Capítulo 6 El umbral de la renuncia. #2
Él se acercó, besó sus manos que las cogió en el aire con delicadeza y avanzó a sus brazos, recibiendo la invitación para la danza del amor.
Ella respondió extendiendo ligeramente sus labios a la realidad, porque no era una novata.
Pero él tomó otro camino, más arriesgado; tomó la ruta de sus receptores que tantos maltratos habían escuchado, sanándolas con besos.
Este camino más arriesgado era alumbrado por las pecas que en su cuerpo estaban, como las pistas que necesitaba para encontrar el tesoro que ella escondía.
Sus besos recorrieron su cuello tenso por toda la carga que tenía en casa; su boca seguía esperando en primera fila, ella que nunca había sido besada por ahí, se movía esperando otra maniobra más de este trotamundos.
Siguió bajando más, limpiando el camino que los botones de su blusa escondían; cada botón retirado era canjeado por un beso más acompañado de una caricia, evitando que el frío cambie la temperatura de la pasión, dejó el saco sobre la mesa, sentándola también allí, porque aún sus ojos seguían proyectando una noche juntos.
Él la miraba con más deseo, los libros hacían su efecto; retiró uno a uno los botones de su blusa para acariciar cada rincón nuevo, ella movía su cuerpo como preparándose para vibrar más, su respiración empezaba a fallar.
Cada parte descubierta la cubría de besos: sus brazos, pechos, vientre.
Nuevamente su cuerpo sentía abandonos del flujo de aire, su respiración cambiaba y su cuerpo se adaptaba a ese espacio que dejaba.
El cuerpo que Altair intentó destruir, Pabel lo curaba con sus besos; se fue a sus pechos para reparar el cambio de respiración.
No tenía experiencia para retirar su lencería, pero la paciente deseosa puso de su parte y se retiró su sostén como parte del proceso de sanación.
Uno a uno sus pechos sentían las corrientes de aire cálido que fluía entre ellos, esas curvas perfectas que tanto maltrato habían cargado ahora eran libres para entregarse al amor.
El joven no sabía por dónde comenzar, ella lo guio con sus manos, tomando su cabeza hacia las laderas de sus montes, probando su piel que aquella vez solamente alcanzó a ver, pero lo llamaba al pecado.
Con sus dedos señalaba el camino que sus pecas seguían dibujando para ayudar al viajero, las besaba una a una para que no se pongan celosas.
Una clase intensiva de anatomía aplicada.
Veía que al hacer ello se dibujaban con un carbón más intenso las aureolas de sus pezones como las coronas de los campeones olímpicos.
Se acercó más a ella y cada vez se hacían más firmes; ella, con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás y apretando su cabeza contra su cuerpo, orgullosa de su feminidad.
Él seguía, pero sus manos no la podían abandonar, así que, mientras la besaba y acariciaba —como la posición era incómoda—, retiró todo lo que estaba en la mesa.
¿Calendario, agenda, planificación?, ¿para qué?
, ¿tiempo?, ¿para qué? No perdían el tiempo, se perdían en el tiempo y se encontraban en su ser; dejó su laptop en la silla y la echó con sutileza.
Sintió el frío del vidrio, pero la seguía abrigando con sus besos y sus caricias.
Él tallaba toda su figura, cada rincón con más besos; el camino apuntaba hacia una zona donde la vida tiene sentido, ya no podían parar.
El camino de las pecas se terminaba; ahora las manos de su amada la guiaban a la caja de Pandora.
Despacio bajaba por su vientre; algunas pecas distantes lo ayudaban como estrellas a los navegantes para que no se pierdan en el camino.
Al llegar a su pantalón azul, ella le ayudó quitándoselo, pero ella quería que le retirara la ropa interior.
Él se acercó a su cintura, tomando su lencería fina de color lila despacio; mientras abría el telón, el dulce aroma de almizcle le hacía una invitación al amor.
En este punto del camino se paralizó, pero la directora no lo dejaría, no quería que pare
—Bésame despacio, primero por los costados, luego hacia arriba, luego adentro, luego sube y allí quédate, por favor —le dijo con voz mortuoria.
Como buen estudiante, empezó por los lados encontrando sus jugosos labios, la besaba; ella cambiaba su voz a deleite puro, se movía con más ritmo, se fue hacia su interior totalmente húmedo, probando el néctar que lo encendía más.
Esa ambrosía lo invitaba al amor; en el monte se dibujaba su clítoris escondido por un mal amante, ahora se mostraba para ser amado.
Su maestra le daría más indicaciones con una voz a punto de desafinarse:
—Desplaza tu lengua como dibujando las letras del abecedario y luego alterna las letras.
Pabel siguió con toda la lección, cambiando los pasos de su lengua; ella sentía, cantaba con sus pechos libres, su voz se expresaba, aumentaba el flujo de su caja de Pandora, llamándolo a gritos a que ingrese en ella, se retorcía de placer, una sensación que nunca tuvo.
No quería que se detenga el viajero, pero ella quería que el clímax sea con él adentro.
—Desvístete y ven.
Él se quitó su traje azul y toda su ropa; sus trajes se mezclaron en su escritorio.
