Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas. #3
—Pasamos a leer el veredicto de los jueces: esta competencia de poesía, en la que evaluamos el contenido, la métrica y la descripción de la inspiración, tras haber deliberado, determina que el estudiante que nos representará en el extranjero es...
¡Pabel Saguma! ¡Felicidades!, un futuro escritor que estamos seguros de que se convertirá en un digno representante de nuestra nación.
El auditorio se alocaba completamente; todos los compañeros y autoridades se acercaron para felicitarlo.
—Felicidades, ese es mi muchacho —le dio la mano el profesor Altair.
—Felicitaciones, Pabel —con voz cálida le dijo Ágata, mirando al muchacho por un segundo donde sus almas quisieron más tiempo de premiación para continuar con el abrazo que se dieron y el beso, aunque en la mejilla, pero que los mantenía juntos.
La directora se hizo a un lado y se fue a la mesa, ya que luego seguían las fotos, que no le gustaban mucho.
—¡Felicitaciones, mi alumno favorito!, sabía que ganabas, muchacho.
Se acercó Zafiro y le dio un beso casi de medialuna, rápido, con un abrazo que le hizo sentir cada centímetro de su ser. Luego se lo llevó de la mano para que se tomaran fotos. En todas las fotos lo tenía abrazado y muy pegado a ella, como un molusco en las peñas.
Se fueron a la mesa principal donde les servirían la comida de la gala; aquí compartían la mesa Ágata, Altair, Pabel y Zafiro. Sus amigos también se acercaron para felicitarlo.
—Yo estaba muy segura de que ganarías —dijo Maeva.
—Gracias —. Allí aprovecharon otros compañeros para felicitar al orgullo de la universidad y de la nación.
Mientras tanto, Ágata se dirigía al baño, cuando en eso Altair la persiguió y la interceptó.
—¡Ágata, ven aquí! —dijo, jalándola del hombro.
—¿Qué te sucede, Altair? Por favor, suéltame —se movía un poco.
—Ahora te pones violenta, después de estar bien abrazada en nuestro cuarto con ese Pabel. ¡Eres una cualquiera!, meterte con un niño que puede ser tu hijo, ¡me das asco! —la puso delante de él.
—No me maltrates más, por favor, siempre toda tu violencia, indiferencia y encima me reclamas; no tienes derecho de hablarme así —Ágata quiso cambiar de tema porque sentía que se ahogaba—. Por cierto, ¿sabes algo de mi collar?
—Tú eres mi mujer y siempre lo vas a ser, tú estás para atenderme, eres la mujer de la casa; olvídate de ese niño o tendré que ponerlo en vereda rápidamente.
—Tú no viste nada, estabas totalmente inconsciente, como siempre has actuado en la casa.
—Me sorprende que muy rápido te hayas olvidado de tu collar, alguien te lo hizo olvidar, pues nada me has preguntado desde aquella vez que me premiaron.
—No... me hables así, no voy a permitir tus maltratos; tú estabas desmayado y Pabel fue quien ayudó a subirte a la casa. Ojalá me ayudes, por favor, por primera vez en tu vida —dijo, bajando la mirada ligeramente.
—Puede ser, pero igual, tu función es atenderme y ahora no me dejaste nada para comer. No busques más, me encargaré de buscar tu maldito collar que tanto te importa.
—Tenía que venir al evento y terminar las coordinaciones con Zafiro; por eso me vine apurada.
—¡No sé yo!, apártate de mí —Altair sabía que era imposible un engaño, quería cubrir cualquier sospecha del robo del collar.
En la mesa, Ágata se acercaba con mucho fastidio y la presión constante en el pecho por lo sucedido.
Justo llegaba y se percató de cómo Zafiro le estaba colocando la servilleta a Pabel; luego, sus manos colocaron la tela entre las piernas de este y la profesora aprovechó para acariciar su entrepierna.
Pabel se movió incómodo y vio a Ágata irse nuevamente.
Zafiro sonreía, pero no vio a Ágata; solo contemplaba a su presa para devorarla.
Ágata ingresó a su santuario y se retiró el calzado para desahogar todo este calvario que estaba cruzando.
Se sentó en el piso y sus lágrimas encontraban desfogue en el mismo lugar donde se sentía, soportando toda la humillación mientras Zafiro quería devorar a quien estaba comenzando a querer.
Ella solamente sabía sentirse culpable por lo que iba naciendo en su ser.
Las lágrimas brotaban a mares por el azul de sus ojos, como los barcos que en altamar son alcanzados y rebalsados por las fuerzas de la naturaleza; en eso...
—¿Me permites entrar, Ágata?
—¿Para qué?, si estabas muy bien agasajado con tu profesora; igual, muy bien van a viajar afuera y podrán tocarse a su gusto y placer.
—¿Podemos conversar? —No hay nada de qué hablar, es imposible que sigamos por esta senda; tú sólo buscas una atracción física.
