Capítulo 5 Tinta fresca en páginas gastadas. #2
—Altair es tan egoísta que no sé cómo tuvo a Maeva, ni parece que fuera su padre.
—¿Por qué dices eso?, ¿sabes algo al respecto?
—Ayer vi cómo esta niña llegaba toda desconsolada y luego el salvaje de su padre le propinó una tremenda cachetada que la lanzó hacia el piso.
No sé cómo ese miserable tuvo esa hija; es una buena muchacha, como su madre, a la que la vida siempre le sonrió bien.
Su único defecto es tener a Altair como marido; muchos creen que es el hombre de su vida, el padre abnegado, pero es un miserable más.
—Mamá, pero el profesor Altair siempre nos aconseja, nos va formando para ser mejores cada día con sus cursos, sus palabras son muy motivadoras.
—Tú lo has dicho: "sus palabras". Vengo trabajando muchos años con ese tipejo y lo conozco muy bien; para todas las coordinaciones se escapa del trabajo. Ahora, para estas conferencias, me ha dejado coordinando todo y también tengo que ir.
—Eso es bueno, mamá, para que te diviertas y te relajes, trabajas muy duro por mí.
—Me esfuerzo, hijo, para que tengas un gran futuro, por eso dedícate a estudiar.
—Tú sabes que doy lo mejor de mí.
—Eso espero, bueno, anda a estudiar para que llegues temprano y sácate esa idea de la mente, él no es ni será tu padre —pues Zafiro lo estaba manipulando para algo más.
Nikolai seguía contemplando muy discretamente a su Maeva; le gustaba mucho la bella hija de Ágata, pues también heredó los luceros azules de su madre, las pecas que le daban el toque terrenal y, a la vez, un sentido del humor único.
Terminando la clase, Altair llamaría a los tres para recordarles sobre la conferencia en la playa:
—Muchachos, recuerden que estas conferencias son muy importantes para nuestras carreras, den lo mejor de ustedes, ¿está bien?
—Sí, profesor Altair —respondieron los jóvenes.
Maeva seguía persiguiendo a Pabel para que le revele el misterio del libro.
—¡Pabel!, ¡ven acá, bandido!, ahora sí me vas a contar la historia del libro —tomándolo del brazo.
—Aún no lo he leído bien, ya me voy a leerlo y luego a trabajar.
—Aish, no me refiero a eso, te haces el tonto, ¿no?, me refiero a cómo llegó a tus manos, ¡cuéntame!
—En otro momento, mi amiga hermosa, nos vemos, cuídate mucho, gracias, saludos —quitando su mano despacio para no lastimarla, y le dio un beso en la frente, pero ella se limpió el beso.
—¡Pabel!, ¡Pabel!, ¡ven! Que te encuentre, me vas a revelar por qué tiene ese libro y casualmente a mi mamá también le falta el suyo. ¿Será que Pabel y mi mamá...? No, no, no. Pabel pasaría a ser mi padrastro, jamás aceptaría eso.
Pero si mi mamá siempre ha sufrido, merece ser feliz, ¿aunque con Pabel?
No lo creo, ni experiencia tiene, ¿cómo va a seducir a mi mamá?
, una mujer tan inteligente, tan refinada, tan hermosa, directora de la universidad.
Y él es Pabel, mi amigo, pero es un tonto, un tonto interesante, y aparte es guapísimo, ¿el chico vintage con mi mamá?
Por eso su poema hablaba de que la miraba, que limpiaba su piso, que tenía nombre de piedra preciosa. ¿Ágata?, aunque el ágata es una piedra semipreciosa.
¿Qué otra piedra preciosa...? ¡Zafiro!, ella sí es una resbalosa total, si se ha metido con un hombre casado, ella sí es una cualquiera como para meterse con un muchacho, no le va a importar la edad ni nada, veo que también se le pega bastante a Pabel.
¿Mi mamá por qué está tan feliz?, si perdió su collar que tantos recuerdos le trae, lo cuidaba tanto como sus adornos en casa, pierde a su esposo —aunque ya lo había perdido antes—, ve cómo me golpean y aun así la veo contenta.
No está tan preocupada como antes, siempre viviendo una vida acelerada; ahora está más pausada, más filosófica, hasta por los trabajos de mi colegio no dormía y tampoco para sus labores en la universidad.
La vez anterior olvidó hacer el almuerzo, está saliendo a correr sin ropa interior, ¿estará con alguien?
, tiene más brillo, me contó que planea dejar a Altair.
Cuando antes la sola idea de dejarlo era una invitación a la muerte, recuerdo haberle planteado eso por todo lo que ha vivido con él.
Ahora está más perdida en un limbo terrenal, pensativa; cuando menciono el nombre de Pabel, su brillo se enciende, se ve más lozana. ¿Pabel mi padrastro? ¡Maldita sea!, no tengo padre y ahora el chico vintage será mi padre. Tengo que ir a aclarar más tarde estas cosas con mi mamá.
Maeva tenía unas clases más, luego estudiar y después, con ansias, ver a su mamá en su santuario para que le aclare si tiene algo con Pabel, de paso que la dejaba trabajar y ya en el momento indicado irla a ver.
Ese día por la tarde llegaba Ágata; su mundo estaba cambiando, ya le estaba gustando sentir lo libre de una mochila corta, sin ataduras ni tanto peso del ayer.
Ya no sería la ama de casa perfecta, las manos invisibles que mueven los hilos de muchas vidas, mientras la suya se consume como un sirio en un ritual.
