Capítulo 4 El refugio de las aguas mudas.
En casa de Zafiro, dejaban a Nikolai en un estado deplorable, con los sentidos totalmente en alerta para poder ingresarlo a casa.
Ella veía cómo su hijo estaba lleno de manchas de vómito y el olor a pecado circundante en todo su ser. Lo llevó con mucha dificultad hacia su habitación, esperando a que pueda recuperarse para hidratarlo y alimentarlo luego de la tremenda resaca que le esperaba al muchacho.
Una tarea similar a la que atravesaba su amiga Ágata con el otro muerto.
Transcurrieron las horas y el joven muerto despertaba, saliendo de su féretro con su caminata descoordinada, tomándose la cabeza en todo momento.
—Buenos días, mamá —dijo con los ojos entreabiertos y con la caminata de la marcha fúnebre que llevaba su propio ataúd.
—Hola, Nikolai, ¿ya te encuentras mejor?
—La verdad que no, parece que un auto me hubiera arrollado, o tal vez dos o tres.
—Ningún auto te arrolló, pero sí las mujeres con las que estuviste.
—¿Mujeres?
—Sí, en los bolsillos traías dos hilos dentales y un sostén como collar de batalla en el cuello; además, olías a pura intimidad mezclado con todas las veces que habías vomitado.
—Son tus ideas, no me vengas a reclamar.
—¡Soy tu madre y eres muy joven para llevar esta vida de perdición!
—Tú no me puedes hablar de moral, crees que soy tonto, sé muy bien que eres la amante del profesor Altair. He visto muchas veces tu celular y las ocasiones que sales con él o que te deja en casa con algún taxi, pero ni se da la molestia de acompañarte.
Le costaba mucho perderse con él, porque de forma extraña le tenía admiración; sólo el alcohol y las drogas le permitían olvidarse de todo esto y divertirse.
—¡No me hables así! —le estrelló una cachetada y lo tumbó contra una silla—. Soy tu madre, tengo mis razones para actuar así, tú no sabes nada.
—Pero mamá... —de lo anestesiado que se encontraba no sintió nada, pero le curó algo de la altanería y la borrachera que cargaba.
—¡Cállate, miserable!, nunca vuelvas a hablarme así.
Zafiro solía golpear a Nikolai, nunca le daba consejos, solo era violencia. Esa violencia amalgamada con la rabia e impotencia que sentía de no ser la mujer de Altair, siempre soñando con tener todo lo que Ágata tenía.
—Perdóname, mamá.
—¡Nunca te atrevas a querer corregirme! Todavía pensando en alimentarte y me vienes a querer enseñar a mí. ¡Vas a dejar de ver a esos malditos amigos!, es lo peor que has encontrado en tu vida.
—No son amigos, es sólo uno, él sí me entiende, me escucha, siento que es como un padre para mí.
—Sea quien sea, está acabando con tu vida, así como el miserable de tu padre nunca se hizo responsable de ti. He tenido que criarte sola y me vienes con lecciones de moral.
—¿Mamá, y por qué estás con ropa de fiesta? —Zafiro llevaba un vestido lila con un escote que revelaba la magia que escondían sus pechos, una carretera trazada con la topología perfecta que te llamaba para descubrir más.
El vestido tenía un corte lateral y se iba sin ropa interior, dispuesta a todo, con solo un brasier transparente que retardaba las capas visuales hacia el placer.
Pero se traslucía el ápice del fuego que calentaba su piel por los pensamientos que tenía hacia el joven estudiante.
Un cuerpo de ensueño que Altair poseía, un zafiro que aún brillaba con su belleza.
—Esa resaca te hace olvidar las cosas, recuerda que hoy en la noche es la fiesta para elegir a quien nos representará en el concurso de poesía en otro país.
—Tienes razón, aunque Pabel es el favorito; solamente la ceremonia es toda una farsa, esperaré unas horas e iré.
—Está bien, Nikolai, nos vemos allá. Ahí te dejé comida, por favor, ¡báñate!, ese hedor es imposible, se siente como un requesón horrible con mariscos podridos. ¡Fatal!, deja remojando esa ropa o quémala y desecha esos calzones, luego desinfecta bien tu cuarto y toda la casa. Chau.
—Chau, mamá... ¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Tan malo era mi papá?
—Un miserable total, siempre le gustaron las apuestas, el sexo, las drogas y sobre todo nunca estaba conforme con nada, se quejaba de todo. Y no era que no tuviera talento, era muy talentoso, pero no se enfocó en él ni tampoco en lo que ya tenía, solamente vivía a futuro con lo que no tenía.
El muchacho pensaría para sí: «Recuerdo muy bien los diálogos del profesor Altair, sus palabras suenan como me dice mi mamá: “el problema es del gobierno, mi salario no alcanza para nada, todo sube menos mi sueldo, los problemas siempre nos llegan a todos, cuando me caiga un premio gordo seré más feliz”».
¿Quejas + drogas + sexo = papá? ¿Quejas + drogas + sexo = profesor Altair? ¿Papá = profesor Altair? Todas esas fórmulas coinciden en que el profesor Altair sea mi padre; por eso Altair no quiere que Maeva tenga enamorado, ambos deben saberlo. Debo terminar con Maeva, ella es mi hermana.
—¿No será Altair mi padre?
