Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 5 Tinta fresca en páginas gastadas. #3
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Capítulo 5 Tinta fresca en páginas gastadas. #3

—Ya, pues, por los viejos tiempos, siempre ha sido interesante conversar contigo; aunque eras menor, traes sabiduría natural, deberías escribir un libro, amabas la literatura.

—Aún la amo, no pierdo las esperanzas de dedicarme a escribir.

—Igual que Pabel, podrían asociarse; yo les doy el capital, acuérdate de que mi familia usaba muchos principios de ahorro. ¿O ya se asociaron?

—¿Con... Pabel?, podría ser mi hijo y es amigo de Maeva.

—Pero no es tu "hijo"; por esas estúpidas reglas puestas por la sociedad, se llegan a romper grandes ideas y amores prohibidos. ¿Es mi hijo?, además, ¿quién mejor que mi mejor amiga para llenar de dicha su corazón?

—¿Qué cosas dices, Esmeralda?, es imposible eso —pero ya sus palabras cambiaban a las de la niña que conoció la mamá de Pabel; sus labios temblaban al hablar.

—Podrás engañar a la sociedad, engañarás a Altair, posiblemente a Maeva —que heredó tu inteligencia, porque Altair es una bestia total—. Pero a quien te conoce más que tú misma no me engañas, niña. ¡No, niña!, no en esta vida.

—Para ser descendiente de orientales, ¡eres bien humilde!

—Acuérdate de que ellos me votaron, algunas cosas las aprendí de la cultura pop, ¡ja, ja, ja!

De una vez habla, no me voy a mover hasta que me cuentes; tú me conoces, tengo paciencia de monje y tú eres una apurada total, bien acelerada en todo, pero muy dedicada a la vez, eres una gran líder que siempre me gustó seguir, eres admirable, niña. ¡Ya habla, niña!

—No es... que no lo haya pensado.

—¡Carajo, que hables!

—¡Cómo presionas y presionas!, ¡te odio!, esto no lo sabe nadie, ni yo misma estoy segura... Está bien, sí, sí quiero tener algo con él. ¿Contenta?, me siento realmente incómoda contarte esto.

—Tan difícil se te hace hablar, ¡tarada!, ¿qué te hago? ¿Te prohíbo?, ¿le prohíbo a mi hijo? Si se estanca el agua, se pudre y daña a todo lo que la rodea.

El agua siempre debe fluir, que fluya todo para traer más vida. ¡Maldita!, no le cambiaste los pañales y ahora qué bien le vas a agarrar las nalgas y algo más. Por favor, me lo devuelves bien bañado y peinado.

—¡Eres una estúpida!, contigo no se puede, me cuesta mucho sentir esto y para ti es una burla.

—Ágata, ven, ven por favor, acércate, no me has saludado como se debe —se acercó para saludarla y, cuando estaba cerca, le entregó una tremenda cachetada, imitándola con voz graciosa—: «contigo no se puede», ¡tarada!

—¿Por qué me pegas?

—Para que reacciones.

—¿Señorita Ágata?, ¿todo está bien? —preguntó Pilar.

—Sí, hija, todo bien —¿era necesario que me pegues?

—Sí, por idiota; si te gusta el muchacho, ¿qué hago yo?

—De veras que me has despertado, necesitaba esa cachetada.

—Lo que me sorprende es que no reacciones, siempre has tenido reflejos muy sensibles.

—Altair me puso la mano encima una vez muy fuerte, luego me ha empujado o jaloneado, pero esa vez Maeva era pequeña y gritaba como una loca al vernos golpearnos. Desde allí dejé de defenderme; mi principal defensa fue el miedo y todos sus insultos los guardé conmigo; cada vez me hice más débil.

—Si gustas, te doy otra.

—¡No!, ahora sí respondo.

—Te creo, porque te enseñé bien.

En resumidas cuentas, sácale el jugo a mi muchacho para que te quites algo de la idiota que vive en ti, ya nada más te quedas medio idiota, ¡ja, ja, ja!

—Bueno, esperaré a ver cómo vamos avanzando.

—¿Desde hace cuánto no haces el amor?

—No sé, ya ni recuerdo, pues Altair nunca me hizo el amor, sólo se satisfacía él y luego me dejaba sin complacerme; pero no tenemos sexo hace años; con todo lo que hago en casa y él que anda ausente, me olvidé de eso.

—Bueno, yo no tengo sexo desde que tuve a Pabel, aunque a veces me acaricio, es una delicia total; pero de tener un hombre no lo soltaría para nada, además de que estamos muy jóvenes para sentirnos ancianas.

—Tú eres muy hermosa, me sorprende que nadie te haya cortejado.

—Bueno, en sí tengo un romance con el señor "Vitaly" —dijo su nombre mirando al cielo y suspirando.

—Me da mucha alegría que te haga feliz; parece un nombre de las zonas frías del planeta, aunque sea frío, como oso polar te abrazará duro.

—No me abraza, nunca lo hace.

—¿Por qué?, ¿su cultura no se lo permite?, ¿por qué tan frío?

—No tiene brazos ni piernas.

—¿Pero debe tener un pene o no?, en esos menesteres todo se acomoda.

—¡Eso sí!, me complace en todo y nunca me reclama, es incansable, un verdadero semental.

—Pero ¿qué, así nació?, ¿o es un veterano de guerra? Si son felices, me gustaría conocerlo.

—Bueno, pero antes tendría que lavarlo.

—Sí, pues, por lo que me indicas tienes que ayudarlo; eres una gran mujer, Esmeralda, tienes un corazón inmenso.

