veras que no —Zafiro sonreía de excitación por el pez que caía en sus redes.
—Por favor, ¿puedo estirar mis pies?, estoy muy cansada.
—Está… bien, sí —Pabel comenzaba a sentir un efecto raro en la cabeza más allá del vino; sus ojos comenzaron a perderse en el tiempo.
—¿Me los masajearías también?, estoy muy tensa.
—Está bien —pero cuando estiró sus pies, Pabel observó cómo se mostraba su monte, donde ella quería que el muchacho comenzara a escalar. Sus ojos cambiaron de perdidos y asustados a perdición y lujuria.
Volvía algo del casanova de biblioteca, paso a paso, conforme acariciaba los suaves pies de Zafiro.
—¡Qué delicia de manos, cariño!, no te detengas, tienes unas manos divinas, mi amor; ¡sigue por favor!, sube más, corazón mío, tengo los muslos tensos —sus palabras cambiaron lentamente mientras más se encendía. Pero esta vez lo haría esperar; conforme subía por sus muslos, le dijo:
—¿Pasarías a mis hombros?, el trabajo me tiene muy tensa, veo que estás muy crecidito, mi niño
—Zafiro divisaba cómo se abultaba el pantalón del joven y quería tenerlo adentro, pero lo haría sufrir por las veces que la rechazó; ya lo tenía para ella, carne por carne y vino por vino.
—Como tú quieras —mientras la masajeaba, entre sus hombros y cuello se iba sintiendo más poseído; tal como los libros le enseñaron, reaccionaba en piloto automático.
Bajaba por su espalda, ella retozaba de placer, nadie la había tocado así; su piel lo necesitaba, toda esa frustración, todas esas máscaras, ese amor no correspondido, por un momento se apartaban.
Sus manos luego viajaban a su cabeza, que tantos planes cavilaba, de allí a sus orejas; ella no lo resistía.
El alumno aprendía rápido, los libros hicieron efecto; tocaba su cintura, ella tomó sus manos hacia sus pechos, endurecidos por la ambición, su único rostro de humanidad descansaba en sus aureolas muy encendidas.
Ella lo guiaba de manera circular con una mano y la otra hacia su cuello.
El viajero también contenido, lleno de fuego, con ganas de romper el sello de "la primera vez", ella toda una guía de exploradores, lo llevaba; sus ojos como agonizantes y su respiración en desahucio indicaban que no sólo la comida de sus manos iba a probar.
Ella llevó sus manos a las tiras de su babydoll, quitando sus vestiduras despacio; ella saboreaba en sus labios el manjar que vendría luego, se volteó muy despacio.
Ya lo tenía hechizado, embrujado con esa piel deseosa de sentirlo, algo que la comida llevaba y los aromas que despiertan la lujuria y el placer.
Ella no quería besos aún, él lo intentó, pero ella lo llevó a sus montes; el plano que dibujó con sus ojos ahora lo tenía frente a frente para disfrutar el viaje, mientras besaba uno de sus senos ella acariciaba el otro, alternando entre la cumbre y sus labios, en círculos que la hacían sentir y soltar melodías de inmenso ardor.
Su cabeza giraba en diversas direcciones, mientras sus manos bajaban más, retorciéndose con movimientos de un ritual, entre la respiración cortada y los sonidos convertidos en un tono más rítmico; ella lo necesitaba.
Ambos caminaban por senderos que no tienen retorno; lo hizo bajar a donde sus manos jugaban para que probara el jugo que estaba invocando, no lo resistía, ella quería más.
Lo dejó olvidado en ese paraje de puro fuego, sus manos despeinaban su cabello aún húmedo, los ojos apagados la hacían disfrutar más.
—¡Quédate allí abajo, por favor!, ¡ahhh! —una voz de madrugada que calienta el frío del sereno, lo apretaba hacia ella; la melodía se hacía más intensa y la liberación de la lava que vivía en ella se desató con un profundo "ahhh", más agudo al final.
Él seguía besándola, más poseído por los fluidos que probaba y seguían brotando de ella. Ya al no poder más, quedaba intocable y lo apartó un momento.
—¡Qué rico, mi amor!, ¡una delicia!, ven ahora dentro de mí que quiero sentirte, así caliente como estoy.
Sin decir nada, Pabel, totalmente endemoniado, suspendido en el tiempo, pasó a desvestirse como un autómata; quería devorarla, ella, vulnerable luego del clímax, quería más.
—Anda a mi cuarto, que está al fondo, y trae unos preservativos; tenemos todo el día para jugar, mi amor, sino me preñas y tal vez me dejas.
Quiero tenerte siempre, mi vida, me has hecho sentir algo muy delicioso, ningún hombre me ha tocado así, me has liberado toda, soy tuya todas las veces que quieras.