—¿Altair? Él sólo tiene a su hija Maeva, la hija de Ágata, esa niñita mimada. Nos vemos, hijo.
La pronunciación de cada nombre le hizo apretar la mandíbula e irse más rápido; luego de irse, su rostro cambiaría al placer que quería sacar del joven Pabel.
En otro lugar distante, Ágata terminaba de ducharse, saliendo cual Venus al salir de las aguas del mar, buscando a ciegas por el vapor del baño caliente la toalla con la que, con golpes suaves, secaría y humectaría su piel.
Otra para su cabello, envolviéndose con mucha sensualidad, evitando que ninguna corriente altere la tonicidad que su piel disfrutaba.
Terminó de secarse para instalarse la lencería de algodón que viajaba por su piel en cámara lenta; encima iría uno de sus vestidos azules que la ataban a su vida: distintos modelos, pero el color favorito heredado de sus antepasados, que las mismas cadenas azules cargaron intentando ser mujeres perfectas para complacer a todos siendo viudas de sus propias vidas.
Que combinaban perfectamente con sus ojos azules, arrancadas todas de su ambiente natural para ser destruidas por muertos que sólo las tenían para exhibirlas como aves exóticas en jaulas caseras.
Todas atadas a sus casas, haciendo de todo, cargando el féretro de estos muertos que en nada aportaban y un hijo más eran; solo las usaban para complacer todos sus deseos sin pensar en ningún momento en ellas, un accesorio más de casa pero que resolvía todo.
No necesitaba escotes, sólo un hombro descubierto para mostrar las pecas que te guiaban como estrellas hacia la caja de Pandora tan escondida.
Se acostumbró a vestirse así, único color, única vida que conoció, una mujer sumisa; incluso en el trabajo el traje era de color azul, atándola más a una vida para complacer a todos y olvidarse de sus sueños, que quedaban en los cajones de su casa bajo miles de llaves y cadenas que la sociedad le enseñó a seguir.
Le vendieron este tipo de felicidad, siendo programada para no reclamar en un mundo de imitaciones, siempre siendo los teloneros de quienes nos mantienen dormidos.
La mujer exitosa, el hombre exitoso, la pareja ideal, pero entre cuatro paredes ella vivía la cruel verdad de cargarlo a él.
Quería buscar su collar perdido de zafiro, que apretaba su pecho durante toda su vida, frenando las palabras exactas para reclamar su vida; ahora sin ese peso, su alma probaba un trago de libertad que tanto anhelaba, pero no lo encontró.
Su respiración se sentía más libre, sin esa presión continua en el pecho de que algo le faltaba hacer en casa; recordó que le faltaba cocinar, pero ya se le hacía tarde, así que cuando el muerto despertara algo se tenía que preparar para revivir.
Tomó su carro y se fue, una muestra gratis de libertad; por un momento dejó de pensar en otro, pensó en ella y en comer algo en el restaurante que tenía la universidad; el peso del collar que ya no llevaba la hacía sentir viva.
Llegó al trabajo muerta de hambre, directo a pedir algo y comer; se sentó y una señorita muy amable la vio y se le acercó:
—Señorita Ágata, qué gusto tenerla aquí, soy Oksana, solamente la vimos por aquí en la inauguración hace unos años, pero es un gran placer tenerla nuevamente.
—Muchas gracias, tanto gusto Oksana. Regularmente traigo mi comida, aunque a mi esposo no le agrada y la crítica; algo come de ella.
—Sí, el profesor Altair viene todos los días, incluso hemos visto que trae comida, pero la arroja a la basura, incluso nos debe algunos meses de la comida fiada... perdóneme que le cuente esto.
—¿Siempre hace eso? Normalmente me levanto de madrugada para prepararle su comida y veo que no valora para nada mi esfuerzo, sólo puras críticas y quejas para que mi esfuerzo termine en la basura.
El rostro de Ágata se llenaba de indignación, con la presión en sus ojos que querían desahogarse entre lágrimas, las mismas que viajaban hacia el piso donde se encontraba toda su motivación de levantarse temprano diariamente. Sólo sus manos por ahora le servían de consuelo.
—Lo siento mucho, señorita Ágata, no quería hacerla sentir así, pero nunca me gustó esa actitud del profesor; yo estudio aquí y también trabajo, habiendo tantas personas con hambre y él desperdicia la comida. No tiene sentido.
—Descuida, no sabía que estudiabas aquí, igual que Pabel, que también trabaja y estudia, es el amigo de mi hija Maeva.
Su rostro cambió en automático, como llegando el recuerdo del joven como consuelo y para subir la motivación que se encontraba en los pisos que él mismo limpiaba para ella.
—¡Sí, Maeva y Pabel!, son mis compañeros de clases, son muy estudiosos, especialmente Pabel, sólo que es medio aburrido, pero últimamente lo veo algo distraído, como más inspirado, como sumergido en su mundo.
Ahora que es el concurso aquí y también participan otras universidades para evaluar la mejor poesía, estoy segura de que él ganará.
Ahora que la veo más contenta... bueno, su rostro es muy parecido al de él.
—¿Qué quisiera servirse? —la directora pensaría.
Quisiera servirme un suave jazz como música de fondo muy sensual, luces débiles que fortalecen mi pasión, sólo Pabel y yo, con una carne suave para disfrutar.
—Carne —dijo con una voz suave y cálida.