Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 7 El rostro en el mármol. #2
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Capítulo 7 El rostro en el mármol. #2

Los pechos hermosos pero artificiales con pago de Altair, pues ella sí lo hacía gastar lo que le negaba a Ágata; los glúteos artificiales con la misma fórmula la hacían una mujer artificial, pero muy apetitosa, porque belleza y sensualidad no le faltaban.

Ella lo miraba, sí lo deseaba, pero en una historia distinta; quería caricias, pero eso Altair lo reemplazaría por desvestirse, sólo bajándose el pantalón que le había planchado su esposa sin importarle arrugarlo.

Con las puertas secas, el ardor no causa tanto placer; ingresó en ella recostándola en el mueble, terminó con una primera letra del abecedario sostenido, se fue al baño a lavarse y se sentó porque quería hablar con ella.

Zafiro, totalmente caliente, respiraba como los caballos luego de un trote duro, pero por la falta de más carbón a la cocina.

Sólo algunos fríos besos, no había fluidez; eso lo reemplazó por la resequedad de una intimidad donde sólo él se satisfacía sin importarle el deleite de su mujer de ocasión.

Nunca le interesó ninguna mujer, solo contar con cuántas se acostaba y tenerlas como trofeos, cada una apuntada en su libreta muy bien guardada.

Las coleccionaba como modelos de numismática para presumir de su hombría cuando jugaba al balón con gente que al final lo aplaudía mientras más gastaba.

Muchas de las mujeres salían de la casa de apuestas o eran las cazadoras que trabajaban en la cancha donde jugaba y les vaciaba los bolsillos.

Por todos lados estaba rodeado de intimidad vacía, y las mujeres que sí lo amaron también fueron una más en su libreta. Ella, aún caliente, quería que por lo menos la abrazara o la besara, pero le dijo el difunto:

—Déjame que esté fumando, tengo algo para ti: para evitar que Ágata no se dé cuenta del desvío de fondos de los proyectos estudiantiles de emprendimiento, vigílala, porque parece que se avivó y ya tiene un amante.

—¿Amante?, jajaja, se ve que nunca conociste a tu mujer; cada vez que le hablo de sexo, se espanta.

Además, ¿con qué tiempo tendría un amante?

, si trabaja en tu casa y en el trabajo avanza su turno y termina todo siempre a tiempo, todo en orden; el señor Octavio por eso ni viene, ella le resuelve todo.

Dudo mucho que tenga un amante, es muy mojigata para tener una aventura.

Además, que te ama, eres su adoración, por eso ha cuidado a tu hija y te cuida bien.

—Tú dedícate a seguirla, a ver qué te enteras; todo eso que me dices son sus funciones y tiene que cumplirlas siempre.

—¿Todavía tienes sexo con ella?

—Como tanto tiene que hacer, me ha tenido desatendido siempre, ya no nos acostamos.

—Pero siempre que estamos, te siento vacío, ¿o tienes una amante más?

—¡Confórmate con que venga a verte!, en vez de estar pensando eso, busca al miserable que fue el papá de tu hijo.

—A ese hombre le voy a quitar todo, porque hasta ahora me hace sufrir, es un desgraciado, no le quedará más energía para engañar a más mujeres.

—Los hombres no servimos para estar con una sola mujer, necesitamos variedad.

—¿Y si la amante sale embarazada?

—Eso es asunto de ella, porque no se cuida bien, es su responsabilidad cuidarse. Si sale embarazada, ella se hará cargo, porque nunca dejaría a mi familia por una simple amante.

—¿Nunca te has enamorado entonces?

—Jajaja, ¿tú te has enamorado?, tú sabes tu papel; desde el simple hecho de meterte con un hombre casado, jamás pretenderás ser mi mujer principal.

Tú eres sólo un amor de unas horas y me ayudas a desfalcar a la universidad; somos cómplices y tenemos sexo, pero nada más.

Nunca te he prometido nada y te he dado expectativas a diferencia de otros hombres que prometen dejar a su familia para irse con su amante y nunca lo hacen.

Peor aun cuando hay separación: una mujer dice "voy a ver al padre de mi hijo", pero nosotros decimos "voy a ver a mi mujer", con la intención de tenerlas también en nuestro harén, porque de allí nunca salen o hacemos hasta lo imposible para que no sean felices por dejarnos.

Agradece que yo separo bien las cosas. Ágata siempre va a ser mi mujer y Maeva mi única hija, no hay más familia que ellas.

Ahora no me vayas a salir con tus reclamos, ¿o sí?

—No, todo bien —pero Zafiro contenía una pena enorme, caricias a medio hacer y siempre insatisfecha. Ni un beso intenso con este hombre; al menos la otra vez fue un beso, ella pensó que siempre sería así, pero sólo fue por aquella vez que los vio Maeva.

—Bueno, encárgate de eso si quieres seguir teniendo parte de ese dinero que te doy —la otra parte se derrochaba en el fútbol y la casa de apuestas.

—Está bien, Altair, le echaré un ojo a tu mujercita.

—No me vengas a celar, que sólo son negocios y sexo.

—Está bien. —Chau.

Se subió el pantalón y ni un beso de despedida, sin abrazos, ni terminar abrazados o encuadernados para recuperar energías y seguir amándose.

