Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 5 Tinta fresca en páginas gastadas. #4
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Capítulo 5 Tinta fresca en páginas gastadas. #4

Pabel se acercó para devolver el libro y sus manos se tocaron como se tocan las cuerdas del arpa, recordando la última vez que el tiempo no era el correcto.

Tocó sus manos con dulzura; las luces encendidas cambiaban sus colores por lo que sus ojos querían ver, un rincón oculto que traían los gestos compartidos como invitándolos a entregarse a este momento y simplemente fluir.

Eran dueños del tiempo; el único sonido que los acompañaba era la pastilla de menta que jugaba en la boca de la directora. Él la miraba, acercándose más a ella; sus mares azules traían algo distinto, una conversación a corta distancia que ya no usa palabras.

Los labios del joven temblaban como si el imán que llevaba ella en los suyos lo atrajeran; no los dejaba de ver en cada espacio que ganaba y ella permitía, siendo atraída por el vacío que dejaba su lento desplazamiento.

Se miraban los labios; sus trajes azules del primer y último engranaje se juntaban.

Ella sentía su aroma a productos de limpieza, el aroma diario que sentía al llegar a su oficina o mientras estaba en ella.

Y el muchacho sentía su aroma de oficina que sólo una vez pudo apreciar; ambos se mezclaron, ya los vidrios que antes él limpiaba para ella se rompían para tomarla en sus brazos y, cual principio de Pareto, él entregaba su ochenta y ella ofrecía su veinte para sellar el trato.

Juntando sus labios en comunión de su amor, que comenzaría con fuego y ahora ardía en pasión.

La pastilla viajaba de boca en boca como un encuentro deportivo —los mismos que ella tanto detestaba porque allí escapaba su difunto—, pero ahora lo disfrutaba.

Sus lenguas descubrían nuevos rincones, las manos hacían lo suyo; ella guiándolo para que acaricie sus pechos, luego su vientre para que haga respiraciones más profundas porque el aire les faltaba, después viajando por sus piernas, quería ser tocada, quería disfrutar lo que nunca en su vida nadie le hizo sentir.

Lo llevaba a su espalda para que acariciara sus glúteos que sólo fueron usados en satisfacción de otro; ahora ella quería ser engreída.

El beso era interminable, no querían separarse; las maniobras de sus bocas y sus manos tenían una sincronía total.

Ella también lo tocaba, ella era la guía turística, pero ahora le tocaba consumir su propio servicio.

Sus uñas caminaban por su espalda, de su espalda a su pecho, como tarántulas sus dedos totalmente en armonía, deslizándose, apretando su pecho.

Tomando entre sus manos lo que era suyo y no de la resbalosa de Zafiro, lo tocaba, pero querían más.

Las caricias no cesaban, una sinfonía eterna que ni la naturaleza podía acabar; si el mundo se acabara, ellos se seguirían besando.

Cuando sus bocas se quedaban secas, no tenían más guion, su tinta no tenía más, recurrieron a morder un mazapán, despacio, pero con pasión.

Un ligero ardor, el mismo aliento, el mismo fuego.

¡Qué placer! Acariciaban sus cabellos, sin planes, con mucha fluidez, todas las maniobras naturales; esto no lo grabaría ninguna de las redes sociales.

Quedaban como tatuajes en su piel y en sus recuerdos; como buen seguidor de Efrén "Bata" Reyes, haría una maniobra casi imposible.

La detuvo, hizo un espacio entre ambos, dejando la menta desgastada en la boca de Ágata, pero ella sentía más calor que las brujas quemadas injustamente en la hoguera por querer enfrentar las leyes que el mundo dictaba; ellos lo enfrentaban, así murieran quemados o torturados.

Ella se peinó con su estilo erótico que sólo ella tenía, desplazaba sus manos.

Un muchacho sin nada de experiencia aprendía a ser hombre, sólo con los libros que devoraba y con la mujer que tenía ardiendo con ganas de devorarse.

—Alguien podría venir, ya habrá el momento —dijo Pabel.

—Habrá muchos más —ella lo miraba con más deseo que antes por la distancia que puso y porque la quería cuidar, se sentía protegida.

—¿Nos vemos luego?

—Por supuesto que sí —ella también le enseñó de su arte y, como premio al valor de besarla con tanta pasión maniática, le daría un beso de despedida; el trofeo que le dejaba era la pastilla de menta casi desgastada.

Cuando sus labios terminaron de danzar, una voz aparecería entre las sombras:

—¿Mamá, quiero saber...?, ¡mamá!, ¡no lo puedo creer!, ¿y tú, Pabel, mi mejor amigo?

—Hija, déjame que te explique, por favor —Pabel no podía creer todo lo que terminaba de pasar, este evento lo traería al mundo real.

—¿Qué me vas a explicar?, venía por explicaciones o por mentiras, en su caso, y ahora tengo las respuestas que quería.

—Por favor, Pabel, conversamos luego, déjame con Maeva que yo lo resuelvo.

—Está bien, nos vemos —Pabel no sabía dónde meterse, su corazón latía más rápido que el de un picaflor.

—¿Qué vas a resolver, mamá?, pierdo a mi enamorado, pierdo a mi papá, pierdo a mi mejor amigo y ahora perderte a ti; no soporto todo esto, ya no tengo más personas por perder.

¿Por qué, mamá?, siempre te he admirado, has sido mi fuerza frente a todos los maltratos y desplantes de Altair.

Toleré todo muy bien, que me escondas la verdad de mi origen, ¿pero esto, mamá?

, ¿por qué? —Las lágrimas brotaban en ambas, sus voces se volvían como los sonidos de guitarras eléctricas desafinadas.

—Hija, por favor, escúchame, que me escuches, mi niña.

—¿Más mentiras, mamá?, ¿para qué? Adiós, mamá.

—¿A dónde irás, pequeña?

—No te preocupes, daré unas vueltas y luego iré a la casa, pero no quiero hablar.

—Hija, conversemos, ¡entiéndeme, por favor!, mi vida no ha sido fácil, sólo quiero tu apoyo.

—No tienes que pedirme nada, sólo falta que no seas mi madre, eso terminaría de consumirme con el rey Balduino IV, que por su biografía me enteré de lo que pasaba y se desmoronaron todas tus mentiras.

—Hija, espera, no te vayas, te necesito conmigo.

—No, mamá, ¡perdóname!, esto es imposible de aceptar para mí.

Maeva se retiró con lágrimas fluyendo, y Ágata se quedó rendida en el piso; todo el fuego lo apagó esta barrera y el frío del suelo. Su hija jamás le perdonaría que tenga una relación con su mejor amigo, que hasta su hijo podía ser.

Ágata lloraría observando el lomo del libro que le prestó a Pabel; vivía en un mundo donde sólo podía ser la viuda de un marido vivo y no intentar ser una fiera fogosa, dejándose llevar por toda la pasión encerrada en su ser ni ser una mujer distinta a la que la sociedad le enseñó como fórmula de falsa felicidad.