Capítulo 5 Tinta fresca en páginas gastadas.
Se mantuvieron abrazadas durante largo rato, hasta que decidieron salir, pero Maeva —que era tan detallista como su madre— preguntaría:
—Mamá, ¿y tú libro de Balduino IV? Siempre que venía a tu oficina me acordaba de la historia que me contabas de cómo, a pesar de tener esta enfermedad tan complicada que es la lepra, pudo dirigir un reino gigante.
Allí fue que me enseñaste que, así tengamos pruebas complicadas, estamos en la capacidad de salir adelante; en estos momentos me serviría de mucho. ¿Me lo prestas?
—Mi libro... de veras que no lo he visto, no recuerdo muy bien, me parece que lo llevé a la casa o lo dejé en el carro —dijo titubeando—. Ni bien lo encuentre, te lo entrego.
—Confío en ti, mamá.
Se fueron ambas a su vehículo para ir a casa y descansar, ya que tuvieron un día de emociones muy intensas.
Pabel permanecía como estatua, procesando toda la información y con más ganas de seguir enamorando a Ágata.
Ahora tenía en sus manos un libro en el que cada página había sido acariciada y contemplada por ella, con esas manos tan bien cuidadas a pesar de todas las funciones que hacía en casa.
Imaginando cómo esos mares de ojos azules navegaban por cada palabra del libro, acomodando su cabello de lado como tenía por costumbre, haciéndola más sensual.
Pabel salió como el ladrón más fino de piedras preciosas: despacio, mirando a cada lado, sosteniendo la respiración y el libro de Ágata.
Caminaba y a lo lejos veía a su directora y a su amiga, pero permanecía en las sombras con la frente en la oscuridad y el pulso de acero.
Desaparecieron totalmente y Pabel se dirigió a su cuartito —que le dieron como un depósito todo sucio y con sillas viejas, pero que él convirtió en un palacio— para cambiarse e irse a casa.
Allí acostumbraba a crear sus poesías y guardar los dibujos de la historia que vivía con Ágata.
Al llegar a casa, aparte de todos los secretos que tenía en su disco duro, también lo embargaba la felicidad de irse a otro país para representar a su nación. Se apresuró en buscar a su madre y le dijo:
—¡Mamá!, ¡mamá!, ¡gané el premio a la mejor poesía!
—¡Qué gran alegría, mi amor!, felicidades, hijo, siempre eres mi orgullo, estoy muy contenta de que lograras este premio.
—Con este premio tengo asegurada mi beca de manera permanente, también me iré a un nuevo país a ver cómo es la cultura por allá y conocer su principal universidad, a ver si obtengo nuevas fuentes de inspiración y hasta escribo un libro en el futuro.
—Confío en que vas a lograr todo lo que te propongas, hijo; eres muy creativo, siempre y cuando lo planees bien lo lograrás.
Eres mi alegría; pensar que eras un pequeñito y hacías tus rimas con los vegetales y las frutas, y ahora convertido en un hombre de poesía y futuro escritor, me siento bendecida y orgullosa de tenerte.
—¿Mamá, antes eras más conversadora con tus amistades?
—De verdad que sí; cuando salí embarazada, todas esas supuestas amistades me dieron la espalda. ¿Por qué la pregunta?, ¿por qué me observas tanto?, ¿sucede algo? Te siento como detective encontrando huellas de un crimen cometido.
—Me llamó la atención ahora que me premiaron...
ehhh... me preguntaron por tu nombre y lo dije, entonces la directora Ágata comentó que tenía una amiga, Esmeralda, que era como la mamá que no tuvo, pero que desapareció.
La extraña mucho y dijo que mucho de ella lo veía en su hija Maeva; comentó también que la protegía mucho, la protección que nunca nadie le dio.
—Si la quería tanto a esa mujer que se llama como yo, ¿por qué no la buscó? Posiblemente la necesitaba, después de que te contó que la ayudó bastante a la directora.
—Calma, mamá, eso no sé, sólo me contó esa parte.
Si no, aprovecharé mañana después de clases en preguntarle y verificar; lo más seguro es que no la encontró, pero sí la veía muy pensativa cuando mencionó a la mujer que se llamaba como tú y curiosamente era mayor que la directora, al igual que tú.
Como eres una viejita con tu bastón, son similares de viejitas.
—¡Vieja es la vida y aún siguen naciendo más humanos en el mundo, como los pensamientos diarios! —le dijo Esmeralda, golpeándolo en el brazo.
—Eso mismo hace Maeva, en serio que se parecen mucho en el actuar.
—Yo soy Esmeralda, no te confundas, pequeño.
—Sí, sé, mamá. Bueno, mañana tengo que seguir con los trámites para poder viajar; mañana, por favor, ¿podrías firmar los permisos para ir al extranjero mañana por la tarde? Para eso tendrías que ver a la directora.
—En su oficina, ¿verdad? —tratando de disimular la tristeza que aún cargaba por el abandono de su mejor amiga en el peor momento de su vida.
—Sí, mami, muchas gracias. Me voy a descansar, hasta mañana; descansa, mami.
—Gracias, hijo, está bien, mañana iré. Hasta mañana.
Esmeralda se quedaría pensando: «Tengo que enfrentar el pasado, no sé cómo aparecerme, lo único que sé es que extraño a mi examiga.
¿O tal vez Altair se arrepintió y.…?, ¿habrá cambiado?
