Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas. #2
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Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas. #2

—A veces salen palabras de Pabel con ese tono durante sus participaciones en clases. Apuntado, ¿carne con qué guarnición?

—Carne con Pabel... —su mente seguía en la escena del jazz.

—¿Con Pabel? ¿Qué menú es ese? —dijo la joven sonriendo.

—¡No, perdón!, me distraje, carne con una ensalada ligera de verduras cocidas —soltando una sonrisa de fuego para cocer la carne.

—¿La carne en qué punto de cocción?

—Bien cocida —con esa voz candente que la trasladaba a la escena mental de las luces débiles.

—Otra vez la voz al estilo de Pabel, ¿qué programa ven o escuchan? Quisiera saber para ver si me inspiro y gano el siguiente concurso de poesía.

—Es el ambiente, aquí es todo al aire libre, te sientes más viva, es agradable cocinar, pero también es mágico ser atendida. Hace años que no salgo a comer.

—Usted cocina, ¿verdad? Todos quisiéramos tener su vida, siendo la directora, esposa perfecta; muchas veces imaginamos su vida, usted con muchas empleadas, una hija perfecta, una vida ideal.

Pero ahora que usted me dice que cocina, me imagino que sus otras empleadas harán las demás labores domésticas.

—No tengo ninguna, pues todas esas labores también las hago yo, por eso los fines de semana me quedo sin ganas de salir, me quedo en casa para hacer algunas cosas o descansar algo y recargar energías para mis actividades de la semana, mientras mi esposo e hija salen a continuar sus vidas; sólo mi hija me ayuda ahora que está más grande.

—¡Quién diría, señorita Ágata!, pero bueno, si usted es feliz así, cada uno se adapta a la vida, pero volvamos a esa carita de antes, me parece que todo cambió cuando mencioné el nombre de Pabel.

De ese rostro estoy hablando, bueno, francamente es un muchacho inspirador, lástima que su corazón ya tenga dueña; aquí todas le decimos «el chico vintage», a veces es muy aburrido, tiene como que gustos mayores, muy anticuados para estos tiempos. En seguida le traigo su orden.

—Gracias.

Veo cómo en otras mesas disfrutan, respiro el aire puro, sin premuras de ver si algo falla en casa, una prueba de quitarme partes de mis cadenas un momento. Mi respiración es pausada, me da más calidad de vida, me ocupo en mí, pero mis pensamientos se van inundando de la presencia de Pabel.

Pasaron unos minutos y llegó la muchacha con su orden, mientras ella navegaba en sus pensamientos en aguas profundas que antes no se detuvo a indagar:

—Que lo disfrute, señorita Ágata, de verdad que usted lleva una belleza mágica y despliega mucha elegancia, no como esa mujer que trabaja con usted: Zafiro; ella ha venido casi desnuda.

Considero mucho que la belleza no tiene que mostrarse, debe dejar más a la imaginación que a la exhibición.

Pienso que una mujer es realmente hermosa como usted: inteligente, elegante y misteriosa.

—Muchas gracias, coincido contigo, no sólo cuerpo, también tenemos mente y alma, un ser integral; se ama todo o si no nada, no estamos para juegos en la vida.

—Es muy admirable usted, qué hermoso es escuchar sus palabras. Una mujer totalmente exitosa, una capa con muchas capas que la hacen especial. Ahora sí, ¡buen provecho!

—Gracias —. Ágata comenzaría agradeciendo por la comida a la abundancia; comía con mucha pausa, cortando la carne despacio, llevando el bocado a su boca para masticarlo con calma, y cerró ligeramente los ojos, trasladándose a la escena de las luces débiles comiendo con Pabel, siendo cada bocado una delicia única.

Disfrutaba cada especia en su paladar, reconocía cada ingrediente: sal, pimienta, comino, romero, ajíes y manos divinas que la cocinaron.

La ternura de la carne la sentía en cada bocado, deshaciéndose con cada masticada; no quería terminar, el sabor era intenso: color, olor, sabor, sonidos de jazz y el tacto de las manos de Pabel a la distancia.

Un éxtasis total que obtenía al probar este delicioso manjar entre sus dientes, pues el golpe más duro está en la presión de estos, que nos da la energía requerida para vivir sin presiones.

De pronto, los pensamientos que atormentaban su vida volvieron como un lastre en una embarcación: «¡Maeva!

, ¿qué estará comiendo mi hija?, ¿Altair ya comió?

». Posiblemente sí, pero faltaban algunos ajustes en el evento de hoy.

Todavía no era el momento de arrojar ese peso a la mar y entregarse a una nueva vida.

Se levantó de golpe y se fue directo a pagar, sin terminar su almuerzo.

—¿Señorita Ágata? —se escuchó a lo lejos.

Ya en la oficina, Ágata se encontró a Zafiro, notando su gigantesco escote, el corte en la pierna y su perfume que llegaba hasta el estacionamiento.

—¡Hola, Ágata!, ¿cómo me veo?

—Hola, Zafiro, se te ve toda tu anatomía, me parece que te has equivocado de curso; ahora en la premiación robarás la atención de los jueces. Deberías usar algo más conservador para el evento, las ideas se deben desnudar y los pensamientos deben venir elegantes. Encima, ni ropa interior traes.

