Capítulo 7 El rostro en el mármol.
Siento el apoyo de Esmeralda y ahora el apoyo de mi hija como cómplice en casa, pero aún me falta vencer a la sociedad.
¿Qué dirán las demás personas de esto?, ¿debo pensar en otros antes que en mí?
La sociedad más busca criticar que hacer; se les hace más fácil y eso los motiva a seguir rompiendo tantos sueños.
Respiro más libre, pero aún me siento ahogada, el agua aún la siento como agua de mar, aún no es el alimento que necesito para vivir.
Ágata se puso su atuendo que comprimía su cuerpo; para respirar con mayor facilidad no llevaría ningún tipo de lencería, solo sus leggings apretados que formaban su cintura y levantaban sus glúteos.
Hizo sus estiramientos para prepararse a correr en el parque cercano a casa, con el vacío habitual que nos regalaba la calzada.
Una vuelta tras otra sentía nuevamente la mirada desde los arbustos, pero ya sin temor.
La directora se puso a meditar, dándole a su cazador una invitación carnal.
Se sentó en una banca para esperar a su amante furtivo; respiraba la calma y expulsaba el ardor de su cuerpo.
En eso, Pabel se acercó; ella sabía que era él, los aromas naturales se volvían a mezclar como en las maderas de su oficina.
Desde su mirada la sentía; ahora todo se materializaba con su presencia y un abrazo cálido por la cintura, ella estiraba el cuello para ser besada. Pero ella estaba curtida con sus especias corporales totalmente equilibradas que encendían a su amante.
Ella amaba ser tocada por él; guiando sus manos por el escote de su ropa de correr, sus dedos corrieron para tomar sus pezones que recordaban la noche anterior, encontrándose listos para aumentar un leño más al fuego.
El joven, totalmente de pie, la acariciaba; ella giraba su cabeza en su pecho y, con sus manos libres, pasó a meter una de ellas en su pantalón y frotar su miembro desde la base hasta la punta, jugando con los fluidos que brotaban para que disfrutara más.
Una danza entre sus pechos totalmente endurecidos y su miembro encendido por estallar; ella disfrutaba y, para no perder el ritmo, una mano arriba y la otra abajo por su vientre hasta sus leggings, ingresando a la caja de Pandora, tocando sus labios como guio antes a su lengua, ahora convertido en DJ de las pistas de su disco con pliegues que se humedecían más y más.
Otra vez se alistaban las puertas, lubricando cada vez más el ingreso para recibir al invitado que estaba cerca; los sonidos se mezclaban en una melodía aguda.
Ambos se movían al ritmo del amor; ella lo besaba de costado en una posición incómoda pero que disfrutaba, porque el director de orquesta sabía dónde tocar: un movimiento, un sonido más exótico; eso encendía a Pabel, que también gozaba.
Ella tocaba sus testículos, apretándolos ligeramente y acariciándolos, frotando sus venas, preparándolo para que venga hacia ella.
Sus jugos fluían con más facilidad, las manchas se notaban más en sus leggings; en el pantalón del joven una mancha crecía y crecía, ambas manchas acortaban las ropas que los separaban.
Ya por soltar todo el mar que escondía su clímax, Ágata le agarró el miembro y le dijo:
—Aún no, no es el lugar, espera.
Él, con el miembro totalmente encendido por salir y entrar en ella, no podía esperar más; quería sentir todo su ser totalmente preparado, listos para saborear cada gota de placer, sólo una maniobra y sería suya.
—Está bien —le dio un beso en el cuello como señal de un adiós.
¿Mejor que me quede con él?, ¿pero hacerlo en el parque?
, lo que me hace pensar este muchacho, pero cómo me tiene —Ágata saboreaba en su interior—, aún me siento atada, quiero complacer a todos y dar explicaciones.
Todos son felices por aceptar ese molde, pero siempre quedo confundida, agotada, no es el momento de sentirme libre.
Mi nueva versión femenina empuja desde adentro a cada momento, pero esta coraza es dura, siento algunas grietas, pero aún no la puedo destruir.
Necesito más energía, más impulso y más valor para romper esta maleza, pues la sociedad no va a entender nuestra diferencia de edades, o una exitosa profesional, o la directora que es como el primer engranaje con él que, a pesar de su gran valor, la sociedad lo ve como el último engranaje de la compañía.
La sociedad nos ha programado a la prohibición, a un rotundo "no", eso no es para ti, sin intentar nada nuevo.
Sonrisas fabricadas copiando el mismo foco, repitiendo lo de siempre, he innovado muy poco.
Cuando la real fórmula es conocer esas prohibiciones, si realmente no nos dañan, y sacar nuestra mejor versión para evitar cualquier daño.
Me siento como un samurái; mientras más rango obtuve, mi armadura se hizo más pesada, es el peso que me deja la sociedad en mis hombros, aunque a pesar de este peso enorme quiero seguir.
Por momentos llega la libertad, sin armaduras, ni cargos, ni edades, sólo una mujer y un hombre, dispuestos a entregarnos al más puro sentimiento del amor.
Ágata llegó a su casa; allí se encontró con Maeva esperando si el muerto despertaba, justo se dio cuenta de las manchas que el amor hacía brotar.