Posiblemente los años lo hicieron recapacitar y Ágata quiera conversar conmigo.
La extraño tanto, nunca dejé de pensar en ella, siempre sentí que tenía que protegerla.
No la culpo, ella tenía una familia muy liberal y en contraste yo tenía una familia muy conservadora que me botó a la calle.
Pero nunca conversé con ella; fue Zafiro quien supo de mi embarazo y me dijo tantas cosas de ambas que quedé sola y desgarrada, sin saber que Ágata terminaría con Altair».
A la mañana siguiente se encontraron madre e hijo en el desayuno para coordinar:
—Pabel, ahora iré a trabajar en la mañana y le pediré a mi jefe que me cubra por la tarde unas horas, y luego voy a firmar los papeles.
—Está bien, mamá, porque la directora llega en las tardes, gracias.
—Perfecto, así quedamos, me voy para avanzar mis labores, chau, hijo.
—Chau, mami, saludos.
Pabel se fue a la universidad y en el salón de clases se encontró con Maeva, porque tenían clases de Liderazgo con Altair. Por ahí llegaba Nikolai, y Maeva se quedó mirando todos sus pasos.
—¿Pasó algo, Maeva? —Terminamos.
—Pero si hacían una pareja genial, ¿qué pasó?
—Yo tampoco me explico, lo vi muy frío ese día, incluso un día antes también, todo cambió muy rápido. No podemos terminar de esa forma, quiero que me explique bien el motivo de nuestra ruptura.
—La vez pasada me dijiste que siempre es bueno marcar una distancia para fortalecer el interés, ¿y en este caso cómo lo usas?
—¡Qué vas a saber tú, tonto! Esto es diferente, porque tú no tienes ni has tenido novia.
—Tal vez no, pero he leído mucho y aprendo de lo que me enseñas. ¿Acaso el personal de salud ha tenido todas las enfermedades que conocen y aun así previenen, recetan y sanan?
—Tú eres un aprendiz en el amor, un analfabeto y encima mentiroso; como no me has contado de tu amada, sé que es una mentira, un invento tuyo, cuando me la presentes te creeré. No traje lapicero para apuntar, préstame uno, ¿puedo agarrar de tu maleta?
—Sí, está perfecto, ya tenemos confianza como amigos, agarra los colores que necesitas.
—Gracias.
Al tomar la mochila, abrió el cierre despacio; entre la búsqueda del lapicero vio algo que le llamó la atención.
—¿Y este libro?
—Bueno, es un libro que me han prestado —su vista se expandió y sus ojos buscaban un nuevo rumbo a donde escapar, perdiendo el alma por un momento, sabiendo que Maeva era muy observadora y detallada.
Maeva miraba y miraba el libro, descubriendo características muy reveladoras, abriendo más y más los ojos, comparándolo a su vez con...
—Espera, espera, este libro... no puede ser, ¡es de Balduino IV!
, ¡el mismo que le falta a mi mamá!, el libro que desapareció de su oficina.
¿Cómo es que tienes el libro de mi mamá?
, ella nunca le presta sus libros a nadie, a regañadientes a mí me presta, porque luego se lo devuelvo.
¿No lo habrás robado de su oficina?, me tienes confundida.
Por favor, dime algo, no te quedes callado, ¿es de ella?
, se parece mucho al que tiene ella, incluso tiene las hojas dobladas a su estilo en las frases que más le gustan, un libro antiguo como el de ella.
Lo conozco tan bien porque me ha contado las historias y prestado este libro. ¿Qué pasa?
Pabel no se salvaría de esta; aún perdido en su mundo no encontraba la respuesta, sin palabras que decir, sin libros que usar para hacer una jugada maestra. ¿Jaque mate? En eso, Altair llegaría como su salvador.
—Buenos días, jóvenes, comenzamos.
—Pabel, respóndeme —decía Maeva.
—El profesor Altair ya comenzó la clase, Maeva, luego hablamos.
—Pabel, no seas gracioso, ¡háblame!, no me vengas con tus engaños.
—No podemos hablar, al profesor no le gusta —Maeva estaba con la boca abierta y lo jalaba para que le responda.
—Pabel y Maeva, ¿algo quieren compartir con la clase? —dijo Altair.
—No, profesor, todo bien —respondieron a una sola voz.
—Guarden silencio, ya empezamos.
—Vas a ver cuando termine la clase, no te voy a dejar ir —le dijo Maeva a Pabel entre dientes, sonriendo, pero observándolo con el ceño muy fruncido.
Altair comenzaba la clase con sus discursos muy bien pulidos: «En los estudios, en casa o en el trabajo el equilibrio debe ser el mismo.
Cada persona es muy valiosa, todos encierran una luz profunda en su ser; por eso, cada miembro del equipo debe tener un compromiso firme hacia los objetivos planteados.
Aquí no hay cargos, porque desde donde estemos, es ahí donde forjamos nuestra mejor versión, dando todo a este momento presente... »
La clase continuaba; de pronto, Nikolai miraba a lo lejos cómo Maeva y Pabel disfrutaban la clase —aunque ella, por ratos, lo miraba como invitándolo a volver—, y el muchacho se quedó pensando. ¿Debí terminar con ella? Recordó la conversación que tuvo en la mañana con su mamá:
—Mamá, sé que te incómoda, pero por favor dime: ¿Altair es mi padre?