Aún atada al pasado, no podía dar ese salto al vacío y perder todo para hacer una nueva vida; Maeva la necesitaba de todas formas, la tenía que proteger de Altair.
De pronto, su secretaria Pilar se acercaría y le dijo:
—Señorita Ágata, permiso, la busca una mujer muy elegante.
—¿Sí?, bueno, por favor, Pilarcita, dile que pase. —Señorita Saguma, pase por favor, la directora la atenderá.
—Gracias —dijo la señorita Saguma.
Ágata escuchó el apellido y se quedó pensando: «¿Saguma?, debe ser la mamá de algún estudiante, ¿Pabel no es Saguma?, pero... ella también era Saguma».
—Ágata, buenas tardes, han pasado muchos años.
—¿Esmeralda, eres tú...?, es imposible.
—Todo es posible en esta hermosa vida, mi amiga.
—¿Pabel es tu hijo entonces?
—Al no tener padre, lo tuve que registrar con el apellido de mi padre; al final pasó a ser mi hermano.
—¡Cuánto tiempo, mi amiga!, siéntate, por favor; han pasado millones de años, la tierra te tragó. ¿Qué pasó?, ¿cuéntame?, si es posible.
—Tú siempre has sido una dama; nuestra gran amiga Zafiro me contó que estaban enfadadas conmigo porque estaba embarazada y ya no le dedicaría tiempo al grupo. Sin embargo, siempre tuve mis dudas; ella siempre fue más calculadora, por momentos más ofrecida, a pesar de ser muy bella.
—Nunca supe que estabas embarazada; tú has sido como una madre para mí, me cuidaste cuando vendía en la calle, por eso me encantan las mentas y los cigarros, de cuando en cuando para olvidar una pena que el humo se lleva.
Me enseñaste muchas reglas de vida; aunque he tenido millones de errores, siempre estuviste ahí para mí, siempre fuiste el alma del grupo, Zafiro la mente —aunque retorcida— y yo era el cuerpo, el vehículo que nos juntaba.
Debes haber pasado miles de penurias para criar a tu hijo sola. ¿Te apoyaron tus padres?
—Mi inteligencia me mantuvo viva; mis padres me botaron de mi casa, viví en la calle trabajando en lo que podía para comer algo o recordar lo que comía en casa para no morir de hambre; los aromas de la comida callejera los untaba en mi olfato para no olvidar cómo era comer.
Hasta que una noche toqué una puerta que necesitaban un vigilante, era un colegio y me dediqué a la vigilancia; me aceptaron cual si fueran los padres que nunca tuve, me atendían y me cuidaban al verme embarazada.
Mis padres son de mucho dinero, pero no cargarían con el deshonor de tener una hija soltera embarazada, una vergüenza que mancharía a la familia; por eso prefirieron botarme al frío para congelar esa mancha.
Esa vida no se la conté a Pabel, no quise que odie a sus abuelos como yo los odié en ese tiempo, pero esas personas me dieron mucho amor.
Por un lado, te quitan algo para prepararte a recibir algo mucho mejor; disfrutábamos las comidas, jugábamos en la tierra con Pabel, a lo que mis verdaderos padres solo se dedicaron a crear dinero, pero a destruir su familia.
Siempre ausentes, pero en las entrevistas y cumpleaños eran la familia modelo; me hicieron aprender de todo para no tener que verme en casa.
En revistas número uno y en la casa una ausencia total; es ahí que escapaba y con ustedes encontraba mi refugio.
—Siempre tan modesta tú —sonrieron ambas.
—Nunca supe que eras adinerada, pero has sufrido demasiado.
—Sí, mis padres son dueños de la empresa que produce los cigarros que tanto vendías y tanto te gustan; por eso la marca "SGM tabacalera", que son las letras de mi apellido Saguma.
Veía cajas o colillas de cigarro de los profesores que tenía que barrer, mientras ellos disfrutaban a mares el dinero y yo viviendo a medida; los odié más y a ustedes también.
Sin embargo, la señora dueña del colegio me enseñó acerca del perdón, me enseñó que las piedras que más golpes reciben aumentan su brillo, por eso son piedras preciosas, que es el significado de mi nombre, Esmeralda.
Con ellos aprendí a perdonarlos; al único que me cuesta perdonar es al padre de Pabel.
—Has llevado una carga bien compleja; eso de la empatía es muy complicada para entender cómo la pasaste. ¿Y quién era?
—Un hombre sin rostro.
—¿Ah, no me vas a contar?
—¡No!, ¡aunque me tortures! —sonrieron ambas.
—La vida tampoco ha sido fácil para mí; prácticamente Altair también siempre estuvo ausente. Las tres lo conocimos como un galán del lugar donde vivíamos y muchas de sus conductas se mantienen.
—¿Sigue jugando pelota?
—Sí, nunca cambió, nunca estuvo en casa, todo le tengo que hacer y a Maeva la he criado yo sola; si te cuento, te mueres.
—¿Qué pasó?, cuenta.
—¡No te diré nada!, por chismosa —rieron como en el pasado.
—Ya, pues, dime, acuérdate de que mi familia era oriental y te enseñé a pelear.
—¡Ah, no!, ¡pero eras la peor maestra!, todo lo descubrí sola.
—¿Pero aprendiste o no?, «el mejor maestro es el que menos se necesita».
—Bueno, sí aprendí, pero no te contaré nada.