Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 6 El umbral de la renuncia. #3
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Capítulo 6 El umbral de la renuncia. #3

—¡Desgraciada!, ¡ven acá, maldita!, vas a ver que te agarre. Se empujaron y abrazaron en comunión de su amistad.

En la universidad todo estaba alterado: por un lado, la ruptura, por otro la traición de Pabel y, por último, el fuego de Zafiro hacia el muchacho. En este ambiente, Maeva se refugiaría en sus pensamientos:

«Quiero acercarme a Nikolai y evadir a toda costa a Pabel, que quiere arreglar las cosas; seguiré leyendo el texto que nos han dejado en la clase de redacción para esconderme más.

¿Y si Esmeralda tenía razón?, ¿acepto la relación de mi mamá?

, ¿por qué no merece ser feliz? Mi mamá merece todo, ella ha cargado tanto y sólo me tiene a mí, ¿por qué complicar más su vida?

, no lo merece. Además, Pabel es un gran hombre, disfruta su trabajo, sabe salir adelante sin pisotear a nadie, tiene un brillo propio.

No me ha hablado de su mamá porque ella le dijo que fuera muy reservado, pero igual debe estar orgullosa también.

Ah, pero solo se la haré fácil a mi mamá, a este tonto no».

Terminaron las clases y unas amigas invitaron a Maeva a una matiné en los billares; ahí se armaban las mejores fiestas que había en la universidad. Maeva no era de ir a esos lugares, le gustaba estar con sus amigas en casas, ir a comer o ir al cine; esta vez quería probar algo distinto.

—¿Vamos, Maeva? —dijeron sus amigas.

—Sí, está bien, vamos.

—¡Por fin nos aceptas!, allí estará Nikolai.

Pabel observaba a la distancia y quedaba sorprendido porque ella nunca iba a esos lugares peligrosos; no la podía ayudar ya que en ese momento comenzaba su turno en el trabajo, sin embargo, se acercó.

—Maeva, no vayas a esos lugares, hay muchos peligros ahí, te pueden hacer daño. Por favor, no vayas.

—Ahora el chico vintage me viene a sermonear.

Las otras chicas se comenzaron a reír; a Pabel no le importaban ellas, pero Maeva sí, algo tenía que hacer para ayudarla.

Recordando que su mamá le comentó que trabajaría solo en las mañanas y en las tardes estaba libre, algo se le podía ocurrir a Esmeralda.

Entre damas pueden ayudarse, ojalá la ayude, porque a mí no me va a escuchar. Pabel llamó a Esmeralda

—¿Aló, mamá?

—Hola, hijo, ¿cómo estás?

—Esmeralda esperaba que le contara algo relacionado con Ágata.

—Mamá, te va a sonar algo raro lo que te diga.

—Ajá, cuenta, hijo.

—Maeva, mi amiga, se ha molestado conmigo y justo ahora se ha ido a una discoteca, pero también es un billar muy peligroso; le dije que no vaya, pero no me escuchó porque está molesta conmigo y se fue. ¿Podrás ayudarla de alguna forma?

—Cuenta conmigo y olvídate de este asunto, nada le va a pasar.

—¿De verdad?, ¿qué harás?

—Pabel Saguma, ¿si me comprometo a algo no lo cumplo?, ¿me gusta que me preguntes detalles de lo que hago

—No te molestes, mamá, tienes razón, siempre solucionas muchas cosas y nunca he sabido de qué manera lo haces.

—Está bien, ¿cómo se llama la discoteca?

—Está muy cerca de la universidad, se llama "Iguazú".

—Cuenta con eso, yo me encargo.

—Gracias, mamá.

Ya en la discoteca, Maeva estaba muy incómoda porque corrían licores de todos los colores y olores, drogas y todo el mundo iba a los "oscuros", que eran mesas con cortinas donde los universitarios tenían intimidad e intercambiaban parejas, todo un bacanal completo.

Maeva abrió los ojos como nunca; veía a otras chicas que se compartían a los hombres conocidos o desconocidos, saliendo sin ropa interior o con parte de ella para irse a la pista de baile a llenarse de espuma, o algunos se ponían sábanas romanas que abundaban en unos colgadores con unos olores nauseabundos.

En la misma pista también tenían intimidad mientras bailaban, no había un mínimo respeto, incluso llamaban a una chica del público para que tenga intimidad en un escenario con el animador.

Una música que rompía los tímpanos y los ponía más libidinosos.

Ella, que estaba tan preocupada por su mamá y el "qué dirán", desconocía por completo esta clase de orgías que se vivían en estos antros.

No se pudo mover; sus "amigas" la dejaron sola en la entrada, solo alcanzó a sentarse en una mesa. Se acercó Nikolai a su mesa.

—¿Vamos a bailar? —ella no podía sonreír, su pecho estaba totalmente acelerado, solo alcanzó a decir—: En un momento.

—Bueno, te la pierdes. Luego te nos unes si gustas.

A cada momento venían diferentes hombres de todas las edades para invitarla a bailar o a un "oscuro".

—¿Por qué tan sola, preciosa?, esos ojitos quiero verlos voltearse de placer, ¡ven!, aquí tengo amigas y amigos, no te vas a arrepentir, pareces virgencita, aquí te ayudamos, linda.

La muchacha no sabía qué hacer; dentro de ella pensaba: "Mejor debí escuchar a Pabel".

Por ahí veía a Nikolai entrando a los "oscuros" con algunas mujeres y veía que también participaba en estas danzas; sus amigas se metían con él y con otros chicos.

Todos caminaban en una falsa luna de miel donde el desenfreno no tenía límites.

Las drogas que también circulaban en los humos de la discoteca los dominaban; mezcladas con licor los hacía sentir poderosos.

Un mundo con tantas reglas que en la oscuridad se sumergía en la perdición.

A lo lejos llegaba Esmeralda; al mismo tiempo se le acercó un hombre que comenzó a acariciarla, ella sonrió con este degenerado.

Pero, cual viuda negra, lo invitó a que la tocara más; cuando ya lo tenía desarmado, de una maniobra lo lanzó al piso; con semejante ruido nadie escuchaba y nadie se inmutaba.

Algunos que estaban cerca no llegaban al baño y vomitaban en sus mesas.

A lo lejos veía cómo una manada se acercaba a Maeva intentando lo mismo: la acariciaban y hasta le iban sacando la ropa; ella no se movía para nada, la comenzaron a besar y, de la parálisis, no sabía qué hacer.