Capítulo 6 El umbral de la renuncia.
Con todo lo sucedido, Ágata no tuvo tiempo de encarar a Altair; lo había visto muy distante porque en el fondo sabía el daño que le hacía a su hija. Al día siguiente se cruzó en su casa con Maeva a la hora del desayuno.
—Hija, te hice el desayuno.
—Mamá, no desayunaré en casa, nos vemos.
—Hija, espera...
—Encima traes los labios mordidos; por las lágrimas y la indignación ni cuenta me di, ¿ahora cómo vas a explicarle eso a Altair?
—Maeva, espera...
—Nos vemos, mamá.
Mientras Maeva salía a su casa, a la distancia Esmeralda la veía hablando sola, como muy decepcionada. Con todo lo que traía en la cabeza, no se percató del auto que venía a toda velocidad; la persona venía conversando por su celular. En eso, el conductor no veía lo que tenía al frente.
—¡Cuidado, muchacha! —Esmeralda se tiró encima de Maeva para salvarla.
—Mu... muchas gracias, ¿estoy muerta?
—Gracias a la abundancia, no.
—Usted apareció como un ángel caído del cielo, pues se le ve muy radiante.
—Me llamo Esmeralda, ten mucho cuidado, niña, casi no la cuentas.
—Muchas gracias, me llamo Maeva —pero Esmeralda era la mejor sombra que existía; ya sabía que era hija de Ágata por sus ojos azules, el mismo rostro de su juventud, y aparte conocía muy bien a todos sus vecinos.
Nadie sabía de ella; ese arte lo aprendió de su familia: antes de que la rechacen, le enseñaron a desaparecer como una sombra.
—Tu madre debe estar también agradecida, ¿cómo se llama?, para llamarle y que puedas contarle lo sucedido o te acompaño a tu casa.
—No es necesario, mi mamá se llama Ágata —pronunciando su nombre con mucho dolor.
—¿Pasó algo con ella? Si gustas, te acompaño a tu casa.
—No se preocupe, pero solo esto me faltaba: "morir".
—¿Tan malo fue? —Pésimo, usted me parece muy familiar, inspira confianza. Le contaré que mi mamá tiene una relación con alguien menor a ella.
—¿Y eso es malo?, ¿por qué tu mamá no merece ser feliz?, ¿ella ha sido mala contigo y con tu familia?
—Ella no es mala, más bien ha sufrido mucho, por supuesto que merece ser feliz, sólo que su relación es prohibida ante el mundo.
—¿Y cuando ella sufría, el mundo hizo algo por ayudarla?
—No, pero sucede que ese muchacho es mi mejor amigo.
—¿Tu mejor amigo no merece ser feliz?
—Sí lo merece, de verdad que merece todo, ¿pero por qué con mi mamá?
—¿No te has enamorado?
—Sí, pero ese es otro problema.
—¿Qué pasó ahí, niña?
—Mi novio me terminó y otras cosas más, no sé por qué le cuento todo esto.
Cuando usted me mira, parece que me hipnotizara con sus ojos, porque me presta una atención total; parece que usted fuera la Medusa, pues me siento como petrificada con su mirada que coordina con el color de sus ojos y su nombre, alcanzando mayor profundidad en sus palabras.
Perdóneme, son muchas cosas, no quiero ser malcriada.
—Te enseñó bien tu mamá. ¿Por qué tener tanto respeto a personas que ni conoces? Más bien, ellos dos no le hacen daño a nadie con su relación, ¿o sí?
—No, porque resulta que el hombre que me crio no es mi padre, pero aun así maltrata mucho a mi mamá y a mí.
—¿Te golpea?
—No siempre, fue sólo una vez, pero aún me duele —dijo, tocándose el rostro.
—Una vez es un millón; la próxima vez que alguien quiera cachetearte, haces esto: intenta cachetearme. —A ver, ahí va.
—Con más energía, niña, como te golpeó ese hombre.
—Está bien —Maeva recordó todo lo que sintió en ese momento y se lanzó a golpearla.
—Levantas la mano así, lo desvías y aprovechas su fuerza para tirarlo al piso, ¿está bien?
—Creo que sí.
—Nunca dudes, niña; cuando alguien te ataque, no dudes.
—Está bien.
—Otra vez, otra vez, ya ahora yo te golpeo.
—Eso es, muy bien, lo llevas en la sangre, espíritu de luchadora.
Nunca dejes que nadie te ponga las manos encima, ni mucho menos te haga algo que no quieres.
Practica y vas a tener un arma muy filosa, otro día te enseño más maniobras.
Recuerda que la abundancia nos orienta a nuestro destino; si no te enfadabas con tu mamá, no nos hubiéramos conocido, si tu mamá y la otra persona no se juntaban, no te hubiera salvado la vida, porque ese conductor estaba hablando por teléfono.
Su relación fue importante, no interesa si lo aceptas ahora o no, pero en algún momento, cuando tú lo quieras, tomarás tu elección.
—Muchas gracias, Esmeralda, se me hace difícil aún.
—Ten paciencia, es tu decisión; cuando estés lista, tomarás la mejor elección. Ha sido un gusto, nos vemos.
—Hasta luego, Esmeralda.
Mientras tanto, Ágata estaba dispuesta a encarar a Altair.
Recordó todos los años de maltratos, todas esas noches de espera, la aparición de Esmeralda, el beso con sabor a menta.
Cada uno iba cortando los barrotes que fueron forjados por muchas generaciones de mujeres sumisas: ¡no más!
