Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 6 El umbral de la renuncia. #4
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Capítulo 6 El umbral de la renuncia. #4

—Hola, mis amigos, ¿por qué con una niña si me tienen a mí?

, acérquense, yo puedo con todos. Vengan por favor, los deseo —dentro de sus estados de posesión, dejaron a la niña que estaba temblando con la ropa destrozada y llorando con pavor por estos enfermos.

Que la atacaron. Al acercarse, de una maniobra redujo a uno; al otro, que tenía una botella recién rota, lo esquivó y lo lanzó al suelo.

Mientras ejecutaba sus maniobras, otro la agarró por atrás y ella con la nuca le rompió la nariz. Otros vieron y comenzaron a acercarse.

—¡Vámonos, niña!, no podré con todos —Maeva no dijo nada.

Afuera tomaron un taxi y huyeron. En el taxi sólo alcanzó a vestirla y llevarla a una tienda para comprarle ropa nueva; al llegar, le dijo a la vendedora:

—Por favor, señorita, su ropa me la pone para llevar.

—Ok, señora.

Luego la llevó a caminar por el mar; ahí compró algo de leña para hacer una fogata.

—Espérame, también compraré algo de comer y haremos un ritual.

—Está bien —dijo Maeva, que recién algo podía responder.

Mientras fue por comida, Esmeralda aprovechó en llamar a Ágata, contándole todo lo sucedido.

De inmediato se acercó al punto la viuda. —¡Esmeralda!, casi me ultrajan todos esos hombres desgraciados —reaccionó entre lágrimas.

—Así acabarán con mi vida, nunca lo hubiera permitido.

Hagamos algo, niña, toma esa ropa y tírala a la fogata; mientras se va quemando, observa y deja ir tus pensamientos como los leños en un río, obsérvalos y luego déjalos ir.

A tu tiempo, después cierra los ojos —la muchacha siguió todas las indicaciones y dijo—:

—Estoy lista —aún con la voz temblorosa, pero Esmeralda le traía paz.

—Sin abrir los ojos, respira, sincroniza tu respiración con las olas del mar, inhala el futuro, respira el presente y exhala el pasado.

Las olas se van llevando cada escena de estos recuerdos malditos.

Siempre respira para regresar a tu centro, eso te hace sentir viva nuevamente.

Nadie te puede obligar a nada, no porque esté de moda vas a tener tan poco cerebro de hacerlo.

Respira y repite: "yo soy paz", "yo soy paz".

—Yo soy paz.

—En el presente nada me falta.

—En el presente nada me falta.

—Eso es una parte, luego agrégale emoción, eso es el fuego de la vida; siente cada palabra que repites como si fuera tu manjar favorito. Por último, transfórmate en esa paz y sé la mejor versión de ti. Ahora abre los ojos, ¿mejor?

—Sí, Esmeralda, gracias, me has ayudado demasiado.

—Cada vez que regresen esos recuerdos, haz lo mismo; sólo el tiempo se encargará de borrar esas huellas, como las olas del mar que limpian nuestras pisadas, así te abandonan los traumas del pasado.

—Por cierto, ¿cómo supiste que estaba allí? —Veo que ya estás mejor, no se te va nada, niña; no necesitas más secretos, la vida te ha golpeado tan duro que no mereces más velos. Me llamó Pabel.

—¿Pabel?

—Sí, Pabel, él es mi hijo.

—¿Qué???, ¿cómo usted es tan hermosa y él para mí es un monstruo deforme de dos cabezas?

—¿Tan feo está? A veces elegimos cada especie rara para reproducirnos que malogra nuestra raza —se rieron juntas.

—Tienes esa madurez que trae Pabel, esa serenidad de él, lo has educado bien —¡es broma! —, es un chico muy guapo e interesante, no es un monstruo. Bueno, no sé cómo lo tomé, pero él es el pretendiente de mi mamá y por pelearme con él llegué a ese lugar endemoniado.

—No pasa nada, ¿segura que te llevó él?

—Bueno, yo decidí ir.

—Eso es, niña, somos responsables de nuestras acciones; la gente puede decir de todo, las únicas trabas las ponemos nosotros. Hay algo más.

—¿Tú eres mi madre?, ¿por qué nos parecemos mucho en cómo actuamos?

—¡Ay, niña!, ¡no!, tú tienes tu madre, ella es mi mejor amiga de toda la vida. Aunque es una tonta preocupada, te ha criado bien —por ahí llegaba Ágata—.

—¿Hija, estás bien, mi amor?, Esmeralda, gracias en serio, sin ti mi hija estaría violentada.

—Sí, mamá, estoy bien —su voz ya no era distante, quería el calor de su madre.

—Como cuando vendía cigarros y mentas, me salvaste la vida de esos hombres de la cantina y ahora salvas a mi hija. Te agradezco infinitamente, Esmeralda, nunca tendré cómo pagarte.

—¿Eso hacías de niña, mamá?, nunca me contaste.

—Sí, Maeva, mi vida no fue fácil, pero la abundancia siempre envía ángeles para que nos ayuden; en mi caso fuiste tú y Esmeralda.

—Me vas a hacer llorar —se abrazaron las tres al ritmo de las olas; unas lágrimas fluyeron de sus rostros.

—Es hora de irnos, muchas emociones fuertes por hoy —dijo Esmeralda.

—¿Mamá?

—Sí, hija.

—Si tú eres feliz con Pabel, ¿quién soy yo para opacar tu alegría?

—Eres mi hija.

—Pero eso no me da derecho a decidir por ti.

—Gracias, hija, necesitaba escuchar eso, mi fortaleza interna va ganando más poder con ambas de mi lado.

—Aprende rápido tu muchacha, tú en cambio eres más tonta.

Se marcharon juntas y abrazadas, tratando de borrar esta escena destructiva. Maeva entendió que cada persona es libre de tomar sus decisiones y a su vez es responsable de lo que sucede.