Ella quedó con una ropa especial que se había comprado para él, para verse más sexy, pero ni la miró; sólo la usó como una mesa para planchar, subió en ella y luego se bajó como en un transporte público.

Se miraba en el espejo, hermosa de rostro, pero con una mirada llena de amor-odio hacia Altair; un cuerpo que sólo ella tocaba con amor.

Se tocaba los pechos, los sentía firmes pero endurecidos por el deseo de complacer a Altair y ver algo más excitante al hacer el amor, sin embargo, nunca la veía.

Tocaba sus nalgas también sin movimiento natural, todo un cuerpo rígido que tampoco disfrutaba su amante.

Inflada como las ilusiones que hizo para estar con él y ser su mujer, abandonando a su familia, pero desinfladas por todas las bestialidades que salieron de la boca de este falso amante.

Nunca pensaba en ella, pero tenía la esperanza de que algún día cambiara y se fugaran juntos; allí recién le revelaría que Nikolai era el hijo varón que nunca tuvo, pero que ya lo estaba corrompiendo sin que supiera la madre.

Un juego de máscaras, cada uno con un interés distinto, pero unidos por la ambición, motivados por el famoso: «es que gano poco, por eso debo robar a la compañía que gana tanto», una equivocación total y una falta de vocación para ambos, a diferencia de Pabel, que gana menos, pero valora más lo que tiene.

Zafiro tenía la misión de seguir a Ágata y encontrar quién era su amante, pero estaba totalmente insatisfecha de tantos momentos de placer y rechazo; esos enfriamientos bruscos destruyen el alma.

Con ganas de prolongar más sus encuentros íntimos, sentirse tocada hasta lo más hondo de su ser, que la besen en cada rincón como la preciosa que es.

Carecía de mucho afecto y el abandono de Nikolai por parte de Altair la tenían llena de mucha presión y con ganas de liberarse.

Era muy bella, deseable, pero muy calculadora, la mente maquiavélica de las tres piedras preciosas.

Tenía una misión con este hombre que amaba, sin embargo, llegó a corromperla más, convirtiéndola en lo que era ahora, todo por inyectarle dosis letales de ambición y éxtasis acumulados.

Ese día por la noche, Pabel salía temprano del trabajo y justo por ahí Zafiro lo estaba esperando.

—Hola, Pabel, qué gusto verte.

—Profesora Zafiro, buenas noches.

—¿Profesora?, llámame Zafiro; por lo bonito que estás me dan ganas de raptarte, ya estamos en la calle —Zafiro sabía que ese día Nikolai se iba a jugar pelota y llegaba de madrugada.

—Está bien, Zafiro, ya me voy, mañana tengo clases. Nos vemos.

—Espera, ¿me podrías hacer un favor?, me llamó mi hijo, me dijo que la manija de la puerta estaba malograda y, como tú reparas aparte de limpiar todo lo que puedes aquí en la universidad con esas manos benditas, ¿me ayudarías?

—ella sabía que Pabel nunca decía que no, siempre que se tratara de ayudar a alguien.

—¿Tienes un hijo?

—Sí, pero tenía que irse a jugar fútbol con sus amigos.

—Bueno, está bien, Zafiro, vamos.

—Ven, sube a mi carro para irnos.

Previamente, Zafiro le encargó a Nikolai que sólo dejase la chapa porque ella quería cambiarla.

Muy aparte, en el edificio donde vivía había demasiada indiferencia; cada vecino vivía en su mundo, podían matar a alguien y nadie se enteraría. Lo que mantenía seguras sus cosas y las visitas de su amante Altair.

—Llegamos, Pabel, ¿cómo la ves?

—Bueno, esta chapa puesta está algo desgastada, habría que ajustarla porque se ve que la han soltado nada más.

—Lo más seguro es que mi hijo trató de cambiarla, pero no pudo, por eso le encargué que compré una nueva. Es esta que tengo aquí en la mesa, ¿crees que encajará muy bien?

—Sí, sí va a entrar muy bien, ¿me prestas un desarmador?, me tomará un tiempo.

—Eso espero que, entre bien, me iré a preparar algo para comer, ¿comes de todo?

—Sí, me gusta de todo, justo tengo un hambre de lobo.

—Voy a ver cómo calmar tu hambre de lobo.

Pabel estaba reparando la chapa, en tanto que Zafiro se fue a poner más cómoda; se quitó su traje azul, el mismo uniforme que usaba Ágata, que en ese momento no le venía a la mente por nada.

Se fue a poner un babydoll color negro y se fue a dar un duchazo mientras el joven reparaba la chapa.

Totalmente lista, se fue a la cocina a freír unos trozos de carne con algunas verduras de guarnición y un buen Cabernet Sauvignon para ayudar a la digestión y extender la conversación, en todo momento descalza.

—Zafiro, ya terminé.

—¿Tan rápido, cariño?

—Sí, ya está todo bien adentro y bien colocado.

—Justo eso quiero, ven para que te sirvas lo que mis manos hicieron para ti; la cena está bien caliente y lista para ti.

—Está bien, muero de hambre, pero por favor, préstame tu baño para lavarme —aún no veía cómo estaba vestida, ella permanecía en la cocina—.

—Usa todo lo que necesites, todo lo mío es tuyo.

—Gracias, ya vuelvo.