Ahora sí, ella se dispuso a abrir sus ojos para tener todos sus sentidos activos; ella se acercó a besarlo porque necesitaba más aire, tomando su miembro entre sus manos para llevarlo a su caja de Pandora que esperaba ansiosa.
Ya por ingresar en ella, movió sin querer su rostro, rindiéndose a él; vio la imagen de ambos uniformes juntos, "la directora" con otro trabajador de la universidad, una prohibición total al reglamento de conducta.
Recordando que estaban en oficina, las diferencias que le enseñó la sociedad frenaron todo.
—¡No, no!, no es correcto, aquí no es el lugar.
Pabel no se sentía derrotado, sabía todas las riquezas que había probado en su piel. Ágata aún seguía encadenada a esta estúpida imagen de la mujer ideal, de ser la trabajadora perfecta, cuando el amor simplemente debe fluir.
—Por favor, cámbiate —cerrando la caja de Pandora.
Con todo al límite, Ágata tenía el estómago del más sofisticado inversor.
Era un "no", pero sabía que Pabel no se desanimaría tan fácilmente; ya le había mostrado gran parte del brillo que tenía como piedra preciosa.
Pabel era un grandioso estratega, no reclamó nada porque sabía que ella también lo amaba, ni tenía que hablar de Altair.
Él no iba para luchar con nadie, ni a hacer comparaciones, sólo iba por ella.
Se cambió y se fue, dejando ese monumento totalmente desnudo en su mesa.
A la mañana siguiente, Esmeralda divisaba cómo salían primero Maeva y luego Altair, lo que significaba que Ágata estaba sola.
Ella la conocía muy bien; con la desaprobación de su hija y esa bestia de marido que cargar, le iba a ser difícil llevar su vida.
En su casa, Ágata salía de ducharse en un momento de silencio.
—¡Buu! —¡Ay, ay, Esmeralda!, ¿cómo entraste?
—¿Me preguntas cómo entré?, de la misma forma en que tú lo sabes.
—Ya ni sé quién soy; quiero ser mujer, quiero ser madre, quiero ser esposa y nada me resulta. Ya no sé qué hacer, encima Maeva me vio besando a Pabel en mi oficina.
—Y por la cara de planificación, parece que algo más.
—No hubo más que besos y caricias.
—Sabes que soy muy de mente abierta, pero ya me estoy incomodando en hablar de este tema.
Sin embargo, eres tú, la niña asustada de siempre queriendo complacer a todo el mundo y olvidarte por completo de ti.
Resulta, niña, que no eres ninguna de esas taradas que te enseñaron a ser.
¿La supermamá totalmente perfecta?, ¿la esposa complaciente?
, ¿la amante fogosa? Sé tú misma; si a nadie le haces daño, ¿por qué tienes que prohibirte algo y hacer feliz a otros sacrificando lo que quieres? ¿Qué quieres?
—Quiero escapar de esta vida, Maeva ya lo sabe.
—Todo apunta a lo que quieres.
—¿Cómo así? —Rescaté ayer a tu hija de que la atropellaran.
—¿Qué?, ahora mismo voy a verla, adiós.
—No eres más estúpida porque no eres más grande. Tu hija está bien.
—¿Ni un rasguño?
—Nada; por un momento deja de pensar un segundo en ser mamá y decide lo mejor para tu vida.
El mundo es número uno en criticar si alguien intenta algo nuevo, es número uno en reclamar muchas veces sin merecer algo y, sobre todo, es número uno en pecados.
Todo es pecado, todo es prohibido; sentir no es pecado, sentir nos hace humanos.
Dañar sí es un pecado; la bestia de tu marido te ha dañado, te ha clavado miles de estacas, por eso se te hace difícil avanzar; él mismo ha pecado al anclarte tantas ideas que no te dejan ver más.
—Ella no me va a creer y Altair también me seguirá atacando.
—¿No te enseñé a defenderte?
—Eso fue hace tanto tiempo que mi cuerpo no sabe qué hacer.
—El cuerpo nunca olvida nada; pon a un recién nacido en el agua y nadará. Es el puro instinto el que nos hace reaccionar y nos cuida siempre. Déjame a tu hija, así como te protegí, voy a protegerla, sin que note nada, así que olvídate de estar preocupada.
—¿Y si Zafiro me lo quita?
—Bueno, esas serán las decisiones de mi hijo; tú haz lo que esté en tus manos, si él decide algo tendrá que enfrentar las consecuencias.
A ella siempre le ha gustado maltratarte mentalmente; su función, más que de amiga, es la de sembrar el caos en cualquier cosa que hagas.
Esos dos tienen que salir de tu entorno.
—¿Cómo sabes que trabajo con ellos?
—La pregunta ofende, niña; así como compro empresas, también compro información, soy buena espía y no voy a dejar que le hagan nada a mi hijo ni a ti.
—¡Ay, Esmeralda!, haces ver las cosas tan fáciles. Gracias.
—Es porque realmente me importa tu felicidad, te quiero demasiado, siempre has sido como mi hermana menor o una hija, por eso siempre he querido protegerte.
—Siempre has sido el alma del grupo y ahora de mi mamá vas a pasar a ser mi suegra.