—Bueno, la única mensa, ¡eres tú!

—¿Por qué?

—¡Es mi consolador!, pero sí me hace muy feliz, esa es la marca, modelo: Igor Vitaly, me parece que es el nombre de un autor de novelas eróticas también.

Es muy bueno, viene integrado con una pantalla con IA, le pregunto más sobre mi anatomía, me escanea con una foto, me responde y luego actúa, sabe muy bien dónde cogerme, me enciende mucho solo de recordarlo.

—Aquí tengo un baño si deseas.

—Sí lo deseo, pero no lo traje.

—¿También viene con IA? —¡Ja, ja, ja!, sí, lo que hacen los inventores, ¡pero qué buena patente!, ¡mmm! —se rieron en coro.

—Sin quejas, tienes mi bendición; nada más, cuando nos encontremos, te bañas dos veces para no oler tus manchas de amor y no te lo cojas en mi cama, ahí sí te destrozo las piernas antes que mi hijo te las separe.

—Te extrañé mucho, Esmeralda —se abrazaron por todo el tiempo que no se veían.

—Yo también, mi niña hermosa.

—Ahora sí te cuento: en Maeva veo mucho de ti; la vida te alejó de mí, mi madre, pero me la dio a ella y ahora te trae nuevamente a mí, es un mensaje de la abundancia.

—Recíbelo con gratitud, muchas cosas buenas están por pasar, nunca te niegues a la abundancia.

Sólo si actúas desde la escasez, todo te falta; desde la abundancia, todo está cubierto.

La vida misma nunca es cruel; por un lado, te quita, pero siempre te da algo a cambio, es la ley de la compensación. Te da según lo que te esfuerzas en dar.

—Gracias, Esmeralda, te necesitaba mucho en estos momentos, no sabía qué hacer. Aunque tengo que luchar con muchas barreras, ya tengo más confianza.

—Te dije que siempre estaré ahí para ti, nunca fallo mis promesas, ¿o sí?

—No, nunca me has fallado.

—Ahora sí, a lo que vine: ¿tendrás los papeles para el viaje? Aunque Pabel es mayor de edad, si así son los procedimientos, hay que cumplirlos.

—Aquí los tienes, sí es parte del protocolo.

—Está todo en orden, ha sido un placer verte, provecho en el viaje, te deseo lo mejor.

—¿Ya no nos veremos?

—Más tonta no puedes ser, sí nos vamos a ver, sólo son mis buenos deseos para el viaje. Por las tardes estoy libre; en sí, nunca le dije a Pabel, pero vivo de los dividendos de las acciones que compré desde que quedé en la calle.

—¿Aprendiste de la bolsa de valores?

—Sí, la señora del colegio era economista al igual que su esposo, me enseñaron a invertir y todas las acciones me las heredaron al morir, porque no tenían hijos.

Pabel no sabe, pero quería asegurar su futuro; en sí, soy dueña de mi tiempo.

Participo en voluntariados o voy a algunas reuniones de los accionistas con los que compartimos las empresas donde metí mi capital.

Ya que el capital de ellos era muy fuerte, incluso el colegio está a mi nombre, pero Pabel tampoco sabe.

Quise que sólo estudiara, pero él se las ingenió para conseguir un trabajo aquí y luego su beca total.

Incluso metí capital en la compañía de las mentas que vendías, por valor sentimental hacia ti; desde allí hemos desarrollado muchos sabores, incluso una menta bien intensa, alguno de estos días te traigo para que pruebes.

—Qué genial todo lo que me cuentas, con eso tienes para estar segura de por vida, y de verdad que Pabel es un gran muchacho.

—No dudes, niña, ahora tu misión es romper las otras barreras.

—Gracias, Esmeralda, llegaste en el momento exacto.

—Nos vemos.

—Hasta luego —se dieron un abrazo de despedida más largo que el primero por todos los años que no se veían.

Ágata, que se sentía perdida, ya contaba con el respaldo de su madre postiza.

Ahora le tocaba luchar para alcanzar a Pabel, así los años los separaran.

Descubrió también lo maquiavélica que es Zafiro; tenía que ser muy cauta, pues en el fondo sabía que ella era la pareja ideal para Altair, una dama miserable para un miserable que tanto daño le seguían haciendo.

Uno la abandonó a ella y a su hija, y la otra alejó a la mujer que le enseñó lo necesario para vivir, además de ser la amante de su esposo.

Ya por la noche, en una atmósfera solitaria, Ágata ya tenía todo resuelto en sus labores; su eficiencia había aumentado.

Se quedó en su santuario para disfrutar tiempo sola.

Sólo unos cambios y todas las bondades venían a ella.

Imaginaba cómo sería si abandonaba por completo esta vida de encierro y cadenas, pero empezar de cero a su edad no era un plan tan sencillo.

Mientras jugaba con la pastilla de menta en su boca, en eso alguien se acercaba a la puerta.

—Hola, Ágata, buenas noches, vengo para devolverte tu libro; ahora en la tarde lo leí y está muy inspirador. Te lo devuelvo porque Maeva lo vio en mi mochila, me comenzó a preguntar mucho, se volvió tan incisiva que tuve que escapar de ella.

Ágata lo miraba con nuevos ojos, en tanto jugaba con su menta; una sonrisa se trazaba como los lienzos de los majestuosos pintores del renacimiento, suave, pero con mucha profundidad, respirando con dificultad por una atmósfera que se iba encendiendo con leños de amor.

—Está bien —dijo con voz sensual y sin dejar de mirarlo.