Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas. #4
—No, sólo lo vi esa noche, un hombre sin rostro, que me dolió mucho usarlo como semental; por eso cargo estas cadenas, las mismas que mi madre y posiblemente mi abuela me heredaron con el collar que llevaba, ambas vivieron una historia similar, por eso tampoco ninguna huyó.
Me casé joven porque quería apartarme de ese hombre que también quería un hijo varón, tampoco era mi padre y aprovechaba en maltratarme maldiciendo su vida por tener una hembra que sólo saldrá preñada y tendría que mantener a sus nietos.
Su principal problema era que no me podía enviar a trabajar y generar dinero para él para que lo pierda en las apuestas de los caballos y las bebidas.
Aun así, me gustó la idea y aprendí a vender dulces; como cerca a mi casa había varias cantinas, vendía mentas y cigarros, así fue como aprendí a fumar y a ganar dinero.
Odiaba la vida de mi mamá y la de mi abuela, para que al final se convierta en la melodía que rige mi vida, con hijas de otro hombre y sin la voluntad suficiente para escapar dándole otro futuro a mi pequeña.
Mi mamá me tenía muy descuidada, pues siempre su rutina fue escaparse a tomar té con ron y a jugar cartas con sus amigas, mientras yo le dejaba cartas para jugar, pero nunca estuvo junto a mí.
No sé cómo sobreviví, porque a veces la iba a buscar a la casa de sus amigas, pero no la encontraba; más bien la encontraba en las cantinas con los hombres a los que les vendía los cigarros y las mentas, siempre me escondía para que no me vea, siempre me sentía una huérfana de padres vivos.
Cada uno viviendo su vida de solteros y yo viviendo de puro milagro; la comida me la pagaba yo misma con lo que iba ganando, gracias a que había comedores populares y la comida era barata, allí aterrizaba para nutrirme, bajándome de la barca de Caronte para poder vivir más.
Les agradezco mucho que me hayan dado la vida —su voz se iba entrecortando con algún nuevo secreto de su vida—, lo demás lo aprendí en el colegio en conjunto con los desayunos y almuerzos que nos daban allí, hasta que conocí a Altair para escapar de este infierno, sin saber que viviría en un anexo del mismo lugar.
Sólo encontré refugio en mis amigas Esmeralda y Zafiro, aunque Esmeralda desapareció y nunca la volví a encontrar.
¿Qué pasó, Pabel?, parece que mencioné a un fantasma.
—Todo bien, solo que estoy asimilando lo que me estás contando; has llevado una vida muy complicada, pero aun así eres una piedra preciosa, cada golpe va aumentando tu brillo y tu valor. Lo que te ha pasado no te define, lo que te define es lo que eliges ser ahora.
—Al inicio con Maeva tampoco estuve presente, pero quise cambiar su vida y no darle la misma cadena que heredé de mi madre y ella de mi abuela —le dijo entre más y más lágrimas.
—Pero tu madre tomó sus elecciones; ella pudo romper sus cadenas sabiendo que lo mismo vivió tu abuela, o así ella sea la primera de la fila.
Tú, en cambio, eres una piedra preciosa porque decidiste brillar y darle una vida mejor a ti y a Maeva.
Quien entrega todo por alguien es realmente una prueba de un inmenso amor, lo he visto en mi madre y no es una tarea fácil.
Ella también me crio sola; por cierto, su nombre es Esmeralda, como tu amiga perdida.
Si ella le estaba revelando sus mejores cartas en la partida de su vida, algo tenía que ir contando también.
—Esmeralda... ¿no será mi amiga Esmeralda?, tal vez...
—De verdad que no sé, mi mamá es muy reservada, nunca me habló de mi papá ni de su vida, solo me ha mostrado la vida a partir de mi nacimiento.
—Dudo mucho que sea mi amiga; ella era muy conversadora, así como es Maeva. Ella era mayor que yo y siempre me cuidó en todos los trabajos que tenía, la sentía como mi mamá, la mamá que no tuve, y en Maeva veo parte de la amiga que perdí.
Pabel se acercó para secar sus lágrimas, acariciando su rostro, limpiando peca por peca que estaban sumergidas en la profunda tristeza que cargaba; esas cadenas pesaban lacerando su ser.
El joven aprovechó para abrazarla; por un momento pensó en besarla y sacar toda la pasión hacia ella, pero decidió ejecutar una de las jugadas más finas de Kasparov y sólo dedicarse a escuchar.
Aunque por dentro ese fuego que se había instalado le destrozaba la piel como una lepra profunda quemándose en el infierno.
—A veces me siento Balduino IV, un rey, pero por dentro llevando una profunda lepra que destrozaba todo su ser —mientras permanecían abrazados.
—¿Balduino IV? —Acá en mi biblioteca tengo muchos libros, porque a Altair no le gusta que los tenga en casa, prefiere tener sus adornos y a mí en su colección; para él sólo guardan polvo los libros.
—Guardan polvo cuando se dejan cerrados, cada libro debe abrirse para amarlo plenamente —le dijo Pabel con los labios temblando, mirando los de ella con ganas de nadar entre ellos, un pecado del que los habían alejado aún.
Ágata se puso de pie, porque a pesar de despedazarse por ir encima de él, no era el momento.