—Mami, descuida, yo me encargo de lavarlo.
—Gracias, hija —le dijo sonrojándose, pues era un tema que nunca habían tratado, un tabú en casa, pero un placer vivirlo.
En esos segundos, Altair escuchó algunos cuchicheos de complicidad y se acercó con Maeva para preguntar:
—¿Por qué tanta bulla?, ¿qué haces lavando la ropa de tu mamá?, si ni tu ropa lavas.
—Bueno, voy madurando y quise ayudar a mi mamá; hace muchas cosas en casa, quiero darle menos carga.
—Esas manchas son algo extrañas, están muy marcadas, ¿qué me vas a decir ahora?
—Es el sudor y nosotras las damas a veces tenemos un ligero descenso por alguna ropa muy ajustada.
—¿Sin ropa interior se va a correr tu mamá?
—Ella se está poniendo bella para ti y así se siente más cómoda seguramente; por eso, salir a correr le ayuda a ponerse más firme y escultural.
—¡Ah!, lo dudo mucho, ni con rutinas ni con nada volverá a ser la de antes, ya los años le van pesando.
—Descuida, papá, es sólo para ti.
Altair comenzaba a notar ciertos cambios en Ágata: olvidando algunas cosas, ya no se justificaba tanto como antes, las mordeduras, sale a correr, ropa húmeda; no se comía el cuento completo.
Ya no había todas las cosas de casa perfectas, las hacía, pero algo o alguien estaba ocupando su mente y su tiempo.
En la ducha, Ágata imaginaba seguir con Pabel, tocándola, desvistiéndola; ¿qué podía pasar?
, ¿quién vería algo?, si no había nadie, sólo dos almas perdidas que buscaban encontrarse como los compases de una melodía de amor.
El agua se convertía en las manos de Pabel, que no habían olvidado las lecciones en su escritorio.
El agua se fusionaba con sus fluidos que aún brotaban unos segundos más y la ropa estaba de más en el escenario anterior.
Cerraba los ojos para tener más intensidad, ese momento era de ella, el agua que purifica, el agua que renueva y el agua que sana las heridas de ser una viuda.
La mujer que hacía todo por su hogar y encima aportaba todos los gastos, porque el profesor del año se gastaba todos sus ingresos en la pelota o en sus apuestas, o entre las piernas de "Sol" y "Mar".
Maeva se acercó al baño donde estaba su mamá, sabiendo que el muerto ya había vuelto a su féretro.
—¿Mamá? —llamó Maeva con voz susurrante, pero no respondía.
—¿Mamá? —llamó nuevamente, pero también con tono suave.
—¿Maeva, pasó algo?
—No te preocupes, mamá; ¡ay!, tú siempre te preocupas por todo, procura estar relajada. Altair me estuvo preguntando de tu ropa, estaba medio sospechoso.
—¿Qué le dijiste?
—Que era mezcla de tu sudor con algo de descenso.
—Bien, mi niña.
—No sabía qué más decirle, los hombres siempre creen todo mientras les digamos algo.
—Eso es cierto y muy poderoso; me cambio y hago el desayuno.
—De verdad que este hombre es un salvaje, no sé cómo le aguantas tanto. ¿Algún día lo dejarás?
—Es muy complicado aún, pero... sí. Estoy planeando algo y me daré el valor para irnos juntas a empezar otra vida.
—¿Pabel irá también?
—Eso no lo sé, no sé si sólo desea mi cuerpo o me quiere completa.
—Pabel es buen chico, no creo que solo quiera tu cuerpo.
—Eso tendría que demostrármelo y será su decisión; igual, contigo estoy feliz, hija.
—Cámbiate, mami, yo hago el desayuno; como es temprano yo me encargo y también limpio la casa. Me da tiempo, incluso puedo dejar las camas listas y tú descansa.
—¿De verdad, mi niña?
—Sí, mami, cargas una mochila tan pesada; para hacer el viaje más largo, llevarás una mochila más corta, de ahora en adelante te ayudaré más. Ahora ten más tiempo para ti.
—Gracias, hija, estaba tan metida en mis labores diarios que nunca me daba tiempo para descansar —se acercó y besó a su hija, que mostraba una madurez que le permitía sentirse más libre e intentar pasos de una nueva vida.
Maeva cumplió como prometió, atendió a Altair, pero aún sospechaba: ¿por qué Ágata ya no hace nada?
, si son sus obligaciones, algo raro había entre ellas.
Dejó sus trastes en la mesa como era de costumbre y se fue, aprovechando que Nikolai se iba a estudiar; algunos días iba a la casa de Zafiro y hoy no sería la excepción. Ágata descansaba, pero su mente no:
«¿Me falta hacer algo?, ¿los platos?, ¿el piso?, ¿el desayuno?, ¿las camas?, no merezco este tiempo, me falta hacer algo, ¿por qué no puedo descansar? Plancharé la ropa de Altair para hacer algo, siempre anhelo más tiempo para mí, pero cuando lo tengo veo que aún no me pertenece».
En otro escenario, Zafiro esperaba a su profesor del año con una bata de seda color lila, lista para entregarse a él; adentro llevaba una lencería totalmente erótica, un brasier con perforaciones en las puntas y una trusa con dos tiras en la base para ni tener que retirarla.