Además, ahí tienes a Zafiro, que se muere por ti—Pabel pensaría: «Antes no tenía ninguna suerte en el amor, ahora soy la manzana de la discordia de dos mujeres espectaculares y encima son amigas. ¿Qué puedo hacer?»
—Por favor, hablemos; tendré millones de tentaciones, no se acaba todo eso, pero aun así siempre te elegiría a ti siempre—el muchacho estaba usando las estrategias que Maeva le contaba en las clases que llevaban juntos.
Ágata dejó de trancar la puerta y la abrió como en una película de terror, hasta las bisagras rechinaban con la tremenda pausa.
Pabel ya había captado la voz entrecortada de Ágata; no supondría nada, y como no tenía experiencia, usaría la estrategia más simple, pero a la vez muy compleja: «escuchar».
Mientras la puerta seguía su rumbo infinito, Ágata cerraría los ojos y mordería sus labios sin que Pabel se percatara, porque ahora lo iba a castigar.
Lo dejó ingresar al muchacho, abriendo la puerta del amor y rompiendo algunas barreras más; las que quedaban eran anclajes de su vida de viuda, totalmente pesados, que no abandonaría así nada más.
Solo las lágrimas eran la única fuerza de la naturaleza que permitía a su ser desahogar ese martirio de cargar a un muerto que estaba pudriendo su ser por dentro.
Pabel ingresó dispuesto a sólo escuchar; ya sentía por el ambiente algo de lo que Ágata quería compartir con sus palabras, acompañándola en el piso. Donde el flujo de lágrimas había sido cortado por sus manos, solo alcanzó a ver que se secaba en la parte posterior de su traje de gala.
Ella se sentía vulnerable en el piso, sintiéndose encadenada a esta vida, el matrimonio ideal solo para las fotos, encima viendo cómo su amiga estaba muy pegada a Altair. No sólo eso, esta supuesta amiga también tocaba la fruta que ella tenía prohibido tocar, pero que deseaba tanto.
—Estamos en mi terreno, soy experto en el piso, tu cuarto estaba plagado de la presencia de Altair, «conversemos» —una madurez que le brotaba de manera natural, con el refuerzo de Maeva y todos los libros que devoró sobre la seducción.
No intentó disculparse, porque perderían el tiempo; la mejor batalla es la que se gana sin presencia.
En el caso de ellos, su amor tenía «toque de queda» y el tiempo era un recurso que no tenían que dejar andar.
—Todo se me ha juntado; los maltratos de Altair no son de ahora.
Aparentemente él pregona el equilibrio en la familia, habla de la motivación diaria, también incluye lo de aprovechar cada instante.
Pero en casa siempre lo esperé, hasta que me comencé a aburrir y esa llama se esfumó para convertirme en una damisela encerrada en un castillo que tenía que hacerme cargo sola.
Él siempre llegaba adormecido, como si la vida a mi lado fuera una tormenta diaria y necesitara escaparse.
Cuando se le pasaba, solamente nos peleábamos, donde él golpeaba más duro con sus palabras y maltratos; esas palabras y agresiones me han dolido todo este tiempo.
Lo que más ha dolido ha sido cargar su ausencia, porque a Maeva la crie sola, pero nunca le quité a su padre ni hablé mal de él, a pesar de...
—¿A pesar de qué?
—Cuando iniciamos con Altair, como él quería ser un casado-soltero y se desaparecía para irse al fútbol o para apostar... considerando que yo también me casé muy joven, también me iba con las amigas de esa época a tomar.
En una de esas salidas conocí a un hombre con el que me sentí atraída, así no me sentía con Altair.
Estaba tan dolida por dentro, quería arrancarme la piel y vivir otra vida; una mujer herida es más letal que cualquier flecha.
Con Altair buscábamos tener un hijo hombre, sin embargo, no llegaba; fue este hombre el que nos ayudó, quería a toda costa un hijo y me dejé llevar.
Este hombre sólo quería intimidad de una noche, no se ocupó de mis sensaciones ni nada, sólo era...
creo que por mi pecado obtuve una proyección de Altair.
No me juzgues, me casé enamorada de Altair; siendo enamorados era diferente, porque me daba atención total, hasta hace un tiempo lo amé.
Con ese hombre estuve una vez y de ese encuentro nació Maeva.
Altair quedó completamente decepcionado, no por mi infidelidad, sino porque no tuvimos un niño; de la infidelidad nunca se enteró, nunca ha querido a Maeva a pesar de que ella siempre lo ha buscado para pasar tiempo juntos, lo admira y lo respeta mucho.
Pabel no sabía qué hacer; era información muy delicada la que le estaba revelando Ágata.
Él venía sólo por agua y le dieron hasta pan, pero posiblemente algo más.
Procuró tener nervios de acero y estómago del mejor inversor de la bolsa de valores; de este juego no sabía cómo salir, pero nada tenía que perder, tal vez la beca y el trabajo; sin embargo, con su talento lo podía alcanzar en otra universidad.
—Pero y el padre real, ¿nunca se enteró?