, ¿y el qué dirán?, ¡al diablo todo! Se acercó a Altair.
—Altair, quiero hablar contigo.
—¿Qué tienes que hablar conmigo? —una conducta cada vez más agresiva, producto de tantas drogas y pecados que circulaban por el limbo de su existencia.
—Maeva me contó que la golpeaste la otra noche; ella es tu hija, no tienes que tratarla así —Ágata era una estratega total, el entrenamiento de Esmeralda funcionó a la perfección. No estaba dispuesta a reclamarle el romance que tenía con Zafiro; tenía más planes para estos amantes casuales.
—Es mi hija, tengo todo el derecho de corregirla, cuando se lo merezca la volveré a cachetear, tú no eres nadie y nunca lo has sido —espera, trae los labios mordidos—, ¡mujerzuela!
, haciéndote la mujer perfecta y me vienes a engañar con alguien.
¿Quién es?, ¿quién se ha fijado en ti? Los años te han deformado, ya no eres ni el recuerdo de la bella que eras antes, duró muy poco tiempo tu belleza.
Se acercó tomándola a la fuerza de los brazos y forcejeándola mientras preguntaba; ella estaba lista para agarrarlo a golpes, pero se inmutó con el anclaje que producían los insultos del difunto.
—No me hables así, solo se me han resecado los labios —lo dijo con tono de duda, con lágrimas en los ojos y la mirada vencida por el peso de los maltratos de tantos años.
—Soy tu esposo, tú y tu hija me merecen respeto. ¿Quién eres? Eres de lo peor —la seguía forcejeando.
—Por favor, Altair, suéltame.
La fiera que vivía en ella todavía llevaba una pesada armadura que le habían construido este animal y la sociedad para ser la viuda de un marido vivo. Había dado un paso, pero aún le faltaban más pasos de gigante para avanzar a convertirse en la piedra preciosa que realmente era.
Altair la lanzó hacia el piso donde la acostumbraba a dejar, allí donde Pabel la comprendía, y se retiró tirando la puerta. Pensaría la directora con los mares rebosantes de lágrimas:
«Mi guerrera interna está totalmente débil, ¿quién protegerá a Maeva?
El miedo me tiene paralizada, toda la violencia que he recibido me ha convertido en un ser completamente domesticado.
Fui criada en las calles y cuidada por Esmeralda, ¿por qué siento tanto miedo?
No puedo seguir con Pabel porque algo sospecha Altair y Maeva ya lo sabe».
Pasaron muchas horas en el horario de trabajo, todo el día funcionando en piloto automático; esa era la coraza que le sirvió como placebo para soportar la enfermedad llamada "maltrato" y las frases que construyó la sociedad: "lo hago por mis hijos" o "es el sacrificio que una madre debe hacer".
Estaba en su santuario, donde ella era totalmente libre; a su oficina llegó Zafiro.
—Todo el día te he visto como un zombi, ¿te encuentras bien, Ágata?
—Más o menos.
—Lo bueno es que estás bien agasajada. ¿Quién es tu amante?
—¿Amante?
—Tienes los labios bien mordidos, esos besos son riquísimos, ¡bien guardado te lo tenías!, ¡cuéntame!
—No hay nada que contar ni amantes, es sólo una resequedad —ya volviendo en sí—.
—Ya me contarás; así me gustaría que bese ese muchacho que está delicioso.
Esa noche en la premiación aproveché en tocarlo con más detenimiento y pasé mi busto por su cuerpo en cada foto, ahora quiero que me toque toda y me haga suya, una y otra vez.
Esas manos fuertes de tanto trabajo, esos rizos rebotando y el sudor compartido que camina en nuestros cuerpos, mmmm, ¡una delicia!
Me encanta que se haga el difícil, eso me enciende más.
Ágata sonreía porque en ella no había ruegos, solamente barreras; solo rezaba para volverse a encontrar.
—Gracias, Zafiro.
—¿Gracias por qué?
—Necesitaba conversar y despejarme, ahora sí voy a seguir con mis labores, conversamos en otro momento.
—De nada, nos vemos mañana, ya terminó mi turno, deberías descansar también.
—Gracias, nos vemos, termino estas cosas en la computadora y ya me voy.
—Perfecto, nos vemos.
De cierta forma, Zafiro también le daba ánimos en seguir con Pabel, sólo que el problema real estaba ahora con Maeva.
Aunque no estaban rotas todas las piedras entre ellos, había muchos kilómetros por recorrer juntos.
Antes sólo en su santuario era libre; ahora estaba comenzando a sentirse libre en los escenarios que compartía con Pabel.
Ágata recordaba los besos con Pabel, tocando con suavidad las marcas de sus labios; se acariciaba el cabello, tocaba su rostro, cerraba los ojos para aumentar la intensidad, tocaba su espalda, recordando toda la ruta que los hacía conocer el amor.
Fuego y pasión, un suspiro para soltar algo del vapor de la olla a presión que vivía en ella; se olvidó de todo.
En ese instante, ella movía sus labios como sintiendo los besos, pensando que estaba sola, ya no le importaba nada; estos tragos de libertad la hacían "poderosa".
Unas palabras en la puerta llegarían, sin ganas de asustarla, pero sí con otras intenciones:
—¿Abrirías los ojos para mí? —el estratega perfecto, nada de experiencia, puro amor y teoría, pero sí que funcionaba.
—No, prefiero estar así —le dijo con una sonrisa de invitación.