—Eso significa que estoy preparada para este niño, que de seguro va a ganar, pues hoy lo haré mío, aunque sea en un baño o en el estacionamiento. Donde lo encuentre, le haré sentir lo que esos versos han provocado en mí; lo veo cada vez más delicioso, para comerme su tierna carne.

El rostro de Ágata cambió.

—¿Con un niño?, ¿en un baño?, ¿Pabel? Estás totalmente confundida, aparte de que tienes que respetar a la institución, estás rompiendo todas las barreras de lo moralmente correcto.

—Tú vives en la prehistoria; si ahora las canciones son explícitas para hablar de la intimidad, somos objetos del deseo.

Con nuestros cuerpos y un buen cerebro, alcanzamos todo y a todos los que nos apetecen.

Un gustito por aquí y un gustito por allá, porque cualquier hombre es manipulable.

Ellos son totalmente visuales, por eso se les van los ojos cuando mostramos algo que todavía no se atreven a tocar.

Los invitamos a probar un mordisco de nosotras; luego que los usamos y al conseguir lo que queremos, finalmente los abandonamos.

—¿Nunca has amado entonces?

—El amor es para gente tonta; aquí se trata de aprovechar lo que nos pueden dar los hombres: placer y riqueza. Luego sirve bien desecharlos; después de entregar nuestro cuerpo, ganamos el doble o el triple. Así como me gusta ese Pabel.

—¿Y eso quieres con Pabel?

—A este niño me gustaría tenerlo por años en mi cama, está buenísimo; ese color de piel, esos ojos intensos, ese cabello para enredarme en él.

Después de usarlo, lo dejaré por otro más joven, si es que antes no me cambia él por otra más joven.

¿Me vas a decir que a ti tampoco te gusta?

, está apetecible este niño. Se te nota en la cara por cómo cambió tu expresión y siento tus palabras totalmente preocupadas cuando hablo de él.

Descuida, le haré todo lo que quiera, lo trataré bien, le enseñaré lo que necesita para satisfacer a una mujer y luego te lo dejo para ti —sin saber que era Zafiro quien comía las sobras que estaba dejando Ágata de Altair—.

—¡No!, ¡con un niño jamás!, soy casada y aparte es mucho menor que yo, es el compañero de mi hija Maeva y alumno de mi esposo, es un niño, ¡estás demente! ¡Ya, vamos a trabajar!, tenemos mucho que hacer, por favor, ¡con un niño!

—Está bien, está bien, no te amargues, jefa —se fue Zafiro, pero Ágata se quedaría pensando—.

¿Qué haría con ese niño?, en mi cuarto casi nos besamos, fui prisionera en sus brazos y él era mi rehén entre mis muslos, un beso que faltó para encender más mi caldera del amor, que esperaba soltar todo mi vapor de deseo contenido... ¿qué estoy pensando?

Ya por la noche, todos estaban listos; salieron representantes de diversas universidades. El auditorio principal era el escenario donde se encontraron por primera vez cara a cara Ágata y Pabel, pero ahora era Pabel quien estaría al frente con otros estudiantes que serían calificados.

Previamente, cada estudiante daría el contexto de dónde crearon sus poesías y de dónde salía su fuente principal de inspiración. Altair, como representante de la universidad, también aparecería con Ágata y Zafiro.

Esperando entre telones todos, Zafiro aprovecharía para acomodarle la corbata a Altair, sintiéndose cómoda, con la acostumbrada maniobra de frotar sus pechos sobre sus supuestas víctimas.

Rozaba sus pechos, brazos y espalda mientras lo observaba con deseo, caminando alrededor de él.

Ágata, con una expresión de incomodidad e indignación, le dijo:

—Por favor, ¿una corbata no te sabes poner? Dejen de estar con esos juegos —recordando que Altair era su esposo—.

—¡Sólo me está ayudando!, no hay nada que explicar, esta es tu labor y quien me debe explicaciones eres tú.

—No hay nada que decirte, Altair —dijo bajando la mirada, pensando en que lo vio abrazada a Pabel en la habitación.

De pronto, en el concurso le tocaba hablar a Pabel. —Es momento de que hable mi Pabel —susurró Zafiro.

A Altair no le gustó el tono de esas palabras, pero una minúscula gotita de respeto le tenía a Ágata.

Pabel subía al escenario y la presentación de su poema sería: «Nuestras sensaciones son el espejo perfecto para redactar la poesía; todo lo que captamos e imaginamos es la fuente de nuestra inspiración, añadido a la magia que nos ofrece el amor, es el escenario perfecto para que los versos aparezcan como las hojas que brotan de una planta durante el tiempo que fue regada.

Confiamos en nutrir nuestra imaginación, sin ver nada aún, hasta que estas hojas nos sorprenden con toda la naturalidad que muestra la historia que queremos contar. Gracias».

—¡Bravo, bravo! —gritaba y aplaudía todo el auditorio.

Los jueces comenzarían a deliberar; luego de unos minutos leerían su veredicto.