—Muy cierto, toma, te presto su biografía, tiene información muy interesante —en tanto que le entrega el libro, sus manos se tocaron, invitando a probar más de sus pieles, pues este momento fortalece parte de su posible relación.
Unos momentos antes en la gala, Nikolai —que estaba resucitando e iba a buscar a Maeva— finalmente la pudo encontrar.
—Nikolai, ¿traes una cara?, ¿dónde fue el velorio? Te estuve llamando la noche anterior y hasta hace unos minutos. ¿Qué pasó?, ¿por qué no contestas?
—No pasa nada, quiero hablar contigo —dijo el muchacho con un rostro de quien entierra a los muertos en el cementerio.
—Algo debe pasar, ¿por qué estás así? Se ve que has tenido una noche de fiesta, debiste haberme llevado, pero ¿por qué no contestaste?, ¿estabas con otra chica? Por favor, no me hagas esto, yo estoy enamorada de ti, no quisiera que me cuentes de eso, sólo quiero saber de ti.
—Ya no podemos estar juntos, eso es todo, adiós —. Maeva se acercó y lo tomó por el hombro.
—Por favor, explícame qué pasó —con los crisoles llenos a punto de derramar el líquido fundido en sus mejillas.
—No hay nada que explicar, adiós y suéltame, ya no te quiero ver, vive tu vida y olvídame.
—Nikolai, ¿qué pasó? —mientras el muchacho se marchaba con paso fúnebre por la resaca que aún cargaba y Maeva rompía en llanto desconsolado.
El muchacho pensaría: «Espero que algún día me entiendas, Maeva, tenemos el mismo padre, estoy seguro de ello.
El odio de mi madre, el miedo de Altair de que Maeva no esté con nadie, la descripción de las mujeres de moral flexible en la casa de apuestas...
Prácticamente ese día me vi reflejado en él, me duele tanto, pero no puedo seguir con mi hermana, perdí parte de mi moral, pero no toda.
Sin querer, mi padre me ha dejado en este mundo donde cada vez siento más vacío; más pruebo estos pecados que me dan poder, pero debilitan todo mi ser».
Maeva se fue a buscar a su padre, al que tanto adoraba, para que la llevara a casa.
No le podía contar lo sucedido, pero quería huir a toda costa de este lugar.
Cuando de pronto, en uno de los pasillos oscuros, vio cómo Altair se besaba con Zafiro, acariciando cada rincón de sus curvas, levantando parte del vestido que revelaba todo su ser y bajando por su cuello con mucho placer.
Ese escote que lo visitaba de ida y de vuelta, ella pegada a él tocando su entrepierna, con ganas de tenerlo adentro.
Se acariciaban en las sombras, como la sombra perdida que dejó su moral cuando los abandonó.
En eso, Maeva —que estaba helada por lo que veía— sintió cómo su héroe se iba despedazando: el hombre con el que quería que siempre le leyera un cuento por las noches o que viera todo lo que hacía mientras crecía, el profesor del año que siempre era premiado, el padre que colaboraba en todo afuera de su casa y nunca decía que no.
—¡Papá!, ¿qué haces con ella? ¡Es la mejor amiga de mi mamá y es tu compañera de trabajo!
—¡A mí no me hables así, mocosa! —soltándole una cachetada que removería más la imagen del superhombre que veía en su padre, arrojándola al frío piso donde muchas veces terminaba su mamá.
Sentía la mezcla del dolor con la indignación. Maeva tocaba su rostro sintiendo las caricias que nunca le quiso dar su padre, y en vez de eso, un golpe. Se mantenía la vibración e iba disipando la estatua del hombre que tanto admiraba, parte por parte
—¿Por qué la golpeaste?, es tu hija y es una niña, no era necesario que la lastimaras.
—¡No me vengas a exigir moral tú!, ¡vámonos!, que sólo para abrir las piernas sirves —arrastrando a Zafiro hacia la salida.
Maeva se iría a toda velocidad a buscar a su mamá a su santuario, con la cara roja y las lágrimas fluyendo como ríos que se podrían desbordar más sólo con unas palabras.
Sólo quería a su madre; desde siempre, cada rechazo o desplante de su padre, al que tanto admiraba, terminaba en los brazos de Ágata.
—Se escuchan llantos acercarse —comentó Pabel.
—Escóndete en el baño —con una mirada de complicidad mientras le terminaba de entregar el libro de Balduino IV a Pabel.
—¿Maeva?, ¿qué pasó, mi niña? —con una mirada de asombro y desesperación.
—¡Mi papá me golpeó! —rompiendo en llanto nuevamente.
—¿Qué Altair te hizo qué...?, nunca ha sido violento, ¿qué pasó?, desgraciado, ¿acaso le habrá dolido el parto a él?
—Perdóname, mamá, por lo que voy a contar, pero vi a mi papá besando y tocando entre los pasillos a tu amiga Zafiro, aunque ella siempre se le pega a mi papá. Pero ¡ahora los vi!, me dio un asco tremendo y al reclamarle me golpeó, nunca me había golpeado. ¿Por qué tanto rechazo, mamá?
Ágata estaba en una encrucijada; aunque ese collar la ataba a sus cadenas, estas todavía estaban muy arraigadas en sus generaciones.