Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas. #5
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Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas. #5

—¡Ese miserable!, voy a encararlo, cada vez está más violento, no voy a permitir que te toque ni mucho menos a mí.

En mi familia he visto tanta violencia hacia mi mamá y hacia mi abuela; una sola vez me puso la mano ese desgraciado y no le fue bien, a veces me ha jaloneado y empujado, pero aún tiene miedo de aquella vez que casi lo mato a golpes.

He soportado porque hay algo que ocurrió hace muchos años.

El mismo cansancio le obligó a vivir en esta rutina; cuando te revele este secreto, por favor, prométeme que mantendrás tu conducta normal para evitar sospechas.

Estoy investigando todos los desvíos de fondos que hace tu padre de las cuentas de la universidad y los gasta en sus amanecidas continuas, entre sus infidelidades, el alcohol, las drogas y las apuestas.

Todos los pecados capitales concentrados en un solo ser.

No pretendo sacarlo de allí, porque no lo merece, no me merece y no te merece.

Tú eres mi razón de vivir, pequeña, te quiero, mi niña; me duele mucho este golpe que te ha dado porque sé que puedo arreglarlo en unos minutos, pero toda esa leona que vive en mí se ha quedado dormida... ¿me prometes lo que te dije?

—¿Qué me vas a contar?

—Prométeme, por favor, pequeña, pero dame tiempo para resolver esto que estoy armando para rescatarte de este infierno.

Juntos saldremos de aquí, lo que ninguna de mis predecesoras hizo.

Prefirieron aguantar por aguantar, para guardar las apariencias y vivir sus vidas aparentemente recatadas, pero en el fondo desenfrenadas; se acostumbraron a este maltrato.

Incluso mi mamá se quiso separar, pero mi abuela no la dejó por el temor al qué dirán, aguantándole todo a ese falso padre que me puso.

Tendremos el coraje de juntas enfrentar esta cárcel en la que me enseñaron a vivir.

—Te lo prometo, mami —Maeva tenía la mente totalmente concentrada para recibir el secreto que le iba a contar su madre; el dolor que sentía se disipaba por la curiosidad de lo que le tenía por contar.

—El hombre que conoces como Altair, tu padre, me ha maltratado durante toda nuestra vida de casados.

Estaba muy dolida por todo esto; intentábamos tener un hijo varón, pero nada.

Tantas noches siendo la viuda de un marido vivo que andaba ausente con sus amigos o perdiéndose, habiendo escapado de un infierno en mi casa para formar una extensión de ese lugar.

Estaba encerrada en una nueva prisión, totalmente frustrada por no quedar embarazada, que también decidí llevar una vida de salidas y tragos con mis amigas para poder revivir.

En una de esas salidas conocí a un hombre sin rostro con el que te tuve a ti; Altair no es tu padre, mi pequeña.

Ágata quería contar más de lo sucedido, pero su corazón se paralizó unos segundos; sus ojos perdieron su rumbo recordando todos los maltratos vividos por ese hombre y por su padre: no había ningún día en que no la maltratara o la critique.

Tantas fotos sonrientes, pero cuando ya no había luces, ¿a dónde irían esas falsas sonrisas?

No conocía otra figura de padre y proyectó mucho de esas carencias en Altair, el mismo que las aisló a sus dos prisioneras para maltratarlas, sin saber que ante esa huida de Maeva encontrarían un mejor rumbo a su destino.

Maeva también contenía el aliento; su respiración de dolor ahora pasaba a un ritmo de sufrimiento, pero sentía que su mamá la necesitaba.

—Mamá, no sé quién de las dos ha sufrido más, pero creo que tú, al cargar dos infiernos, has tenido una vida más complicada que la mía. Te debo todo a ti; a ese hombre no le debo nada, por eso creo que busqué como novio a alguien similar a mi falso padre.

—¿Novio?, nunca me contaste.

—Justo por eso venía a buscarte, pero no te perdiste de nada porque él terminó conmigo; vine para contarte, pero me siento aliviada de cargar contigo esta gran mochila que has llevado en tu vida.

Mientras tanto, en el baño, Pabel sentía que estaba seduciendo a una mujer grandiosa, bella por fuera, dañada por dentro, pero luchando por cambiar y, en ese proceso, rescatar a su hija.

Una mujer hermosa en mente, cuerpo y alma; ya no sólo el deseo inicial lo encendía, era la primera mujer que le hacía caso y recién sabía que venía con el combo completo. Sin premuras, esperando el momento correcto para que compartieran todo lo que las barreras entre ellos venían conteniendo.

—Bueno, ahora exnovio, estábamos bien hasta ayer, que no me contestó el teléfono el resto del día, con el mismo semblante de mi falso padre.

Francamente no sé cómo me salen las palabras; tengo tantos cuchillos atravesados en mi pecho y en mi corazón que, sólo al saber todo lo que has hecho por mí, me motiva a seguir respirando.

Tengo muchos sentimientos reprimidos, pero con estas revelaciones entiendo mejor los maltratos, todos los rechazos.

Las pistas eran claras, ciega de creer que era recto, pero la verdad era un padre ausente que llevaba un título falso. ¿Él lo sabe?

—No lo sabe, yo me encargaré de decirle si es necesario; nunca se enseñan todas las cartas en una sola partida, hay que ser cautos.

Ambas se abrazaron entre lágrimas, comprendiendo todo lo que estaban pasando, mezclando sus sentimientos por el sofocamiento producido en el calvario que estaban viviendo y tanto las había destrozado.